ARTÍCULO

La Transición, la primera persona

Planeta, Barcelona
434 pp. 35 €
 

No hay probablemente ningún otro suceso político en Europa occidental durante las últimas décadas del siglo XX que haya suscitado tanta atención como la transición española a la democracia. La Transición no sólo democratizó la dictadura de mayor duración de un gran país europeo occidental, sino que lo hizo de una manera cívicamente ejemplar que dio como resultado un gran consenso, creando una suerte de «modelo español» que, mutatis mutandis, fue seguido de diferentes maneras por países tan lejanos como Rusia y Chile. En Madrid existe incluso en la actualidad una fundación de cierta importancia dedicada exclusivamente al estudio de este proceso histórico.
Dado el gran número de publicaciones ya existentes, ¿queda algo de importancia por decir? A juzgar por las originales perspectivas ofrecidas por las nuevas memorias de José Miguel Ortí Bordás, la respuesta parecería ser afirmativa. Hace treinta o cuarenta años, la literatura y la historia españolas tenían la fama muy merecida de estar pobremente provistas de memorias y autobiografías, pero esto ha cambiado considerablemente en la última generación, un período en el que cada vez más figuras públicas han publicado sus recuerdos, y en el que han salido a la luz obras inéditas de las generaciones anteriores.
Las memorias de Ortí Bordás comienzan con su llegada a Madrid como estudiante universitario en 1956, con dieciocho años, y narra brevemente la evolución de su activismo dentro del SEU (Sindicato Español Universitario), el sindicato estudiantil falangista elevado al rango oficial por el régimen de Franco. A pesar de granjearse la reputación de «populista» «revolucionario», o incluso, como se dijo en cierta ocasión, de «castrista», se convirtió en el último jefe nacional del SEU en 1964, pero no fue capaz de conseguir su autonomía respecto del régimen, lo que se tradujo en su abolición el año siguiente. En 1967, sin embargo, se hizo con un puesto en el Consejo Nacional del Movimiento y logró un escaño en las Cortes como uno de los primeros procuradores dentro de la nueva categoría de la representación familiar, ocupando ese escaño durante la década siguiente, al final de la cual pasó a ser el primer y único diputado con el nuevo sistema democrático que salió victorioso en las elecciones sin ser candidato de ningún partido político. En 1969 fue nombrado vicesecretario general del Movimiento Nacional, por debajo de Torcuato Fernández Miranda, un puesto que ocupó hasta el final de 1971. Antes de la muerte de Franco le ofrecieron la presidencia de la UDPE (Unión del Pueblo Español), la «asociación política» diseñada para convertirse en la continuación del Movimiento, y su negativa abrió las puertas a la presidencia de Adolfo Suárez. Durante el primer gobierno de Suárez en 1976-1977, ocupó el puesto de subsecretario de Gobernación, desde el que hubo de enfrentarse a algunos de los temas más espinosos relacionados con el mantenimiento del orden público y conseguir al mismo tiempo un consenso democrático. En años posteriores, Ortí Bordás se afilió al Partido Popular, desempeñando un papel destacado en representación de su Comunidad Valenciana natal, hasta que se retiró definitivamente de la vida pública en 1996.
En un sentido, la perspectiva que ofrece no es nueva, ya que virtualmente todos los estudiantes serios de la Transición reconocen que esta iniciativa fue llevada a cabo por activistas reformistas del régimen de Franco. Lo que resulta, en cambio, novedoso y original es la experiencia personal y las reflexiones que presenta, que en algunos casos ofrecen nueva información y nuevos puntos de vista, junto con su explicación de los papeles de algunos de los actores fundamentales, que aparecen aquí bajo una luz bastante diferente de aquella con que son vistos habitualmente.
Desde sus años juveniles, Ortí Bordás desempeñó el papel de disidente, pero esto tuvo inicialmente que ver con asuntos estudiantiles y con la política económica, ya que la opción de cualquier tipo de cambio político significativo resultaba inexistente antes de 1967. El lector saca la impresión de que, en sus primeros años en el SEU, fue visto inicialmente como otro falangista inofensivo y retórico del tipo de los que habían resultado con frecuencia útiles a la dictadura, aunque pronto se ganó la reputación de poseer mayor independencia y juicio crítico. A mediados de los años sesenta, los dirigentes más inteligentes del régimen captaron la necesidad de incorporar a figuras más jóvenes honestas y capaces. Aunque él no fue siempre la primera elección para algunos de los nombramientos que recibió, el hecho de que siempre trabajara dentro de la legalidad establecida, unido a sus especiales talentos, le permitieron disfrutar de un cierto grado de favor, al menos entre dirigentes del sistema encubiertamente reformistas. Este siguió siendo el caso a pesar del hecho de que, en 1968, diera un discurso en las Cortes instando al sufragio universal (derecho al voto para los «mayores de veintiún años»), aunque se cuidó de no utilizar el término, y de que fuera uno de los firmantes de la «Carta de los 39», un grupo de procuradores que solicitaron a Franco una reforma política fundamental en 1973. A partir de finales de 1971, sin embargo, se negó a aceptar cualesquiera nombramientos administrativos dentro del régimen.
Ortí Bordás es importante en la historia española por su papel a la hora de estimular la evolución reformista de la dictadura en la última década de la vida de Franco, y más tarde por sus actividades fundamentales durante las dos primeras y cruciales etapas de la propia Transición, tanto como miembro de la Comisión Legislativa de las Cortes, integrada por cinco personas, como en su cometido trascendental como subsecretario de Gobernación en el primer gobierno de Adolfo Suárez. Aunque obtuvo un escaño independiente en las primeras elecciones parlamentarias, para entonces su independencia lo había situado en un aislamiento cada vez mayor, un sino nada inhabitual en la historia española contemporánea para los reformistas independientes.
Estas incisivas y bien escritas memorias tejen un rico tapiz de políticas y personalidades reformistas desde 1964 hasta 1979. Un aspecto subrayado por Ortí Bordás es que generalmente no se reconoce la importancia capital del segundo gobierno de Arias, formado poco después de la muerte de Franco. Perseguía introducir una reforma que quedaba fuera de su alcance, pero realizó una contribución intermedia vital a la hora de desprenderse de las personas nombradas por Carrero Blanco, una medida sin la cual el próximo gobierno no habría sido capaz de actuar con la rapidez con que lo hizo.
Hay nuevas e interesantes reflexiones sobre un gran número de figuras, pero las dos que sobresalen son los actores políticos fundamentales de la Transición: Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez. Ya existe una cierta cantidad de literatura sobre Suárez, pero ninguna de estas personalidades ha sido estudiada adecuadamente. Si la decisión personal de Juan Carlos fue la variable crucial a la hora de determinar que se produjera la Transición, el diseñador y orquestador del proceso fue Fernández Miranda, algo que se ha reconocido desde hace tiempo. La perspectiva presentada en estas memorias, sin embargo, sugiere que su papel fue incluso más crucial de lo que generalmente se supone. Ortí Bordás echa por tierra mitos sobre cualquier supuesto acuerdo previo entre Juan Carlos y Suárez, sugiriendo que el afán de democratización de éste cristalizó muy tarde. Fernández Miranda no fue simplemente el responsable del diseño de la Transición sino que, según esta interpretación, él fue siempre el candidato predilecto del rey para dirigir el proceso, hasta que la cuestión de la presidencia de las Cortes pasó a revestir una importancia crucial después de que expirara el mandato de Alejandro Rodríguez Valcárcel. Una vez que las circunstancias habían madurado y que Juan Carlos había sido coronado, quedó claro que el papel indispensable para Fernández Miranda era la presidencia de las Cortes y situarse al frente del Consejo del Reino, ya que esto le permitiría tanto dominar la selección del nuevo presidente del Gobierno como la preparación de la legislación reformista. Uno de los apectos más importantes del libro es su exposición extremadamente original del modo en que Fernández Miranda presidió las Cortes en 1976, especialmente por medio de su utilización novedosa de la Comisión de Competencia Legislativa, de la que era miembro Ortí.
Inicialmente, la elección de la persona al frente del Consejo de Ministros, aunque importante, era también en cierta medida secundaria. Fernández Miranda necesitaba encontrar un supuesto acólito a quien pudiera dominar y que pudiera servir brevemente para aprobar la legislación fundamental, tras lo cual podría ser sustituido por un presidente de gobierno más duradero, presumiblemente el propio Fernández Miranda. Según esta interpretación, fue este último, no Juan Carlos, quien seleccionó a Suárez, primero como ministro-secretario general del Movimiento en el segundo gobierno de Arias, en el que actuó como el informante fundamental de Fernández Miranda, y más tarde como el sucesor de Arias. No fue fácil convencer a Juan Carlos de lo acertado de elegir a Suárez, ya que el joven rey desconfiaba de la más que evidente ambición de éste y de su falta de experiencia.
Lo que no previó Fernández Miranda fue que para Suárez l’appétit venait en mangeant, y que el poder y la influencia adquiridas como el primer dirigente de la democratización le permitirían permanecer en el poder cuatro años y medio, estableciendo su hegemonía, aunque incierta, sobre el nuevo centro-derecha. Suárez saltó enérgicamente sobre su Rubicón cuando se anunciaron las primeras elecciones democráticas en 1977. En vez de echarse a un lado en esta contienda, anunció su candidatura como el líder de un nuevo partido de centro, que seleccionó virtualmente el mismo nombre que el Partido de Centro Democrático en cuya creación desde el gobierno había fracasado Manuel Portela Valladares de manera tan espectacular en enero-febrero de 1936. Suárez sí logró temporalmente lo que Portela no pudo hacer, primero porque la corona no se atrevió a enfrentarse a él o a ofender al Gobierno en vísperas de las primeras elecciones democráticas en cuarenta años y, en segundo lugar, porque estaba disponible un gran y nuevo espacio político, justo lo contrario de la situación en 1936. El precio, sin embargo, consistió en situarse en manos del grupo variopinto conocido como «oposición moderada» que formaba la UCD, y que se cuidó de excluir a la mayor parte de los reformistas del régimen, que fueron los primeros en hacer posible la Transición.
Este libro está repleto de detalles llenos de perspicacia, de anécdotas y de análisis extremadamente originales relativos a una etapa decisiva de la historia del país. Ocupa un lugar especial en la literatura sobre la Transición y será una fuente indispensable para todos los futuros estudiantes de aquel proceso.

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito por Stanley G. Payne especialmente para Revista de Libros

01/12/2009

 
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