ARTÍCULO

Traducción y literatura

Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santa Cruz de Tenerife
202 págs.
Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores / Editorial Complutense, Madrid
759 págs.
 

Al frente del volumen V Encuentros Complutenses en torno a la traducción escribe su editor, Rafael Martín-Gaitero: «La esencia del acto de traducción es la interculturalidad, la apertura a la alteridad». Es difícil expresar con menos palabras el significado cultural de la traducción y su alcance epistemológico en el seno de las sociedades contemporáneas. En el plano de la morfología cultural –para referirnos aquí a uno de los aspectos más decisivos de la traducción–, es un hecho innegable que la vitalidad de una cultura está en función directa del número y la calidad de traducciones que esa misma cultura es capaz de generar. Ezra Pound tenía muy presente este fenómeno cuando afirmó que una gran época literaria es siempre una época de traducciones. Éstas no garantizan nada por sí solas, claro está, pero su abundancia y su calidad muestran bien a las claras la «apertura a la alteridad», es decir, la negación del ensimismamiento y de la autosuficiencia cultural, condición ineludible para que las culturas se fecunden y enriquezcan. Como ejemplo sobradamente explícito, bastará recordar que uno de los períodos más grises de la poesía inglesa es el correspondiente al último cuarto de siglo, un período dominado por un voluntario aislamiento, simbolizado en la penosa declaración del poeta Philip Larkin de que no había leído en su vida una sola línea de poesía extranjera (lo cual es, por otra parte, culturalmente imposible). Entre las muy escasas excepciones de ese panorama se cuenta, inútil es decirlo, Charles Tomlinson, poeta de dimensión europea y excelente traductor a quien se debe, no por casualidad, The Oxford Book of Verse in English Translation (1980).

No cabe aquí un análisis de la situación española en este preciso terreno. Sabido es que entre nosotros se traduce de manera abundante (especialmente en el ámbito de la prosa narrativa) y a menudo con notoria calidad. ¿Qué incidencia tienen esas traducciones en la literatura española misma? Buen síntoma, por lo pronto, es el hecho de que entre nosotros interesen cada día más la teoría y la práctica de la traducción, así como el examen de su significado cultural, estético y filosófico. En todo el mundo, los «Translation Studier» y las cuestiones de la llamada «Traductología» adquieren cada vez mayor relevancia en las universidades y en la programación de las editoriales. España comienza a sumarse a ese interés, y libros como el de Esteban Torre Teoría de la traducción literaria (Síntesis, Madrid, 1994) o el de Miguel Ángel Vega (ed.), Textos clásicos de teoría de la traducción (Cátedra, Madrid, 1994) han allanado el camino a otros trabajos más recientes. Parecido papel han desempeñado, por otra parte, los conocidos trabajos de Julio-César Santoyo, la antología preparada por Dámaso López García (Teorías de la traducción, Universidad de CastillaLa Mancha, Cuenca, 1996), o, en fin, la labor pionera de los beneméritos Cuadernos de Traducción e Interpretación editados por la Universidad Autónoma de Barcelona entre 1982 y 1992. Esta breve lista de títulos no agota, ni mucho menos, el panorama de las publicaciones sobre traducción y traductología realizadas en nuestro país en los últimos años. Aunque es mucha la distancia que en este terreno nos separa todavía de Italia, Francia, Alemania o Inglaterra, es evidente que España empieza a querer ponerse al día. Estas líneas se proponen comentar brevemente cuatro publicaciones de gran interés sobre la traducción editadas en nuestro país y de aparición casi coincidente. No son las únicas; otras tantas –entre ellas, la recentísima Lecciones de teoría y práctica de la traducción, editada por L. Félix Fernández y E. Ortega Arjonilla en la Universidad de Málaga– certifican la aludida voluntad de ponerse al día.

Ya que he citado unas muy certeras palabras de R. Martín-Gaitero al frente de los V Encuentros Complutenses en torno a la traducción, comencemos por este libro, voluminosas actas de unas jornadas que, iniciadas en 1987, han mostrado en cada una de sus ediciones, amén de un claro afán de superación, una encomiable continuidad. El volumen se abre con una inteligente presentación de M. A. Vega acerca de la traducción como «síntoma cultural» y se divide en seis grandes apartados, que acogen casi un centenar de conferencias y ponencias: «Aspectos teóricos, metodológicos y didácticos», «Historia de la traducción y de la teoría de la traducción. Traductografía», «Traducción de lenguajes de especialidad», «Aspectos de lingüística española aplicada a la traducción», «Interpretación» y «Traducción literaria». Como ocurre siempre en estos casos de congresos o encuentros de carácter abierto, las contribuciones, de manera inevitable, presentan muy diferentes niveles de calidad. No es posible en estas líneas dar noticia de todos los trabajos. De ellos, una docena, al menos, se convertirán en artículos de referencia, lo cual es, en esta clase de actas, una proporción excelente. No cabe deducir conclusiones válidas para todos los artículos; ni siquiera para los más interesantes, dada la diversidad de temas y enfoques. Sin embargo, como dato que puede extraerse con claridad del conjunto del volumen puede decirse que –fuera de un par de ensayos teóricos– presentan un interés especial las aportaciones que «descienden» a discutir experiencias concretas de traducción. Es el caso de los textos de H. Hinterhäuser sobre las traducciones de poemas de Quevedo al alemán por W. Muster; de M. Bayarri y M. Cardona sobre Gadda; de F. García de la Banda sobre Eliot, o de M. Maldonado Alemán sobre Celan (ensayo este, sin embargo, insuficiente en su análisis de la versión celaniana de un soneto de Baudelaire, cuyos aspectos métricos son pasados por alto), entre otros. Además del trabajo de V. García Yebra, que encierra sabios consejos (tan valiosos como los que dio en su artículo «Problemas de la traducción literaria», recogido en Transvases culturales. Literatura, cine, traducción, Universidad del País Vasco, Vitoria, 1994), mención especial merece, entre los ensayos teóricos, el del poeta, crítico y traductor francés Henri Meschonnic, «Penser le continu, traduire le continu», en el que aborda la idea –desarrollada por extenso en algún libro suyo– de que, a la hora de traducir, es preciso atender las relaciones entre el ritmo y la oralidad, pero considerando que la oralidad, en la escritura, no es «la imitación de lo hablado», sino «la subjetividad de su ritmo» particular; es éste el que debe alcanzarse, según se analiza luego en algunos ejemplos bíblicos. Ya que menciono el ensayo de Meschonnic, impreso en su lengua original, añadiré que el editor de estas actas ha decidido dejar media docena de contribuciones en las lenguas en que fueron presentadas al encuentro (inglés, francés, alemán); una decisión respetable, pero que, reconozcámoslo, no contribuye a la difusión del volumen.

Los estudios sobre traducción corren el riesgo de sucumbir bajo el exceso de teoría, ser víctimas de su propia «legitimación» conceptual. De ahí que se agradezcan de manera particular los trabajos que atienden a los problemas concretos de la traducción y a sus resultados. La aparición de dos libros de M. Gallego Roca –Traducción y literatura: los estudios literarios ante las obras traducidas y Poesía importada. Traducción poética y renovación literaria en España (1909-1936)– resulta, en este sentido, muy oportuna. Se trata, en realidad, de dos segmentos de un mismo trabajo. El primero es la descripción y el análisis del marco teórico de la traducción en el siglo XX, desde las perspectivas de la teoría, la historia y la crítica literaria, además de la literatura comparada; el segundo, el estudio de un período histórico (19091936) de la traducción poética en España y su influjo en la evolución de la lírica española. En el primer libro, es notable el esfuerzo de síntesis realizado por Gallego Roca, que nos ofrece un bien elaborado panorama traductológico relacionado con corrientes y escuelas críticas e historiográficas. El eje teórico inicial –la posibilidad o imposibilidad de la traducción poética– da paso a un examen de teorías y escuelas críticas (del formalismo a la teoría de los polisistemas) que enmarca debidamente el objeto principal de la investigación: el significado de las traducciones poéticas en la llamada «Edad de Plata» de la literatura española.

Gallego Roca, que en el primer volumen dedica un amplio apartado final a la teoría del polisistema, aplica ésta a su objeto histórico, de tal manera que su esfuerzo combina tanto los instrumentos y los intereses de la teoría como los de la crítica literaria, los de la historiografía como los del comparatismo. El resultado es un trabajo que, pese a sus defectos e insuficiencias (de manera especial en el aspecto histórico), constituye una aportación muy valiosa al conocimiento de la poesía española del primer tercio del siglo XX y de sus procesos evolutivos. El principio teórico básico («es traducción aquello que cada época entiende como tal») va diversificándose y justificándose en análisis particulares, sobre todo de autores (de poetas y traductores, desde P. Valéry hasta G. M. Hopkins, desde J. Díez Canedo a J. A. Muñoz Rojas) y de antologías y revistas (desde la famosa antología francesa de Díez Canedo y Fortún hasta la revista Octubre). La conclusión más importante concuerda con lo dicho al comienzo de estas líneas: el extraordinario dinamismo que experimenta la poesía española de este período está directamente relacionado con la «apertura a la alteridad», esto es, con el auge de las traducciones realizadas y editadas en esos años. La cultura poética española (e hispánica) entró desde el modernismo en una nueva fase, una fase que algunos críticos relacionan con la revolución romántica (el modernismo sería, así, el verdadero romanticismo en español). ¿Puede ignorarse hoy que la clave de este hecho reside en el acercamiento a otras culturas y tradiciones poéticas, un acercamiento cuyo testimonio más claro es el ofrecido, justamente, por las traducciones? El gran mérito de Gallego Roca es haber sabido mostrar este hecho mediante un examen detallado e incontrovertible del fenómeno traductológico en unos años concretos. Es cierto que no todos los aspectos están aquí suficientemente apoyados (la transición del postmodernismo a las vanguardias se contrasta casi tan sólo con una monografía de A. Soria Olmedo, y para la historia literaria de todo el período se cita, casi únicamente, un conocido estudio de J.-C. Mainer), pero ello no es obstáculo para que el autor llegue a conclusiones importantes, y hasta brillantes, sobre la recepción de la poesía europea y americana (o asiática: R. Tagore, el haikú) y su notable influjo en la poesía española. La amplitud del marco histórico, y también, preciso es decirlo, la elección del método polisistemático, que se ocupa de muy plurales intereses, fuerzan a Gallego Roca a desatender algunos aspectos históricos y críticos. Sobre éstos, diré sólo, a manera de ejemplo, cuán útiles le habrían sido al autor los trabajos de P. Aullón de Haro sobre el haikú y el poema en prosa en España, así como su importante monografía La poesía española en el siglo XX (hasta 1939), que cubre exactamente el período histórico aquí abordado. Sin embargo, puede decirse que el objetivo central de la investigación se ha alcanzado con creces, y que un período de la historia literaria española se ve aquí iluminado desde un ángulo nuevo y extraordinariamente enriquecedor. Pero eso no es todo: el libro de Gallego Roca encierra en embrión no pocos ensayos y estudios sobre autores, temas, libros, antologías y revistas, que sin duda serán aprovechados por él mismo y por otros investigadores. Estudio, así, pues, seminal, que no sólo representa una notable contribución a la historia literaria, sino también a la historia misma de la traducción en nuestro país (historia que es, se acepte o no, parte de aquélla). Si se reconoce el decisivo papel de la actividad traductora en la evolución literaria, se comprenderá la importancia de una investigación como la de Gallego Roca, que constituye, a mi juicio, uno de los enfoques más novedosos y enriquecedores de este período de la poesía española entre los dados a conocer por la investigación y la crítica en los últimos años.

Uno de los encuentros sobre traducción más atractivos entre los celebrados recientemente en nuestro país ha sido el titulado Literatura y traducción: caminos actuales, bajo los auspicios de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en su sede de Canarias. De ese curso, que tuvo lugar en marzo de 1996, vieron la luz muy pronto las correspondientes actas, editadas por la misma universidad. No puede quien esto escribe traspasar el umbral de la pura noticia sobre el volumen, a cuya preparación no es ajeno. Se dan la mano en estas páginas los ensayos dedicados tanto a la teoría como a la práctica de la traducción literaria. Entre aquéllos, los de P. Valesio, que inscribe la traducción poética en una «poetología» general; J. Ancet, para quien traducir es «instalarse en el espacio de la divergencia aceptada»; H. de Campos, que examina la conocida teoría benjaminiana de la traducción, o C. Esteban, autor de una traducción de Quevedo al francés, cuyos problemas teóricos glosa. Abordan cuestiones prácticas, por su parte, Ángel Crespo («Acerca del Verlaine de Manuel Machado») y P. Gómez Bedate («Mallarmé en las antologías españolas de poesía francesa, 1906-1946»), así como otro ensayo de Haroldo de Campos (su «transcreación» al portugués del Coup de dés mallarmeano) y otro más de J. Ancet (un poema de J. A. Valente). Otros textos son de carácter esencialmente crítico: Rafael-José Díaz analiza las traducciones de la revista cubana Orígenes, especialmente las de Lezama Lima; Bernd Dietz se ocupa, por su parte, del Diario de Samuel Pepys, y R. Hourcade, en fin, comenta los trabajos del «Centre de Poésie et Traduction» que dirige en la Abadía de Royaumont (Francia), trabajos que han difundido entre poetas de todo el mundo la experiencia de la traducción colectiva.

Dos breves observaciones, apenas, sobre este libro. La primera es el desconocimiento que en nuestro país se da aún de los importantes ensayos sobre traducción debidos al poeta, ensayista y traductor brasileño Haroldo de Campos (ensayos considerados por R. Jakobson como de una «insuperable clarividencia»). Literatura y traducción: caminos actuales contribuye no sólo a paliar ese desconocimiento sino también a invitar al lector y al traductor interesados a la lectura de su extraordinario ensayo «De la traducción como creación y como crítica» (del que existe versión castellana en Quimera, 9-10 [1981]), cuyas perspectivas críticas se echan en falta en la mayor parte de los estudios españoles sobre traductología, incluidos los volúmenes arriba comentados. La otra observación se refiere a la comunidad de los intereses que guían tanto al trabajo de M. Gallego Roca sobre poesía traducida en el primer tercio de este siglo en España como a los ensayos de Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate que se incluyen en este libro, y que versan sobre la recepción española de Mallarmé y Verlaine desde ángulos de visión convergentes. Es una línea de investigación y de crítica que ha mostrado ser especialmente fructífera, y que revela hasta qué punto la traducción, sobre parecer «destinada a ilustrar la discusión estética» (Borges), es capaz de iluminar asimismo la historia literaria.

01/02/1998

 
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