ARTÍCULO

La teoría crítica de la sociedad, «en vivo»

Barcelona, Gedisa, 1996
Trad. de Eduardo Ribera López
259 págs.
 

Es difícil resumir la personalidad y producción de Adorno en los límites de esta reseña. Diré, para abreviar, que Adorno, como la Escuela de Frankfurt en su conjunto, desarrolló a lo largo de su vida una crítica radical al totalitarismo, el capitalismo avanzado y la cultura de masas, fenómenos todos ellos que presenció sucesivamente en Alemania, antes y después de Hitler, y en los Estados Unidos, donde vivió exiliado durante el nazismo y la segunda guerra mundial. Nuestro autor alcanzaría una muy grande notoriedad en su época de madurez, granjeándose elogios aunque también reproches. Por ejemplo, Alfred Ayer le consideró una especie de diletante filosófico, Popper le achacó una baja consistencia metodológica y Hannah Arendt le tildó de «repugnante» por demoler inmisericordemente la figura de Heidegger.

Grosso modo, yo afirmaría que lo más importante del legado de Adorno no es el cúmulo de objetivos por los que apuesta sino, fundamentalmente, la forma autorreflexiva, distanciada y deliberadamente a medio camino entre la ensayística y la ciencia social con la que llevó a cabo su programa. El teórico que nos ocupa supo bucear con maestría innegable –sin ocultar nunca su punto de vista muy germánicamente condescendiente– por campos tales como los supuestos filosóficos de las vanguardias musicales, los equívocos arquetipos morales de la sociedad moderna, las bases psicológicas del autoritarismo, las servidumbres y miserias de la «industria cultural» y la revisión de los clásicos del pensamiento occidental. Y en toda ocasión utilizó un venerable método –el «dialéctico»– que no quiso absolutizar pero tampoco concretar. Según Adorno, la dialéctica no es «superadora» o «positiva» sino «negativa», es decir, sustentadora de una tensión permanente entre la unidad y la diversidad. Esa tensión es la que debería captar la teoría. La suya lo hizo, sin duda, aunque al precio de quedarse en los umbrales de la definición operativa de los problemas y de la obtención de conclusiones debatibles. La exigencia autocrítica de Adorno le lleva a no poder confiar enteramente en ninguna de las guías hipotéticas del corpus filosófico. A cambio, las excursiones intelectuales por las que se aventura para mostrar su imbatible don de perplejidad alcanzan cotas singulares de ingenio (a la vez que de ocasional pedantería, todo sea dicho).

Lo anterior es puesto de manifiesto en esta Introducción a la Sociología, muy oportunamente traducida al español por la editorial Gedisa. No es el único texto introductorio de Adorno, ya que existen también una Terminología filosófica en dos volúmenes, a la par que otra introducción a la Sociología, escrita en colaboración con Horkheimer, que lleva el nombre de La sociedad. Los tres trabajos recogen lecciones dictadas en el aula o en la radio a lo largo de la década de los sesenta. De todos ellos, el que ahora comento es probablemente el más atractivo, pues combina el hecho de constituir una suma de transcripciones de lecciones pronunciadas en clase con la circunstancia de que el autor hubiera autorizado tal procedimiento (cosa que no ocurrió con la igualmente póstuma Terminología filosófica). En concreto, el libro (que ha visto la luz, en edición original alemana, en 1993) recoge el último curso profesado por Adorno en Frankfurt, en la primavera y verano de 1968, meses antes de que falleciera en 1969 (añadiré, incidentalmente, que se especuló con la idea de que fueron los estudiantes más contestatarios los que fomentaron la fatal crisis cardíaca del autor. Sin llegar tan lejos, me contentaré con mencionar que Adorno gozó de notable popularidad entre los estudiantes, si bien los círculos agresivamente «sesentayochistas» le veían como a alguien ya superado).

Quien se adentre en este trabajo adorniano podrá paladear a placer el arte circunloquial, la ironía y la inveterada proclividad polémica del autor. Y ello a través del constante cambio de registro que introduce el lenguaje oral. Referencias a asuntos de la actualidad política y estudiantil, quejas sobre el mal funcionamiento del aire acondicionado y de la burocracia universitaria, reconocimiento cordial de lapsos de memoria, advertencias en torno a las escasas salidas profesionales de la licenciatura en Sociología, forman recursos discursivos aptos para amalgamar una muy prolija pormenorización de lo que la Sociología es o puede ser. Adorno se distancia de las posturas más decantadas de los clásicos sociológicos –así, Durkheim le parece ilusoriamente antiindividualista, mientras que Max Weber se le antoja excesivamente subjetivista–, optando por una suerte de problematización permanente de la teoría sociológica. A treinta años vista, el resultado, que adolece de los inconvenientes de «parálisis definitoria» antes mencionados, ha perdido virulencia, adquiriendo una pátina representativa de lo que se pensaba en un momento y en un lugar. Eso sí, es la pátina de un clásico mundialmente reconocido que nos abre literalmente su mente en ebullición y nos proporciona la subida de temperatura que muy pocos teóricos logran transmitir a sus lectores.

La figura de Adorno sigue suscitando controversia, viniendo muy bien, por tanto, que se den a la imprenta textos inéditos suyos como el presente. Convendría también verter a nuestra lengua contribuciones a su herencia intelectual de la envergadura de la Adorno-Konferenz que organizaron e hicieron pública en 1983 Ludwig von Friedeburg y Jürgen Habermas y que, a riesgo de equivocarme, creo que no ha sido traducida al español.

01/10/1997

 
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