ARTÍCULO

Televisión versus cultura

Anagrama, Barcelona, 191 págs.
Trad. de Josep Escué
 

Jean-Philippe Toussaint (Bruselas, 1957) conoció su primer momento de gloria a principios de los ochenta, cuando a raíz de la publicación de El cuarto de baño se convirtió en líder de un nuevo Nouveau Roman que nos debe aún esos sucesores de A. Robbe-Grillet, N. Sarraute, M. Duras o C. Simon, que prometía tan hábil como temerariamente una prestigiosa editorial francesa. Pero sí es cierto que Toussaint quedó asociado a la llamada «Corriente de los Impasibles», cuyos ecos persisten en las letras galas como un soplo vivificante en clave minimalista. Posteriores novelas como Monsieur y Lacámara fotográfica confirmaron el talento de su autor para erigir un mundo con escasos elementos, un ámbito claustral donde los individuos se mantienen a prudente distancia de la vida, negándose a la acción, aquejados de una melancolía algo autista que entronca con cierta indiferencia de la posmodernidad.

Tras una larga temporada dedicado al cine –Monsieur, La Sévillane y La Patinoire–, Toussaint regresó a la literatura con La réticence, una novela áspera y sombría que no obtuvo el favor del público. En los antípodas de ésta se sitúa La televisión, un inteligente alegato contra el siniestro artefacto que preside nuestras vidas y condiciona de paso nuestra percepción de la realidad. Fiel a su estilo, el autor belga acota pronto personajes y escenario: un historiador de cuarenta años se instala en Berlín con una beca para escribir un ensayo sobre las relaciones entre Tiziano y Carlos V, que ilustran el vínculo entre el Arte y el Poder. Mientras su mujer y su hijo pasan las vacaciones en Italia, el narrador decide consagrar el verano a la tarea, no sin antes tomar una postura radical: dejar de ver la televisión. Esta heroicidad pertenece por derecho propio a los atributos del elenco toussaintiano, seres que tras imprimir un giro brusco a su existencia –como refugiarse en la bañera-se entregan a meditar sobre el sinsentido de la vida. Pero, a diferencia de obras anteriores, la decisión del historiador no implica pasividad o aislamiento contemplativo. Antes bien, le descubre que haber prescindido de la televisión garantiza un amplio margen de maniobra: nadar en la piscina, practicar el nudismo en el parque de Halensee, dar largos paseos por el bosque de Grünewald, recorrer el museo de Dahlem, departir con los amigos, sobrevolar el cielo de Berlín en la avioneta de una muchacha o contemplar desde la ventana a una vecina desnuda. Es, por tanto, una novela más abierta y optimista que las otras, un canto a la libertad vital que se eleva sobre el pilón de un electrodoméstico tiránico.

No por ello pierde la televisión su aciago dominio, cúbico BigBrother que hostiga desde su negrura en el salón del apartamento. Surgen entonces las tentaciones, los súbitos brotes de teledependencia que el narrador encara con astucia de adúltero o bien resuelve en escenas más propias de un film de Buster Keaton o Jacques Tati. Pese a las agudas reflexiones sobre el medio, Toussaint no plantea su diatriba desde un ángulo moralizante: se sabe abogado de una causa perdida –mejor un correoso fiscal-y a la vez preso en libertad condicional. ¿Hasta cuándo podrá mantener su compromiso? Paradójicamente, renunciar a la televisión no le proporciona mayor tiempo para la escritura –otra forma de alejarse de la vida– aunque sí le permite unas ingeniosas elucubraciones, sobre la creación artística que frente a la pantalla encendida serían impensables. El texto puede leerse entonces como un tratado ligero sobre la impotencia literaria, las infinitas distracciones que alejan al escritor de la frase bien hecha. Para demostrarlo Toussaint desarrolla sus ideas a partir de la conclusión, envuelta casi siempre en un tono aforístico: «Las posibilidades que se tienen de llevar a cabo un proyecto son inversamente proporcionales al tiempo que se ha dedicado a hablar de él por adelantado». Al final sabremos que la norma rige con televisión o sin ella.

En un Berlín veraniego, soleado, semivacío, entre paisajes bucólicos y suburbios tenuemente apocalípticos, el narrador se enfrenta a uno de los grandes dilemas de la época –¿podemos vivir sin televisión?-y, como nuevo Sísifo, arrastra mil veces su carga mientras profiere inventivas contra deidades catódicas. Precisamente por exponer en clave irónica las ambiguas relaciones entre el artista y the idiot box, esta novela quedará como una de las más oportunas, frescas y sagaces de la última narrativa francesa.

01/01/2000

 
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