ARTÍCULO

La región del agua

Areté, Barcelona, 250 págs.
 

¿Qué ofrecen los fantasmas a la modernidad para que ocupen un lugar central? No sólo en el cine, donde Los otros o El sexto sentido se han convertido en grandes éxitos, ni tampoco en la televisión, donde los fenómenos paranormales desbordan por arriba las audiencias, sino también en la literatura, incluso en una tan poco dada a lo sobrenatural como la española, los fantasmas han tomado posiciones. Ha sido la literatura anglosajona la más fértil en buscar a los habitantes del otro lado; pero en la literatura española más reciente no faltan ejemplos de la presencia ectoplasmática. Javier Marías reivindicó la materia en algunos de sus ensayos de Literatura y fantasma (Alfaguara), antes habían explorado la zona oscura Adelaida García Morales o Cristina Fernández Cubas. Y muchas referencias se pueden añadir del último año: La soledad de los pirómanos (Espasa), de Javier Tomeo; Diabulus in musica (Planeta), de Espido Freire; o en el inicio del último diario de Andrés Trapiello, Las inclemencias del tiempo (Pre-Textos).

El aire fantasmal de La soñadora tiene raíces hispánicas, porque nos lleva a la Comala de Juan Rulfo. Si a Pedro Páramo la muerte de su madre le obliga a buscar a su padre en un lugar en el límite de lo que se conoce como vida, a Juan Hervás, el protagonista de La soñadora, la muerte de una antigua novia, Aurora, que se encerró en el pueblo después de haber conseguido salir, le empuja a regresar y enfrentarse a su propia vida. Aurora es la fantasma, tan dulce que no pide ni siquiera venganza; quizá esté en tránsito, cerrando lo que quedó abierto. Aurora no es el único ser sobrenatural de La soñadora, puesto que Martín Garzo (Valladolid, 1948) crea un reducido pero encantador bestiario: ondinas castellanas, hombres-pez...

Aurora y Juan han vivido una historia de amor tan intensa como los amantes de Las historias de Marta y Fernando (Destino, Premio Nadal, 1999). Aurora y Juan escucharon de niños las historias fascinantes que les contaba doña Manolita sobre los amores de su hermana, Adela, y también escuchaban historias relatadas por ancianos, el niño de Marea oculta (Lumen, 1993) y el casi adolescente Lázaro de El valle de las gigantas (Destino, 2000). Adela comete por venganza y con la mano de su enamorado, el ingeniero Jordi Monzó, un crimen brutal (en uno de los mejores momentos del libro), y Julia, el personaje de La vida nueva (Lumen, 1996), asesinaba a su prima Olga. En La soñadora los amores hilvanan todas las tramas: el amor inocente de la infancia, el fraternal, el furtivo... y en Los cuadernos del naturalista (Alianza, 1997) Gustavo Martín Garzo elaboraba interesantes teorías sobre el amor. Las aventuras del hombre-pez podrían pertenecer a las páginas fantásticas de La princesa manca (Ave del Paraíso, 1995). La imposible relación maternal de Aurora con su sobrino, tiene alguna similitud con la de Reme e Ismael en El pequeño heredero (Lumen, 1997). La nueva ficción de Martín Garzo está en perfecta armonía con sus anteriores novelas; aprovechan las enormes posibilidades de la tradición oral, entre los «aventis» de Juan Marsé y los filandones, y utilizan la construcción de la tradición culta.

Construcción es una palabra muy adecuada para hablar de La soñadora. No sólo porque Juan es un arquitecto de prestigio internacional, sino porque la novela surge de una gran obra pública, el Canal de Castilla, que transformó toda una región: un sueño de agua, que convirtió la pobreza en riqueza. Otra gran construcción, la del imaginario cinematográfico, es muy importante en la novela. Y las casas más fantásticas: la de la cascada de Wright, la que diseñó Wittgenstein para la felicidad de su hermana, la Maison de Verre, la de Leblanc para su amada en Valladolid..., que son el espejo negro de las casas que no edificó Juan para Aurora, en las que no vivieron juntos: no es extraño que Martín Garzo afirme que «los arquitectos eran los emisarios de la muerte».

Paralelo a ese anhelo constructivo corre la realidad destructora. Y la «belle époque» castellana, en una nueva Toscana, puede hundirse por una colonia de mosquitos y una poderosa máquina puede ser detenida por una apasionada relación sexual. En ese juego de contrarios, en el que se oponen casi todas las parejas posibles (historia y ficción, moral y amoral, vida y muerte, amor y odio...), Martín Garzo se encuentra muy cómodo y muestra la oscuridad con una sorprendente luz. La soñadora es tan transparente como lo es el agua y tan turbia como lo puede ser el agua. Donde el juego cae claramente de un lado de la balanza es en el par hombre y mujer. Son ellas las que están al mando porque guardan la memoria de los acontecimientos. Juan y Monzó, hombres fuertes de la novela, son tan débiles como el hermano pendenciero de Aurora o como su jefe ciego o como Araujo, el tullido marido de Adela.

Si los fantasmas llegaban de México, algo en el clima de La soñadora me llevaba hacia Gran Bretaña. Las tierras del Canal de Castilla, el potente escenario de la novela de Martín Garzo, me recordaban a los Fens. En El país del agua (1983; Planeta, 1985), la novela de Graham Swift, Tom Crick es un maduro profesor de historia que se esfuerza por captar la atención de sus alumnos, más interesados en el rock o en el fútbol que en lo que sucedió en el pasado; agobiado por el trabajo y la desidia de sus alumnos, Crick les empieza a contar su vida en los Fens, zona pantanosa en la provincia de Cambridge: historias familiares, leyendas o el relato de la fábrica de cervezas Coronation Ale. La infancia y las aventuras amorosas de Juan y Aurora eran semejantes a las que habían tenido Tom Crick y Mary, su mujer; el éxito de las harineras de Castilla me hacía pensar en la construcción de la cervecera... Swift y Martín Garzo nacieron a finales de los años cuarenta, y comparten una enseñanza de Faulkner: hay que mostrar lo terrible para esconder lo más terrible; y a Faulkner, como a los personajes de Martín Garzo y de Swift, le encantaba contar historias en voz alta, de fantasmas.

Aurora es una fantasma y cuenta historias de fantasmas, porque las historias que consiguen vencer a la muerte, o al menos aplazarla un tiempo (y sobre eso ha incidido más la tradición oral que la tradición escrita). A la tarea de aplazar la muerte está dedicándose con una gran intensidad lírica Martín Garzo.

01/03/2002

 
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