ARTÍCULO

Límites del mestizaje novelesco

Planeta, Barcelona, 576 págs.
 

Este comentario de La sombra del viento, la primera novela que conozco de las cuatro ya publicadas por el todavía veinteañero Carlos Ruiz Zafón, arrastra su pequeña historia, que me parece oportuno revelar al no ser ajena a la propia valoración de tan voluminoso y desconcertante libro. Lo leí hace ya un año, cuando esta revista me encargó que hiciera su reseña. La impresión de la lectura fue inexplicable: no me sentía capaz ni de dar un juicio razonado acerca de qué pretendía el autor con la sarta copiosa de sucesos que cuenta ni de aventurar cuánto, poco, mucho o nada, valía el esfuerzo que exige el puro hecho de escribir medio millar largo de páginas de letra no gruesa. Vaya por delante que para mí el trabajo honesto merece un respeto, aunque su resultado no sea muy feliz, y que nunca he despachado ni despacharé con una chulería el empeño ajeno por lograr una obra de arte.

Volviendo a mi cuento, pedí a esta revista que me permitiera leer de nuevo la novela pasado un tiempo, a ver si mediando éste y la relectura era capaz de alcanzar una opinión fundamentada en la que resolviera el otro dilema que se me había planteado: ¿se trata del resultado meritorio de una capacidad fabuladora poco común o de un amasijo de peripecias acumuladas por el descontrol verbal e imaginativo de un narrador no dispuesto a reprimirse? Por suerte, aquí no hay esa urgencia reseñadora de la prensa diaria que impide el análisis reflexivo y he podido volver a La sombra del viento pasados estos meses, en los cuales, además, se ha producido un hecho que hace aún recomendable el comentario. Me refiero a que el libro ha alcanzado ya la novena edición y aunque este dato editorial no sea muy de fiar (a veces forma parte de algunas estrategias comerciales), sí constituye un indicio del interés que ha despertado. Más de una novela reciente –recordemos Juegos de la edad tardía, de Luis Landero– se ha impuesto sin apoyos publicitarios llamativos y gracias a ese mecanismo conocido como el boca a oreja. Algo así ha debido de ocurrir con la de Ruiz Zafón, que no ha gozado de publicidad, ni tampoco ha tenido mucha crítica.

Mentiría si dijera que la relectura me ha servido para decantar un juicio. Hoy sigo teniendo ante La sombra del viento la misma impresión de desmesura y cierta arbitrariedad que ayer. Lo único que ha cambiado es que lo que en el primer contacto me pareció caos hoy lo considero taimada estrategia constructiva para llevar y traer al lector entre una acumulación deliberada de modelos narrativos que ahora constituyen la base del éxito comercial en forma de best-seller: una mezcla de literatura de acción y misterio con proclamas culturalistas y librescas. Dentro de este último ámbito, beneficiado por la tendencia actual a la valoración positiva del mestizaje, sitúa Ruiz Zafón con toda nitidez el arranque de su novela.

Comienza La sombra del viento con la visita que el narrador y protagonista, Daniel, hace al misterioso Cementerio de los Libros Olvidados, adonde le lleva su padre en el mayor de los misterios y como una especie de rito iniciático. Con las mayúsculas transcritas se da un carácter enfático al viaje clandestino, que poco después se confirma cuando Daniel se siente inexorablemente vinculado con una de las obras guardadas en el Cementerio, de igual título que la novela y cuyo autor, Julián Carax, despierta en él una curiosidad perentoria. La vida y milagros de Carax, los textos apócrifos o de intrincada peripecia bibliográfica que escribió, constituyen a partir de este momento la trama principal de la novela, y ello facilita un desplazamiento por el tiempo que lleva la acción principal, situada a mitad del primer decenio de posguerra, hacia atrás, hasta comienzos de siglo, y hacia adelante, hasta mediados de los sesenta. Esa línea fundamental sirve de percha para numerosas historias de amores y muertes, de idealismo político y de represión policíaca, de especulaciones materiales y de intríngulis literarios... Así avanza o se enreda una trama construida como un Guadalquivir o como las muñecas rusas y que tiende a un desenlace que remite a la situación inicial. Daniel lleva a su hijo, Julián, a visitar el Cementerio con el mismo secreto con que su padre le llevó a él allí.

Este desenlace que da a la historia entera un sentido circular plantea el problema básico del libro: no se sabe –o no alcanzo yo a saber– si encierra un sentido de la existencia, algo así como una actualización del mito del eterno retorno, o si se trata de una última e inesperada pirueta anecdótica para poner broche a una sucesión –vigorosa a veces, cansina a trechos-de peripecias referidas ante todo por el imperecedero gusto de contar historias.

Este último, pienso, constituye el designio básico de Ruiz Zafón. Por eso mezcla sin tasa sorprendentes historias personales con su abanico de conflictividad, que va de la tragedia a la comedia satírica. Por eso hace tanto un retrato crítico de un tiempo tenebroso, la posguerra, como un descenso mítico a los infiernos. Por igual causa empareja testimonio y fantasía. Y por idénticas razones pone en contacto tanto personajes más o menos normales como idealizaciones quiméricas, malos de maldad supina (un terrorífico inspector de la policía franquista) o un mendigo más sabio que Aristóteles.

La verosimilitud no es un concepto de aplicación a la novela de Ruiz Zafón. Lo suyo es otra cosa. Es fabular sin límite alguno. Y aprovechar para su fábula todo material precedente, siquiera sea para rendir homenaje a todos los cuentos del pasado. Por eso se enhebran en su novela numerosos esquemas narrativos más o menos explícitos: el viaje iniciático, la humorada colectiva heredera de Eduardo Mendoza, el relato social, la narración gótica, la intriga policíaca, la ficción histórico-exóticolegendaria, la prosa ensayística y metaliteraria...

Las reediciones alcanzadas por La sombra del viento indican que este tipo de obras tienen lectores abundantes. No garantizan que éstos apuren las claves literarias y artísticas que encierra y más bien puede pensarse que se quedan en la superficie de artificio y vorágine narrativa, prestigiada por el halo culturalista procedente de tratar de libros, de autores, de libreros... Sea como fuere, esta es una tendencia de nuestra novela que puede llegar a abrumarnos. Podría llamarse a este fenómeno «revertismo», o técnica de seguir las huellas del creador del capitán Alatriste mediante la aleación de narratividad y culturalismo. Ruiz Zafón –al igual que otros autores que andan en la misma estela: la joven Elia Barceló con su El vuelo del Hipogrifo es un caso muy claro– tiene dotes innatas de narrador, escribe con soltura, maneja bien diferentes registros formales e idiomáticos, pero de todo ello salen fuegos fatuos. Un narrador tan bien dotado, tan versátil y creativo, no debiera gastar sus abundantes talentos en obras como ésta, sin duda interesante y de lectura amena, pero limitada a la evasión o al golpe de efecto, y que parece más pensada para granjearse el éxito del día que para alcanzar los valores intemporales de la gran literatura.

01/10/2002

 
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