ARTÍCULO

La sombra de los indoeuropeos es alargada

Fondo de Cultura Económica, México
382 págs.
 

De la trilogía Mito y epopeya ya había salido en Seix Barral el primer tomo, subtitulado La ideología de las tres funciones en las epopeyas delos pueblos indoeuropeos (Barcelona, 1977, 1ª ed. fr. 1968). En aquella primera entrega Dumézil (1898-1986) se centraba en los antiguos relatos de la India (el Mahabarata), de la Roma primitiva (desde la analística hasta la Eneida), y de los osetas del Cáucaso (el ciclo de los héroes nartos), explicando en un prefacio iluminador la historia de sus investigaciones hasta la formulación de la teoría trifuncionalista. Para el autor, la concepción tripartita del mundo y de la sociedad habría subsistido como herencia común entre los distintos pueblos de la gran familia indoeuropea, desde la India hasta Italia e Irlanda, desde Escandinavia hasta Grecia. Sus mitos y leyendas, en efecto, atestiguarían la estructura de las tres funciones: «Por encima de los sacerdotes, los guerreros y los productores [...], se articulan las "funciones" jerarquizadas de soberanía mágica y jurídica, de fuerza física y principalmente guerrera, de abundancia tranquila y fecunda».

El volumen segundo, que ahora llega a nuestras manos (1.ª ed. fr. 1971), se desarrolla partiendo de los resultados obtenidos en el anterior, aunque no constituye una mera continuación del mismo. En su primera parte Dumézil compara un episodio del Mahabarata con textos griegos y escandinavos: las semejanzas del hindú Sisupala con el héroe escandinavo Starkadr y el griego Heracles permiten al autor reconstruir la idea heredada de los tres pecados del guerrero, cometidos siempre contra las tres esferas funcionales: la cósmica, la bélica y la productora (ver también su otro libro El destino del guerrero, Siglo XXI, 1971). Ya en la segunda parte es estudiado un personaje legendario que aparece a la vez en la tradición india e irania, el héroe Kavya Usanas / Kavi Usán, a partir del cual Dumézil se remonta a los antepasados comunes, los arios de comienzos del segundo milenio. Por último, la tercera parte de este tomo se ocupa de las concepciones de la realeza en la India, Irán e Irlanda: las analogías que se observan en las venturas y desventuras de los reyes Yayati, Yima y Eochaid Feidlech no podrían ser fruto del azar, sino de la ideología indoeuropea ancestral, reminiscente en las nociones básicas de esas realezas.

El tercer volumen está monográficamente consagrado a los antiguos relatos de la Roma primitiva y arcaica (1.ª ed. fr. 1973). Estas Historias romanas se dividen también en tres partes. La primera se titula La estación delos ríos, y trata un conjunto de narraciones en torno al tema del agua desbordada y amenazante contenida en el lago de los Montes Albanos, con los paralelos propuestos por el autor: el irlandés (el pozo de Nechtán) y el avéstico (el mito de Apam Napat). La segunda parte analiza el personaje de Camilo, vencedor de Veyes y los galos, y sobre todo devoto de Mater Matuta. La lectura que Dumézil hace de las fuentes grecolatinas pretende demostrar que esa divinidad dominó la vida del héroe: las tres «victorias en la aurora» del dictador expresarían su relación fundamental con la diosa del alba, así como su carácter solar –una faceta que, de paso, permite al autor establecer una analogía con la mitología de Usas e Indra en los Vedas–. En fin, ya en su última parte el libro escruta nuevas leyendas y cultos de la Roma primitiva, tras la pista siempre de la ideología trifuncional, que se reconocería en la tríada precapitolina de Júpiter, Marte y Quirino; en la caracterización de los cuatro reyes latinos; en la constitución de las tres tribus establecidas por Rómulo; en las vidas paralelas, pero antitéticas, de Camilo y Coriolano; en las hazañas de Cocles y Escévola, en la gesta de Publícola... Son un conjunto de historias y personajes de los que Dumézil extrae un cuadro épico funcional semejante al de la epopeya indostana y escandinava.

Huelga decir que con estos escuetos apuntes no pretendemos dar un resumen siquiera aproximado de los contenidos de Mito y epopeya, y que por supuesto no estamos haciendo justicia a la inmensa erudición y al enorme caudal de sugerencias que contiene esta trilogía. Por otra parte, Dumézil no es a estas alturas un desconocido para casi nadie; cuestión menos clara es el grado de familiarización que cada cual tiene con su obra, extensa y no siempre fácil: apenas quedan ya lectores capaces de dominar y controlar el conjunto de tradiciones manejadas por este gran comparatista. Junto a seguidores inquebrantables, el francés ha concitado detractores formidables, como Arnaldo Momigliano o Colin Renfrew. Otros han preferido callar, por diversos motivos, sin que falten quienes con su silencio deseen expresar un respetuoso desacuerdo con un maestro eminente. Permítasenos recordar aquí que la primera voz discrepante que oímos, antes de otras no menos autorizadas, fue la de Fritz Gschnitzer, ante su propio público de alumnos en la Universidad de Heidelberg: la idea de que el universo y la sociedad están organizados merced a la coexistencia de tres fuerzas cósmicas solidarias –arguyó– se trata de una estructura mental, y muchas veces también de una configuración social, compartida por un gran número de culturas preindustriales del planeta, desde las precolombinas hasta las africanas y orientales (objeción ésta de la que Dumézil, III, p. 531, es consciente, aunque no entra realmente a refutarla).

Nuestra posición coincide básicamente con esa crítica, si cabe con una orientación más agnóstica y por tanto no cerrada por principio al trifuncionalismo dumeziliano. Aceptamos como fórmula de síntesis la de que no debe esperarse sólo de los indoeuropeos la creación de una mitología o una épica trifuncionalista, aunque sin negar a esa gran familia una especial fidelidad a la cosmovisión tripartita del mundo. Dicho esto, no dejaremos sin embargo de advertir sobre el peligro de esa parte precisamente más especulativa de la obra de Dumézil, a saber: una teoría que, en el mejor de los casos, debiera plantearse como una hipótesis siempre a beneficio de inventario, puede convertirse en un presupuesto dogmático, con una pretensión holística demasiado evocadora de tantas ideologías fracasadas de la historiografía contemporánea. A fuerza de buscar los tres pies al gato –nunca mejor dicho–, el esencialismo indoeuropeo concretado en el trifuncionalismo deviene un lecho de Procustes, como con toda franqueza nos parece Mito y epopeya al tratar los episodios legendarios de Camilo, Coriolano y Publícola. Cuidado con la obsesión por descubrir los reflejos de la esencia intrahistórica indoeuropea aquí, allá y acullá: en la escala social del mundo micénico, en las tres clases de la República platónica, en los tres ordines de la Europa carolingia, en la tripartición social de los fueros medievales o en cualquier tríada consustancial a la existencia humana que coimplique oficiar/reinar, guerrear/violentar y trabajar/reproducir.

01/09/1998

 
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