ARTÍCULO

Retrato a dos manos

 

Amando de Miguel ha publicado un libro que se edifica sobre un viejo diario íntimo del autor y que se completa con unos interesantes anexos documentales sobre la situación sociológica de la España de los setenta, concretamente con un largo apéndice que recoge el capítulo censurado del llamado Informe Foessa de 1970 sobre «Vida política y asociativa», un estudio que retrata con cierta minuciosidad un aspecto de la realidad española que se presenta en su dimensión cuantitativa y que muestra que, pese a la prohibición general que pesaba sobre la actividad política, sobre ciertos tipos, sobre todo, la España de los setenta daba muestras de que se aprestaba a cambiar a pesar de las contrarias pretensiones de control del régimen. El autor conjuga muy bien esos dos niveles de su retrato de una época articulando su comentario de ahora con su ya viejo diario mediante el recurso a una memoria empeñada, más que en la autocomplacencia, en esa minuciosa objetividad que siempre hay que reclamar al sociólogo. Amando de Miguel sale airoso en este ensayo peculiar de caracterización de una época y de algunos de sus protagonistas intelectuales y políticos de los que recuerda acciones, opiniones y anécdotas muy características y harto significativas.

Pero Amando de Miguel ya no es, simplemente, un sociólogo convencional, sino que se ha convertido en un escritor de amplio registro, y como tal hace ahora de testigo crítico de un tiempo que ya es lejano pero que aún tiene bastante que decirnos sobre el de hoy, sobre otro tiempo que también es suyo. El autor hace gala de un cierto abandono de los usos de su disciplina para afincarse en un tipo de relato que, como queda patente en diversos pasajes de su diario de 1971 (el texto que hace de base del libro, escrito durante el mes que pasó en la cárcel debido a un proceso cuya naturaleza representa bien el cúmulo de absurdos en que consistía aquel régimen), es una vieja propensión del perpetuo estudiante que se llama Amando de Miguel.

La España de finales de los sesenta y primeros setenta le parece al autor un laboratorio único para estudiar en vivo la lenta degradación de un régimen autoritario sobre cuyo humus se iba edificando, con gran discreción y un poco a redropelo, la figura de una esperanza democrática, una realidad que acabó llegando (la famosa transición sin ruptura) sin apenas intervención exterior, a hombros de los mismos que soportaban (en cualquiera de los posibles sentidos del término) el franquismo. Fue, por eso, una revolución sin héroes en que todo, conforme al juicio previo de Ortega que el autor hace suyo, lo hizo el pueblo con menos prisas que pausas.

El cuadro de los fines del franquismo que nos dibuja Amando de Miguel resulta bastante alejado de ciertas reconstrucciones ad usumdelphini que se han hecho muy comunes. El autor es, desde luego, crítico con un sistema político que apenas tenía defensa doctrinal y que cuando creía encontrarla, como en el caso del «crepúsculo de las ideologías», no acertaba a ejercerla sino de un modo autoritario, fiel, en último término, a su carácter más duradero y singular. Para Amando de Miguel (que sigue en esto a su maestro Juan José Linz), el franquismo fue un régimen autoritario más que un régimen fascista y totalitario, sobre todo porque su único ideólogo permanente, el general Franco, detestaba los partidos, incluso el que pudiera ser propio, y creía que el mando, que había de rendir cuentas sólo ante Dios y ante la historia, era una cuestión personal que había de resolver quien tenía el poder en las manos. Franco ejerció el poder de una manera estrictamente personal (conviene recordar la humorada de José María Pemán, quien afirmaba que «el Consejo Nacional del Movimiento es un organismo cuya única función consiste en escuchar una vez al año un discurso del aconsejado»), que se apoyaba en un ejército que lo obedecía ciegamente y en una administración que le era enteramente fiel y en la que convivían las distintas «sensibilidades» que cabían en los vencedores de la Guerra Civil, unas «ideologías» que con el paso del tiempo se vieron relativamente atemperadas, en especial a partir de los años sesenta, por la influencia de tres factores: la apertura de España al exterior (sobre todo gracias al turismo), la emergencia de unas nuevas clases medias y la previsibilidad de un cambio político que nunca se sabía bien cuándo iba a llegar y en qué iba a consistir. Pero en el tardofranquismo, si se exceptúa el fenómeno de Fuerza Nueva, no había una fuerza política organizada a la defensa de un régimen que ya tenía una duración superior a la edad de las nuevas generaciones de trabajadores, empresarios, profesores y funcionarios que se incorporaban a las distintas actividades económicas y a la vida social. Así dice Amando de Miguel (pág. 222) que, al no haber masas movilizadas (esenciales en un régimen totalitario), «era imposible que cristalizaran en un partido. Esa ausencia fue el beneficio postrero que hizo Franco a su país».

Según nuestro testigo y crítico, un régimen de tipo autoritario como el franquista es de algún modo imprevisible y ello hace que sea imposible estudiar y entender su auténtica naturaleza ateniéndose únicamente a los textos oficiales. Si siempre se escapa algo al no contar con la vida cotidiana, en este caso la pérdida es sustancialmente mayor. La cárcel en que estuvo Amando de Miguel (y en que adquirió un insomnio pertinaz que acaso explique su condición de autor prolífico) era un retrato del régimen, un lugar en el que, pese a las normas establecidas, el autor recuerda que cada cual paseaba como Pedro por su casa. Igual ocurría con el sistema remedado por la cárcel: era fuertemente autoritario y represivo, pero sus normas, minuciosas y absurdas, podían no cumplirse, al menos en muchas ocasiones.

Amando de Miguel relata esos momentos crepusculares y recuerda la degradación de un régimen que se consumía sin que los líderes de la oposición acertaran a convencer a los españoles de que había que hacer algo más que esperar. La sociedad española estaba apática y funcionaba el principio de que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, de manera que la democracia hubo de esperar a la muerte de Franco para comenzar a llegar poco a poco.

Amando retrata el final del franquismo con la distancia de quien estuvo muy enfrente pero sin ninguna pérdida de objetividad, de manera que reconoce sus ridículas limitaciones, pero admite también las aportaciones que hizo al país un período de crecimiento económico y de cierta tolerancia que permitió, finalmente, una salida democrática que es la que hoy disfrutamos, aunque siempre quepa la discusión sobre hasta qué punto fue esa precisamente la intención de un dictador que murió a manos de la parsimoniosa naturaleza, tranquilamente, en la cama, rodeado del aprecio y la veneración de sus numerosos fieles, pero también de las más absurdas maniobras de quienes vivían de él y de la inquieta expectativa de quienes estaban esperando el momento de comenzar la democracia, de, como habría dicho Franco, «volver a las andadas».

Dice Amando de Miguel que el privilegio de la edad –no se olvide que el autor es optimista– permite abandonar los límites estrictos de la disciplina que se cultiva, porque la madurez contempla con cierto distanciamiento la competitividad de la juventud y toda esa epopeya del ascenso. Este libro es buena muestra de esa serenidad al enjuiciar un pasado que no gusta pero que fue más nuestro (de todos) de lo que muchos están dispuestos a reconocer, de lo que a veces querríamos.

01/10/2004

 
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