ARTÍCULO

La nueva sociedad contra el viejo Estado

 

En un proceso de mundialización que posiblemente deba tanto a las transformaciones sociales realmente existentes como al entusiasmo de teóricos y académicos en principio ocupados tan solo en la descripción del fenómeno, no debe extrañar que la tradicionalmente escurridiza noción de sociedad civil sea también, de forma irremediable, adoptada para la causa. Qué causa sea ésta es difícil de precisar, por más que la habitual distinción entre un diabólico neoliberalismo empeñado en el dominio del mundo y esa gran esperanza crítica que es el movimiento antiglobalización, ahora llamado altermundismo (los defensores de aquello de que otro mundo es posible), se haya consolidado públicamente y viva una periódica escenificación con cada cumbre internacional más o menos relevante. En cualquier caso, la fundamentación teórica de los análisis de la globalización representa de por sí una causa suficiente para explicar la extensión de los mismos al conjunto de conceptos y herramientas propios de la ciencia y teoría políticas: la eternamente renovada danza de los sujetos y objetos de la investigación. De modo que, si todo es global, nada puede dejar de serlo: tampoco una sociedad civil cuyo carácter presuntamente trasnacional es aquí explorado con detenimiento.

Es este el segundo volumen, de los cuatro previstos, dedicados al examen de la dimensión global de las sociedades contemporáneas, como parte de una iniciativa que, auspiciada por la UNESCO, la Comisión Europea y el Consorcio de la Ciudad de Santiago de Compostela, en ejemplar coalición institucional, encomienda su ejecución a la Agencia Europea de la Cultura, y cuya dirección compete a su principal responsable, José Vidal Beneyto. Si el primero de ellos (La ventana global, Taurus, 2002) se ocupaba de la sociedad global de la información, esperan a ver la luz los correspondientes a la comunidad política internacional, de una parte, y la diversidad cultural y los derechos humanos, de otra: la vastedad del programa da idea de una ambición teórica siempre bienvenida. Ambición, asimismo, expresada en la división temática de este volumen, producto, según señala su director, de un proceso de depuración y síntesis de los materiales disponibles mediante una serie de seminarios y reuniones destinados a la evaluación y armonización de los textos, todos ellos empeñados en «analizar la sociedad civil global, sus características, actores, procesos y prácticas desde la perspectiva de la aparición de la sociedad-mundo y su transformación en sociedad civil mundial» (pág. 18). Así, la primera parte está dedicada a la conceptualización de la categoría de sociedad civil, mediante la exploración de sus supuestos históricos y sus fundamentos teóricos, para adentrarse en el estudio de su transformación en sociedad civil global, como consecuencia de los distintos procesos de mundialización en curso. En la segunda, se estudian sus principales actores: el movimiento altermundista, las organizaciones no gubernamentales, los organismos económicos internacionales, las empresas. A continuación, se examinan los flujos actuales de población desde una perspectiva global, en sus tendencias de futuro, consecuencias económicas y sociales, y en la multiculturalidad resultante. La cuarta parte aborda la dimensión medioambiental de la globalización, privilegiando el estudio del impacto sobre el medio ambiente de la lógica capitalista de la producción y acumulación sin límites, sin olvidar la cuestión alimentaria y la cada vez más relevante cualidad estratégica de los recursos naturales, sintetizada en el concepto de seguridad medioambiental. Finalmente, en la quinta parte, se incluyen estudios sobre las actividades deportivas como prácticas globales de masa y sobre la responsabilidad ética y social de las empresas, para concluir con una reflexión acerca de la demanda contemporánea de religiosidad y sus implicaciones, cómo no, globales. Tal como puede adivinarse, esta vocación de exhaustividad provoca a veces, en este volumen y en otros de similar naturaleza, una dispersión temática no siempre justificada y tal vez inevitable: la amplitud del tema propicia la combinación de los enfoques descriptivo y normativo, este último ambiguamente expresado ya en el título del volumen, al tiempo que algunos trabajos no acaban de contribuir a la cohesión del conjunto, valor este, después de todo, susceptible de ser ocasionalmente sacrificado.

Resulta conveniente preguntarse, ante todo, por el sentido que posee la hipótesis de globalidad aplicada a la sociedad civil, y hacerlo en el contexto del inconcluso enfrentamiento ideológico por la definición semántica del proceso de mundialización. Porque la propia legitimidad del proceso depende de esa definición: la realidad social no puede desligarse de su relato. Y aunque, como en una letanía, se repita que la pregunta no es si queremos o no una globalización en todo caso imparable, sino qué globalización preferimos, de donde suelen seguirse respuestas notablemente estereotipadas que coinciden en rechazar la mundialización en marcha para oponerle sin más su negativo altermundista, no se trata de un proceso inevitable: lejos de una aceleración lineal, encontramos más bien ciclos de globalización, susceptibles de verse interrumpidos o frenados, tal como ocurrió cuando el siglo XIX desembocó en la Gran Guerra. La propia naturaleza de la mundialización se encuentra entonces poderosamente influida por la discusión en torno a ella. Y aquí es donde el concepto de sociedad civil global está llamado a desempeñar su papel. Porque su surgimiento y desarrollo históricos en oposición al Estado, como instrumento para la conquista de nuevos espacios de autonomía y libertad, y factor decisivo para explicar el nacimiento del Estado liberal frente al absolutismo monárquico, así como su mantenimiento posterior ante el reflujo totalitario de entreguerras, aconsejan su apropiación altermundista con vistas a un nuevo episodio de confrontación política y cultural, ahora en contra de una mundialización desbocada e injusta.

Tanto el papel del Estado como la articulación institucional de nuestras democracias liberales se ven así cuestionados. No es de extrañar en una época caracterizada por el incipiente desplazamiento del locus de la política, que pasa del tradicional ámbito nacional característico del primero a la esfera supranacional, con la lógica limitación territorial de los mecanismos democráticos de participación y decisión. De ahí que la expresión «sociedad civil global», se nos dice, traduzca «una nueva percepción del mundo, impulsada por el auge de los movimientos ciudadanos trasnacionales [...] y por la conciencia de pertenecer, como especie humana, a un sistema mundial de equilibrio frágil y precario» (pág. 23). Ante la obsolescencia sobrevenida de un Estado superado por los procesos de mundialización y regionalización, reliquia westfaliana en busca de su función en un mundo diferente, la gobernación global quedaría en manos de un puñado de organismos internacionales de carácter oligárquico y del consejo de administración de las empresas multinacionales: la globalización liberal según sus oponentes. Esto convertiría a la dinámica sociedad civil en la conciencia crítica de la tardomodernidad, depositaria última de la soberanía del pueblo y de sus derechos democráticos de participación, a la vista de las limitaciones de la representación política liberal. La contestación ciudadana a la invasión de Irak podría verse entonces como la perfecta demostración de esa dimensión civil y global de las sociedades contemporáneas: como en el viejo derecho anglosajón de desobediencia frente al tirano, la ciudadanía se opone legítimamente a las decisiones puramente legales de su gobierno: la nueva sociedad frente al viejo Estado.

Es bien visible la tentación narcisista que aqueja a un altermundismo inclinado a monopolizar esa nueva sociedad civil en función de su correspondencia con las nuevas formas de activismo y con su propio ideario globalofóbico. En este punto, un concepto de indudable interés puede verse perjudicado por el reduccionismo que alienta en su análisis. Porque presentar la sociedad civil como un ámbito de participación ciudadana que se opone creativamente al nuevo despotismo ilustrado de los hacedores de la globalización, una suerte de habermasiana revuelta del mundo de la vida contra el mundo del sistema, siempre el sistema, es ignorar las múltiples dimensiones constitutivas de esa misma sociedad civil, así como su interacción recíproca con las lógicas estatal y mercantil. Algo de esto asoma en el propio volumen: si John Keane reconoce que la globalización de la sociedad civil debe tanto a la iniciativa ciudadana como a un sistema de mercado que abre las fronteras y se separa de los poderes públicos nacionales, Salvador Giner apunta hacia el formidable grado de penetración estatal en la sociedad civil y la resultante dificultad de mantener intacta la dicotomía público/privado. Pero, aun siendo simplista la desnuda oposición entre una sociedad civil global y aquel Estado nacional cuya incapacidad en el contexto de la mundialización vendría aquélla precisamente a denunciar, no es menos cierto que la emergencia del concepto apunta a unas transformaciones sociales cuya incidencia en las formas y los mecanismos políticos liberales es todavía desconocida. Paradójicamente, junto al unánime reconocimiento de que la gobernación global exige un retorno de la política, el lugar mismo de ésta no termina de definirse. De ahí que la amenaza de devaluación de una participación política nacional –insuficiente para dar expresión a una sociedad civil dinámica y construida sobre el valor de la autonomía individual–, explique la demanda de su politización a escala global. Esta desconfianza hacia la institución representativa parece olvidar, sin embargo, que es en la creación informal de opinión pública donde, en tanto se alumbran nuevas fórmulas de gobernación para la política global, la sociedad civil aquí descrita y postulada cumple principalmente su función, suplementaria pero no sustitutiva de la ejercida por unas instituciones liberal-democráticas cuya prevalencia histórica no es, tampoco, mera casualidad.

01/01/2004

 
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