ARTÍCULO

Las lenguas de España

Premio Espasa de Ensayo 2005 Espasa Calpe, Madrid
206 pp. 18,90 €
 

De acuerdo con una definición bien establecida, el ensayo es un género textual de opinión, a través del cual el autor intenta convencer al lector de sus tesis y argumentos. Pues bien, el libro de Irene Lozano Lenguas en guerra, ganador del Premio Espasa de Ensayo 2005, constituye un ejemplar prototípico del género al que se adscribe. En efecto, a lo largo de las 198 páginas que van del preámbulo al último capítulo, la autora intenta sobre todo convencer. Convencer no sólo de su tesis sino también, y de forma muy laboriosa, de la objetividad de sus argumentos y, lo que me parece que distingue al libro, de lo bienintencionado de una y otros.
El libro se ocupa de la situación lingüística en la España actual que, como puede deducirse del título, se considera fuente de conflictos. Se trata sin duda de un tema de interés para los lingüistas (historiadores de la lengua, dialectólogos, sociolingüistas, expertos en política lingüística, entre otros) pero cuyas repercusiones van más allá e invaden el terreno de lo social, lo político, lo económico y lo cultural. De hecho, la autora, licenciada en Lingüística Hispánica [sic] y periodista, adopta una postura híbrida, y aunque acude de manera constante a argumentos procedentes de sus conocimientos de teoría lingüística, suele decantarse por una elaboración periodística de la cuestión.Así, los argumentos de corte teórico se entremezclan con comentarios anecdóticos más próximos a la actualidad política: es el caso de la inclusión de ciertos desafortunados comentarios de Arzalluz, Marta Ferrusola o Heribert Barrera, que quizá no habrían merecido ser reproducidos en un libro menos periodístico de lo que es éste. Hay, en fin, cierta tensión entre el periodismo de opinión y el género algo más fundamentado del ensayo humanístico y el resultado es un texto algo elusivo en ocasiones.
Bien es verdad que el tema se presta precisamente a la subjetividad, de la que tampoco escapan las argumentaciones de los lingüistas que lo han abordado.Y también que la autora asume su contradicción: en el propio preámbulo, que funciona como una captatio benevolentiae tradicional, Lozano señala que «este libro interesará a la minoría que reflexiona, porque no enuncia verdades, ni pretende hacer revelaciones a las que aferrarse, sino que intenta aportar argumentos a un debate en el que las proclamas los ahogan con frecuencia», y simultáneamente afirma que «quiero aclarar también que este ensayo huye de la equidistancia, una palabra dotada de sentido en el lenguaje matemático, pero resucitada con desacierto para la explicación de los problemas sociales, de los que ha desplazado a `ecuanimidad'. Mi análisis sobre el papel de las lenguas en la vida de los seres humanos, y particularmente de los que vivimos en España, no está exento de juicios y valoraciones» (p. 16). Con esa doble perspectiva, la autora se propone convencer al lector no sólo del contenido de su tesis, sino además de que es una tesis políticamente correcta: así, en la página 185, al criticar la actual política lingüística en el País Vasco, concluye: «Tiene una coherencia pero, ¿se puede considerar progresista?», de donde podría deducirse que esa es la cualidad que, según Lozano, una buena política lingüística ha de cumplir.
La tesis de Lozano es en esencia que las lenguas son instrumentos producto de una facultad biológicamente diseñada, la del lenguaje, y que sirven a un único fin, el de la comunicación, de forma que cualquier valor añadido las pervierte. Si las lenguas resultan de una facultad biológica, esto es, compartida por la especie, puede afirmarse que existe una gramática universal innata y común, de la que las lenguas particulares son manifestaciones surgidas en el transcurso de los siglos. En contra del contenido del mito de Babel, Lozano observa que las gentes no se separaron porque hablaran lenguas distintas, sino que hablan lenguas distintas porque se separaron. En palabras de la propia autora, que conoce bien cuáles son las cuestiones de interés actual desde una perspectiva periodística, «hay que detenerse en un invento reciente: la palabra `nación', de la misma raíz que `nacer', se registra en castellano desde el siglo XIV , con el significado primigenio de `conjunto de personas del mismo origen'. Entonces era habitual que las personas nacidas en el mismo lugar compartieran una forma de hablar. [...] La lengua, pues, no determina una diferencia tribal originaria, sino que es, en todo caso, el reflejo de ésta» (p. 37). Si las lenguas no son las que separan a los hombres, sino los grupos humanos los que separándose han dado origen a la diversidad lingüística, no queda otra postura que reclamar su «inocencia» y eso es lo que propugna la autora.
En defensa de esta tesis se recurre a modelos teóricos bien establecidos en el campo de la lingüística, y en especial al del lingüista estadounidense Noam Chomsky, de cuyos principios da una versión sencilla y amena, y cuya hipótesis de la existencia de una gramática universal asume. Ahora bien, a la vez que mantiene que todas las lenguas son iguales en sus aspectos esenciales, que comparten rasgos universales, Lozano argumenta que ese «juicio [...] conlleva algunos riesgos» (p. 70): por un lado, puede restar importancia al hecho de que miles de lenguas tienen un futuro incierto (la autora califica su desaparición de «hecatombe cultural» de notable dimensión) y, por otro, puede ocultar el hecho evidente de que, aunque todas las lenguas sean estructuralmente iguales, no lo son instrumentalmente. En la medida en que condicionan nuestras posibilidades de desarrollo y promoción, la autora aboga porque los hablantes de lenguas minoritarias tengan acceso a otras lenguas más poderosas que les permitan desarrollar sus capacidades y su promoción social. Esa va a ser precisamente su postura con respecto a la convivencia de lenguas en España: muestra su preocupación por la situación del castellano en las comunidades bilingües en nuestro país y aboga por el mantenimiento de su estatus en beneficio de los legítimos derechos de los habitantes de dichas comunidades. No manifiesta, en cambio, ningún interés por la situación de los hablantes monolingües del resto del país (puesto que éstos cuentan con una lengua fuerte que les permite la promoción social) y con ello se aleja de las tesis de Ángel López García en El rumor de los desarraigados (algunos de cuyos presupuestos sí están presentes en esta obra: así, por ejemplo, la idea de que el castellano no se impuso nunca sobre la otras lenguas peninsulares –al menos hasta época muy tardía en la historia, ya en el siglo XX – y que su extensión se debió a su carácter de lingua franca, de coiné de los habitantes de la Península), puesto que López García aboga por la extensión del conocimiento y uso de las distintas lenguas peninsulares en los territorios monolingües. Por el contrario, Lozano parece más próxima a las tesis globalizadoras en beneficio del español. Cuestiona las políticas lingüísticas actuales, que presentan el castellano como algo ajeno y extraño a los ciudadanos de los territorios bilingües, cuando nunca lo fue, y atribuye este enfoque al éxito de las políticas nacionalistas en la creación y asentamiento de un concepto nuevo, ajeno a la lingüística: el concepto de «lengua propia», que no sería aplicable al castellano, por más que, en efecto, sea la lengua propia de numerosos hablantes en los territorios bilingües; y vaticina como consecuencia esperable que la población de las comunidades bilingües acabará por prescindir del bien común que representa el bilingüismo.
Como es habitual en el libro, esta tesis se defiende con argumentos políticamente correctos: «Parece mucho más sensato pensar que, del mismo modo que las empresas se asocian en unidades mayores para enfrentarse a los retos de la globalización, los ciudadanos, los trabajadores, los parias en general, también obtendrían más beneficios si eliminaran las barreras que los separan y constituyeran grandes unidades en defensa de sus intereses [...]. En este maremágnum, el papel de las lenguas es evidente: todas son igual de respetables, pero sólo las grandes lenguas, y el español es una de ellas, podrían servir de comunicación de grandes grupos humanos en defensa de sus intereses, sus derechos y su bienestar» (pp. 196-197).
Según Lozano, no debería forzarse la naturaleza de las lenguas, inocentes del uso que los seres humanos hacen de ellas, y el reforzamiento de las lenguas minoritarias en España no debe llevar aparejado el desplazamiento de la lengua que es «propia» y común a todos: el español o castellano. Parafraseando el título del libro (Lenguas en guerra), y de acuerdo con su razonamiento, mejor debería hablarse de «Políticas lingüísticas en guerra».
En mi opinión, ni el castellano «peligra» en las comunidades bilingües, ni la existencia de decisiones políticas desafortunadas en materia de lenguas avala con su desacierto el consiguiente acierto de la formulación que encierra la tesis de la uniformidad lingüística que, como se ha señalado en ocasiones (por ejemplo, por parte de Albert Branchadell), de defenderse con coherencia, ha de propugnar en última instancia el abandono de cualquier lengua a favor del inglés, por lo que resulta incompatible no sólo con la preocupación por la desaparición de las lenguas minoritarias sino también con la defensa del español. Con todo, las contradicciones y las extrapolaciones presentes en la argumentación de Lozano no son del todo imputables a la autora. Están presentes en muchos otros trabajos sobre el tema y no son sino la consecuencia de la propia complejidad de la cuestión lingüística y de la naturaleza misma de las lenguas, que desencadena fácilmente la identificación entre lengua y nacionalidad, y favorece la argumentación subjetiva. Por ello no es en absoluto chocante que, aunque la nómina de lingüistas citados en el libro es abundante (Chomsky, sobre todo, pero también Humboldt, Sapir, Pinker, Moreno Cabrera y algunos más), y la mención a estos autores parece dotar a la obra de una cierta apariencia técnica, finalmente, y en línea con lo que se espera de un ensayo, la opinión subjetiva convive en él con el argumento de autoridad.
En suma, se trata de un libro que aborda un tema de suma actualidad, redactado de forma amena, de lectura fácil, y que tiene la virtud de sintetizar las distintas cuestiones que aborda. Sin duda ha de llegar muy bien al gran público y al lector desconocedor del tema o deseoso de una visión rápida sobre él. En ello se nota la pericia de la periodista. Para el lector especializado, o que haya seguido el debate medianamente a través de la prensa, el tratamiento de algunos de los diversos temas que aborda puede resultar ligeramente superficial o menos novedoso. Pero precisamente por eso se trata de un ensayo; y, yo añadiría, de un ensayo más periodístico que científico o humanístico: una especie de artículo de opinión muy extenso legitimado por los conocimientos teóricos, que se lee muy bien y ofrece una visión bastante atractiva para un lector estándar interesado en una cuestión con tantas conexiones y consecuencias para la vida (social y política) del país. Es, además, un libro lleno de buenas intenciones, caracterizado por la preocupación de la autora por la adecuada interpretación de sus posturas acerca de un tema harto polémico.

 

01/05/2006

 
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