ARTÍCULO

Un relato estático

Plaza y Janés, Barcelona
474 pp. 19,90 euros
 

La obra de José Luis Sampedro, que durante años ha gozado del favor del público, y en algunos libros –El río que nos lleva, Octubre, octubre o La sonrisa etrusca– también de parte de la crítica, está llegando en nuestros días a unos resultados irrelevantes desde el punto de vista literario con títulos, como el que comentamos, que pueden ser considerados sin paliativos de prescindibles. Ante casos así, no está justificado afirmar sin fundamento, como a veces se hace, que en una novela cabe todo y, lo que es peor, vale todo.
La senda del drago se presenta ante el lector como una novela de actitudes e intenciones éticas, de testimonio y denuncia crítica, de compromiso histórico y exigencia de una transformación social, tan patentes en su proyecto y concepción como en su desarrollo, que tiene como objetivo despertar y remover las conciencias ciudadanas, como ha hecho siempre la literatura social. Desde esa perspectiva legítima, defendida por la crítica marxista, importan más el qué, el porqué y el para quién escribir que el cómo escribir. Consecuente con esta intención, Sampedro ofrece una visión, si no del todo apocalíptica, sí al menos despiadada del decurso irracional y degradado del mundo y de la sociedad internacional, así como del funcionamiento global de sus políticas económicas y sociales.
Es la suya, sin duda, una literatura de indignación y de protesta contra algunos sucesos e injusticias actuales (por ejemplo, la invasión de Irak, el desigual reparto de la riqueza, el despilfarro de los países ricos, la forzada emigración de los pobres o la corrupción de los organismos internacionales) que van marcando el rumbo de la Historia. Nadie pone en duda que tan absolutamente justo y necesario es su grito como irrefutables sus razonamientos. Ahora bien, si el contrapeso de la balanza se inclina sólo hacia ese lado y se descuida lo estrictamente literario, estético y narrativo, el resultado es una floja novela manipulada por una voz con apariencia narradora, pero que a la larga sólo funciona como una correa de transmisión de ideas o como una mediadora en el mensaje de las nobles intenciones.
El novelista divide la obra en dos partes. La primera, titulada «A bordo del Occidente», fluye por una explícita y tópica alegoría en la que el mundo –«la nave de los locos» lo califica, con el tópico medieval– lo componen varios barcos sin rumbo –que representan a las distintas civilizaciones–, en uno de los cuales, el Occidente, navega el personaje narrador, y adopta el discurso de un diálogo continuado en el que tres personajes debaten sobre la evolución histórica, la globalización mercantil o la tecnobarbarie. La segunda, «Tenerife», se sitúa en la isla canaria y desarrolla, también de manera muy dialogada, una historia de amor muy poco imbricada con el motivo social de la novela, ya que su relato alarga en exceso las nimiedades sentimentales, se adentra con frecuencia en el territorio de la ñoñería y ajusta la trama a un recorrido turístico por los parajes tinerfeños más emblemáticos.
De acuerdo con esta estructura, puede decirse que los elementos narrativos de esta novela son muy endebles.Tampoco el narrador protagonista, que opera con cierta autosuficiencia subjetiva, alcanza una caracterización aceptable: tanto él como su peripecia vital, desde su adolescencia rural en España hasta su empleo actual en la Organización Mundial del Comercio, son mínimos bocetos faltos de configuración. Los demás personajes, el espacio, el tiempo y el discurso novelescos se asemejan a una sombra evanescente, ya que únicamente funcionan como meros agentes del mensaje político y social.
Lo más frágil de esta novela, sin embargo, es su falta de movimiento dramático, su condición de relato estático. En ningún momento se percibe el progreso de la acción, porque no la hay, ni la evolución de la trama, porque todo está encaminado a desvelar aspectos referenciales que refuercen la reflexión social y política del autor. Resulta inaceptable, desde el punto de vista narrativo y novelesco, urdir un texto como si fuera una charla de café entre amigos –en no pocas ocasiones así ocurre de forma literal en la obra– en la que un conjunto de voces pegan la hebra para arreglar el mundo.
Por tanto, quizás hubiera sido más conveniente, incluso más acertado (y no se trata de dar lecciones a nadie), que Sampedro hubiera escrito un ensayo de economía política, o de política económica, terreno en el que posee sobrados conocimientos, si el propósito prioritario era analizar los graves desajustes de la situación mundial, contemplados tanto desde las perspectivas éticas e ideológicas como desde las antropológicas y sociológicas.

01/08/2006

 
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