ARTÍCULO

Primer plano con semilla inmortal

Anagrama, Barcelona, 384 págs.
 

Este libro se inicia con una pregunta a todas luces retórica: «¿Hasta qué punto son originales los argumentos cinematográficos?». Nadie menos que Borges redujo a nada más que cuatro los argumentos básicos para cualquier tipo de narración. Si son cuatro o diez o son veintiuno o veintidós, como parecen creer los autores de La semilla inmortal, ¡qué más da!, lo cierto es que la urdimbre de los sentimientos y de los actos de los bípedos implumes no da para muchos tapices diferentes.

Aplicando el reduccionismo nos quedaríamos con media docena, haciendo gala de la proverbial manga ancha podríamos aceptar unas veinte variantes más o menos autónomas.

En este libro, Jordi Balló y Xavier Pérez se han propuesto encajar la casi totalidad de la producción cinematográfica en un esquema de veintiuno o veintidós argumentosbase, las «palabras con fundamento» de que habla Platón en el Fedro, «portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que [...] son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre». La cita platónica al inicio del libro no puede ser más definitoria.

Repasemos el índice de La semilla inmortal, lo que es algo así como hojear un Gotha de la literatura. En él encontraremos a Jasón y los argonautas, La Odisea, La Eneida, El Mesías, El Maligno, La Orestiada, Antígona, El jardín de los cerezos, El sueño de una noche de verano, La Bella y la Bestia, Romeo y Julieta, Madame Bovary, Don Juan, La Cenicienta, Macbeth, Fausto, El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Edipo, El castillo, Prometeo (y) Pigmalión, y finalmente Orfeo. Y debemos confesar que encontrarnos ante un repertorio como éste estimula de inmediato el instinto cinegético. ¿Dónde, por ejemplo, en cuál de esos veintiuno o veintidós nichos argumentales, podríamos ubicar La strada? Pero, ¡ay!, La strada es una mariposa inalcanzable para los lepidopterólogos: ni Nabokov la hubiese cazado.

De todos modos, para los aficionados al cine, este libro resultará mucho más entretenido, sugerente y enriquecedor que cualquier novela. Yo lo he leído con más atención y mayor devoción que ninguna obra de ficción en muchos meses. Sólo puedo encarecer su lectura, seguro de que quienquiera que ame el cine y desee ir más allá de su piel de celuloide, encontrará recompensas grandes en las páginas de La semilla inmortal. Para poner algún ejemplo que cae por su peso: lógicamente encontraremos El honor perdido de Katharina Blum, de Volker Schlöndorff sobre la novela homónima de Heinrich Böll, en el capítulo dedicado a la variante Antígona, pero, ¿hubiésemos ido en principio a buscar Raíces profundas (Shane) o Blade Runner o E.T. en el dedicado al Mesías? Y sin embargo... Ese es el aspecto ilustrador, iluminador, descubridor del libro, que nos hace devorar sus páginas en una curiosa cacería de nuestros propios recuerdos con la que poblamos un nuevo atlas de nuestra memoria.

Hay veces, pocas, pero es verdad y debe ser dicho, en que la inclusión de una cinta en un determinado capítulo nos hace mover la cabeza dubitativos: así, por ejemplo, cuando nos hallamos con Vidas secas, de Nelson Pereira dos Santos, entre los avatares de la Eneida, aun cuando no podemos menos que reconocer la fuerte carga de convicción que los autores aportan a su dialéctica. En líneas generales, eso sí, el «reparto» está conseguido y el resultado se lee, ya lo dije, mejor que muchas novelas.

Por lo mismo resalta más una flagrante ausencia: un capítulo que debiera estar dedicado al Quijote. Además de los veintiún arquetipos que los autores proponen como placentas argumentales, ¿qué pasa con el Quijote? A mi manera de ver, Don Quijote y Sancho son el modelo de Stan Laurel y Oliver Hardy y de copias de segunda, y hasta de tercera categoría, que ha habido varias; y de Sherlock Holmes y el Dr. Watson, con todas sus variantes posteriores, desde Philo Vance y Nero Wolfe con sus respectivos adláteres, hasta el mismo Maigret, cuyo Sancho es Madame Maigret. Eso para no hablar de los road movies, las «películas de la carretera» en nuestra nomenclatura castiza. El ninguneo del modelo cervantino llega en este libro a límites que hacen pensar en una exclusión apriorística y arbitraria, aun cuando quizás no lo sea: pero es curioso señalar que al libro de los libros –mucho más que la Biblia– sólo se le menciona en una nota a pie de página (la 170, equiparando hábitos lectores del hidalgo manchego y de madame Bovary), y que el adjetivo «quijotesco», tan apto para calificar algunas conductas cinematográficas (desde la de Gary Cooper en Sólo ante el peligro hasta la de Peter O'Toole en Lawrence de Arabia), nada más que aparece una sola vez en todo el texto. Honni soit qui mal y pense!

01/06/2000

 
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