ARTÍCULO

La Segunda República: entre la fiesta popular y la ruptura bélica

 

La Segunda República (1931-1936) ha tenido en el imaginario público de los españoles una estimación vertebrada básicamente en torno a dos polos antagónicos: bien fue la admirable fiesta popular democrática de abril de 1931, bien el penoso preludio de la tragedia de la Guerra Civil de 1936-1939. Ambas imágenes públicas tienen mucho de metanarrativas míticas generadas por dos «memorias» contrastadas codificadas ya durante la República y talladas a sangre durante la contienda fratricida: la del buen «pueblo republicano» oprimido (de filiación progresista) y la de la «nación católica» amenazada (de sesgo conservador). Sea como fuere, desde una perspectiva historiográfica necesariamente antimítica, ambas imágenes revelan tanto como omiten. En el primer caso, porque la mayoritaria fiesta popular del 31 había sido sustituida ya por un clima popular de lucha de clases agudísima a la altura del 34 y fue intensificándose y dividiendo en dos mitades a la sociedad española hasta crear las condiciones para la crisis bélica del verano del 36. En el segundo caso, porque la remisión al 31 de la tragedia del 36 elude que en el entreacto el régimen democrático fue una realidad efectiva y que su implosión final solo se fraguó definitivamente en el primer semestre del 36 y como resultado de acciones políticas conscientes o inconscientes entonces adoptadas.
Fernando del Rey, uno de los historiadores contemporaneístas españoles más prolíficos y solventes de los últimos tiempos, es el director de una nueva obra sobre aquella coyuntura histórica decisiva que lleva un título tan expresivo y revelador como su propio subtítulo: Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República. En esencia, el trabajo recoge diez estudios sobre las «culturas políticas» (entendidas como suma de concepciones sobre la democracia, valoración de las elecciones, consideración del adversario, estimación de la violencia, etc.) de varias fuerzas y sectores sociopolíticos claves para la comprensión del quinquenio democrático republicano: el anarcosindicalismo (Gonzalo Álvarez Chillida), el comunismo (Hugo García), el socialismo (Fernando del Rey), el republicanismo radical-populista y el catolicismo político (Manuel Álvarez Tardío), el catalanismo de izquierdas (Eduardo González Calleja), el monarquismo autoritario y el fascismo (Pedro Carlos González Cuevas), los intelectuales (Javier Zamora Bonilla) y las fuerzas de seguridad pública (Diego Palacios Cerezales).
El resultado final de ese trabajo colectivo es un libro muy voluminoso, de un elevado nivel cualitativo a pesar de la heterogeneidad de perspectivas incorporadas, que es sumamente eficaz a la hora de probar sus hipótesis de partida y que consigue demostrar en gran medida sus pretensiones de revisión crítica serena y templada de los mitos persistentes sobre la supuesta niña bonita inmaculada o el pretendido mero prólogo de una guerra.
Quizás el mayor mérito del libro cabe encontrarlo en su acertada contextualización de la crisis española de los años treinta en un marco europeo también plagado de tensiones y fracturas legadas por la Gran Guerra de 1914-1918 y su brutalización de la vida sociopolítica continental durante el período de entreguerras (1919-1939). En ese contexto, los «evangelios de la violencia» que apelaban al uso de la fuerza bruta para dirimir conflictos sociopolíticos fueron abriéndose paso en el quinquenio republicano al compás de un deterioro de la situación económica que nutría el antagonismo social y reduplicaba la polarización política, con la consiguiente expansión de la intransigencia y la voluntad de exclusión total como elementos básicos de la cultura cívica de una creciente parte de las élites y del electorado español.
Cierto es que, en un principio, cuando se produjo la fiesta popular de abril de 1931, esa apología de la violencia como partera natural de la historia parecía estar recluida en los extremos del espectro político donde siempre había anidado. Por eso la democracia republicana fue recibida en 1931, por la extrema izquierda, con declaraciones tan brutales como las siguientes: «Todo el poder a los soviets» (los comunistas); «Guerra sin cuartel a la sociedad constituida. Día de revolución. Día de sangre y fuego» (los anarcosindicalistas). Y así seguían ambos movimientos en 1933 y 1934 y con mayores seguidores: «Las instituciones democráticas son un mito, la democracia burguesa es una falsedad completa y hay que recurrir a la violencia» (PCE); «Contra el fascismo, la revolución. La quiebra de la democracia abre paso al imperio de la fuerza» (CNT). Y por eso mismo la democracia republicana cosechó, por la extrema derecha, iguales descalificaciones radicales: «A nosotros nos interesa ir al Parlamento, más que para estar en él apuntalándole, para salir de él, derribándolo» (los monárquicos de Renovación Española); «Hay que ir a la guerra. Hay que ir a ella, aun cuando perezcamos todos» (Falange Española). Y el perfil de esa hostilidad total no se amortiguó con el paso de los años y el incremento de sus fuerzas, naturalmente: «Vuelven las guerras de religión y de doctrina. Lo de las urnas ha pasado ya» (los monárquicos); «A última hora, siempre es un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización» (Falange).
Para infortunio de todos los españoles, desde 1933, y con creciente fuerza, esa convicción sobre la utilidad y moralidad del uso de la violencia como arma de lucha política llegó a afectar muy profundamente a dos movimientos sociopolíticos hasta entonces poco propensos en sus prácticas a derivas violentas y que eran inexcusables para la estabilidad del sistema democrático republicano: el socialismo organizado (dividido entre facciones hostiles reformistas y revolucionarias desde el fiasco de la huelga e insurrección de octubre de 1934) y el catolicismo político (escindido progresivamente entre la mayoría integrista de sus masas y la minoría demócrata-cristiana de sus dirigentes). Es significativo que los dos máximos dirigentes de ambos movimientos, ya a finales de 1933, en plena campaña electoral, hicieran declaraciones de mero compromiso accidental con los principios democráticos que alentaban recíprocamente al contrario a disponerse para resistir el hipotético movimiento del otro: «El Partido Socialista va a la conquista del Poder, y va a la conquista, como digo, legalmente si puede ser. Nosotros deseamos que pueda ser legalmente, con arreglo a la Constitución» (Francisco Largo Caballero, líder indiscutido de la Unión General de Trabajadores, 3 de octubre); «Necesitamos el Poder íntegro. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o lo hacemos desaparecer» (José María Gil-Robles, líder incontestado de la Confederación Española de Derechas Autónomas, 15 de octubre).
Lamentablemente, no fueron esas frases meras declaraciones retóricas derivadas solo de la lógica competencia electoral apasionada y extrema. Meses después, el tenor intimidatorio de la facción radicalizada de ambos movimientos persistía sin mengua alguna: «Esto es lo que queremos nosotros: organizar la lucha por el Poder. Todo lo que no sea organizar esta lucha será perder el tiempo. [...] El proletariado no tiene ganas de escaramuzas; quiere batirse definitivamente» (Santiago Carrillo, líder de las Juventudes Socialistas, julio de 1934); «Con las armas del sufragio y de la democracia, España debe disponerse a enterrar para siempre el cadáver putrefacto del liberalismo. La JAP [Juventud de Acción Popular, órgano juvenil del principal partido de la CEDA] no cree en el sufragio universal ni en el parlamentarismo ni en la democracia» (octubre de 1935).
Las razones de esa radicalización conjugada de ambos movimientos sociopolíticos hegemónicos son sin duda variadas y complejas, difíciles de aquilatar y todavía objeto de discusión por parte de la historiografía, como permiten apreciar las contribuciones de este libro: la frustración de los militantes socialistas por el fracaso de las medidas reformistas para mejorar sus condiciones de vida materiales de manera rápida e inmediata; el creciente temor de los fieles católicos por la desaparición de su modo de vida tradicional bajo el impacto de las reformas democráticas y secularizantes; la propia dinámica «en espiral» de temores recíprocos sobre la posible actuación del adversario-enemigo que impulsaba a «adelantarse» a sus actos de modo «preventivo» y «defensivo», etc. Pero lo que resulta incontestable como fenómeno histórico es la existencia de esa radicalización conjugada, al igual que su gravedad para la estabilidad del sistema democrático republicano porque, sencillamente, debilitó el núcleo sociopolítico que sostenía al régimen parlamentario y alentó los brazos opuestos de la tenaza mortal que lo estrangulaba progresivamente. De hecho, tras la polarización política inducida por las elecciones de febrero de 1936, la lectura de los trabajos reunidos por Fernando del Rey parece refrendar un juicio ya avanzado hace tiempo por un analista tan perspicaz como Raymond Carr: en España «eran ya visibles las actitudes que habrían de sumirla en la guerra civil».
Visibles sí que eran, desde luego, pero todavía no irreversibles, al menos desde un punto de vista historiográfico que huye de la predestinación tanto como de la teleología. Aunque quedan fuera del campo de análisis de este libro, por entonces aún existían fuerzas políticas y masas sociales que seguían comprometidas con la democracia a pesar de todo y de todos. Así lo apreció el propio Manuel Azaña, claro exponente de una parte de esos sectores y bien consciente de la gravedad de la situación, cuando presentó su gobierno ante las Cortes a mediados de abril de 1936: «Nosotros no hemos venido a presidir una guerra civil; más bien hemos venido con la intención de evitarla». Sin embargo, la espasmódica voluntad de gestión pacificadora de aquel débil gabinete exclusivamente republicano quedó profundamente lastrada por dos fenómenos políticos concurrentes: la quiebra final de la unidad de los dos grandes partidos mayoritarios, socialistas y cedistas, que supuso la práctica parálisis política y parlamentaria del país; y el desbordamiento de la violencia en la calle, con una sucesión de huelgas sindicales, choques con la fuerza pública y enfrentamientos políticos con saldos de muertos que llegó a crear una sensación de crisis de autoridad gubernativa muy aguda y generalizada.
En ese contexto crítico, la sublevación militar faccional de julio de 1936 asestó un postrero golpe mortal al régimen democrático republicano, sin duda alguna. Pero dicho golpe tuvo ese efecto letal porque el régimen se hallaba tan debilitado y vulnerable que fue incapaz de reaccionar contra el mismo, atajando en ciernes la conspiración previa o aplastándolo con vigor una vez iniciado. Solo esa combinación de impotencias de unos para triunfar por la fuerza rápidamente en toda España y de otros para sofocar con prontitud la intentona en todo el país abrió la vía al espectro de la guerra civil. Y en esa materialización final de una contingencia temida pero asumida, las retóricas y las prácticas estudiadas en este libro tuvieron un papel fundamental. No en vano, como recuerda un dicho popular, las palabras preceden a las acciones como los rayos al trueno.
Para terminar esta reseña, quizá pudiera añadirse algo que ya no se recoge en la obra y que quizá hubiera podido ampliar su campo de análisis: la plena conciencia que algunos líderes republicanos tuvieron de los peligros y efectos de ese proceso deslegitimador que sumió al país en la mayor catástrofe concebible. A título de ejemplo, apenas iniciada la guerra, Indalecio Prieto tardó varios días en dirigirse por radio al país por una razón privada tan precisa como imposible de exponer en público en aquella coyuntura:

No quiero hablar porque no sé si podré contenerme y no soltarle alguna andanada a Caballero, Baráibar y compañía [líderes de la Izquierda Socialista bolchevizante]. Tan culpables han sido ellos como Falange de haber creado el ambiente que propició la sublevación militar.

Obras como la aquí reseñada ayudan a arrojar luz sobre aquellos tiempos y procesos con voluntad de comprensión intelectual y sin propósito de contribuir a remozar uno u otro de los grandes macrorrelatos mitológicos que todavía subsisten en el imaginario público sobre la Segunda República. No es poco mérito historiográfico. Y me atrevería a añadir que tampoco es poco mérito cívico, dados los maniqueísmos imperantes sobre el particular.

01/12/2011

 
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