ARTÍCULO

La curiosidad, motor de la historia

 

China no se habría desarrollado porque «carecía de amplitud de miras, de capacidad de apreciación y, por encima de todo, de curiosidad». Por el contrario, los europeos fueron humildes y quisieron aprender. Ahí podría estar todo: la curiosidad, expresión máxima de la cultura, motor de la historia, y, monopolizada por Europa (por el noroeste de Europa), razón bastante para explicar una historia universal eurocéntrica.

David S. Landes es un veterano y muy reconocido profesor norteamericano de historia económica –bien lo demuestra el prolijo capítulo de agradecimientos– que ha dedicado su empeño profesional a estudiar la revolución industrial. La pregunta ¿por qué se produjo en Europa –y por qué en Inglaterra?–, le acompaña desde tiempo atrás: incluso se le atribuye su paternidad. Cuando se planteó el problema por primera vez debió despacharlo en unas pocas páginas (en las que, sin embargo, resulta perceptible ya la semilla de su pensamiento actual). Ahora, tras años de lecturas y larga reflexión, nos ofrece su última respuesta bajo un sugerente título que parafrasea el de la obra de Adam Smith, por quien siente bien comprensible admiración, y en un volumen que, además, no se limita sólo a eso; en realidad, nos entrega dos libros en uno, lo que siempre es de agradecer: el primero –extenso– sobre el pasado, el segundo –breve– sobre la actual situación mundial y sus perspectivas de futuro.

Hay que valorar el triple salto temático, cronológico y geográfico que realiza el autor: un nato historiador de la economía contemporánea ha intentado adentrarse en el territorio de la historia multidisciplinar; retrocede, para explicarnos su versión de esa historia, mucho más allá de la revolución industrial; y abandona el estudio exclusivo de Europa para ofrecer una visión universal, circunstancias, todas ellas, nada usuales. Y hay que agradecer también, seguramente, la manera en que lo hace: el libro resulta distraído, trufado de anécdotas, intencionadamente alejado de cualquier atisbo de academicismo, con indudables aciertos –especialmente la percepción de determinados contrastes entre las diferentes civilizaciones del mundo y entre los tiempos pasado y presente–; es una obra sin duda inteligente, intuitiva y cargada de ironía.

Pero hay también que poner enseguida el dedo en la llaga, aunque no sea más que porque así lo exige un texto nacido con la expresa vocación de resultar polémico. La crítica atenderá al tono, que de irónico deviene a menudo en hiriente a la hora de caracterizar determinados hechos o actitudes. Cuestionará la supuesta originalidad de los planteamientos (bastante), las conclusiones (menos) y, sobre todo, la credibilidad, la coherencia y hasta la disposición de los argumentos esgrimidos. En muchas ocasiones, éstos parecen sustentarse en lo que otros podrían considerar sólo prejuicios y tópicos; y, también casi siempre, el lector tiene la sensación de asistir a una suerte de ejecución de la historia a la inversa, desde el presente: así ha ido, luego así habrá sido; y eso podría constituir, entre otros, pecado de anacronismo. El resumen de contenidos que sigue incorpora ya bastantes de las prevenciones señaladas.

El esquema resulta de lo más clásico en obras de este tipo, que ya van siendo algunas. Así, comienza por considerar el medio y los factores biológicos asociados –el inicio de las diferencias–, pasaje en el que las adversidades que deben afrontar los habitantes de las zonas cálidas adquieren tintes dramáticos (¿morbosos?) pero son consideradas, al fin, no determinantes. Claro, que las ventajas añadidas de que gozaba Europa se glosan de inmediato: además del mejor clima, variedad, fácil transporte, menor densidad demográfica, por ende más ganado y diversidad de productos, fragmentación política, subsiguiente y estimulante competencia, aparición de los derechos de propiedad (montado ahora en un frenético ascensor histórico, lo que resulta habitual a lo largo de la obra) y hasta temprana superioridad tecnológica (causa: el mercado y el espíritu de empresa)... frente, ya, al despotismo de los sistemas hidráulicos de Asia y a las religiones orientales como muros contra la innovación. Tampoco nada nuevo. Prácticamente, con Colón y Vasco de Gama prestos a zarpar, está todo dicho: y como lo estará casi siempre, un tanto revuelto (caps. 1-3).

A partir de ahí, el autor aborda, en decidida clave divulgadora, su versión de la expansión europea hacia oeste y este. Extenso bloque sin otras novedades que encauzar sus objetivos, bien definidos de antemano. Y así pasamos de los cañones y velas a los agentes patógenos, y de los adormecidos y abúlicos chinos a los imperios americanos de pies de barro, aliados todos, al alimón, de la ociosidad, la codicia y la crueldad (ciertamente inenarrables) de los portugueses y, sobre todo, de los castellanos: «Pulgarcito dejaba guijarros para marcar su camino; los españoles, cadáveres». Menos mal que holandeses, ingleses y franceses aparecieron en las Antillas para cultivar el azúcar y explotar aquello racionalmente –se incluye aquí un sentimental homenaje a los esclavos negros, coprotagonistas a su pesar y víctimas de la época que les tocó vivir–, y suplantaron después a los portugueses en oriente (deshauciados tras haber caído bajo las garras españolas), porque de no haber sido así el despegue de Europa se hubiese visto retardado. Los holandeses, que por el contrario habían logrado sacudirse el yugo de la misma bestia («estaban hechos de hierro») y que «querían enriquecerse con el comercio», tomaron el relevo, pero tenían «con el aliento en el cogote» a los ingleses, con quienes llegaría la sublimación de lo que por entonces era posible: el descubrimiento del algodón y, enfrentado su genio con los mil horrores de la India, el cambio del curso de la historia en la batalla de Plassey, con la guinda de la victoria de la inteligencia de Clive frente a la torpeza de Omichund. «Balance del imperio» –léase de los estados europeos hasta aquel momento–: «España optó por gastar, en el lujo y en la guerra»; las naciones del norte, por el contrario, «optaron por trabajar», y así les fue a cada uno. Explicación: Weber y su ética protestante, ardorosamente reivindicado, sin matices, más el apéndice que asocia protestantismo y ciencia moderna (otra novedad pues, sustentada en Robert K. MertonMerton, Robert, K., Ciencia, tecnologíay sociedad en la Inglaterra del sigloXVII , Madrid, Alianza, 1984 (edición original inglesa, 1938); aludido Merton en el cuerpo del texto, sus obras no se recogen sin embargo en el amplísimo repertorio bibliográfico del volumen., pero de la que rescata también sus raíces decimonónicas). Es decir: trabajo duro, honestidad, seriedad, frugalidad en el empleo del tiempo y el dinero y hombres cultos y abiertos... frente a la holgazanería, la ignorancia, la superstición y la Inquisición intolerante de los católicos (muy especialmente de los españoles). Pruebas: algunas anécdotas, las tribulaciones de GalileoQue bien podrían no haberse debido a lo que comúnmente –Landes incluido– se cree; véase Redondi, P., Galileo herético, Madrid, Alianza, 1990., más (añado) la meta alcanzada: ganarían el futuro (caps. 4-12).

La revolución industrial sigue siendo considerada a la manera clásica, desatendiendo fenómenos explicativos como las transformaciones agrarias, la protoindustrialización –que nunca llama por ese nombreNo recoge la relación bibliográfica de Landes algunas de las consideradas obras clásicas sobre el tema: Mendels, F. F., «Proto-industrialization: the first phase of the industrialization process», Journal of Economic History, XXXII, 2, 1972, págs. 241-262; Kriedte, P., Medick, H., y Schlombohn, J., Industrialización antes de la industrialización, Barcelona, Crítica, 1986. Menos todavía, por supuesto, las últimas consideraciones: Ogilvie, S. C., Cerman, M. (eds.), European Proto-industrialization, Cambridge University Press, 1996. Aunque sí Berg, M., La era de las manufacturas. 1700-1820, Barcelona, Crítica, 1987; Mercados y manufacturas en Europa, Barcelona, Crítica, 1995.– o la importancia de la demanda en el proceso. Quizá los da por conocidos y por ello no les dedica sino un espacio ínfimo. Pero como quiera que sí incide en su identificación plena con el sistema fabril y en la exaltación de lo que en ella implica brusca rupturaRecuérdese el mitológico antetítulo de su obra de 1969 en la edición original inglesa: The Unbound Prometheus: Technological Change and Industrial Development in Western Europe from 1750 to the Present, Cambridge, Cambridge University Press., la impresión no puede ser otra. El que se produjera en Europa se explica ahora a partir de su desarrollo intelectual, por lo demás en la línea de otras publicaciones recientesCrosby, A. W., La medida de la realidad. La cuantificación y la sociedad europea, 1250-1600, Barcelona, Crítica, 1998... que, por cierto, recibiera una afilada recensión en esta misma revista (Solís Santos, C., «Lecciones de cosas para el metro», Revista de Libros, 28, abril de 1999, págs. 20-21). Landes no incorpora esa referencia bibliográfica.. Y el que fuese precisamente en Gran Bretaña, se explica también a partir de que atesoraba todas las virtudes –de hecho se reconstruye un «modelo ideal» para identificarla–: resultó importante «ser una nación [...] con conciencia de sí misma, marcada con una identidad común»Véase al respecto Kearney, H., Las islasbritánicas. Historia de cuatro naciones, Madrid, Cambridge University Press, 1999., disponer de una sociedad emprendedora, ignorar los prejuicios irracionales de origen religioso, contar con un gobierno receptivo, honesto y moderado (garantía de la propiedad privada, derecho a la libertad personal), el estímulo de la competencia, la movilidad geográfica; es decir, todo un combinado de circunstancias –sin jerarquizar– en las que late el espíritu del liberalismo. La difusión (escalonada, es cierto) de los avances por el continente (Francia, Alemania) no es para Landes indicio de un grado de desarrollo previo parecido, sino sólo copia burda. Su retraso se explicaría por el «legado medieval» (que, evidentemente, no afectaba al caballo ganador): «feudalismo» en el mundo rural, gremios en la producción manufacturera y trabas al transporte, en una exposición de trazo grueso (¿argumentos de orden cultural?). En cuanto a los recién nacidos EE.UU. (perdóneseme que revuelva un poco el índice), la explicación parece apuntar hacia la misma familia argumental (atiéndase a la gradación), pero en sentido distinto y bien claro: «La igualdad alimentó la autoestima, la ambición, la disposición a entrar en el mercado y a competir en él, el individualismo y la pugnacidad»; con tales ingredientes, la pronta superación de la madre y maestra era cuestión de tiempo. Y véase lo que sigue: Escandinavia, «dramáticamente pobre en el siglo XVIII », se incorporó después por su preparación cultural, la estabilidad política, el orden público, el respeto a los derechos de propiedad y la libre empresa (por ese orden); mientras los países del sur, que padecían intolerancia religiosa e intelectual, inestabilidad política («España, aunque nominalmente unida, seguía dividida por la autonomía de las regiones»), eran pobres y carecían de espíritu de iniciativa y de conocimientos (por este otro orden), continuarían anclados al pasado. Al fin, «la divisoria del desarrollo europeo va de oeste a este y de norte a sur, de los pueblos instruidos a los iletrados, de las instituciones representativas a las despóticas, de la igualdad a la jerarquía... Lo determinante no fueron los recursos, el dinero ni la explotación extranjera. Fueron factores internos: la cultura, los valores, el sentido de la iniciativa». Y de la primera a la segunda, la revolución de la industria química y la electricidad: para entonces Gran Bretaña quedó rezagada porque franceses y alemanes habrían organizado mejor los estudios científicos (caps. 12-19).

Veamos ahora quiénes, entre los no europeos, fracasaron en el intento de tomar el tren, y por qué. Latinoamérica era, sencillamente, la antípoda de EE.UU., no sólo en lo geográfico, sino en todo lo demás (preciosa herencia británica versus vicios históricos españoles). China pagó las consecuencias de su complejo de superioridad en el sentido que reza el encabezamiento de estas líneas (aderezado de confucionismo, intrigas palaciegas y una «tiranía mezquina»), con lo que los europeos se la comieron a cañonazos, dado que nunca quiso aprender a fabricar relojes. En cuanto a la civilización islámica, la religión vuelve a pasar a primer plano, pues habría sido la responsable de su segregación intelectual y consiguiente atraso tecnológico, además de engendrar un machismo letal para el desarrollo y de explosivas consecuencias en cuanto que «la violencia es la expresión quintaesencial, testosterónica, de la autoridad masculina»: todo eso habría hecho añicos las mejores intenciones, como en el Egipto del XIX . Hoy, los ricos países de la OPEP tienen el mismo problema que la España del XVI , dinero fácil; «mientras tanto, los pobres (como Pakistán) hacen hijos y, cuando pueden, los exportan, o los venden a los correligionarios como sirvientes, empleados en tareas humildes o como objetos sexuales»; Argelia constituiría la expresión última y álgida de su fracaso. Sólo Japón habría escapado a ese destino. Predestinado al triunfo «porque se sentían superiores», por la «calidad, talento y determinación de los patriotas», por la obsesión de aprender, que compartían con Europa, como también un nacional-«calvinismo» parecido al original en cuanto a la ética del trabajo y el sentido de la responsabilidad. Copiaron primero a los europeos, se replegaron después, y volverían más tarde a imitar. No fueron allí óbice ni un largo autobloqueo comercial ni una suerte de inquisición local. Lo consiguieron con esfuerzo, trabajo duro y de calidad y salarios bajos, sin vacaciones (hasta hoy), algunas trampillas arancelarias y las mujeres –a pesar de no ser tampoco demasiado consideradas– al frente de la economía doméstica: lo ilustra una preciosa leyenda en cuatro páginas (caps. 20-24).

Llegamos a la situación actual. Las cosas son como son, y cada sociedad es responsable de su presente, incluso los países africanos de sus fronteras, y ninguna embajada norteamericana ha tenido al parecer responsabilidad alguna en ningún cuartelazo al sur de Río Grande. Vindicación pues del imperialismo, mero accidente del progreso, con cuestionamiento de sus posibles efectos negativos, tesis tan en boga. Lo ha habido siempre que alguien ha conseguido sojuzgar al vecino. Incluso, el posterior a 1800, estratégico, habría costado más de lo que rindió, y habría educado e invertido. Desde luego (he aquí la prueba), la independencia no se ha traducido en prosperidad en casi ninguna parte, y en muchas se ha ido a peor. En todo caso, sólo ha sido culpable el imperialismo de la Unión Soviética con su combinación de socialismo más dictadura.

A lo largo de la historia, diversos países han ejercido la hegemonía y la han perdido: Holanda, Inglaterra (que se ha visto superada incluso por la «colbertiana» –estatalista–, orgullosa y exquisita Francia, algo que parece disgusta al autor; pero ya vendrán sus problemas si sigue pagando salarios demasiado altos...). La han perdido cuando ha faltado la innovación y el espíritu emprendedor, cuando no se ha sabido explotar nuevos terrenos o no se ha acertado en los planes de educación. Hoy tiene problemas EE.UU. (especialmente por la competencia de los tigres asiáticos, hábiles trabajadores dada la destreza adquirida de la costumbre de comer con palillos –tesis sostenida con firmeza–), quizá también Japón, relacionados éstos con la autoexigencia, que puede perjudicar la calidad de vida, aunque el autor insta a los americanos a imitar el concepto del trabajo y los sistemas de producción a la carta de los nipones. No teman sin embargo «los vencedores» (entre los que incluye también a la trabajadora Alemania y hasta a la turística Italia): los problemas no son irresolubles si se rescata el espíritu de empresa, base siempre, en cualquier lugar y circunstancia, del éxito económico. Depende de los planes de estudio, pero también ocurre «que sólo surge cuando surge».

Mucho peor lo tienen «los vencidos». Incluso los acaudalados, cuyas instituciones políticas, sociales y culturales, y prejuicios sexuales (por encima de todo), ahogan su desarrollo, y que, además, «siguen buscando la revancha en el fundamentalismo religioso». El remedio, políticas «correctas: mercados, mercados y más mercados». Y sacrificios. Lo mismo necesita Latinoamérica, también en el doble sentido de desprenderse de su envenenada herencia y abrazar la globalización. Peor la recibieron todavía los países de la órbita comunista, sistema contra el que se explaya con razón... y con saña. El mar de Aral y Chernobyl se erigen como monumentos que definen aquel legado (de pronto, el autor deviene ecologista, sensibilidad antes no advertida, de no ser para protestar por la contaminación de Bangkok); su consecuencia en los hombres es, todavía hoy, la ingestión inmoderada de vodka. Aquello, simplemente, no parece tener solución, o al menos no la propone Landes; se entiende será la misma. Por fin, en África, todos los males se incrementan exponencialmente. Con la independencia están mucho peor, en manos de tiranos. Claro, que eso debe considerarse normal dadas las características de sus masas; como ejemplo, el sida: «ni pensar en los preservativos: a los hombres no les gustan». Aunque tampoco hay que sorprenderse: «para tener un gobierno capaz no basta con pedirlo. A Europa le costó siglos merecerlo, así que ¿por qué lo iba a lograr África en unas cuantas décadas...?». Deberán esperar...

Conclusiones: confirmación de Europa y sus avances como factor clave del progreso universal en los últimos mil años, pese a quien pese. Y de su difusión, aunque protesten de ese planteamiento quienes no han querido o sabido aprender. Por fin, la cultura –«conjunto de actitudes y valores íntimos que guían la conducta de una población»– habría sido el factor determinante en la carrera librada por las diferentes civilizaciones, por mucho que eso asuste a los académicos, pues las críticas culturales rozan muy de cerca el ego, pueden agraviar identidades y autoestimas. El diagnóstico sobre el mundo actual es pesimista a corto y medio plazo para muchas zonas, pero mejor para el futuro, como no podría ser de otro modo dada su condición de economista (los historiadores son pesimistas por naturaleza, pues sólo miran al pasado). La medicina recetada, el liberalismo, limitando la intervención del Estado a sectores especiales y a regañadientes. Los países bien instalados tienen la competencia de los emergentes (que producen más barato); deberán apretarse el cinturón y podrán seguir adelante si estimulan su espíritu de empresa. Los pobres no deben esperar cosas del exterior, sino salir adelante con «trabajo, capacidad de ahorro, honestidad, paciencia y tenacidad»; y con optimismo, pues «en este mundo los optimistas se llevan el gato al agua, no porque siempre tengan razón, sino porque son positivos» (caps. 25-29).

Las tesis defendidas por el autor son, como casi todas las tesis, perfectamente legítimas y respetables. Problema diferente es el de la firmeza de los argumentos que las sostienen. Landes apela a la cultura, que finalmente define de la manera que se ha dicho, como explicación última de la historia eurocéntrica. Opina, además, seguro que con acierto, que los factores desencadenantes de procesos complejos son invariablemente múltiples y están invariablemente interrelacionados. Sin embargo, ha construido un discurso que prima determinados y diferentes aspectos a la hora de abordar cada situación, cada civilización y cada momento histórico. Es así que apunta aquí hacia la religión y sus trabas (o virtudes); allá, hacia la ciencia y la tecnología; en otros momentos hacia la educación y sus instituciones; acullá, hacia la curiosidad o la «calidad humana» (¿?) en un nítido ejercicio de darwinismo social; al fin, sin otra distinción de planos, hacia el establecimiento de los derechos de propiedad, la competitividad, los sistemas políticos, el machismo o el espíritu de empresa (todo es –o todo podría ser–, evidentemente, cultura).

Todavía nada que objetar si esas fueran conclusiones producto de una revisión sistemática, en todos los casos, de todas las variables. Pero no parece que sea así: el autor parece enfocar en una u otra dirección discrecionalmente, según conviene (desde, cabe suponer, su intuición), en un continuo ejercicio de reduccionismo y superficialidad (cuando no trivialización y hasta frivolidad) que aleja a la obra del compromiso pluricausal que declara como principio. Y más aún: estructuras sociales, creencias, instituciones y prácticas de gobierno que impidieron el crecimiento económico en algunas sociedades no lo habrían hecho en otras, sin que se explique el porqué... más allá de que otras fuerzas habrían resultado allí, supuestamente, determinantes.

Desde tales consideraciones cabe hablar de ensayo (género, cómo no, también muy respetable), pero difícilmente de análisis histórico. Ocurre además que bastantes de sus planteamientos en ese campo resultan discutibles, anclados en supuestas certezas que las investigaciones de los últimos años han cuestionado seriamente, algo de lo que ya se han citado ejemplos diversosPor no comentar despistes acaso preocupantes, como ubicar a Carlos V en el siglo XVII (pág. 137 de la versión española y 138 de la inglesa) o calificar como enfitéuticas las cesiones de tierra hechas por la corona en algunas zonas de América del Sur (295 y 318, respectivamente).. O que pese a presentar una relación bibliográfica que parece abrumadora, los apoyos reales a la hora de abordar procesos fundamentales (véase el ejemplo de la expansión castellana) parecen reducirse a una única obra de referenciaDe la que toma además, según considero, sólo determinados aspectos, lejos de la riqueza de matices que la caracteriza: Fernández-Armesto, Felipe, Antes de Colón: exploración y colonización desde el Mediterráneo hacia el Atlántico. 1229-1492, Madrid, Cátedra, 1988 (original inglés de 1987); del mismo autor, Colón, Barcelona, Crítica, 1992 (ed. orig., 1991).. De la presencia de prejuicios y tópicos es mejor no comentar nada, tal es la nitidez con que aparecen, y en el centro mismo de las explicaciones. Por fin ocurre –se ha puesto también de manifiesto en el resumen– que la originalidad de los argumentos es más bien escasa; antes, si acaso, se resucitan antiguos una y otra vez contestados (Weber, Merton) por, cuando menos, contar con numerosos ejemplos a contrarioPor limitarnos a las críticas a esas teorías consideradas por el propio Landes, véanse Tawney, R. H., Religion and the Rise of Capitalism, Nueva York, Penguin Books, 1966 (primera edición, Londres, 1926, revisada y ampliada en 1937); y Samuelson, Kurt, Religion and Economic Action, Nueva York, Basic Books, 1961 (ed. original sueca, 1957; y, más accesible, Economie et religion: une critique de Max Weber, París-La Haya, Mouton Editeur, 1971)..

Landes redacta en un lenguaje bien trenzado que la traducción ha sabido respetarPor su parte, el editor ha respetado incluso el sistema mixto de anotaciones de la edición inglesa (algunas a pie de página, la mayor parte al final) que resulta un tanto desconcertante.y, sobre todo, abierto y directo. Lo hace conscientemente, buscando, según dice, huir de lo políticamente correcto y llamar a las cosas por su nombre. Objetivos plausibles... de no ser porque, considerándose portador de la verdad única y exponiendo sus opiniones antes desde la atalaya que desde la humildad, resulta en sus juicios y expresiones, muchas veces (también se habrá visto), visceral y hasta lacerante. Y es que, en mi opinión, su forma de expresarse no obedece tanto a la falta de doblez como a buscar un cierto efectismo en la intención de conseguir la complicidad del lector, de un lector afín ideológicamente (o a un paso de serlo ––y parece haber conseguido muchos, al menos en EE.UU. e Inglaterra–) que puede sonreír al captar las audaces analogías trazadas entre pasado y presente o al ver caricaturizados determinados comportamientos de algunas sociedades. La raya del sentido del humor es fina, y los dardos caen todos a un lado, siempre el mismo. Si el objetivo es, como cabe suponer, bienintencionado, el resultado no parece, en mi opinión, afortunado.

Como intelectual que forma parte de una comunidad científica, tampoco se muestra Landes demasiado elegante. Es relativamente parco en el reconocimiento de los méritos de autores que han abordado antes el tema y de los que ha tomado muchas ideas, Jones y Crosby particularmente, o hasta el mismo Braudel (lo es menos con Cipolla y McNeill)Bien conocida la obra del historiador francés, cito las de los demás, que pudieran serlo menos: Jones, E. L., El milagro europeo. Entorno, economía y geopolítica en la historia de Europa y Asia, Madrid, Alianza, 1991 (otra más reciente se refiere en nota 13); Crosby, A. W., Imperialismo ecológico. La expansión biológica de Europa, 900-1900, Barcelona, Crítica, 1989 (ver también nota 5); Cipolla, C. M., Cañones y velas en la primera fase de la expansión europea, 1400-1700, Barcelona, Ariel, 1967 (hay reedición reciente, Las máquinas del tiempo y de la guerra, Barcelona, Crítica, 1999); McNeill, W. H., Plagas y pueblos, Madrid, Siglo XXI, 1984, y La búsqueda del poder: tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d. C., Madrid, Siglo XXI, 1988.. Simplemente despectivo con los sinólogos y orientalistas reivindicadores de las aportaciones de aquellas civilizaciones a la historia mundialVéanse, por citar algunos de los más representativos ejemplos, Blaut, J. M., The Colonizer's Model of the World: Geographical Diffusionism and Eurocentric History, Guilford, Guilford Press, 1993; Hodgson, M. G. S., Rethinking World History: Essays on Europe, Islam and World History (Studies in Comparative World History), Cambridge, Cambridge University Press, 1993; Huff, T. E., The Rise of Early Modern Science: Islam, China and the West, Cambridge, Cambridge University Press, 1993; Goody, J., The East in the West, Cambridge, Cambridge University Press, 1996; o, desde aquí, Vernet, J., Lo que Europa debe al Islam de España, Barcelona, El Acantilado, 1999 (1ª ed., 1974).. Y belicosamente hostil contra quienes se alejan demasiado de sus posiciones, tanto ideológicamente como en la valoración de los hechos históricos (quizá sea la misma cosa): el ejemplo más claro en tal sentido –Wallerstein ocuparía un rango menor– es el de A. Gunder Frank, cuyo último, desafiante y cuando menos sugerente libroFrank, A. G., ReOrient: Global Economy in the Asian Age, California, University California Press, 1998. Lo critica Landes expresamente (pág. 469), pero lo excluye de su amplia relación bibliográfica, que sí incorpora las sobradamente conocidas aportaciones de I. Wallerstein.(tocado, es cierto, por la reciente crisis económica de extremo oriente) desacredita de entrada sin otro argumento que el de su filiación (hará por ello «historia de mala calidad» –¿cuál será la buena?–), sin rebatir sus argumentos y datos... y sin reconocer siquiera abiertamente su propia militancia en otro (y antagónico) campo ideológico.

David S. Landes ha sido calificado como un humanistaEntre quienes han glosado y alabado el libro se encuentran el nobel Douglass C. North (no resulta extraño), y el acaso decano de los historiadores mundiales, William McNeill (sus reseñas en www.amazon.com). Desde más cerca, aunque menos entusiásticamente, Santos Juliá y Joaquín Estefanía (El País, `Babelia', 6 de noviembre de 1999, págs. 14-15); y se muestran críticos desde la perspectiva de la historia económica (véanse especialmente sus reservas sobre la bibliografía manejada por Landes, que complementan las aquí expresadas), Francisco Bustelo y Rafael Dobado, Revista de Historia Económica, XVII, 3 (1999), págs. 699-706 y 707-720, respectivamente., y es posible que lo sea. Se trata, no cabe duda, de una persona culta. Pero quien suscribe ve en primer plano al liberal (opción, por supuesto, otra vez respetable). En su concepción unívoca del progreso («la historia, como el tiempo, es unidireccional...»). En la consideración –o desconsideración, aunque siempre ataviada de solidaridad– de las consecuencias que para los humildes derivaron –y derivan, y derivarán–, en todo tiempo y lugar, del curso imparable de la Historia. En la dureza de sus recetas para con los países no desarrollados (occidente debe ayudar, si acaso, por egoísmo, nunca lo hará por solidaridad: cosas de la inmutable condición humana). Y para con los trabajadores de los que sí lo están, en los que, por cierto, no parece haber problemas internos relacionados con la polarización social y consiguiente generación de bolsas de marginación. En la fe sin límites en los mercados: ¿crean los mercados ciudadanía?

Sus soluciones no tienen por qué ser consideradas las únicas posibles, menos aún su visión de la historia, basada en supuestos que han sido previa y severamente cuestionados (o, al menos, reconocida su extrema complejidad) por otros historiadores expertos y no sospechosos desde un punto de vista ideológicoJones, E. L., Crecimiento recurrente. Elcambio económico en la historia mundial, Madrid, Alianza, 1997, págs. 61-67; véase también Mann, M., Las fuentes del poder social, I. Una historia del poder desde los comienzos hasta 1760 d. C., Madrid, Alianza, 1991.; tanto más, en consecuencia, por quienes sí lo serían: hemos citado ya a Frank, pero no estaría de más, dado donde estamos, recordar a FontanaFontana, J., Europa ante el espejo, Barcelona, Crítica, 1994.. Para terminar: así ha ido luego así habrá sido, el presente explica el pasado; retomo esa ya esbozada impresión para completarla, pues hay al cabo no sólo simple, sino doble juego... y la historia justifica el presente; por ella, esto es lo que hay, y todo encaja, y bien estará. El ensayo de David S. Landes no significa, ni mucho menos, el fin de la historiografía sobre el tema.

01/03/2001

 
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