ARTÍCULO

La década convulsa

Crítica, Barcelona
Trad. de Ander Permanyer y David Martínez-Robles
910 pp. 45 €
 

La Revolución Cultural que impulsó Mao Zedong entre 1966 y 1976 parece quedar en las antípodas de la China actual del socialismo de mercado, de los rascacielos rutilantes y de los índices de crecimiento acelerado. Sin embargo, es imposible entender lo que pasa hoy en China sin tomar en consideración el influjo latente de esta década convulsa. Tanto las continuidades (el nacionalismo de Estado, la aspiración a eternizar el monopolio del poder del Partido y el icono intocable de Mao) como las rupturas (la economía de mercado, el pragmatismo, la polarización social, la apertura al mundo exterior, el culto a la estabilidad, al consumismo y al lujo) sólo se entienden como una reacción selectiva al colectivismo masificador, cargado de violencia política, de purgas, delaciones y persecuciones cainitas que se desató con la Revolución Cultural. Fuentes chinas contrastadas cifran en más de un millón las muertes violentas y no naturales de aquel período, y hablan de alrededor de cien millones de represaliados, públicamente denigrados o apaleados, deportados o enviados a campos de reeducación. Son cifras que apuntan a un balance traumático y de largo alcance.
Las primeras aproximaciones historiográficas a la Revolución Cultural se produjeron prácticamente a tiempo real, en paralelo a su desarrollo. La ausencia de perspectiva y de documentación accesible llevaron a los pioneros en la materia a centrarse en la detección de procesos previos y motivaciones que pudiesen arrojar alguna luz sobre las razones y sinrazones que influyeron en la insólita decisión de Mao Zedong de hacer estallar en mil pedazos las estructuras del Partido y, con él, toda la obra que había emprendido en las décadas anteriores. Historiadores como Stuart Schram buscaron una perspectiva de largo alcance y situaron el problema en la estela de una dinámica secular que algunos sectores de las élites intelectuales de China emprendieron durante la segunda mitad del siglo XIX para forjar una vía específicamente china a la modernidad, que se ajustase al principio de «la esencia china y la práctica occidental». En esta primera hornada de trabajos sobre los antecedentes de la década convulsa destacan los del historiador británico formado en Harvard, Roderick MacFarquhar, uno de los dos autores del libro que aquí nos ocupa. Su interés se centró inicialmente en delimitar los antecedentes que pueden detectarse durante la década inmediatamente anterior a la Revolución Cultural: la que arranca en 1956, cuando Mao empieza a desconfiar del revisionismo soviético de los sucesores de Stalin. Este esfuerzo queda plasmado en una serie de tres estudios publicados entre 1974 y 1997 bajo el epígrafe de The Origins of the Cultural Revolution. En cierto modo, el libro ahora publicado en nuestro país, La revolución cultural china (Mao’s Last Revolution en la versión original) puede considerarse la cuarta parte de este proyecto de largo alcance: el resultado que culmina más de tres décadas de dedicación investigadora.
Roderick MacFarquhar trabaja en este estudio formando equipo con el sinólogo sueco Michael Schoenhals, especialista en el análisis de la retórica del discurso político de la China del período maoísta (discurso político en el que se entreveran las adaptaciones de la fraseología marxista y de la tradición milenaria china en un tapiz de mensajes plagados de connotaciones crípticas y matices velados, alusiones históricas, consignas con cargas de profundidad y subtextos codificados). Michael Schoenhals tiene también una sólida reputación como rastreador y coleccionista inveterado de todo tipo de arcana y mirabilia del período maoísta, fruto de su familiaridad con las librerías de lance, mercadillos y puestos ambulantes de unas cuantas ciudades chinas. Por esta vía accedieron los autores del libro a transcripciones de interrogatorios, informes internos del Partido, confesiones o diarios manuscritos y memorias de publicación privada. Basándose en un detallado y agudo análisis de estos materiales inéditos, así como de documentos oficiales y de propaganda, memorias publicadas de colaboradores personales de los mandatarios y dirigentes políticos del período a los largo de estas tres últimas décadas, así como de entrevistas que los autores realizaron a historiadores del Partido y protagonistas de diferente rango del período, Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals fundamentan una aportación sustancial al esclarecimiento detallado de los hechos protagonizados por la élite que tomaba las decisiones políticas y movilizaba masas de adolescentes y campañas de reeducación durante la Revolución Cultural.
El empleo profuso y atinado de este caudal ingente de documentación en lengua china permite a los autores contrastar versiones, objetivar y detallar episodios, así como delimitar el territorio de lo verificable. El libro matiza las versiones al uso de este período, versiones que han venido pergeñándose según las necesidades políticas de reinvención del pasado inmediato. Así, por ejemplo, en el tratamiento de la figura de Zhou Enlai, el incombustible y siempre fiel primer ministro y encargado de asuntos extranjeros, se corrige la habitual idealización beatífica, que lo presenta como el contrapunto racional, salvador de reliquias y de intelectuales en peligro. Esta hagiografía se corrige con los tonos grises de un servilismo perruno, capaz de hacer al mismo tiempo cualquier cosa y su contraria con tal de no incomodar al líder.
Ahora sabemos mucho más sobre las élites y los protagonistas principales de la Revolución Cultural, sobre sus motivos y sus cambios de estrategia, sobre las implicaciones internacionales de un proceso que se inicia con el desencuentro con el revisionismo soviético y conduce a una alianza insospechada con los Estados Unidos de América. Aunque el libro se centra en asuntos de política doméstica, las recientes aportaciones en el campo de las relaciones internacionales de China insisten en subrayar hasta qué punto los asuntos internos de la República Popular tienen un impacto en las políticas exteriores y, en sentido inverso, de qué modo los procesos externos eran explotados por Mao y sus allegados en clave interna. Evidentemente, quedan episodios, motivos y repercusiones por esclarecer. Como en todo buen libro, son tantas las preguntas que se plantean como los puntos que se resuelven. Entre los pasajes oscuros, que deberán esperar a la emergencia de nueva documentación, destaca la defección y muerte accidentada, en su precipitada huida aérea hacia la Unión Soviética, del delfín de Mao y líder del Ejército Popular de Liberación, Lin Biao.
Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals se ciñen al empeño positivista de fijar los hechos que se sucedieron en aquellos años: apenas los interpretan al paso de la narración factual. De su libro se deduce que Mao Zedong orquestó la Revolución Cultural para reencauzar el curso del país a sus designios y a sus concepciones de lucha de clases permanente. Bajo la apariencia de una insana tendencia a la entropía y la iconoclastia, el relato revela la lógica implacable, demoledora y cruel de quien desata la caja de los truenos de la violencia incontrolada y convierte al país en un infierno de delaciones, suspicacias, persecuciones y torturas sistemáticas. Mao lanzó un ataque sin cuartel contra su propio partido para remodelarlo a su antojo.
Escribió Jonathan D. Spence en la introducción al libro del fotógrafo Li Zhensheng Soldado rojo de las noticias (Londres, Phaidon, 2008) que los historiadores dan por sentado que para poder entender lo que pasa no hay mejor aliado que el tiempo. Apunta, sin embargo, que en el caso de la Revolución Cultural, cuanto más años transcurren, su interpretación se vuelve más esquiva y compleja. En su momento, la Revolución Cultural se proyectó internacionalmente como el diorama a todo color de un espejismo épico, entusiasta e inequívoco, que fascinó a sectores significativos de la juventud y de la intelectualidad europea marcados por la decepción ante el hierático y envejecido socialismo real de la Unión Soviética y por el contagio del entusiasmo efervescente del mayo del 68. Sin embargo, Mao no se llamaba a engaño y avisaba a quien quería oírlo: la revolución no es una dinner party. El paso del tiempo complica las cosas o, si se quiere, les restituye la complejidad. ¿Hasta qué punto había en el Mao que alentaba la insurgencia de los Guardias Rojos algo más que el cinismo del viejo dirigente taimado y arbitrario que quiere perpetuarse en el poder y pone patas arriba el país para conseguir sus fines? ¿Cómo fue posible que se extendiese de una forma tan rápida y masiva la violencia juvenil organizada? ¿Cómo se hacía compatible el culto a la personalidad y la ortodoxia ideológica?
Al centrarse en el esclarecimiento de las decisiones y las acciones que movilizaron a China desde los centros de poder de Pekín, el libro apenas entra en la dilucidación de los mecanismos de transmisión y de resonancia a través de los cuales las intrigas de palacio se tradujeron en movilizaciones de masas. Apenas entra en la historia social de la Revolución Cultural, ni en el modo en que se vivió en los pueblos remotos y las capitales de provincia. Durante la última década han empezado a aparecer en China –y en menor medida fuera de China– aproximaciones historiográficas a la década convulsa que tienden a minimizar las sombras, que tienden a obviar el largo millón de heridos, muertos y suicidas inducidos, las decenas de millones de personas que pasaron por campos de reeducación, el fanatismo y la delación, el miedo y la tortura como paisaje cotidiano. Tiende a teñirse con un cierto halo hagiográfico a la figura del Gran Timonel y tiende a empañarse de tonos sepia de nostalgia la imagen de un período que, ciertamente, al margen de sus víctimas y represaliados, fue experimentado por una parte de la población china como un momento de una cierta épica romántica, de entusiasmo colectivo, de cánticos y de culto solar al líder divinizado, de mecanización de la producción, de extensión de la escolarización infantil. Libros como éste contribuyen a dificultar las simplificaciones: animan a seguir hurgando en la complejidad de una sórdida pelea sucesoria de palacio que, al mismo tiempo, fue una revolución dentro de la revolución y una guerra civil que llevó al poder al ejército.
La revolución cultural se lee en buena medida como un thriller absorbente que cae desbocado por la pendiente de una espiral política disfuncional, llena de traiciones, enigmas y violencia física y moral. El libro es al mismo tiempo una aportación académica de referencia ineludible entre los especialistas. Si bien es cierto que la apuesta por el detalle en la narración puede llegar a aturdir al lector por la cantidad de tramas y de nombres propios que aparecen y se entrecruzan, la persistencia en el análisis agudo y detallado de la siempre esquiva y paradójica personalidad del Gran Timonel que mueve a su conveniencia los hilos del caos, así como la deriva de sus acólitos y subordinados, aporta sombras de continuidad y densidad moral a un relato que todavía tiene cosas que contarnos.

01/05/2010

 
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