ARTÍCULO

La vuelta de Garcilaso

 

Hace ya bastantes años salió una edición facsimilar de Espadaña. Poesía y crítica, la revista rival y coetánea (Espadaña Editorial, León, 1978) de Garcilaso. Le tocaba ya el turno a esta última, quizá porque ahora soplan aires revisionistas, quizá porque ya se reimprime todo, quizá también porque era obligado saber qué había detrás de aquellos emblemas jactanciosos (y, cuando menos, inoportunos) de «Juventud creadora», que era su subtítulo, y «Siempre ha llevado y lleva Garcilaso», que eran las letras de su colofón, rodeando una cruz de Calatrava y un poco más arriba de su precio: cuatro pesetas de 1943-1946. Que no era parvo dispendio, por cierto. Menos mal, en fin, que no prevaleció el lema-consigna que había propuesto Pedro de Lorenzo, uno de los fundadores (junto con José García Nieto, Jesús Revuelta y Jesús Juan Garcés), y que rezaba «la Creación como Patriotismo».
La culpa no era del poeta de Toledo, elegido, claro está, por sus resonancias imperiales pero, sobre todo, por su apostura de héroe literario. El garcilasismo venía de atrás. El giro clasicista en la poesía española se advertía ya con claridad a la altura de 1936 y el centenario del poeta tuvo su culto, aunque fuera menor que el tributado a Góngora en 1927, a Lope en 1935 o al romanticismo en 1936. Manuel Altolaguirre escribió una bonita biografía; Rafael Alberti («Si Garcilaso volviera / yo sería su escudero...», ya en Marinero en tierra, antes que la «Elegía a Garcilaso», de Sermones y moradas) y luego Miguel Hernández le dedicaron bellos poemas que el joven Guillermo Díaz-Plaja recogió en una antología poética en honor del toledano, publicada por la Universidad de Barcelona en plena guerra civil: pendant obligado de la misma empresa que Gerardo Diego había abordado en loor de Góngora. Pero quizá sea más importante consignar que, en la guerra y en la posguerra, clasiquizaron todos, rojos y azules, y que la afición por el soneto había regresado, y con fervor, a la poesía española bastante antes de 1940.

EN EL I.N.I. DEL ESPÍRITU

Nuestra revista perteneció a aquello que, con metáfora muy fascista, el periodista guadijeño Juan Aparicio dio en llamar «el I.N.I. del espíritu», remedo de aquel Instituto Nacional de Industria, de Juan Antonio Suanzes, cobertura propicia de tanto robo y estraperlo.A cambio, los redactores de El Español, La Estafeta Literaria, Fantasía o Garcilaso se lucraron muy poco del invento. Lo recuerda Leopoldo de Luis, un rojo inequívoco, en el breve prólogo de esta reedición, y Jorge Urrutia –en un lugar tan infrecuente como las solapas del libro– desmiente con buenas y concisas razones el pedimento fiscal que todavía gravita sobre el significado estético de la revista. No faltaron las declaraciones de buena fe e incluso de apertura de miras. El editorial del primer número recuerda el manifiesto de Caballo Verde para la Poesía («Por una poesía sin pureza»), escrito por Neruda, y sin demonizarlo, declara que la función de Garcilaso será «mejor que como pasquín, como diapasón de lo que estimamos que ha de ser la poesía actual». Un llamamiento implícito que el número 3 («Insobornables en la vocación») extiende a todos los poetas posibles menos a los viejos, «en cuyo balance vital pesen más las virtudes perdidas que las donosuras cosechadas», y a los jóvenes «que escriban por oficio sin generosa entrega al imperativo de una precisa y entrañada voz del alma». Un poco cursilón, cierto, pero es verdad que, en la despedida (número 35-36, marzo-abril de 1946), García Nieto podía blasonar sin mentir de que «a falta de programa, Garcilaso a cualquier hora hubiera redactado de corrido su testamento», y Charles David Ley, el británico colaborador de la revista, podía afirmar que «ser poeta de Garcilaso no es aparecer en la revista sino escribir poesía en España después de 1943» (vale la pena leer las impresiones de quien fue el lugarteniente de Walter Starkie en el British Institute en sus breves memorias, La costanilla de los diablos, 1981; lo referente a la «Juventud creadora» se sustancia en el segundo capítulo).
Nadie crea, sin embargo, que en Garcilaso hay lo que no podía haber. Dominan abrumadoramente los sonetos no muy buenos, una idea de la naturaleza y del paisaje rebuscada y banal, una religiosidad fetichista y devota (con marcada preferencia por la poesía navideña, por el culto de hiperdulía y por aquellos «¡Oh Señor!» de los que se burló un poema de José Agustín Goytisolo en Salmosal viento). Pero Rafael Montesinos es, por ejemplo, un poeta menor que demanda urgente redescubrimiento y José García Nieto, como el hermano pequeño y tarambana de Lope, era capaz de versificarlo todo y siempre con gracejo.Aunque el tono dominante (y empalagoso) es siempre como la alegría de un escolar en vacaciones y como la fe de un seminarista en ejercicios.Véase, por ejemplo, en el número 18 (octubre de 1944), un poema de Carlos Rodríguez Spiteri, «Alcuza en las rosas», que es, sin duda, la respuesta garcilasista a la dramática violencia de «Mujer con alcuza», el poema de Dámaso Alonso que acababa de aparecer en Hijos de la ira. Garcilaso tendía a melificar en cualquier sitio y con cualquier pretexto.
Puede que la culpa de aquella unción piadosa ante los misterios de la creación la tuviera una indigestión de versos de Rainer Maria Rilke (en el número 11 se traduce la primera de las Cartas a un joven poeta) y que el rilkismo determine incluso una lectura peculiar de Aleixandre (de quien se publica «Plenitud del amor», de Sombra del paraíso, en el número 12), y que hasta Paul Valéry (su muerte se anuncia en el número 28, agosto de 1945, con un trabajo de Gerardo Diego y el cotejo de varias versiones de «Le cimetière marin», y en el 30 hay un largo poema de Eugenio Frutos a su memoria) sea percibido como otro celebrante de la visión mística del mundo.Y puede que pase lo mismo con Juan Ramón Jiménez, de quien se publica un «Canto» en la cabecera del número 10 (febrero de 1944), y a quien Jesús Revuelta recuerda que leían mucho en las reuniones en casa de Jesús Juan Garcés: allí estaba la Segunda antolojía poética de 1922, en la edición de la Colección Universal seguramente, «como breviario de aquella extraña religión». Quiere esto decir que los garcilasistas también son modernos y menos autistas de lo que se piensa... Lo que no quiere decir que no celebren a los clásicos en una sección que se llama «La vencedora gente recogida» y que el número 29 (septiembre de 1945) se consagre al centenario de Quevedo, aunque quizá fuera el poeta menos adecuado a sus propósitos.

ROJOS Y FRANQUISTAS

Y, sin embargo, Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia tienen razón y la nómina de desafectos al régimen franquista es abundante.Ya el número 1 trae un drama existencial de Eusebio García Luengo, El pozo o la angustia, que abre además una presencia de la prosa teatral (Víctor Ruiz Iriarte, por ejemplo) y narrativa (Pedro de Lorenzo o Julián Ayesta) que fue muy reveladora y merecería una lectura más atenta. Hay poemas de José Luis Cano en el número 5, de Leopoldo de Luis y de Gloria Fuertes en el 15, de Enrique Azcoaga en el 18, de Vicente Gaos en el 19, del futuro poeta en catalán (modalidad valenciana) Vicent Andrés Estellés en el 22, de José Hierro en el 23 y en el 27, de José Luis Hidalgo y Julio Maruri en el 25, de Eugenio G. de Nora en el 34. Camilo José Cela no ha de contar, por supuesto, entre los rojos, pero sí conviene señalar la rapidez con la que Garcilaso se apropió de la popularidad rampante del escritor gallego: el número 9 ofrecía el «Himno a la muerte» y el 13, «Tránsito adónico» (anticipos ambos de Pisando la dudosa luz del día, que se editó en 1945), el 14 presentaba un avance de Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes y el 25, el poema «La risa de Dios».
Como no podía ser menos, Cela fue uno de los agraciados con uno de los sonetos de la anónima (pero de García Nieto) «Galería de retratos», que nunca cita directamente al retratado aunque deja que se le identifique con facilidad: el de Cela está en el número 11 y le antecedieron los de González Ruano, Adriano del Valle, José María de Cossío, Gerardo Diego, Eugenio d'Ors, y le siguieron los de Azorín, Luis Rosales y Dámaso Alonso. Me parece que esa mezcla de familiaridad y benévolo choteo da, como casi ninguna otra cosa, la clave de aquella «juventud creadora». Y ponga el lector donde quiera los límites entre la travesura y la irresponsabilidad, o entre la frescura creadora y la falta de discriminación. A pesar de la trascendencia apesadumbrada de algún poema (pienso en los numerosos que dio José María Valverde), el tono de Garcilaso es inevitablemente trivial y puede que por eso fueran tan bienvenidos los poetas del primer postismo (en el número 28 ocupa las páginas centrales Carlos Edmundo de Ory; en el 32, Eduardo Chicharro).
Con aquellos muchachos nunca llegaría la sangre al río y todo se hacía bueno. La sección «Humor y poesía ma non troppo» fue más propicia a la broma que a la descalificación (aunque acusó a Diego Navarro de plagio literal y se burló de un poema de Federico Muelas... al futbolista Quincoces), pero fue más benigna todavía cuando Victoriano Crémer, un mosquetero de Espadaña, publicó en el número 21 (enero de 1945) un «Romance del poeta criticado» al que respondía, página con página, el bienhumorado García Nieto, único ser humano capaz de versificar en liras una «Réplica del crítico desmedido». Donde, entre otras cosas, acusaba recibo de un artículo de «Younger» (Eugenio de Nora) en la revista leonesa, que había señalado con bastante mala uva la sobreabundancia del dulzor metafórico en la reciente poesía española. Le respondía García Nieto: «Sólo te pido ahora / que no pierda más tiempo en el acecho / de mis dulzores Nora. / Aunque a lo hecho, pecho. / Créeme, Crémer, el mundo está bien hecho».
No, no está nada mal repasar las páginas de Garcilaso, donde estuvieron, en efecto, casi todos, incluido Manuel Machado. Lo que estaba cayendo en el mundo (y en España) no arredró a la «Juventud creadora» en su entusiasmo. Además de aquel viático poético juanramoniano que evocaba Jesús Revuelta, los garcilasistas decidieron estar a favor de «el coraje, la acción, lo heroico, el frenesí» que habían leído en «Kierkegaard, Spengler, Nietzsche, Ortega, Unamuno, Max Scheler y muchísimos poetas, sin olvidar a D'Annunzio ni a Marinetti» (número 10, febrero de 1944): seguramente por eso fueron generosos con sus compañeros de viaje. No se juzgue a José Luis Cano por la «Oda a una muchacha desconocida», tan aparentemente cercana a la poética garcilasista, sino por la melancolía de quien se sabe derrotado. Ni se piense que representan a Leopoldo de Luis aquellos «Sonetos de Ulises y Calipso» del número 15 (uno de ellos, de insólita actualidad, está dedicado a la isla de Perejil), porque el verdadero poeta es aquel hombre todavía joven que recontaba lo que quedaba en pie de su propia vida y que celebraría poco después el nacimiento de su hijo, autor de las solapas de esta edición facsimilar. No deja de ser significativo que un sesgo clásico en los versos y una temática más cercana a las realidades domésticas (los padres, la mujer, los hijos en agraz...) fueran el tema predilecto de tantos otros poemas disidentes. Eran los síntomas de la supervivencia y no aparecieron en estas páginas tan satisfechas de verse impresas. Una nota del número 2 (junio de 1943) lo reconoce con verdadero aplomo: en las recientes lecturas poéticas del Ateneo de Madrid han actuado cuarenta y ocho poetas, cuarenta y ocho, lo que contrasta con la tacañería de «ciertos antólogos que hilaron en tiempos demasiado delgado» (la alusión a la Antología de Gerardo Diego en 1932 es transparente; lo que preferían ignorar los poetas de 1943 es que los de entonces eran mucho mejores).
Pero Garcilaso es una revista bonita y, además, inevitable. Ha sido una excelente idea de Visor el ofrecerla a quienes sólo habían oído hablar de ella.

01/08/2005

 
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