ARTÍCULO

La historia pálida

 

Existen en España muy pocos libros acerca de la restauración arquitectónica, tanto antiguos como modernos, por lo que cabe recibir con amplia satisfacción el del profesor Javier Rivera Blanco, aparecido el pasado año. Es este un libro bien compuesto y estructurado: tras una primera parte a modo de introducción, se inicia un capítulo, el de «Teoría y la historia de la intervención en monumentos españoles», que aborda este tema sistemáticamente por primera vez; continúa con una tercera parte, tan importante que es de inserción inevitable: «Conceptos, teoría e historia de la restauración arquitectónica desde sus orígenes a nuestros días», que es, en realidad, el núcleo del libro, finalizando con un capítulo de conclusión en el que se defiende el restauro critico como opción preferente.
No obstante, el capítulo de la teoría y la historia en España (hasta el siglo XVIII) peca de un carácter algo sumario, sin llegar a detenerse lo suficiente en los casos interesantes, que cita con frecuencia, ni haber decidido tampoco incluir algún estudio monográfico capaz de exponernos su pensamiento al ilustrarlo con algún análisis concreto que sirviera de ejemplo explicativo, e interpretativo, de su apretada síntesis. Casos como el de Ventura Rodríguez, por ejemplo, en el que algo se entretiene, se hubiera prestado a ello, ofreciendo el descenso a lo concreto de las actuaciones, analizando verdaderamente algunas tal y como se hubieran merecido. La mezcla de mensajes diversos, entre los que destacan los datos históricos, hace que su texto no sea demasiado nítido, pues la historia palidece ante muchos de los hechos arquitectónicos que, por su intensa significación, trascienden su tiempo y cualesquiera que sean las circunstancias.
Así, por ejemplo, resulta poco claro pasar por casos como los de la transformación de la mezquita de Córdoba o la construcción a lo largo del tiempo de la catedral de Santiago –por citar dos ejemplos a los que quien esto escribe ha dedicado su esfuerzoVéase Antón Capitel, Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración, Madrid, Alianza, 1988.– sin señalarlos verdaderamente como modelos que trascienden la restauración y la conservación. O que, si se prefiere así, la elevan a las más altas cimas de la composición arquitectónica. Creo firmemente que el profesor Rivera no se queda ya en la opinión de sus antecesores, como es la de Chueca Goitia, cuando dijo, al comentar la catedral de Córdoba, que con su inicio «se produjo un hecho luctuoso en el arte español». ¿Pensaba Chueca verdaderamente así, o se trataba, más bien, de no negar la opinión de sus mayores, aquellos que a la postre concedían cátedras y sillones de academia? Chueca insinúa en su texto la comprensión de la operación transformadora, como lo hace también en el dedicado al palacio del emperador en la Alhambra, pero no llegó nunca a desarrollar verdaderos estudios –hoy todavía casi vírgenes– de las grandes transformaciones de los monumentos, permaneciendo así una parte muy importante de la historia de la arquitectura española sin valorar ni estudiar apenasAdemás del libro citado de quien esto escribe, puede verse: Miguel Ángel de la Iglesia, El orden continuado. Las transformaciones arquitectónicas de la basílica de Santa María la Mayor en Roma, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2001. En toda la literatura arquitectónica universal no puede encontrarse prácticamente nada más.. Por eso creo que hablar tan solo de la gran violencia que supuso la transformación de la mezquita y reproducir las decepcionadas palabras del emperador cuando acertó a pasar por allí justo en el momento en que gran parte de la mezquita se había desmontado para poder hacer las obras y reconstruirla en gran medida después, resulta esquemático en exceso. Pues no es suficiente hablar acerca del problema de los añadidos históricos. Es necesario reconocerlos como una de las contribuciones arquitectónicas más originales, cualificadas e importantes de los siglos XVI, XVII y XVIII.
En la parte tercera, completa y bien realizada, se echa de menos, sin embargo, un perfil algo más crítico. Se pasa en silencio por encima de algunos de los tópicos, como es, por ejemplo, el del empleo de materiales modernos que admite la «Carta de Atenas», siempre que éstos no se vean, prejuicio totalmente discutible, realmente erróneo, en realidad, y que ha devenido con alguna frecuencia en causa de verdaderas perversiones; o por el absurdo criterio de la reversibilidad en la «Carta de Venecia», y en muchas otras, tan míticamente respetado y tan imposible como inútil. Está muy bien y es de justicia el reconocimiento de Giovannoni como verdadero padre del restauro scientifico, pero se ignora su fracaso en el tratamiento de los centros históricos y en su concepto de ambiente. Reconocer los centros históricos como organismos vivos y cambiantes, que no se pueden ni congelar ni abandonar y cuya fortuna depende por completo de la capacidad social para cualificar adecuadamente los cambios, resulta imprescindible. Proteger los centros es cualificar los cambios inherentes a todo hecho urbano y no puede ni debe ser otra cosa.
Además de los capítulos ya reseñados, quizá lo mejor del libro sea su defensa final del restauro critico, pues ningún otro, a mi entender, puede defenderse, y casi podríamos contemplar el escrito como un largo prólogo de esta conclusión. Esto es, que todos y cada uno de los edificios son hechos absolutamente individuales, y que presentan, por tanto, problemas propios, específicos, y que lo genérico –sin poder despreciarse– es de escasa ayuda. Que, de este modo, todos los criterios posibles y no banales –incluidos el de restauración en estilo y el de transformación– están legítimamente al servicio de los restauradores y que sólo un análisis afinado de cada caso particular –un análisis que no sólo es arquitectónico, pero que es así, sobre todo– puede ofrecer las soluciones. Los criterios y las soluciones, en plural, pues nada es sencillo en la restauración. Reconocer esta complejidad, esta individualidad y esta dificultad, totalmente insoslayable, es muy pedagógico y, por consiguiente, muy de agradecer, pues sin la complejidad de la arquitectura, sin sus altos y muy diversos valores, la historia se vuelve irremediablemente pálida.

01/09/2009

 
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