ARTÍCULO

En torno a la relevancia de Ortega y Gasset para nuestra cultura

 

Meditación de nuestro tiempo consta de dos textos, que, como tales, habían permanecido hasta ahora inéditos: el primero de ellos, que lleva por título Introducción a los problemas actuales de la filosofía, está formado por las nueve conferencias dadas por Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires entre el 7 de agosto y el 7 de octubre de 1916. El segundo texto, con el título que da nombre al volumen, reproduce las cinco conferencias dictadas por Ortega en la Sociedad de Amigos del Arte de Buenos Aires en el año 1928. José Luis Molinuevo, que hace una cuidada edición de los textos sobre la base de manuscritos fragmentarios y transcripciones taquigráficas, expone en la introducción al volumen algunas de las ideas principales que Ortega vertió en sus cursos de Buenos Aires.

En 1916, Ortega presentó en Buenos Aires un panorama de la filosofía del momento, especialmente la alemana, demostrando la fecunda renovación que había experimentado desde comienzos del siglo XX. Ortega habló sobre Husserl, Scheler y Rickert, y presentó asimismo su propia crítica al positivismo. Su reivindicación específica de la filosofía frente a las ciencias particulares, pues ninguna de ellas puede abocarse al problema de la verdad, hizo de ese curso no sólo una enseñanza de la filosofía sino una invitación a filosofar.

En las conferencias de 1928 explica Ortega su idea de la vida como una proyección hacia el futuro y su idea del hombre como un haz de proyectos y aspiraciones a lo que aún no es; presenta también su teoría de las generaciones y aborda asimismo, en la cuarta y quinta conferencia, el «triunfo de las masas», en su vertiente favorable y en su ladera peligrosa.

El éxito de Ortega con sus conferencias de 1916 fue enorme y se volvió a repetir en 1928, aunque con algunas diferencias de matices. En todo caso, la relación de Ortega con la Argentina estaba asentada ya sobre bases sólidas. De esta relación trata precisamente el libro Ortega y la Argentina, que reúne las ponencias presentadas en un seminario organizado por la Fundación Ortega y Gasset Argentina, con motivo de su inauguración en octubre de 1995. El lector puede encontrar en este libro –además del análisis de algunas ideas de Ortega sobre la superación del idealismo, sobre la nacionalidad y el nacionalismo, sobre el compromiso público de Ortega en España y sobre el nuevo estilo de pensamiento que representa Ortega– una nutrida información sobre las estancias de Ortega en Argentina en 1916, 1928 y 1939-1942 y la influencia de su actividad intelectual. Y también encontrará el lector reflexiones interesantes en torno a lo que Ortega pensaba sobre la Argentina y los argentinos en los textos que escribió al respecto (La Pampa... promesas y El hombre a la defensiva). Ortega describe al argentino con la palabra netamente porteña de guarango, que él mismo define como «la forma desmesurada y más gruesa de esa propensión a vivir absorto en la idea de sí mismo que padece el hombre argentino».

Las reacciones que provocaron estos ensayos, así como la influencia de las otras obras de Ortega no sólo en Argentina sino en toda Hispanoamérica, son analizados, no obstante, con mayor minuciosidad y fundamentación en el libro de Medin, Ortega y Gasset en la cultura hispanoamericana. La investigación de Medin distingue entre la mera presencia y la influencia, y esta última la rastrea en sus tres formas de expresión: influencia específica (explícitamente reconocida), influencia difusa (cuando el receptor no es necesariamente consciente de sus orígenes o cuando una idea se ha convertido ya en parte integral de la cultura olvidándose la fuente orteguiana) e influencia esnobista (los textos de Ortega como un símbolo cuya ostentación otorga legitimación cultural y social). Además Medin persigue la influencia de las obras de Ortega en los diferentes círculos que la acusaron: círculos académicos, la periferia cultural, los grupos políticos y el ámbito social. Estos criterios los aplica a toda Hispanoamérica y a lo largo de un período que va desde 1916 hasta los años ochenta. De esta manera la investigación de Medin le permite al lector conocer la línea ascendente o descendente de la influencia de Ortega en los distintos países hispanoamericanos, así como el tipo y grado de la misma. El importante capítulo dedicado a las críticas realizadas a Ortega completan el marco de la recepción de su obra. Las conclusiones a las que llega Medin, tras el manejo de una amplísima bibliografía hispanoamericana y entrevistas personales con relevantes intelectuales latinoamericanos (Etchecopar, Imaz, O'Gorman, Pucciarelli, Sánchez Reulet, Yamuni, Zea), centran la influencia de Ortega en la cultura hispanoamericana en tres puntos fundamentales: a) la difusión de la cultura europea, muy especialmente la alemana, realizada por Ortega y su actividad editorial; b) el hecho de que la recepción del circunstancialismo, el perspectivismo y el raciovitalismo orteguianos posibilitó y legitimó filosóficamente la vuelta hacia el estudio de la propia realidad nacional, que se convirtió así en objeto digno de la reflexión literaria o filosófica; sobre la base de esta reivindicación de la identidad nacional y de los pensadores del propio pasado se desarrollaría una filosofía nacional, especialmente en México, y una filosofía latinoamericana; c) la concepción orteguiana del hombre construida en torno a la libertad fue la base para la formulación de un nuevo humanismo por varios pensadores hispanoamericanos. Medin recoge y analiza otros tipos de influencia de Ortega que no se ven comprendidos en los tres apartados mencionados, refiriéndose concretamente a la gran influencia de Ortega en los círculos fascistas o seudofascistas, especialmente en lo que se refiere a su distinción sociológica e histórica de las minorías selectas y las masas. Estos círculos captaron el pensamiento de Ortega como básicamente antidemocrático y como un fundamento adecuado para sus propias ideologías. El libro de Medin deja claro que la influencia de Ortega se dio en función de su relevancia para los problemas culturales de cada país, produciéndose inevitablemente extrapolaciones y desvirtuaciones del original.

Los dos libros restantes se ocupan de dos de los escritos de Ortega que tienen por tema central el problema de España. En Vieja y nueva política (1914) plantea Ortega la modernización de la España de la Restauración y en España invertebrada (1921) ofrece su interpretación de la historia de España. Los autores que escriben en Política y sociedad en José Ortega y Gasset –un curso dado en la Universidad de Salamanca en mayo de 1994 sobre el texto orteguiano de 1914– analizan distintos aspectos del programa de «modernización» política que Ortega apunta en ese texto de 1914, desde el contexto histórico hasta la recepción de la obra antes y después de la guerra civil, pasando por el programa de reforma intelectual y moral y un análisis de la teoría orteguiana de las minorías selectas. El tema central en el que inciden varias colaboraciones es, obviamente, su nueva concepción de la política como forma de actuación para dar vitalidad a España, como una actividad dirigida a la integración social. Política de la vitalidad es precisamente el título del otro libro que se ocupa de la España invertebrada, compilación de las ponencias de un simposio celebrado asimismo en la Universidad de Salamanca en mayo de 1995. La editora del volumen parte de la actualidad del diagnóstico orteguiano, si bien reconoce que la solución orteguiana –por la vía de las minorías selectas– no puede ser vista en este momento sin la carga adicional de experiencias históricas desafortunadas. El lector encuentra en el libro análisis pormenorizados sobre el contexto historiográfico de la visión castellanista de España y sobre la circunstancia histórica en que Ortega compone el libro, así como una interpretación del problema de la invertebración de España, en la que la solución a la invertebración pasa por no temerla y permitirle su curso adecuado a la dinámica centro-periferia. En las colaboraciones centrales del libro se muestra la existencia de un programa común que articula los escritos de Ortega entre 1914 y 1921, se expone una interpretación de la España invertebrada como un ejercicio de la razón histórica y refundación de la historia nacional y se ofrece una exposición de la teoría organicista de Ortega contenida en ese libro, a la que, sin embargo, no se la considera la única estrategia de su discurso por contener también otros elementos teóricos de carácter constructivista. Algunas colaboraciones finales analizan la recepción de la España invertebrada.

Los autores de estos dos últimos libros –y también los de los anteriores– ponen de manifiesto por lo general un excelente conocimiento de los textos de Ortega, pero sólo muy excepcionalmente hacen un análisis crítico no inmanente de los mismos, limitándose a señalar, si llega el caso, algunas ideas «inquietantes» o alguna ambigüedad. Por ello, en el tema central del nuevo concepto de política y de la relación entre ética y política, por ejemplo, el lector puede no llegar a aclararse si Ortega separa realmente la política de la ética, a pesar de las afirmaciones de algunos autores, pues la nueva política que el filósofo propone consiste, en definitiva, en una tarea moral, en hacer un nuevo tipo de hombre. En el diagnóstico de la invertebración de España tampoco encuentra el lector indicaciones para entender lo que parece ser una contradicción de Ortega, que en realidad ni siquiera es apuntada como tal. Ortega afirma, por un lado, que España tuvo una época de ascensión –gracias al genio nacionalizador de Castilla– y otra, a partir de 1580, de decadencia y desintegración, pues Castilla se transforma entonces en lo más opuesto de sí misma y no se ocupa ya de potenciar la vida de las otras regiones, abandonándolas a sí mismas. Pero, por otro lado, Ortega afirma que España sufría de una «embriogenia defectuosa» desde el comienzo de su formación –desde los visigodos–. Ortega, sin embargo, no explica cómo se pueden conciliar ambas teorías, es decir, cómo fue posible la ascensión de Castilla contando con ese fallo embrionario ni tampoco explica cuándo éste ––raíz última de la desafección de las masas o ausencia de los mejores– provocó la decadencia. Tampoco el lector encuentra indicaciones sobre el contenido concreto de la propuesta orteguiana de que España necesita realizar, un día, grandes cosas. En resumen, el lector puede encontrar en los análisis y valoraciones de la España invertebrada serios motivos para pensar que el método y los conceptos empleados por su autor –al no estar definidos de manera unívoca– no resultan adecuados para comprender realmente, más allá de la especulación filosófico-social de carácter ensayístico, la historia de España.

01/10/1997

 
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