ARTÍCULO

Bárbaros benditos

 

En la primera época de Revista de Occidente (19231936), la tirada era de tres mil ejemplares.Sí,en efecto, un número envidiable no sólo para entonces, sino, para más de uno, un número envidiable también hoy. De los tres mil ejemplares de la revista creada por Ortega, la mitad de la tirada, mil quinientos, iba directamente a suscriptores y lectores iberoamericanos. La cifra, estos días, resulta aún inalcanzable para cualquier revista cultural española. Lo cierto es que entre 1898 y 1936 las relaciones literarias entre Iberoamérica y España fueron algo más que memorables. La presencia de escritores españoles –Unamuno, Baroja, Azorín, Ortega, Madariaga, Pérez de Ayala, Ramón Gómez de la Serna, así como de los entonces jóvenes del 27– en las editoriales, en los grandes diarios de América (como La Nación de Buenos Aires), en las revistas, fue constante. Lo mismo ocurrió, en aquel viaje de ida y vuelta, con los escritores hispanoamericanos en la prensa y en las editoriales españolas, sobre todo en las de Madrid, Barcelona y Sevilla. Valgan sólo dos calas en ese arcádico viaje. La primera reseña del primer libro de Borges, Fervor de Buenos Aires, la publica Ramón en las páginas de Revista de Occidente y la primera reseña de La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre se publica en la revista Contemporáneos de México.Todo ello no era gratis, ni surgía de un encantamiento mutuo. Venía, como suele ocurrir en todas las historias, incluida la historia literaria, de provechosos años de relaciones editoriales, personales, periodísticas: es decir, de más transpiración que inspiración, y, en suma, de años de cultivo y cuidado, incluso mimo, de esas relaciones, además de dar los primeros pasos en el descubrimiento de un mundo cultural común, por más de un motivo. Lo ha contado, como siempre de manera soberbia, José Carlos Mainer en La domade la quimera [por cierto, que acaba de publicarse (Madrid,Veuvert Iberoamericana, 2004) una nueva edición de este valiosísimo conjunto de ensayos, corregida y aumentada respecto a la de 1988]: «La derrota española de 1898 ante el coloso yanqui y el problema nacionalista latente –escribe Mainer– supusieron un acercamiento hispanoamericano que pudo canalizarse perfectamente en las nuevas ideologías y aun en las nuevas formas literarias. La búsqueda de una identidad cultural a través del análisis ideológico o de la innovación artística llevó al encuentro de las minorías culturales que compartían su condición de tales en ámbitos sociológicos y morales muy similares, a veces. Las nuevas editoriales españolas descubrieron el mercado cultural de la nueva América e incorporaron en sus catálogos a autores como Vargas Vila, Manuel Ugarte, Rubén Darío, Enrique Gómez Carrillo.Todos ellos alcanzaron gran popularidad en España, y a cambio colocaron buena parte de sus fondos en América Latina».

Es cierto, hubo un momento histórico de excepcional relevancia, a lo largo de las tres primeras décadas del pasado siglo, que permite comprender el origen contemporáneo de las relaciones literarias en esa vasta geografía que Carlos Fuentes ha denominado, no sin acierto, «el territorio de la Mancha», es decir, la geografía que compone la literatura en español.Y es cierto, también, lo afirmado por Octavio Paz, lo nuevo venía de América: «Casi todos los grandes momentos poéticos del siglo han llegado a España a través de los poetas hispanoamericanos. Lo mismo ha sucedido, diré de paso, en lengua inglesa. Como Darío y Huidobro en España, Eliot fue acusado de galicismo estético en Inglaterra». A partir de ahí, se abriría una primavera americanista en España, jalonada de felices encuentros, intercambios editoriales, circulación de libros y artículos y autores, que finalizaría, como toda esa Edad de Plata (1898-1936), con la Guerra Civil española (1936-1939). Sin embargo, es también cierto que esas dos Españas, en que se rompe la nación, en su compleja relación con Iberoamérica, venía configurándose desde principios de los años veinte del pasado siglo. De esta forma, resulta sensato subrayar cómo cualquier aspecto –en este caso el literario– que roce la historia intelectual española y su relación con Iberoamérica en el siglo XX tiene de manera irremediable un punto de referencia: la Guerra Civil. La ruptura, en todos los órdenes de las relaciones literarias españolas, fue de tal magnitud que tanto a un lado como a otro del Atlántico comenzaría, a partir de abril de 1939, una difícil etapa de reconstrucción caracterizada por el mutuo rechazo y la profunda y voluntaria ignorancia entre lo que se denominó la España transterrada (José Gaos) y la España franquista, situación a la que no serían ajenos –todo lo contrario– el conjunto de los escritores hispanoamericanos. Se produce, por tanto, una triple dimensión en la lectura del hecho literario hispanoamericano. Por un lado, la manipulación política, interesada y grandilocuente (versión pasados fastos imperiales) de los intelectuales orgánicos de Franco (si vale el oxímoron de intelectual franquista) respecto a España e Hispanoamérica; por otro, la dispersión geográfica del exilio, salvo los casos de México y Argentina, y la lógica integración de esos escritores en la vida literaria del país receptor y, por último, la recuperación desde el interior de España, y por parte de los escritores antifranquistas, de lo que sucedía literariamente hablando en Iberoamérica. Algo de ello, y con la audacia habitual, advirtió Ignacio Soldevila ya a comienzos de la década de los ochenta del siglo XX : «Hasta ahora se ha solido poner en capítulos separados a los escritores del exilio y a los que se quedaron en España. En la medida en que el criterio no es político, y responde al hecho de que el exilio llevó a concebir la narrativa y a ver la misma realidad de manera distinta, aceptaríamos la división. Pero estamos seguros de que, a la larga, como no constituyen sino dos ramas divergentes de una común raíz, el tiempo acabará por borrar lentamente las disparidades».

El tiempo reconstruiría, no sin sobresaltos y malentendidos, ese tejido rasgado, y desde el interior de España, en los –primero escasos y después mayoritarios– núcleos intelectuales antifranquistas, se muestra un decidido anhelo de recuperación no sólo de las figuras del exilio hispanoamericano, sino de restablecer una relación fluida con los círculos literarios del otro lado. Porque a partir de tan trágico acontecimiento se reproduce, en el ámbito de lo que podríamos denominar, con todas las cautelas, el hispanoamericanismo español, el carácter bifronte que define a los escritores y críticos españoles desde 1939 hasta la segunda mitad de los años sesenta del siglo XX,en la que en España se empieza,tortuosamente, una nueva etapa de normalización literaria, gracias, y debe citarse, a la labor emprendida, entre otras, por revistas como Ínsula y Cuadernos Hispanoamericanos, el suplemento «Informaciones de las Artes y las Letras» del vespertino madrileño Informaciones, las barcelonesas revista Destino y la editorial Seix-Barral, el escritor y editor Carlos Barral, y algunos más a los que se refieren estas páginas. Es en esos años sesenta desde los que arranca el riguroso y documentado libro que han dirigido Joaquín Marco y Jordi Gracia y que trata, en fin, de fijar en el tiempo el proceso de tal normalización literaria. Nada fácil. Fue una normalización compleja en la que –como muestra con un centón de ejemplos este libro– se manifiesta más, como fotografía en el tiempo, la propia situación literaria de España que de las particularidades de la situación hispanoamericana. Suele ocurrir. Este libro, y he ahí su valor para la literatura española de finales del siglo XX,recorre, de manera pormenorizada y exhaustiva, las tendencias críticas (cuando éstas superan la mera reseña periodística) respecto al vendaval creativo que llega de América.Y muestra cómo la crítica española amalgama nombres y obras de muy diversa y contraria procedencia en un todo americano que apenas, salvo contadísimas excepciones, distingue los grupos y las escuelas literarias, las generaciones y las genealogías. Así, se recibe del mismo modo a Borges y a García Márquez, a Vargas Llosa y Carpentier, a Sábato y a Puig, a Uslar Pietri y Cabrera Infante, cuando no se agrupa como realismo mágico, por aquellos años, a casi el común de lo que llega del otro lado del Atlántico. En todo caso, como bien señala Gracia en el capítulo «Una larga celebración...»: «Los mejores lectores y críticos, los escritores más libres y quizá también más solventes supieron leer entre las líneas de aquellas novelas la radiografía de lo que buscaban y no tenían: libertad y oficio para escribir sobre la verdad, poder de invención y los destellos de algo parecido a una modernidad que había sido esquiva». Claro que cuando en España se descubra a la generación mal llamada del boom latinoamericano –contaba con cierta ironía cervantina Alfredo Bryce Echenique que al formar parte de una generación posterior le habían colocado en una incómoda situación, porque después de un boom, afirmaba, sólo suelen quedar sólo ruinas– la generación de los García Márquez,Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, Cabrera Infante, Donoso, se asistirá, insisto, a la recuperación, en una amalgama un tanto compleja vista desde hoy; una amalgama de escritores anteriores como Onetti, Lezama o Rulfo, e incluso más lejos todavía, como Borges, Bioy, Sábato, Carpentier, Paz, Asturias,Vallejo o Neruda cuya obra no había tenido en España la recepción contemporánea que su calidad y originalidad requería. Tras la introducción se sitúan sendos capítulos de los directores de la edición: el primero, de largo contenido autobiográfico –autobiografía intelectual–, de Joaquín Marco, uno de los profesores y críticos al que más se debe, si no al que más, la normalización, la acogida, la atención y la capacidad interpretativa, además de su labor editorial, en la recepción de la narrativa hispanoamericana en España; en el segundo, de calado y corte histórico, el profesor Jordi Gracia establece, como presentación de lo que vendrá, los criterios que dan razón y sentido a los estudios que acompañan a la antología –verdadero trabajo de investigación y cuerpo central de esta obra– de textos críticos, ordenados de manera cronológica. Se abre con una pormenorizada relación, del propio Gracia, en la que se repasan las epifanías, ya sean editoriales, divulgadoras o autorales de cómo se descubre en España a una narrativa que comienza una proyección internacional de tal calibre y dimensión que otorgará a la literatura escrita en lengua española una posición en el mundo inimaginada desde los siglos XVI y XVII,además de representar, dice bien Gracia, «otro elemento simbólico para encarnar la voluntad apremiante de ser modernos frente a la otra capital rigurosamente moderna, el París revoltoso de 1968: Barcelona seguía siendo lo más parecido a una capital europea que había en España». Les acompañan una serie de colaboraciones que buscan, y alcanzan, el aleph, las claves históricas, o al menos la descripción de esas claves históricas que permitieron el reencuentro. Organizados, como debe ser al tratarse de historia, de manera cronológica, estos capítulos abordan cuestiones esenciales al entorno que envuelve y da razón y sentido a la «llegada de los bárbaros» americanos. De los orígenes y los pintorescos recelos que provocan los tímidos y primeros intentos (1960-1966) –qué piezas encontrará el lector para solaz y discernimiento, qué cosas escritas desde la maltrecha España– dan cuenta Jesús Ferrer Solá y Carmen Sanclemente, así como Dunia Gras Miravet y Pablo Sánchez López se ocupan de lo que denominan «La consagración de la vanguardia (1967-1973)». Es decir, las epifanías que forman la recepción ya plena de una nueva narrativa: editoriales, con Seix-Barral como emblema, Barcelona erigida en la nueva capital literaria hispanoamericana, el tráfago decisivo de las amistades que se forjan por aquellos años, y que, en buena parte, recuperan el modelo apuntado más arriba de principios de siglo, el papel de la crítica, más como revulsivo que como mediador (y que recuerda lo advertido por Paz, respecto a los modelos más innovadores llegados de América), el éxito multiplicado de Cien años desoledad, metáfora de lo que llega y, claro está, las inevitables polémicas, sobre todo la muy jugosa –por lo que, sin querer, confirma del ambiente español– llevada a cabo por Alfonso Grosso, además de la apertura de una nueva época, no diré talante, tras el desgarro que significó el caso Padilla, quiasmo de la amistad más que política entre los nuevos narradores. Retoma el hilo de la narración Jordi Gracia para enfrentarse a lo que ocurre «después de la tormenta», en los años que transcurren entre 1973 y 1982, años decisivos en esta documentada historia literaria, por cuanto son los tiempos en que, tras la irrupción de tan formidable narrativa, «se trataba de levantar el vuelo desde el empuje anterior»: es tiempo de entender y calibrar el auténtico significado, para esa literatura en español, del boom; distinguir los solapamientos y romper la amalgama tras «la sacudida tormentosa de una literatura que contribuyó a acabar, ella también, con las peores secuelas de otra tormenta mayor, hecha de uniformes talares y castrenses, de zafiedad y fe, que se llamó franquismo». Continúa la narración histórica Burkhard Pohl con uno de los aspectos de este momento literario más citado y estereotipado, más sospechado que estudiado, como fue la venta del boom, no sólo a cargo de las editoriales sino del entramado económico, mediático, crítico, que envolvía, arropaba, nublaba y proyectaba el acontecimiento. Concluye esta primera parte introductoria con un jugosísimo capítulo a cargo de Núria Prats Fons, cuajado de datos y casos, sobre el maltrato que la censura aplicó a esa nueva novela hispanoamericana hasta convertirse en «uno de los más activos impedimentos para que la comunicación literaria entre España e Hispanoamérica se normalizara». Sólo en el año 1966, el editor de Seix-Barral declaraba que cerca de un 65 por 100 de las obras que había presentado a censura entre 1964 y 1966 habían sido rechazadas.

A partir de ahí, comienza un muy completo relato de críticas, notas y reseñas publicadas en España, al hilo del tiempo, pegado casi al día a día, sobre la «llegada de los bárbaros», una historia, crítica a crítica, reseña a reseña, que exhibe, en el mármol del tiempo, todos los vicios y todas las virtudes (escasas y poco atendidas) de que hace gala la sociedad literaria española: una auténtica, como pocas, historia, contada paso a paso, de tal recepción. Esta segunda parte, historia en directo, documentación precisa, muy eficazmente seleccionada, por representativa e ilustradora, se abre con el rescate de un curiosísimo artículo de 1960 de José Luis Castillo-Puche en ABC dedicado a Borges y se cierra con una entrevista a Juan Rulfo, dos décadas después, 1981, en Revista de Occidente. ¿Y qué nombres destacan, en cuanto a frecuencia de la crítica? Los advertidos, que serán los protagonistas privilegiados, de una historia que estaba por escribir y ahora se ha escrito.Valga el ejemplo de citar los de mayor número de menciones: Asturias, Bioy (menos), Borges, Cabrera Infante, Carpentier, Cortázar, Donoso, Fuentes, García Márquez, Lezama, Mutis (poco), Onetti, Puig, Rivera (José Eustaquio), Rulfo, Sábato, Sarduy y Vargas Llosa (tan abrumadoramente citado y reseñado como García Márquez). Un libro que, en su soberbia arquitectura académica, cumple –con creces– al descubrir y describir con solvencia un capítulo determinante de la reciente historia literaria no sólo española sino en español. Porque en ese centón de críticas, quiero insistir en ello, se dice más del ambiente literario español, de las líneas críticas entonces en boga (cuando haya boga) que de los propios valores de las obras, no me atreveré a escribir que analizadas, pero sí, al menos comentadas por los críticos y publicistas de entonces. Aun cuando en el poso de lectores y escritores las influencias constituyeran una obra en marcha, un seísmo memorable en la chata narrativa española. Este es un libro –un estudio y una antología– que abre sugestivos campos de análisis, al tiempo que establece equilibrados criterios y valores para entender un hecho de tan honda influencia en la narrativa española posterior a esos años. El viaje, así, se ha cumplido.Volúmenes como este constituyen una pieza vertebral para saber más, y mejor, sobre la historia reciente. Ojalá sea el comienzo de una nueva y rigurosa forma de hacer la recepción de la historia literaria americana en España, con todas sus excepciones. Por si acaso.

01/05/2005

 
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