ARTÍCULO

Siempre se puede hacer algo

Salto de Página, Madrid
416 pp. 21,95 €
 

Sucede continuamente: se pregona la crisis o incluso la muerte de la novela mientras no dejan de irrumpir desde el pasado poderosas obras narrativas que, sean descubrimientos sorprendentes o clásicos bien conocidos, robustecen la fe en el género entre los agradecidos lectores que las saben identificar y disfrutar, los cuales también son miles, aunque menos ruidosos y exhibicionistas que los de otros tipos de títulos. Ahora el realismo lleva algunas décadas agrietado o agredido, y entonces aparece entre nosotros la primera edición española de una novela escrita por un ilustre español hace sesenta años, y que contribuye a demostrar hasta dónde puede llegar una ficción que quiera explicar unos acontecimientos, dibujar un paisaje, recrear un espacio y un momento que fueron, que pasaron.
Ha tenido que ser la joven editorial madrileña Salto de Página la que recupere La raíz rota, novela de Arturo Barea que apareció por primera vez, traducida al inglés, en el Nueva York de 1951, y después pudo leerse en su versión original gracias a la edición bonaerense de 1955. Estos datos deberían escocer por no haber cambiado hasta 2009, pero no extrañarán demasiado a nadie si nos enteramos a continuación de que La forja de un rebelde, la extraordinaria trilogía de ese madrileño de Lavapiés nacido en Badajoz, es más leída hoy en inglés que en el idioma en que fue escrita, pues, mientras en España es más o menos conocida pero apenas picoteada por lectores bien enterados, es lectura obligatoria en varios departamentos de estudios hispánicos de Inglaterra, país al que se exilió Barea en 1938, y donde es considerado, con incontestable justicia, uno de nuestros narradores más interesantes y completos.
Aunque La raíz rota es una novela coral protagonizada por ocho o nueve personajes magistralmente perfilados, es también la historia del individuo que la sostiene y justifica: Antolín Moreno, un exiliado en Londres que, al contrario que su creador, regresa durante unos días al deprimente Madrid de 1949 para resolver serios asuntos familiares de los que se desentendió al verse obligado a huir al final de la guerra. A pesar de su sensatez, de sus nobles intenciones y de la ayuda de algunos personajes salvados por su propia bondad o inteligencia, las miserables circunstancias y, en parte, la mala suerte, no sólo impiden que nada se arregle sino que, tras la última página (y, es de suponer, tras su regreso a Inglaterra), obligan a Antolín a ver a su mujer sumergida en el enajenamiento, a su hija Amelia en el fanatismo, a su hijo Pedro en la vileza, y a su hijo Juan en la muerte.
El historiador Nigel Townson, que, siendo el mayor especialista en Barea, es también ahora el prologuista de este libro, escribió en 2000 (en su edición de las Palabras recobradas de Barea, en la editorial Debate) que «se puede criticar La raíz rota por su tendencia a recurrir en estereotipos, la falta de tensión de su argumento y una cierta falta de imaginación», antes de pasar a sus virtudes y aplaudir con razón «la observación astuta, las descripciones vivas y una sinceridad emocional muy notable». Y, sin embargo, es ésta una novela casi trepidante en la que continuamente, y a menudo con cierto fatalismo, están sucediendo cosas decisivas para su desarrollo, y en la que los pasos y destinos de todos los implicados están trenzados por casualidades con las que Barea busca reducir el escenario madrileño sin dejar de atender ningún aspecto y sin perder los estribos de la narración, cuya acción a veces se detiene para elevar la calidad de la novela con magníficos diálogos. Tal vez, sí haya sombra de estereotipos, pero no maniqueísmo ni atajos en un libro por el que desfilan pícaras bondadosas y altruistas, falangistas proxenetas, policías cobardes, coroneles estraperlistas o señoras comecuras. Es decir, en fin, que estamos ante una novela realista, al margen de que resulte más o menos verosímil, y las intenciones de este tipo de narraciones no es tanto la de triturar tópicos como la de enderezar una trama crudamente verosímil, dolorosamente creíble, insoportablemente «real».
«Todos los libros son mentira, y los peores los que se empeñan en decirte que la vida significa algo», dice un desesperado Pedro a su padre antes de reprocharle que: «Tu generación no nos ha dejado muchas cosas en que creer, ¿no es verdad? Tú crees en libros, en educación y en pamplinas; nosotros, no. No nos sirve para nada, ni te ha servido de mucho a ti. Para no hacer de tu vida el lío que has hecho» (p. 235). Por su parte, Antolín se siente desde pronto «extranjero en un país extranjero» en su Madrid natal (p. 168), pero alguien le recuerda hacia el final que «No importa dónde esté uno, con tal de que se encuentre a gusto por dentro; y esto es lo que es más difícil en este pobre país que Dios ha dejado de su mano». El exilio al que alude el título del libro es, sin duda, algo trágico y profundamente indeseable, pero casos numerosos demuestran que, superado el trauma de la despedida y la distancia, puede convertirse en una experiencia enriquecedora, una inesperada oportunidad, una invitación al crecimiento y la esperanza. «Lo que es malo –continúa el mismo personaje, tosco pero sabio– es que la gente ande dando vueltas, que es lo que hacen [sic] aquí la mayoría. Todo el mundo tiene que hacer lo que le toca en este mundo, eso se lo digo yo, y no importa dónde lo haga» (pp. 389-390), reflexión que culmina simbólicamente doce páginas después, en el último párrafo del libro, que, aunque transcurre en un cementerio, es optimista y constituye una convincente afirmación de la existencia y del futuro. Con ella se cierra un título que ha de ser definitivamente incorporado a la lista de las grandes novelas sobre nuestra posguerra y, tal vez indirectamente, sobre el significado profundo del destierro.

01/03/2010

 
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