ARTÍCULO

Novela peregrina

El Acantilado, Barcelona
413 págs. 3.365 ptas. 20,22
 

Juan Antonio Masoliver Ródenas (o Macholiver si seguimos su autoironía, el private joke que el autor se dedica en una entrega no carente de ellos y no precisamente incruentos) habla de su libro en la primera página de éste. Y lo hace definiendo La puerta del inglés como una «peregrina novela». Buena aclaración porque «peregrina» podría valer para pintoresca, exótica, incluso disparatada (y La puerta del inglés es todo esto) pero también quiere decir viajera, y Masoliver Ródenas, y sus alter egos y antagonistas (masculinos y femeninos) van continuamente de un lado para otro, en una especie de esfuerzo «bizantino» que muchas veces coincide con lo que sabemos de este autor/profesor y crítico literario. Por cierto, que también en la primera página (primera anotación en esta especie de diario que igualmente es el libro) se nos avisa de que, si bien los personajes son o podrían ser reales, no ocurre lo mismo con los hechos que se les atribuyen. Esta aclaración parece absurda porque, ¿qué sentido tiene el desmarcarse de unas acciones bastante improbables? Sin embargo, resulta de lo más pertinente, pues en caso contrario, Masoliver Ródenas podría dar con sus huesos en un juzgado de guardia, y no sé si incluso de familia. Ya que al igual que Goytisolos, Paneros, Pardos, etc., cuando abordan el género memorialístico, Masoliver no tiene empacho en exponer a sus familiares en la plaza pública, bien que alguno de ellos, el conocido, al menos de quienes andamos en la «pomada» literaria, Juan Ramón Masoliver, tío del autor de La puerta del inglés, encuentre en su sobrino un fan de consideración y, a la vez, un magnífico retratista lírico. Que este, el lírico, es uno de los terrenos por los que circula La puerta del inglés, y ahí, en la melancolía que de esta circunstancia se infiere, encontramos algunos de sus mejores momentos. Luego está el apartado satírico, en el que autores y críticos bastante fácilmente identificables son presa de la pluma por momentos soez y chocarrera de Juan Antonio Masoliver Ródenas, demasiado pendiente de los aspectos sexuales (en su vertiente más grotesca) de la cuestión. Porque reducir a escaramuzas escatológicas, ciertamente ridículas, las cuentas seguramente pendientes de Masoliver Ródenas con Gracia Pasada o Pesada o Pisada, especialista en el 98, o con el crítico santanderino Gabán, o con el poeta granadino Gracia Roncero, parece un quiero y no puedo, un gastarse la pólvora, por otra parte, ya mojada, en salvas, un matar moscas o mosquitos a cañonazos. Es decir, que Masoliver tiene, sin duda, talento como para invertirlo en empresas más sustanciosas. Cierto que no siempre hay aquí camuflaje de nombres en plan denigrativo. Ignacio Gurría, también crítico, y sólo crítico, sale bastante bien parado de las arremetidas masoliverianas, aunque no sea más que porque en este caso no deja de traslucirse una evidente admiración. Por no decir Sanz Villanueva, Gimferrer o Vázquez Montalbán, quienes conservan sus verdaderos nombres en esta novela –o lo que sea– fragmentaria y acumulativa. En la que hay de todo: poemas (el que va de las páginas 31 a la 36 está muy logrado), paráfrasis, aforismos, chistes, crónicas de viaje e, incluso, narraciones, incluyendo en este último apartado el esbozo de una nouvelle que podría tener futuro. Pero para que resulte convincente, Juan Antonio Masoliver Ródenas tendría que abandonar los tics escatológicos que ya mostraba en Beatriz Miami. Porque la melancolía, el canto elegíaco hacia una generación –la de Masoliver– desperdiciada no necesita de la recurrencia autoconmiserativa, basada una y otra vez en el sexo esperpéntico. Que la de Masoliver fue una generación puteada (y aun putera) parece bastante obvio, y sin embargo para retratarla tal vez convendría abundar en otros matices; esos que por momentos apunta este autor y crítico tan agudo y lírico a veces.

01/12/2001

 
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