ARTÍCULO

La profesionalización del escritor en España

 

Al otro lado y alrededor de la literatura hay muchas cosas que conciernen y solicitan a todo aquel que crea que quien sólo sabe de literatura, ni de literatura sabe. No es nada fácil dividir las tareas al respecto y por eso me cuesta aceptar de entrada unas frases como las que leo en la «Introducción» que Jesús A. Martínez Martín ha puesto al libro que aquí se reseña, cuando subraya que su estudio no aborda el contenido de los libros sino a «quiénes los crean y cómo los crean en el contexto que lo hace posible. El quién es una formulación propia de la historia social que identifica individuos y colectivos en sus relaciones con los demás y el cómo un atributo de la historia de las prácticas culturales».
Yo, que soy partidario de la jurisdicción universal hasta en estas materias, prefiero que exista un lugar donde sepamos a la vez de todo eso, del quién y del cómo, pero también del porqué y del para qué, que son cuestiones muy necesarias para saber quién es quién y cómo se hacen las cosas. Aunque, entre tanto y al margen de estas obviedades, no me duelen prendas al dar la bienvenida a este interesante libro, escrito con solvencia y en buena prosa. Alberga un valor fundamental de recordatorio: nos evoca que queda mucho por hacer en el estudio de lo que propone el subtítulo del libro, «La profesionalización del escritor», pero que un ensayo universitario nos haga echar de menos lo que su autor no ha resuelto no es un demérito, sino que, muy al contrario, puede ser virtud principalísima. Martínez Martín ha publicado antes una documentadísima monografía sobre Lectura y lectores en el Madrid del siglo XIX (1991) y, en colaboración con Ana Martínez Rus y Raquel Pérez García, otra sobre Los patronos del libro. Asociaciones corporativas de editores y libreros (2004), además de haber dirigido una Historia de la edición en España (1836-1936) (2001), con el mismo marco temporal del libro que reseño. Este volumen de ahora responde a un original que obtuvo el premio «Antonio Maura» hace tres años y ha comparecido en éste; es un retraso que le ha perjudicado porque, en ese plazo, su antigua colaboradora Raquel Sánchez García ha publicado El autor en España (1900-1936) (Madrid, Fundamentos, 2008), que se le parece mucho, aunque con más voluntad de resumen manual, y porque han visto también la luz el primer tomo del Epistolario completo de Juan Ramón Jiménez (1906) y el estudio de Julio Neira sobre Manuel Altolaguirre, impresor y editor (2008), ambos publicados por la Residencia de Estudiantes, así como las monografías de José Manuel Sánchez Vigil sobre CALPE. Paradigma editorial (2005) y de Christine Rivalan Guégo sobre Fruición-ficción. Novelas y novelas cortas en España (2008), los dos por cuenta de la activa editorial Trea, de Gijón, todos los cuales le hubieran sido tan de manifiesta utilidad. Pero esto es un inevitable destino cuando se piensa en la amenazadora magnitud del Amazonas bibliográfico que transcurre junto a nosotros.
Lo peor del caso es que nos hallamos ante un libro que no ha acabado de adquirir su forma y no ha desarrollado el indispensable tejido conjuntivo que unifique razonadamente sus partes. Al sucinto repaso de las pautas y la bibliografía previa que abre el volumen le sobra esquematismo y le faltan referencias básicas: por ejemplo, las últimas obras de Pierre Bourdieu y sus nociones esenciales, que ya circulaban entre nosotros desde hace más de un lustro. En su posterior desarrollo, si Martínez Martín habla con alguna extensión de la «bohemia» como noviciado literario y actitud ante el mercado (aunque se haga sin los suficientes distingos: hay muchas bohemias), resulta llamativo que no se aborde, por lo menos con el mismo espacio, la configuración de los «intelectuales» como definición colectiva de otra tipología de escritor ante un público nuevo (y sobre la cuestión no falta, ni mucho menos, la bibliografía española reciente; la francesa es sencillamente oceánica).
No sabría decir tampoco si 1836 es ya un irrebatible punto de partida, a despecho de la cercanía de la Constitución de 1837 que consagró los derechos del autor y de la ley de los moderados de 1847 que especificó el depósito legal como base de su ejercicio. Uno piensa que las ediciones de obras por suscripción en el siglo XVIII, las tribulaciones y conquistas de Torres Villarroel, Tomás de Iriarte y, sobre todo, de Moratín el Joven merecían siquiera un recuerdo, porque el último de ellos, sin duda, es todavía un valor editorial segurísimo hasta los años sesenta del XIX, cuando menos. Pero es muy cierto que las inquietudes de Mariano José de Larra sobre su profesión y el coetáneo despliegue de las actividades de Manuel Delgado, el primer gestor editorial de autores como Zorrilla y Espronceda, casi un editor moderno, son hitos que contribuyen a dar como bueno el término a quo de 1836, aunque sean más interesantes las páginas que el autor dedica a Delgado que las muy apresuradas sobre Larra. Y es que, en orden a estas cuestiones, Fígaro no es un «quién» y un «cómo» sino un «por y para qué», dos cosas que están escritas en su obra misma. Pero tampoco se aprovecha la mención oportunísima de la la Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra, que es claramente un «quién» y un «cómo». No sólo se trata de una serie que apoyó económicamente el Congreso; es, en primer lugar, la culminación de una serie de intentos de construcción de un canon nacional (con proyección sobre la actualidad literaria: resulta elocuente la inclusión de los grandes del XVIII y de Quintana en plena digestión romántica) y, a la vista de sus colaboradores prologales, una nómina muy completa de la clase política anterior a la revolución de septiembre.
A la vista de estas y otras semiausencias, leemos con mucho más gusto lo que el autor conoce de primera mano y recensiona de sus aportaciones anteriores: así, las noticias sobre las primeras sociedades de autores, anteriores a la fundación de la General, y los apuntes sobre las entregas novelescas (aunque no se mencione, ni casi de pasada, a Wenceslao Ayguals de Izco). Flojea, en cambio, el desarrollo de ejemplos concretos de algunos «porqués», demasiado deudores de publicaciones recientes: sobre la crematística de Valera y Galdós estaba casi todo dicho (fundamentalmente por la mano de Jean-François Botrel) y acerca de Pedro Antonio de Alarcón, las páginas de Martínez Martín apuntan un buen filón que valdría la pena que explorara con más espacio en otra parte. Sobre «Clarín y los términos de la profesión inacabada», una vez más, la pícara suerte le ha impedido consultar la biografía de Yvan Lissorgues, Leopoldo Alas, Clarín, en sus palabras (2007), un libro espléndido que podría tener como subtítulo el que aquí ha utilizado nuestro autor.
Algo similar sucede en los ejemplos concretos que conciernen al siglo XX. Aquellas «Versiones individuales del oficio de escribir» no están mal elegidas, pero saben a poco: Blasco Ibáñez, Juan Ramón Jiménez y Enrique Jardiel Poncela (y el éxito de sus novelas para la colección de «Grandes Novelas Humorísticas» de Biblioteca Nueva) dan mucho más de sí y nos hacen preguntarnos por qué no Baroja, Valle-Inclán o Azorín. O por qué no se allegan más reflexiones sobre el oficio que alguna cita del editor Calleja o del escritor que se empeña en llamar José Salaverría (José María, en realidad): las hay a montones. Es evidente que este libro no se proponía, ni de lejos, hacer una historia de la edición y sus transformaciones en la España anterior a 1936, pero sí pertenecía a su jurisdicción la «política de autores» que –como, por otra parte, advierte– imponen de consuno El Cuento Semanal y la «Biblioteca Renacimiento» (que implanta los contratos exclusivos y aquel culto de la efigie autoral que muestran las espléndidas caricaturas de Bagaría que ilustraron el catálogo de 1914, citado pero no estudiado). A la «política de autores», promovida a menudo por ellos mismos, pertenece también el fenómeno de las series explícitas de «Obras completas» en tomos sueltos, que valdría la pena haber reflejado en estas páginas: de ellas son ejemplo señero las «Opera Omnia» de Valle-Inclán, tan reveladoras de su talante estético y que pasaron por mano de varios editores, y las de Juan Ramón, pero también las hubo de Azorín, Pérez de Ayala, Villaespesa, Benavente y tantos otros. Por su cuenta o por la de editores como los de Mundo Latino, casi especialistas en el género.
Y es que hubo un momento en que la consagración del escritor se vinculó al libro, más que a su leyenda popular: en la huella de esa convicción anduvieron aquella breve serie de páginas escogidas que precisamente Rafael Calleja hizo en 1918 (que publicó las de Clarín, Antonio Machado, Baroja y Azorín), como el designio de los notorios «Amigos de Gabriel Miró», que –a su muerte– lanzaron una lujosa edición de desagravio en 1932. Incluso una serie popular e importantísima, como la Colección Universal, de CALPE, hizo de la Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez, un libro de cabecera para tres generaciones de jóvenes vates, y celebró su número 1000-1001, en 1928, con una selección de ensayos de José Ortega y Gasset, Notas, que certificaba la jerarquía intelectual de su autor. También esas cosas cuentan.

01/02/2010

 
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