ARTÍCULO

La postguerra más larga

 

En 1947, George Kennan, influyente diplomático norteamericano y buen conocedor de la política soviética, recomendó a su gobierno oponerse con firmeza a las pretensiones de Stalin por considerar imposible una gestión consensuada del nuevo orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Evidentemente no todos los analistas eran partidarios de la línea dura. Ese mismo año, el periodista Walter Lippmann criticó la doctrina de la contención en un libro titulado irónicamente The Cold War («La guerra fría»). Desde entonces esta expresión se ha utilizado para englobar el conjunto de provocaciones, amenazas y contiendas libradas «por poderes» entre Estados Unidos y la Unión Soviética a lo largo y ancho del planeta. También se ha aplicado a los métodos empleados por las dos superpotencias para justificar la política de bloques y la estrategia de la tensión: agresión verbal permanente, bloqueo económico, intoxicación de la opinión pública, exaltación de los servicios secretos y de sus acciones especiales... Si la desconfianza mutua alimentó la carrera de armamentos, la población acabó resignándose al riesgo de una guerra atómica. Inducida por la histeria de la clase política, asumió el equilibrio del terror con un fatalismo macabro. ¿Qué mejor garantía contra el apocalipsis nuclear, se preguntaban los más cínicos, que la certeza de la destrucción mutua y la seguridad de que nadie viviría para contarlo?

A pesar de su hostilidad y su mutua desconfianza, Estados Unidos y la Unión Soviética evitaron el enfrentamiento directo. Prefirieron hacerlo de forma indirecta, mediante aliados interpuestos, atizando a lo largo y ancho del planeta conflictos locales y adaptándolos a la dinámica de bloques. Entre 1945 y 1990 la ONU registró un centenar y medio largo de enfrentamientos armados. Durante ese período, la paz mundial apenas fue una realidad durante tres semanas. El balance fue aterrador: al menos siete millones de combatientes muertos y una cifra cinco veces superior de civiles (por no hablar de la tragedia de los millones de mutilados, heridos, desplazados y refugiados). Esta digresión era necesaria para comprender mejor el título del libro que inspira este comentario: La paz simulada. Una historia de la guerra fría, 1941-1991.

Para los autores, tres conocidos profesores universitarios, la trascendencia de este fenómeno en la historia de la humanidad no sólo viene determinada por la magnitud de la tragedia. Mayor relevancia aún conceden a la revolución científico-tecnológica desarrollada a la sombra de la guerra fría, que ha provocado una mutación cultural sin precedentes y la transformación radical de las formas de vida en todo el planeta. Veiga, Da Cal y Duarte no rehúyen el análisis sociológico de estos dos modelos sociológicos incompatibles y contrapuestos: el radical individualismo norteamericano basado en la propiedad privada, que concibe la sociedad como un gigantesco mercado (de bienes, servicios, emociones e ideas, etc.) y hace de la posibilidad de elegir el primero de los derechos políticos fundamentales, frente a la socialización estatal, la burocratización de las relaciones sociales y el dirigismo político de corte soviético. Desde esa perspectiva, es muy probable que el colapso de la URSS se debiera menos a las presiones norteamericanas que a la rigidez de sus propias estructuras para adaptarse al cambio tecnológico y a las exigencias de una economía cada vez más globalizada. De ahí la incapacidad de Occidente para gestionar de una forma rápida y no traumática la transición capitalista del antiguo bloque soviético. Pero el objetivo central del libro no es ése, sino analizar las relaciones internacionales y la evolución de la política mundial durante ese medio siglo tan decisivo. Esto implica abordar cuestiones tan controvertidas como el origen del enfrentamiento bipolar, la formación de los bloques, la partición de Europa, las guerras de Corea, Vietnam o Afganistán, los procesos de descolonización, el conflicto árabe-israelí, la ruptura chino-soviética, la escalada terrorista de los años setenta, las dictaduras militares latinoamericanas, la aparición del fundamentalismo islámico... Todo ello visto, claro está, a partir de la pugna USA-URSS por la hegemonía mundial.

Superando el maniqueísmo vigente hasta hace poco, la propuesta metodológica de los autores es tan simple como efectiva: analizar esos fenómenos a partir de los postulados ideológicos de las superpotencias, de sus intereses estratégicos particulares y de su capacidad real para imponerlos a sus aliados y a sus adversarios. El resultado es una visión global más compleja, trabada y menos rectilínea que las versiones oficiales manejadas hasta ahora. Cierto que los autores son conscientes de la provisionalidad de algunas hipótesis, que sólo podrán ser confirmadas con la apertura de los archivos. A falta de fuentes primarias originales Veiga, Da Cal y Duarte han recurrido a las ya publicadas (discursos, memorias de líderes políticos, actas de los organismos internacionales, etc.). Pero los autores han acudido sobre todo a la bibliografía más innovadora y reciente: más de la mitad de los doscientos libros que citan al final de su obra vienen en francés o inglés, y casi la tercera parte han sido publicados con posterioridad a la caída del muro de Berlín (1989).

El resultado es un ensayo en cinco capítulos, donde la interpretación y el relato de los acontecimientos se combinan de forma equilibrada. El primero rastrea el origen del miedo irracional que las dos superpotencias se profesaban mutuamente derivado, a juicio de los autores, del «síndrome de 1941»; es decir, del temor a un nuevo ataque sorpresa como el que aquel año cogió desprevenidos a los rusos (Operación Barbarroja) y a los americanos (Pearl Harbour), poniendo de manifiesto la vulnerabilidad de ambos países. El último está casi íntegramente dedicado a Gorbachov y a la desintegración de la URSS (1991), que marca el final de la guerra fría. Los tres capítulos centrales siguen un esquema cronológico adaptado a la evolución de las relaciones diplomáticas USA-URSS. Hasta mediados de los años sesenta no amainó la tensión de la guerra fría, que durante el bloqueo de Berlín (1948-1949), la guerra de Corea (1950-1953) o la crisis de los misiles (1962) estuvo a punto de provocar un enfrentamiento directo entre las dos superpotencias. En la segunda mitad de esa década se abre un período de distensión, de coexistencia pacífica según la terminología de la época, que culmina con los acuerdos de Helsinki (1975). A partir de ese momento se produce una vuelta a las posturas más intransigentes, a una segunda guerra fría, con Ronald Reagan y su Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), presentada por la prensa más sensacionalista como un anticipo de la guerra de las galaxias. El libro se cierra con un epílogo, una amplia cronología del período y un índice analítico (temático y onomástico). Contiene además un apéndice dedicado a España, que explica algunos avatares de la política interior española a partir de los vaivenes de la guerra fría.

El libro está lleno de interpretaciones muy sugerentes, atrevidas incluso. Como por ejemplo la que hace referencia a los orígenes de la guerra fría. Mientras la explicación más extendida parte de los diferentes intereses y expectativas de las dos superpotencias (Walter Laqueur, Europe in our Time. A History, 19451992, Penguin Books, Nueva York, 1993), Veiga, Da Cal y Duarte subrayan la contingencia de un fenómeno inesperado, por no previsto. Rusos y americanos tuvieron que improvisar y recurrir a su memoria más reciente tamizada por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Pero lejos de desarrollar una estrategia para desactivar el riesgo de enfrentamiento, la psicosis del combate inevitable desató los miedos más irracionales producidos por el «síndrome de 1941». Las fantasías sobre el peligro de un nuevo ataque sorpresa desataron en ambas superpotencias una obsesión histérica por no dejarse sorprender de nuevo. Ello implicaba no sólo desenmascarar al (supuesto) enemigo interior sino también poner en marcha formidables campañas de propaganda para adoctrinar a la población. El carácter persuasivo de los medios de comunicación y su relativa complicidad con los poderes no es, a juicio de los autores, la única herencia de la guerra fría. Basta recordar, por ejemplo, la información oficial transmitida durante la guerra del Golfo. Sostienen también que se ha perpetuado la angustia nuclear, aunque con otros nombres. Como el ecologismo, que definen como el temor poco racional a que cualquier incidente se transforme en un accidente global debido a la frágil complejidad del planeta. O el miedo al fundamentalismo islámico, fruto de la incapacidad de los analistas para comprender (y explicar) un conflicto ajeno a la lógica de la guerra fría. Tras distinguir entre panislamismo y panarabismo, Veiga, Da Cal y Duarte lo explican como un enfrentamiento interno entre los estatalistas y los partidarios de reforzar la sociedad civil, demanda nueva aunque expresada en términos tradicionales. Cierto que también pudiera expresarse al revés: es evidente que el fracaso de los procesos de modernización impulsados desde el Estado laico ha sumido en el descrédito a la clase política junto con su sistema de valores más o menos occidentalizado y, para llenar ese vacío, muchos países del mundo árabe se han vuelto hacia la tradición islámica (Bernard Lewis, La vuelta del Islam).

En cambio, seguramente tienen razón cuando aseguran que la simplificación del sistema de relaciones internacionales fue más aparente que real. Durante la guerra fría reaparecieron muchos conflictos locales de tipo étnico, religioso o cultural que se venían arrastrando de los años treinta; muchos de los que surgieron después adoptaron los tintes ideológicos y la retórica de la guerra fría, pero han sobrevivido al enfrentamiento bipolar: como los contenciosos que enfrentan a India y Pakistán, a las dos Coreas o a Marruecos y Argelia. De ahí que Veiga, Da Cal y Duarte no compartan esa idea tan extendida de que la rigidez y la simplicidad de las reglas impuestas por la dinámica de bloques reforzaba, en último término, la seguridad colectiva. En cambio admiten que la guerra fría alteró radicalmente el sistema mundial de Estados y que las relaciones internacionales hasta bien entrado el siglo XXI vendrán condicionadas por el mapa geoestratégico surgido de la misma. Dos son las innovaciones más reseñables. Por un lado, la creación de un gran proyecto de integración europea; por otro, la consolidación de China como gran potencia mundial precisamente en el sudeste asiático, una de las regiones económicas más dinámicas del planeta.

En definitiva, son muchas y muy variadas las cuestiones que quedan abiertas. Pero por la calidad de la información, por la originalidad de los planteamientos y por el rigor analítico este libro resulta muy sugerente. En especial para cuantos deseen comprender la complejidad de un período tan decisivo en nuestra historia más reciente.

01/02/1998

 
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