ARTÍCULO

La política del cambio climático

 

Durante las semanas que siguieron a la explosión de la plataforma petrolífera Deepwater en el Golfo de México en abril del año pasado, mientras millones de ciudadanos de todo el mundo clamaban contra el orden de las cosas sin dejar por ello de exigir que su coche pudiera repostar inmediatamente en la gasolinera más cercana, muchos donantes de organizaciones no gubernamentales descubrieron horrorizados que estaban coqueteando con el sistema. En cuanto se revolvieron los papeles, se supo que la prestigiosa Nature Conservancy había recibido unos diez millones de dólares de BP en los últimos años, al contado o en forma de tierras, e incluso se había sentado en un consejo internacional de la petrolera, mientras que la también norteamericana Conservation International había recibido dos millones y asesorado a BP en materia de extracción, además de admitir en su órgano directivo a John Browne, consejero delegado de BP, entre 2000 y 2006. Nada extraño, ya que, en el marco de la US Climate Action Partnership, muchas grandes empresas energéticas han venido colaborando con organizaciones medioambientales de manera estable«Reaching for a Longer Spoon», The Economist, 5 de junio de 2010, p. 69.. Naturalmente, es dudoso que una de las mayores empresas del ramo persiga con verdadero ahínco un futuro más allá del petróleo, por citar su propio lema publicitario; pero cosas más raras se han visto. Sin embargo, eran los donantes de las organizaciones conservacionistas quienes no podían imaginar que ese vínculo –nada secreto, por otro lado– pudiera existir: todo un mentís a su visión del mundo. Y ahí reside el valor de una anécdota que ilustra la formidable confusión que rodea al problema de la así llamada sostenibilidad medioambiental, confusión que ha alcanzado su paroxismo desde la aparición en escena de la amenaza del cambio climático de unos años a esta parte.
Es fatigoso repetir los datos, las proyecciones, los escenarios de futuro. De manera casi invariable, institutos de investigación y organizaciones científicas alertan de que está en marcha un cambio climático de origen antropogénico que podría incrementar notablemente la temperatura del planeta en el transcurso de este siglo. Más exactamente, entre 1,1 y 6,4 grados, según la ya célebre horquilla propuesta por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, auspiciado por la ONU, en su IV Informe de EvaluaciónLas conclusiones pueden encontrarse aquí: http://www.ipcc.ch/publications_and_data/ar4/syr/en/contents.html.. Sus posibles causas son bien conocidas. Dado que la temperatura de la Tierra está determinada por la relación entre la radiación solar absorbida por ella y la que devuelve al espacio, el mantenimiento de la temperatura media del planeta depende de que esa ecuación –absorción de un 70%, devolución del 30% restante– no varíe. Desde que el físico sueco Svante Arrhenius (defensor, por cierto, de la eugenesia: la moda sociocientífica de la época) lo sugiriese en 1906, se ha conocido como efecto invernadero la capacidad de la atmósfera para calentar la superficie de la Tierra merced a la acción de distintos gases: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, halocarbones, vapor de agua. Y precisamente al aumento de las emisiones de estos gases –sobre todo el CO2– debido a prácticas humanas se atribuye el actual calentamiento del clima, potencialmente dañino para sociedades y ecosistemas. De un tiempo a esta parte, se han multiplicado los llamamientos a su mitigación: desde gobiernos a cantantes pop, pasando por movimientos sociales e hijos de vecino, todos queremos parar el cambio climático.
Este aparente consenso, sin embargo, se resquebraja cuando topamos con los detalles. Para empezar, porque no es lo mismo un aumento de la temperatura media del planeta de un grado que uno de seis: digamos que es la diferencia entre la reestructuración del turismo mundial y las migraciones masivas. Pero es, también, la diferencia entre el catastrofismo y el debate público razonado. Ya sea por el propósito de forzar un cambio en la conciencia ciudadana, ya por el ahínco con que una parte del espectro político insiste en culpar al sistema capitalista de todos los males, el repertorio alarmista se ha hecho común y el colapso climático ha reemplazado al desastre nuclear como apocalipsis de guardia. Desde esta óptica, el cambio climático sería la manifestación más extrema de los límites de la modernidadLeigh Glover, Postmodern Climate Change, Londres, Routledge, 2006.. A su vez, este lenguaje alarmista ha producido una contraparte así llamada negacionista, que por pura inercia ha recaído en algunos sectores del conservadurismo. ¡Aun cuando lo que queramos sea precisamente conservar el clima al que estamos acostumbrados! Y por más que haya científicos reputados que cuestionan las conclusiones dominantes. En fin, se mezclan aquí ideologías, luchas de poder, buscadores de rentas, intereses editoriales, buenas conciencias y advenedizos: la comedia humana en todo su esplendor.
Pero, entonces, ¿hay conexión entre los incendios de Moscú y el aguacero de Albacete, o sólo la imaginamos nosotros? Si la hay, ¿es el fin del mundo, o el mundo sólo está cambiando, como siempre ha cambiado? ¿Tenía razón Bjørn Lomborg, el autoproclamado ecologista escéptico danés, cuando señalaba que el cambio climático no era una prioridad, o la tiene ahora, cuando dice lo contrario?Bjørn Lomborg (ed.), Smart Solutions to Climate Change: Comparing Costs and Benefits, Cambridge, Cambridge University Press, 2009.. ¿Hace más calor o sólo dice la prensa que hace más calor? Tras décadas de profecías ecologistas nunca cumplidas, parece difícil creer que esta vez todo sea cierto, aunque antes nunca lo haya sido. Es casi imposible que el ciudadano –esto es, el ciudadano que haga un esfuerzo cognitivo digno de tal nombre– pueda formarse un juicio claro acerca del cambio climático y sus consecuencias sociopolíticas. Máxime cuando la opinión pública se ha abandonado a aquel de nuestros atributos que John Stuart Mill consideraba más natural, en el sentido peyorativo de no haber sido suficientemente corregido por la disciplina de la civilización: el miedoJohn Stuart Mill, «Nature», Three Essays on Religion, Nueva York, Prometheus Books, 1998, p. 47.. Preferimos sentir pánico a razonar con los hechos en la mano, como demuestra Dan Gardner en su estupenda reflexión sobre el riesgo contemporáneoDan Gardner, Risk. The Science and Politics of Fear, Londres, Virgin Books, 2008.. De modo que estamos perdidos en un laberinto de informes y contrainformes, donde la realidad del clima se entremezcla constantemente con la idea del clima. ¿Cómo fijar la linde entre la alarma razonable y la histeria de mesa camilla?
En principio, bastaría con apelar a la solidez de la ciencia. Recordemos aquel divertido apotegma de Lawrence Durrell: «Donde acaba la ciencia, empiezan los nervios»Lawrence Durrell, El cuarteto de Alejandría, trad. de Aurora Bernárdez, Santiago Ferrari y Matilde Horne, Barcelona, Edhasa, 1970.. Suena bien, ¡pero eso era antes de Kuhn y Feyerabend! La sociología del conocimiento científico lleva medio siglo tratando de convencernos de que la neutralidad de la ciencia es un espejismo y la sociedad se cuela irremediablemente en el laboratorio. Algunos escándalos menores en torno a la ciencia del cambio climático –el llamado Climagate– parecerían confirmar esa aprensión posmoderna. Sin embargo, sólo tenemos a la ciencia, aunque sea una «ciencia post-normal» enfrentada a problemas medioambientales caracterizados por «hechos inciertos, valores en conflicto, riesgos elevados y decisiones urgentes»Silvio O. Funtowicz y Jerome R. Ravetz, «Science for the Post-Normal Age», Futures (septiembre de 1993), pp. 739-755 (p. 742).. En ese mismo sentido, Sheila Jasanoff ha invocado la necesidad de producir una ciencia más humilde, capaz de renunciar al sueño moderno de la certidumbre y de hacer sitio a la ética en la adopción de decisionesSheila Jasanoff, «Technologies of Humility», Nature, vol. 450, núm. 33 (noviembre de 2007), p. 33.. Bueno. Pero el propósito de ordenar reflexivamente las relaciones de la sociedad con el medio ambiente, hasta el extremo de controlar, o al menos regular, las oscilaciones del clima del planeta, no es precisamente humilde. De ahí que tal vez sea más razonable distinguir entre distintos grados de certidumbre –o de incertidumbre– a la hora de tomar decisiones de política pública.
Poseemos un alto grado de certidumbre acerca de la ocurrencia del calentamiento en sí mismo, esto es, de un aumento gradual de las temperaturas durante el último siglo. Y aunque es más fácil identificar una tendencia empíricamente constatable que establecer una relación de causalidad, todo indica que la actividad humana ha contribuido significativamente a ese incremento, sin que pueda descartarse del todo, empero, una evolución climática de largo recorrido sin intervención humana. Mucho más difícil es predecir el desarrollo futuro de esta tendencia, ya que los factores a considerar son tantos y tan variados como abundantes sus combinaciones: demografía mundial, desarrollo tecnológico, política energética, hábitos alimentarios. De ahí que se diseñen diferentes escenarios, cada uno de los cuales proporciona la imagen de un futuro posible mediante una simulación informática que combina los datos hoy disponiblesAndrew E. Dessler y Edward A. Parson, The Science and Politics of Global Climate Change. A Guide to the Debate, Cambridge, Cambridge University Press, 2006.. Hay que recordar en este punto la inevitable variabilidad de estas proyecciones, como ha sucedido reiteradamente con los cálculos demográficos, incapaces, por ejemplo, de prever el actual hundimiento de la natalidad en los tigres asiáticos«An Exercise in Fertility», The Economist, 18 de septiembre de 2010, p. 64.. Y lo mismo sucede con el impacto concreto del calentamiento sobre sociedades o ecosistemas: el futuro no se deja atrapar fácilmente.
Nuestra disyuntiva se parece a la descrita por Pascal en relación con la existencia de Dios, que reducía célebremente la fe a un juego de probabilidades. Si tenemos pruebas más o menos concluyentes de que las temperaturas están aumentando, aunque no podamos saber exactamente qué evolución van a experimentar en el futuro, y existe alguna posibilidad de que el hombre sea un agente activo de ese cambio, entonces pierden importancia dos posibilidades anejas: que el hombre no tenga nada que ver con el cambio observado, o que ya sea tarde para influir en ese proceso. Igual que el creyente pascaliano apostaba por la existencia divina, al tratarse de la única posibilidad de acceder a la salvación, exista o no, nuestro curso de acción más lógico –la maximización de nuestras oportunidades– es actuar como si alguna forma de reorganización social pudiera revertir el calentamiento o mitigar sus efectos. Ninguna otra apuesta tiene sentido. Ahora bien, que deba hacerse algo no indica automáticamente qué deba hacerse. Y aquí conviene recordar el fracaso de los grandes proyectos de ingeniería social con que nos obsequió el siglo XX, para defender la conveniencia de hacer lo posible dentro de lo razonable. O lo que es igual: desarrollar políticas cuya magnitud sea condigna al grado de incertidumbre antedescrito. Desde este punto de vista, una política razonable de prevención y mitigación del cambio climático equivale a la contratación de una póliza de seguro de la que no es prudente prescindir. Aunque ya veremos que, a modo de un beneficio colateral, la política para el cambio climático puede tener mayor utilidad que la inmediatamente aparente.
Supuesto que podamos alcanzar este consenso inicial, las dificultades empiezan de inmediato. Porque el cambio climático es un problema endiablado: naturaleza global, plazo largo, incertidumbres abundantes, múltiples actores, escasos mecanismos institucionalesTim Reyner y Chukwumerije Okereke, «The Politics of Climate Change» Chukwumerije Okereke (ed.), The Politics of the Environment: A Survey, Londres, Routledge, 2007, pp. 116-135.. Emma Duncan lo ha expresado certeramente: «El cambio climático es el problema político más complicado al que se ha enfrentado el mundo. Es el dilema del prisionero, un problema de free-rider y la tragedia de los bienes comunes, todo en uno»Emma Duncan, «Getting Warmer: A Special Report on Climate Change and the Carbon Economy», The Economist, 5 de diciembre de 2009.. Ahí están los fracasos de Kioto y Copenhague para certificarlo; entendiendo por fracaso no sólo la ausencia de algunas grandes potencias industriales, sino el general incumplimiento de lo pactado, que tiene en España uno de los más señalados ejemplos: firmar, ay, no es cumplir. Quizá la principal razón para ello sea que ni los gobiernos ni las opiniones públicas están lo bastante convencidas de la necesidad de desarrollar políticas contundentes; quiere decirse, políticas que supongan costes actuales para evitar males futuros. ¡Sube un poco la luz y nos ponemos nerviosos! En Alemania, Angela Merkel ha presentado un ambicioso plan energético a largo plazo para descarbonizar la economía alemana y todo son complicaciones, porque nadie quiere pagar el precio de la revolución verde«Öko um jeden Preis», Der Spiegel, 24 de septiembre de 2010.. Una resistencia ciudadana que no va a disminuir, sino al revés, por ejemplo en relación con las incómodas infraestructuras necesarias para el desarrollo de las energías renovables, que nadie quiere tener en su patio trasero. Afortunadamente, la reciente cumbre de Cancún ha renunciado al gigantismo y alcanzado discretamente acuerdos parciales que permiten augurar un cambio de tendencia en la gobernanza medioambiental.
Esa falta de convicción tiene mucho que ver con el hecho de que ni siquiera estamos seguros de por qué debemos actuar para frenar el calentamiento global. No en vano, los valores medioambientales estaban lejos de su implantación general en la sociedad cuando hizo su aparición –anteayer– la causa del cambio climático. Ésta ha venido oportunamente a insuflar nueva vida a un movimiento ecologista parcialmente absorbido por el éxito de la globalización liberal: el tránsito «del apocalipsis al estilo de vida», por emplear la feliz expresión de Frederick BuellFrederick Buell, From Apocalypse to Way of Life: Environmental Crisis in the American Century, Nueva York, Routledge, 2003.. Hemos pasado de las manifestaciones callejeras a los discursos oficiales, pero la cristalización del ideario verde está lejos de haberse producido: digan lo que digan las encuestas. Sobre todo, porque éstas empiezan a decir algo distinto cuando se indica al ciudadano lo que le costaría a él la aplicación de las políticas que un minuto antes ha apoyado. En su espléndida contribución al debate, Mike Hulme se pregunta por los posibles fundamentos de la acción contra el calentamiento global:
¿Es porque queremos maximizar nuestro bienestar económico, porque sentimos angustia ante una catástrofe planetaria y queremos cubrirnos ante esa posibilidad, o porque un instinto moral más profundo nos dice que disminuiremos la calidad de vida de las generaciones futuras si no hacemos nada ahora para ralentizar el ritmo del cambio climático?Mike Hulme, Why We Disagree about Climate Change. Understanding Controversy, Inaction and Opportunity, Cambridge, Cambridge University Press, 2009, p. 139..
Es importante saberlo, porque no existe una sola forma posible de sociedad sostenible, sino distintas formas de sostenibilidad, según cuál sea el principio dominante en la misma. No es lo mismo privilegiar la conservación que subrayar el valor de la libertad o primar una justicia social redistributiva. Y no es lo mismo, sobre todo, por el distinto papel que se atribuye en cada caso a la sustituibilidad del llamado «capital natural». Para entendernos: la medida en que reemplacemos ecosistemas o recursos naturales con artificios humanos. Suele hablarse de sostenibilidad débil o fuerte para distinguir entre dos modelos antagónicos de sociedad sostenible, continuista la primera y rupturista la segundaPara una comparación sistemática de ambas, véase Konrad Ott y Ralf Döring, Theorie und Praxis starker Nachhaltigkeit, Marburgo, Metropolis, 2004.. Pero quizás esta oposición pierda fuerza explicativa fuera de la literatura especializada si tenemos en cuenta que no podemos planificar una sociedad sostenible global; y acaso tampoco debamos. Hacer de la sostenibilidad un mito teleológico –un estado prefijado que alcanzaremos después de un recorrido histórico necesario– evoca la utopía marxista de la sociedad sin clases. ¿No es más realista concebir la sostenibilidad como un proceso que ya ha comenzado, pero carece de un final previsible?
Puede decirse que la sociedad sostenible será lo que termine por resultar de nuestros humanos esfuerzos por redefinir sobre una base distinta nuestra dominación de la naturaleza. Si descubrimos mañana una forma revolucionaria de energía, no vamos a dejar de emplearla sólo porque no habíamos pensado dar con ella. En este mismo sentido, el fundamento moral de la sostenibilidad parece simplificarse con la aparición del cambio climático: el imperativo de la supervivencia de la especie puede obtener la aquiescencia pública con más facilidad que el deseo de salvar al lince ibérico. Y ello con independencia de que el conservacionismo termine ocupando un lugar más o menos relevante en las prácticas sociales venideras. De hecho, la conservación de las formas naturales será más plausible si subrayamos los llamados servicios prestados por los ecosistemas –su contribución al cumplimiento de funciones biológicas, económicas y estéticas de la sociedad– que si jugamos la carta de su sacralidad o les atribuimos derechos propios en reconocimiento de su autonomía o valor intrínseco. Ya que nuestros sistemas de valores y creencias son divergentes, hay que procurar un consenso global mínimo, un pragmatismo medioambiental asentado sobre la idea siguiente: la supervivencia de la especie pasa por un refinamiento de la relación del hombre con su fundamento biofísico, que tratará de garantizar la viabilidad de los sistemas sociales y procurar la mayor extensión posible del bienestar existente. Esto supone entender la sostenibilidad como modernización: más Suecia que Rousseau. Y apostar por la reforma medioambiental antes que por una revolución verde, aunque la llamemos revolución para estar más entretenidos con nuestras exageraciones.
Ahora bien, ¿cómo podemos llegar a reformar ecológicamente la sociedad en una medida razonable? A la proposición de distintas ideas al respecto se dedican algunas novedades editoriales aparecidas últimamente en el mercado español, que merecen ser mencionadas aquí por la relevancia pública de sus autores, aunque sólo sean la sección más visible de una literatura abundantísima. Por un lado, Thomas Friedman, conocido periodista de The New York Times, establece una conexión directa entre la crisis climática y la crisis financiera, antes de defender apasionadamente la necesidad de reestructurar nuestra política energética para –por este orden– salvarnos, salvar el planeta y ganar a China la batalla por la preeminencia geopolítica. Por otro, Jeremy Rifkin sugiere que la historia humana es la historia del crecimiento paralelo de nuestras cualidades empáticas y de nuestro daño medioambiental, porque las mismas tecnologías que nos han acercado a nuestros semejantes han incrementado nuestra «factura entrópica», que ahora tenemos que pagar. Y Al Gore, que insiste en presentarse como autor de un libro que obviamente no ha escrito, ofrece la dosis justa de lugares comunes (llamadas a la épica generacional, proverbios chinos, fotografías de impacto, referencias al «viaje estimulante e iluminador» que para él es todo esto) como vehículo de una instructiva guía de causas y remedios al calentamiento global, no exenta de planteamientos tan discutibles como el rechazo a la energía nuclear o el elogio a las calamitosas subvenciones eólicas españolas.
Sea como fuere, es interesante constatar que todos ellos coinciden –matices aparte– en el capítulo de las soluciones. En esencia: hay que regular públicamente el mercado de una forma que permita contabilizar el coste ambiental de las actividades económicas y sociales, con el objeto de estimular la búsqueda de las alternativas correspondientes mediante la innovación científica y tecnológica. Para ello, nada mejor que imponer un impuesto sobre el carbón, que conduzca a su sustitución por fuentes de energía más limpias: porque ésa es la señal más clara que el mercado puede recibir para ponerse en marcha. La investigación, además, debe apoyarse directamente. Es aconsejable evitar los dogmatismos a la hora de juzgar la relación socioestatal más adecuada, ya que las sociedades avanzadas llevan décadas experimentando con el equilibrio público-privado y el futuro no será distinto: un juego ininterrumpido de ajustes entre el Estado y la sociedad civil en sus distintas dimensiones, incluido el mercado, con múltiples solapamientos e hibridaciones que constituyen, en la práctica, fórmulas de experimentación social. Se sobreentiende que hablamos de sociedades articuladas y acostumbradas a gobernarse con un mínimo de seriedad. De España hablaremos la próxima semana.
Si bien no hay espacio aquí para discutir en detalle este esquema general, ni sus muchas complicaciones prácticas, sí es necesario subrayar que el acuerdo en torno a sus líneas maestras empieza a dar forma a un consenso donde confluyen liberales, socialdemócratas y –llamémoslos así– ecologistas realistas. Entre éstos, por ejemplo, se cuentan Jonathon Porritt, viejo azote del sistema que ahora defiende un capitalismo corregido, o Stewart Brand, un verde heterodoxo que ha publicado un espléndido tratado de reflexiones socioclimáticas en el que apuesta decididamente por la ciencia y la tecnología como vías de salida para la crisis climática, además de acusar a los verdes de haber acelerado el calentamiento global con su rechazo dogmático a la energía nuclear. Naturalmente, los pormenores de un acuerdo tan general están condenados a ser objeto de disputa; pero la discusión política y el desenvolvimiento práctico de la vida social irán resolviendo paulatinamente, en una dirección u otra, con más o menos éxito, esos inevitables desencuentros. No podemos aspirar a más. ¡Si ni siquiera podemos dejar de fumar!
A cambio, las ventajas de un consenso reformista son múltiples. En primer lugar, es compatible con el desarrollo de acuerdos institucionales e iniciativas sociales dirigidas a corregir problemas específicos. Por ejemplo, REDD (Reducing Emissions from Deforestation and Forest Degradation), el proyecto para la conservación de los bosques del planeta puesto en marcha en el marco de la ONU, que paga a los ciudadanos de los países en desarrollo para evitar las talas. Precisamente en esta dirección apunta el Hartwell Group, un relevante colectivo de académicos que subraya que el cambio climático no es tanto un problema a solucionar como una circunstancia a gestionar de la mejor manera posible: transversalmente y buscando remedios parciales, antes que grandes tratados omnicomprensivos que terminan por no aplicarse. En segundo lugar, una política para el cambio climático basada en el mantenimiento de los aspectos básicos de nuestras sociedades liberales obtendrá la legitimidad social necesaria más fácilmente que la llamada a una transformación radical que la opinión pública difícilmente aceptaría. Por eso insiste Thomas Friedman en la importancia de contar con el apoyo de las clases medias, porque sin ellas no hay políticas ni mercados viables para la sostenibilidad. Ante una ciudadanía que favorece el control de las emisiones de CO2 sólo si no cuesta mucho dinero, es imprescindible apostar por ser sostenibles en la riqueza y no en la pobreza, lo que significa que el ecologismo mainstream debe abandonar sus sueños autárquico-comunitarios si no quiere convertirse en un actor político irrelevanteVéase Ted Nordhaus y Michael Shellenberger, Break Through. From the Death of Environmentalism to the Politics of Possibility, Boston, Houghton Mifflin, 2007.. Es absurdo tratar de convencer a los ciudadanos –no digamos a los países pobres– de que tiren el teléfono móvil y se pasen al silbo como forma de comunicación a distancia. Nos guste o no, la solución será tecnológica o no será.
A pesar de lo cual, una política para el cambio climático posee una extraordinaria utilidad colateral que haríamos bien en aprovechar, a saber: nos proporciona un marco para el debate acerca de cómo queremos vivir. Es Mike Hulme quien ha insistido en este punto, al describir el cambio climático como una idea que podemos emplear, pero no resolver, una arena para reflexionar y negociar la organización social más deseable: «El cambio climático está haciendo para nosotros un profundo trabajo cultural»Mike Hulme, op. cit., p. 356.. Por supuesto, lo hace en una determinada dirección, porque no es una idea neutral; pero bien podría sostenerse que pone sobre la mesa el asunto que demanda el actual momento en la evolución de la especie: nuestra definitiva apropiación del entorno en forma de sociedad sostenible. Que el debate resultante tenga un desenlace satisfactorio o no dependerá de nuestra capacidad para dejar a un lado las ensoñaciones pastoriles y hacer un ejercicio de realismo. ¿O es mucho pedir?

BIBLIOGRAFÍA

•  Stewart Brand, Whole Earth Discipline, Londres, Atlantic Books, 2009.
•  Andrew E. Dessler y Edward A. Parson, The Science and Politics of Global Climate Change. A Guide to the Debate, Cambridge, Cambridge University Press, 2006.
•  Emma Duncan, «Getting Warmer: A Special Report on Climate Change and the Carbon Economy», The Economist (5 de diciembre de 2009).
•  Thomas L. Friedman, Caliente, plana y abarrotada. Por qué el mundo necesita una revolución verde, trad. de Núria Petit y Alejandro Carantoña, Barcelona, Planeta, 2010.
•  Leigh Glover, Postmodern Climate Change, Londres, Routledge, 2006.
•  Al Gore, Nuestra elección. Un plan para resolver la crisis climática, trad. de Rafael González del Solar, Barcelona, Gedisa, 2010.
•  The Hartwell Group, The Hartwell Paper. A New Direction for Climate Policy After the Crash of 2009, Londres, Universidad de Oxford/London School of Economics, 2010.
•  Ulrich Grober, Die Entdeckung der Nachhaltigkeit. Kulturgeschichte eines Begriffs, Múnich, Kunstmann, 2010.
•  Mike Hulme, Why We Disagree About Climate Change. Understanding Controversy, Inaction and Opportunity, Cambridge, Cambridge University Press, 2009.
•  Bjørn Lomborg (ed.), Smart Solutions to Climate Change: Comparing Costs and Benefits, Cambridge, Cambridge University Press, 2010.
•  Jonathon Porritt, Capitalism as if the World Matters, Londres, Earthscan, 2005.
•  Jeremy Rifkin, La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis, Barcelona, Paidós, 2010.
 

01/04/2011

 
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