ARTÍCULO

Una cima inescalable

Vaso Roto, Madrid
Trad. de Aquilino Duque
398 pp. 25 €
 

No tiene ninguna culpa Aquilino Duque de que esta nueva edición de sus versiones de la poesía de Mandelshtam nos haga pensar, una vez más, en las imposibilidades de la traducción. Junto con Pasternak, de entre los grandes poetas rusos del siglo XX, Mandelshtam es uno de los más impenetrables. Quizá sean dos los principales motivos de ello.
El primero es el modo en que fueron escritos los poemas de Mandelshtam: circulan un gran número de anécdotas sobre sus métodos de composición, todas las cuales resaltan la importancia fundamental que dio a la poesía como un arte del cuerpo, del puro sonido. Un poema adoptaba su forma en su cabeza antes de que fuera escrito, con sus versos y frases elaborados y reelaborados obsesivamente en su mente, en su boca, en su lengua.
Mandelshtam creía que el indicador más importante de la calidad de un poema era el modo en que encarnaba el pensamiento en la «naturaleza puramente cuantitativa del material verbal», tal y como lo expresó en su ensayo «Razgovor o Dante» [«Conversación sobre Dante», 1933]. Luego brinda una típicamente hermosa y compleja metáfora para explicar cómo este material verbal se muda en significado: «Hay que cruzar un ancho río, atestado de barquitos avanzando en diferentes direcciones: así es como se crea significado a partir del lenguaje poético. El camino para cruzar no puede nunca recrearse preguntando a los barqueros: ellos no pueden explicar nunca cómo y por qué saltábamos de una barca a otra».
Lo que significa esto en la práctica es que la poesía de Mandelshtam no está simplemente llena, sino que está hecha de efectos verbales que son completamente imposibles de reproducir. Piénsese en un ejemplo tomado casi al azar, los dos primeros versos del poema 8 de Kamen (Piedra, 1913), que en ruso rezan como sigue: «Nevyrazímaia pechal / Otkryla dva ogrómnyj glazá». Sería difícil imaginar una traducción que reprodujera la delicada interrelación de sonidos vocálicos que se produce aquí y la variedad de efectos que Mandelshtam consigue sacar de unas pocas consonantes (por ejemplo, la postrera «l» al final de «pechal» contrapuesta a su hermana positiva en «otkryla»).
La segunda gran dificultad que presenta la poesía de Mandelshtam es que, a pesar de que insista en que el sonido es fundamental en su obra, su poesía también encarna un amplio espectro de referencias externas y crea una mitología personal extraordinariamente idiosincrásica que fue desarrollándose y revistiéndose de una riqueza cada vez mayor en el curso de su carrera tristemente truncada. Robert Frost escribió que el único modo de leer un poema era «a la luz de todos los demás poemas que se han escrito»: hay veces en que la poesía de Mandelshtam parece estar en diálogo, no solo con sus grandes contemporáneos (en especial Anna Ajmátova) y con los escritores canónicos del pasado de Rusia (Yevgüeni, el protagonista de Mednyi vsádnik de Pushkin, aparece, asfixiándose con gases de combustión contemporáneos, al final de «Estrofas peterburguesas»), sino también con Dante, Homero y toda la civilización clásica. A veces estas referencias son comprensibles, como cuando San Petersburgo se convierte en una «Petropol» mitológica para rivalizar con Constantinopla, pero en otras ocasiones el mundo de Mandelshtam demanda mayores explicaciones.
Es posible, leyéndolo en ruso, relajarse y dejarse afectar por el simple disfrute sonoro de su obra, a pesar de que el significado quede martirizantemente fuera del alcance, pero, al igual que sucede con su gran modelo Pushkin, una traducción que reproduzca simplemente el contenido de la poesía de Mandelshtam ignorará una gran parte de lo que convierte a Mandelshtam en un poeta esencial. Por ejemplo, la solución de Aquilino Duque para los versos citados más arriba –«Una pena inefable abrió dos ojos / enormes de par en par»– es exacta, pero sustituye los delicados efectos sonoros del ruso por una aliteración más sencilla. El libro titulado simplemente Poesía, que reúne todas las traducciones de Aquilino Duque de la poesía de Mandelshtam, es atractivo, bilingüe y resulta fácil de leer. Hay momentos de excelente poesía en sus traducciones: «Toma con alegría de mis manos / un poco de sol y otro poco de miel, / como nos mandaron las abejas de Perséfone». No es culpa de Duque que el original ruso, el número 36 de Tristia (1922), sea uno de los más grandes poemas del siglo xx: cualquier versión puede parecer, por comparación, un tanto insípida.
Como he dicho al principio de esta reseña, traducir a Mandelshtam es probablemente una tarea excesiva para que nadie pueda llevarla a buen puerto. Sin embargo, cabe plantear unas pocas objeciones a esta edición: fundamentalmente, que no aborda siquiera algunos de los mejores frutos de Mandelshtam, los poemas publicados en 1928 en la colección Stijotvoreniia, 1921-1925 (Poesía, 1921-1925). Del mismo modo, resulta un poco extraño que Duque, que se preocupa de señalar en un artículo sobre sus anteriores ediciones de poesía rusa que la transliteración reviste gran importancia para él –«Ajmátova (que por cierto, si no es por mí, seguirían aún escribiendo Akhmatova»)–, permita que el nombre del poeta se vierta como Ossip Mandelstam y no como Ósip Mandelshtam. Asimismo, después de tomarse el gran y necesario esfuerzo de ofrecer el libro en una edición bilingüe, debería haberse realizado con más cuidado la revisión del texto ruso paralelo. Hay muchos errores en la distribución de versos e incluso en la ortografía, empezando por la portada de Kamen, mal escrita. Pero hay que elogiar a Duque por decidirse a acometer, allí donde otros se habrían arredrado, una tarea imposible: ascender el Everest y el K2 de la traducción poética.


Este artículo ha sido escrito por James Womack especialmente para Revista de Libros
Traducción de Luis Gago

01/09/2011

 
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