ARTÍCULO

La noche y el alba del cazador

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
Trad. de Jorge Riechmann
606 pp. 22,90 euros
 

Esta edición bilingüe de tres de los títulos más importantes de René Char (Furor y misterio, Losmatinales y Aromas cazadores) proporciona un placer infrecuente: leer en alternancia dos lenguas y dos voces poéticas sin que la que traduce se reduzca a ser tieso eco de la original. Jorge Riechmann atiende a la precisión concisa de la escritura y a su enunciación vigorosa –que es el lugar donde Char juega sus bazas–, e incluso a veces matiza su parquedad musical (un pecado que también se le atribuye a Rimbaud y que bien pudiera ser severa virtud). La obra de Char fascina y retiene al lector: veinte años la lleva frecuentando este traductor, y cinco dedicó Paul Veyne a describir «como si fueran películas» lo que dicen sus versos, a fin de que la crítica dejara de considerarlos «escritura automática o nubarrones atravesados por relámpagos».
De estas dos maneras críticas de tratarlos, la primera nos recuerda que, entre 1930 y 1934, René Char participa en el movimiento surrealista, que escribe junto con Breton y Éluard Ralentir travaux, y luego, en soledad, Le marteau sans maître. Sin embargo, dos años después, en el 36, reniega de todo automatismo y surge su conciencia política frente al auge del nazismo, conciencia que lo llevará a convertirse en 1942 en el capitán Alexandre, jefe de los «maquis» que componen una de las secciones del ejército secreto de la Resistencia. De esta experiencia en la acción y la lucha nacerá el cuaderno poético Hojas de Hipnos, incluido en Furor y misterio. Este momento se corresponde ya con el segundo modo de considerar su obra que Veyne reprocha a los críticos: el de la oscuridad (el hermetismo admitido) atravesada por ciertas comprensiones fulgurantes y aisladas.
En la metáfora del relámpago se mueven con soltura tanto Char como su obra: Un relámpago en la frente es el título de la reciente biografía que le ha dedicado Laurent Greilsamer, corroborando así las palabras que Saint-John Perse le enviara en halagadora nota: «Char, acorralaste al relámpago en su nido, y sobre el relámpago fraguas».Y, ciertamente, sobre él fragua Char versos que le han hecho célebre: «Si habitamos un relámpago / es el corazón de lo eterno» o «el relámpago me dura». Entre lo instantáneo y la duración, entre lo oscuro y el deslumbramiento, esta poesía trata de crear una tensión en la que los contrarios se potencian: «Me gusta aquel que me deslumbra, y luego acentúa lo oscuro en mi interior», dice Char en Los matinales, y tal lógica alquímica pudiera quizá imputarse de nuevo a la huella surrealista (Breton, en sus últimos tiempos, entró en más explícitos esoterismos). Sin embargo, parece más justo atribuirla a la experiencia vital del poeta: la de la energía y la luminosidad combativas que no dejan de albergar un pliegue sombrío. En la vigilia de la acción guerrillera, el sueño escribe: Hojas de Hipnos. O como se lee en Los que permanecen (Furor y misterio): «El poeta debe mantener en equilibrio la balanza entre el mundo físico de la vigilia y la facilidad temible del sueño, las líneas de conocimiento donde inscribe el cuerpo sutil del poema».
El misterioso nudo que ata la luz y las tinieblas conduce a Char hacia la pintura (Poussin, Picasso, Miró, Braque, Giacometti, Klee, Zao Wu-Ki, Vieira da Silva), y muy en particular hacia Georges de La Tour. El «barroco jansenista» –así lo llama Pascal Quignard– recibe su homenaje en dos poemas de Furor y misterio, pero es en otro poemario –El desnudo perdido, traducido también por Riechmann– donde explícitamente se nombra la relación entre la energía de resistencia y la luz de la vela que potencia la oscuridad del cuadro «La Magdalena penitente»(o «Magdalena Terff»): «La única condición para no batirnos en interminable retirada era entrar en el círculo de la vela, mantenernos allí, sin ceder a la tentación de reemplazar las tinieblas por el día y su relámpago ganado por un fruto inconstante».
Lo poético adviene en esa zona que es luz y no lo es, en una resolución que no se resuelve: «El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo», dice el famoso verso. Y en él también se refleja la estirpe rimbaldiana de esta poesía, forjada en un impulso que prefiere morir antes que declinar, que escoge el estallido frente a la entropía y asume luego su cuerpo desmembrado en aforismos, o diseminado como Palabra en archipiélago (otro poemario, otra traducción de Riechmann). «Vivir, es obstinarse en acabar un recuerdo»: en darle un perfecto acabado que exige acabar con él. Hay, pues, una violencia oculta y sagrada –Furor y misterio– en este trato con la vida y con la poesía, una violencia que alcanza a su ejecutante: «si destruyes, que sea con herramientas nupciales».Y esa misma fuerza enérgica y secreta se adivina en el maquis resistente y en la figura del cazador furtivo. Cazador furtivo era precisamente el amigo y lector que, en opinión de Char, mejor entendía sus poemas, el que los cazaba al vuelo y sin aparato crítico. Cazador luminoso y ciego es el gigante Orión de Aromas cazadores, quien, desde su oscuridad, captura las evanescentes esencias del tomillo, la salvia o la albahaca, y se enamora de una luz: la de la estrella Polar. En Los matinales, la «Fiesta de los árboles y el cazador» pone en escena al «cazador melancólico ([que] mata a los pájaros "para que le quede el árbol", aunque su disparo al mismo tiempo prende fuego al bosque), al ejecutor de una contradicción conforme con las exigencias de la creación». El cazador encarna, así, la paradójica divisa que enuncia el verso: «Actuar como primitivo y prever como estratega». El combatiente Alexandre también la hace suya.Y el poeta la funde en el crisol del poema.
Parece ser que el ciudadano Char, si no primitivo, sí que era, al menos, rudo en el trato. Dicen los que lo conocieron que su carácter entonaba con su físico de boxeador: resentido, dominante, de inteligencia fulgurante, seductor y cruel con las mujeres, afectuoso y repentinamente ofensivo con los amigos: un brillante volcán que albergaba una combustión oscura, un nudo de contradicciones en las que quizá germinase el hermetismo de su poesía. Tal hermetismo es un lugar común crítico que incomodaba terriblemente al poeta. Paul Veyne, su entregado intérprete, cuenta el entusiasmo de Char ante la propuesta de un libro que aclarara el sentido de cada poema, de un diccionario de versos cuyas definiciones fueran paráfrasis. Char, que estaba convencido de que un poema sólo tiene el sentido que el autor le ha dado, se indignaba ante la incomprensión generalizada del mismo. Pero si la relación entre la poesía y su exégesis es de por sí siempre desconfiada –«cuanto más me pones más me quitas», le dice a menudo la primera a la segunda–, ésta de Char con su exegeta superó todas las cotas: se cuenta que terminó con descalificaciones, insultos y amenazas de muerte. El poeta, una vez más escindido en contradicción, quería y no quería ser comprendido; persuadido de que la poesía es enemiga de la claridad, su vanidad no soportaba ni la aclaración ni la hipotética mengua de asentimiento lector debida a la ininteligibilidad.
Además de la fabulosa –en todos los sentidos– articulación lógica e informativa de los poemas elaborada por Veyne (que defendía la presencia de una lengua poética paralela –al estilo de la literatura védica– y un desciframiento por métodos combinatorios intratextuales al estilo etrusco), el hermetismo de Char ha inspirado abordajes críticos variados (la editorial Minard acaba de crear una colección de estudios sobre su obra). Desechada la opacidad formalista –una de las bestias negras de Char era Barthes, otra Sartre–, parece razonable ver el rastro surrealista en la composición de la imagen y en la relativa relajación de la sintaxis; se habla también de una transparencia que no se reduce al sentido, de una reserva de sentido que procede del lastre de realidad que las palabras acarrean en el texto, de una pasión sensual por lo real, de una materia lingüística cuyos elementos se crispan entre sí, de la abstracción de lo «esencial inteligible», de una metáfora «sin tutela», de un laconismo que no deja emerger en el texto más que un puñado de palabras, islas bajo las que se adivina el sumergido continente. No faltan tampoco quienes niegan el hermetismo, y, entre ellos, François Crouzet, quien además, en su malévolo Contre Char, en lugar de sobriedad expresiva ve pura verbosidad que no distingue el grano de la paja.
El aforismo –«proposiciones», las llamaba el poeta– evoca para algunos estudiosos el lenguaje del origen y con él la temática de la palabra matinal griega asociada a Heidegger, quien dedicó a Char una serie de poemas bajo el título de «Pensativamente».También la filosofía se anuda con la poesía de Char en las figuras de los presocráticos y de Nietzsche: la tensión heraclitiana de los contrarios, el contacto primitivo con lo elemental o la distancia con una racionalidad exacerbada son rasgos que el verso reclama explícitamente. En La Bête de Lascaux –el muy citado texto de Maurice Blanchot sobre Char– se lee que tanto la palabra de éste como la de Heráclito establecen una relación «desgarrada y tormentosa» con el origen, «allí donde la transparencia del pensamiento sale a la luz a través de la imagen oscura que la retiene». Dicho con los versos de «Partición formal» (Furor y misterio): «Tierra movediza, horrible, exquisita, y condición humana heterogénea se apropian una de otra y se cualifican mutuamente. La poesía se extrae de la suma exaltada de sus reflejos». La escena de las pinturas rupestres de Lascaux, a las que Char dedica una serie de poemas (y en la que Bataille viera el nacimiento del arte), es también escena del tiempo mítico que precede al surgimiento de la palabra filosófica tal y como la conocen nuestros siglos. Blanchot encuentra en dicha escena una palabra poética que significa contacto con la muerte y con lo sagrado, palabra que recoge la obra de Char. Viene a decir, pues, el pensador –quizá sin querer– que no estamos ante un filósofo, sino ante quien lo antecede. Lo cierto es que su pensamiento –presente sobre todo en los aforismos– se enuncia siempre diluido en la resonancia mítica. Pero ya que de presocráticos hemos tratado, tal vez pueda convocarse a otro de ellos –a Demócrito– para salvar con metáfora el asunto hermético: el verso de Char es átomo poético indivisible, sí, pero en su seno se adivina la potencia energética de su fisión.
Lo primitivo y lo matinal (atributos del cazador) son el poso donde sedimenta la energía épica del combatiente: «La sangre del cuajarón se transforma en el rubor de la aurora». Char vuelve a su lugar natal –L'Islesur-la-Sorgue, en el Vaucluse– después de la guerra; vuelve a los manantiales, los pájaros, las montañas, la infancia y las serpientes, a los enigmas de lo real, a la «materia-emoción» capaz de ahormarse tanto en paisaje como en palabra palpitante. Allí permanecerá hasta el final de sus días, en un origen reencontrado que no significa apaciguamiento, sino renovada violencia. Pocos años antes de su muerte, en Aromas cazadores, el relato mítico convulso sigue alcanzando al presente: «Durante milenios, voló silenciosamente el Tiempo, mientras el hombre iba formándose.Vino la lluvia, infinitamente; luego el hombre caminó y actuó. Nacieron los desiertos; el fuego se alzó por segunda vez. Entonces el hombre, con el apoyo de una alquimia que se renovaba, dilapidó sus riquezas y masacró a los suyos. Siguieron el agua, la tierra, el mar, el aire, mientras un átomo resistía. Esto sucedía hace pocos minutos».Y aún sucede: entre convulsiones de luz y oscuridad, el hermético átomo de la poesía de Char sigue resistiendo.

01/08/2006

 
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