ARTÍCULO

La ciencia de la despedida

Igitur, Barcelona, 1998
Trad. de Jesús García Gabaldón
188 págs.
 

El final fue gris y horrible, cuenta uno de los compañeros sobrevivientes del campo de concentración, «el poeta» se desmoronó temblando de frío, esquelético. Una doctora certificó el fallecimiento por parálisis cardíaca y arterioesclerosis. Eran los últimos días de diciembre del año 1938. Lo echaron en una carretilla repleta ya de cadáveres, le ataron una placa de identificación a su pierna y se lo llevaron para arrojarlo a una fosa común. Por esas mismas fechas, más de ciento cincuenta autores pertenecientes a la Unión de Escritores, un organismo encargado de reprimir la libertad de expresión, de censurar la creación y, además, un gran colaborador de la policía política, recibían diferentes condecoraciones. Entre ellos estaba Vladimir Stavski, secretario general de la Unión, que no sólo traicionó las palabras de ayuda que le había dado a Mandelstam, sino que él mismo se convirtió en uno de sus principales verdugos. Envió una carta acusatoria al comisario del pueblo para asuntos políticos del interior, en la cual le decía que el problema no era tanto él, autor de poemas calumniosos y obscenos contra la dirección del Partido y por extensión contra todo el pueblo soviético, sino la actitud con él de un grupo de escritores soviéticos conocidos. La carta del secretario general de la Unión de Escritores no era un informe particular, sino una denuncia oficial que condenaba al poeta a la muerte: «¡Líbrennos de Mandelstam!». Estos escritores realistas y «proletarios» lo mandaban a la muerte tanto o más por cuestiones estéticas y literarias que por las meramente políticas. La desaparición del poeta, en un campo de concentración de Siberia, cerca de Vladivostok, fue también silenciada por los camaradas escritores emborrachados por la lluvia de medallas repartidas por Stalin. Parece ser, según cuenta Vitali Chentalinski, que únicamente Fadéiev comentó entre susurros: «¡Qué poeta nos hemos cargado!».

«La muerte es el único derecho que me queda», escribió Tristia y otros poemas. Y en otro poema dice: «Y paso la noche entera esperando a los dilectos visitantes, / jugando con la cadena de la cerradura de la puerta». Mandelstam saludó a la revolución y de ello hay elocuentes testimonios en Tristia y otros poemas, pero criticó también abiertamente al régimen de terror stalinista. En 1934 fue desterrado a los Urales en donde, debido a las gravísimas agresiones físicas y psíquicas que recibió, intentó suicidarse. Uno de los motivos de esta condena fue su poema contra Stalin que, sin embargo, para uno de esos escritores confidentes de la policía, Pavlenko, incluso tenía bastantes versos buenos, «está penetrado de un gran sentimiento, lo que lo hace distinto a todos los demás. Pero es menos bueno, globalmente, que algunas de las estrofas tomadas por separado. Hay en él una cierta discordancia, lo que no es oportuno cuando se aborda el tema de Stalin». Mandelstam califica al dictador como «montañés del Kremlin» y «sus gordos dedos son sebosos gusanos / y sus seguras palabras, pesadas pesas. / De sus bigotes se carcajean las cucarachas, / y relucen las cañas de sus botas». El poema (también incluido en Tristia y otros poemas) finaliza con estos versos: «Y cada ejecución es una dicha / para el recio pecho del oseta». Mandelstam, aunque nunca se arrepintió de haber escrito este y otros poemas disidentes, ya en un estado psíquico deplorable, trató sin conseguirlo de congraciarse torpemente con el régimen. Parece ser que el propio Stalin, a instancias de algún colaborador, se interesó por saber quién era este personaje y su valía creadora. Telefoneó personalmente a Pasternak y hay diferentes versiones sobre lo que el autor de Doctor Zivago hizo por alguien al que conocía poco y formaba parte de otra contraria corriente literaria. Pasternak, junto con Maiakovski o Esenin, pertenecía al futurismo, a una tendencia más rupturista que el acmeísmo (perfección, en griego) de la Ajmátova y Mandelstam, hijos pródigos del simbolismo e influenciados por el mundo clásico. El autor de los Cuadernos de Moscú redactó, en el año 1913, el manifiesto de esta tendencia, La mañana del acmeísmo, en donde se recogían algunos de sus principios básicos. Les interesaba el mundo clásico grecolatino, el arte gótico, autores como Shakespeare o Villon, eran europeístas, manifestaban una dimensión ética del poema y cierta métrica. De la herencia simbolista rechazaban la metafísica, el misticismo, la vaguedad o la ambigüedad. Buscaban el origen irracional de la palabra y frente al futurismo reivindicaban un conocimiento de la propia palabra poética. Por su desnudez verbal y su construcción abstracta, a través de planos superpuestos, estaban cercanos al cubismo. Evidentemente, como los futuristas, rechazaban la estética realista y más aún la estéril estética propagandística del realismo social. Evidentemente, también este orden común fue rápidamente sobrepasado por el estilo propio de cada uno de los autores.

«El poeta no tiene que justificarse, porque la poesía es la conciencia de tener razón», le escribió Bujarin a Stalin para interceder por Mandelstam, poco antes de que el dictador también lo mandase a él al otro mundo. Y Bujarin añadía, «los poetas tienen siempre razón, la Historia está a su favor». Entre el primer destierro y su regreso a las cercanías de Moscú, el autor de igualmente prosas excepcionales como Viaje a Armenia o de ensayos como Coloquio sobre Dante (Visor), aislado e incapaz de reconvertirse a la estética y a la política dominante, se fue entregando lentamente para cumplir su destino poético. La errancia, la miseria, las humillaciones, el control policíaco, la violación sistemática de la intimidad e igualmente la desgracia de muchos de sus allegados, se cebaron en él. Ana Ajmátova, una de sus más fieles amigas, había escrito: «He traído la desgracia a los míos, / que uno tras otro han fenecido. / ¡Pobre de mí!, esas tumbas / las habían predicho mis palabras».

La poesía de Mandelstam, aquella poca que él mismo calificó como cívica, es una poesía contra el poder, «el poder es repulsivo como los dedos del barbero». Pero también es una poesía de la desobediencia estética. Lingüística, sintácticamente, la inmensa materia poética del autor de Tristia contraviene el instinto de conservación no sólo vital, sino también, y lo que todavía es peor, estético. Una individualidad demasiado llameante en medio de una geografía de la masificación, él la denomina chusma en su libro póstumo La cuarta prosa (Visor). Y en este mismo texto dictado a su mujer afirmaba que nunca sería un trabajador: «Mi trabajo, cualquiera que sea su expresión, es considerado como travesura, ilegalidad, fruto del azar. Pero ese es mi deseo y estoy de acuerdo con eso». Fue la intensidad profunda de lirismo, es decir, de ahondamiento en su propio yo, lo que lo situó al margen de sus contemporáneos e hizo de él un huérfano de su época. Y el lirismo, como comenta Joseph Brodsky, es la ética del lenguaje. Así, Mandelstam, más allá de las condenas políticas, se inmoló por la propia palabra poética, se quemó en su tormento. Sólo sacrificaron el cuerpo de la materia, pero no traspasaron el espíritu de las palabras. La poesía, dice Brodsky, es un espíritu que busca carne, pero que encuentra palabras.

La poesía de Mandelstam está repleta de referencias, alusiones, guiños y profecías. En el poeta conviven su propia memoria individual y la histórica. Y esta última está cargada de lecturas literarias y artísticas. Su pensamiento es un caos que sólo la lengua poética sabe ordenar. El espacio del que trata es inabarcable y el tiempo es el de todos los tiempos. Asume el pasado en el presente y lo transporta más allá. Al referirse a Dante, hablaba de «terror praesentis», el presente puro equivalía a un exorcismo, «al separarse del todo del futuro y del pasado, el presente conjuga como dolor puro, como peligro». Y más adelante completa esta reflexión, que se puede aplicar a su propia obra, «el tiempo es el contenido de la historia, entendida como un acto único y sincrónico». La preocupación por el transcurrir del mismo está reflejada en su fuerza verbal y el carácter polifónico y polivalente de las palabras. La poesía de Mandelstam se conforma así sobre tres columnas formadas por su propia memoria individual, la colectiva universal y su lengua.

Esa nostalgia por una cultura mundial, ese acmeísmo, se refleja en Mandelstam y lo vemos perfectamente claro en los poemas de Tristia, en sus referencias constantes a: Roma; el mundo helénico clásico unido a Rusia a través de Crimea y el Mar Negro, la vieja Tauride; la Biblia judía (él era un judío nacido en Polonia) y el cristianismo. Mandelstam practica un sincretismo religioso, entremezclando por igual el catolicismo, la ortodoxia, el protestantismo y el judaísmo. Su inclinación cristiana le interesaba por esa idea estética de la inmolación y la redención que él mismo se vio obligado a practicar en el fin de sus días. En el poema, «Entre sacerdotes un joven levita», se refiere a esa persecución de la religión que traerá consigo el final también de la libertad de expresión, de creación y, finalmente, de la propia cultura.

La piedra (1913), Tristia (1922), los Cuadernos de Moscú (19301935) y los Cuadernos de Veronezh (1935-1937), son el conjunto de su obra poética. En el presente volumen, Tristia y otros poemas, además de publicarse este libro, se incluye una muy representativa antología de toda la poesía de Mandelstam. Tristia toma el nombre de uno de los autores latinos más queridos por el poeta ruso, Ovidio, aunque el poema se basa en la tercera elegía de Tibulo. En Tristia hay una muestra magnífica de lo que podríamos denominar como poesía amorosa bañada por la melancolía, el desdén de la amante, la no consumación, la tristeza de la soledad, el abandono a su propia suerte. Muchos poemas están dedicados a Marina Tsvietáieva con quien mantuvo una relación amorosa entre los años 1915-1916. Quizás el poema más significativo de esa relación sea «En trineo, tendidos en un lecho de paja». La pareja de escritores recorre Moscú en trineo. Paralelamente a la descripción física de este viaje, el poeta lleva a cabo otro a través de la historia, lo que le sirve como tesis para defender una Rusia europea sobre otra mesiánica eslava. Pero Mandelstam, no escarmentado de los malos resultados de su relación amorosa con una compañera de armas, casi inmediatamente inició otro breve pero intenso vínculo con la también gran poetisa, Anna Ajmátova (1917-1918). En los poemas que a ella le dedica está ensalzada, sobre todo, la compañía frente a la soledad y la incomprensión del mundo. Hay poemas también dedicados a Nadiezhda Jázina, con quien se casaría en el año 1922, y quien conservó todo el legado literario de su esposo añadiéndole ella misma dos libros fundamentales: Contra toda esperanza (Alianza) y Libro segundo. También en Tristia quedan reflejados otros escarceos con la bailarina Olga Arbenina. Salomé Andronikova y la princesa Tinatina Djordjadze fueron otros amores platónicos. A Tinatina le escribió el que considero uno de los más bellos poemas del libro.

En Tristia y, por supuesto, también en sus obras anteriores y posteriores, hay una presencia muy relevante de los aspectos filosóficos y existenciales. «Esta noche es irremediable» es una reflexión sobre la muerte a partir de la desaparición de su madre: «Esta noche es irremediable. / Pero en vuestra casa aún hay luz. / A las puertas de Jerusalén / salió un sol negro...». Mandelstam sentía una fascinación romántica ante la muerte, pero toda su imaginería, su representación simbólica y mítica de este suceso, como también del transcurrir del tiempo, provenía del mundo grecolatino, de Homero, de Virgilio. Mandelstam reelabora los mitos griegos de la muerte, del inframundo y los traspone a su país: Perséfone es Tristia, el Neva es el Leteo, etc. Y la muerte no es sólo algo personal, sino también es la muerte de un tiempo, de una época, de una cultura, a manos de quienes odian la libertad del pensar. Mandelstam nos comunica el apocalipsis de un tiempo. Sus poemas son la celebración de una época difunta.

La poesía del autor de Tristia es de origen oracular y profético, desentraña el enigma del mundo a través de la palabra que es la memoria y el olvido a la vez: «No me coronéis, no me coronéis / con un afilado y halagüeño laurel; / mejor: ¡desgarrad mi corazón / con la llamada añil de un fragmento!».

Mandelstam escribió en Coloquiosobre Dante: «Nos es difícil, como extranjeros, penetrar el secreto último de una poesía escrita en otra lengua. No nos corresponde juzgar, no tenemos la última palabra». Estas dificultades se ven aminoradas por la extraordinaria labor del traductor Jesús García Gabaldón.

01/01/1999

 
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