ARTÍCULO

Pureza del verbo

Visor, Madrid, 587 págs.
Ed. Túa Blesa
Igitur, Tarragona, 100 págs.
Ep. de Túa Blesa
 

Loco, drogadicto, alcohólico, homosexual, suicida, incestuoso, turbulento donde los haya..., hablar de la poesía de Leopoldo María Panero es hablar también de un personaje que se ha ido forjando, tanto en los versos como en la vida, una leyenda de marginalismo y malditismo. Se puede decir que es el único poeta español, desde hace mucho tiempo, que tiene leyenda en el sentido extremado del término. Pero no se trata de la leyenda del individuo y de la afirmación personal sino de su destrucción. En realidad, Leopoldo María Panero, desde sus tempranos intentos de suicidio, ha renunciado a su «yo», y eso tiene una repercusión directa en su obra poética. Locura o plena consciencia, desvarío o afinadísima inteligencia, esa negatividad de la voz en que está enraizada su producción le permite acceder al ideal que proclamaba Mallarmé como requisito para la pureza de la poesía: la desaparición ilocutiva del autor. Y es que si algún poeta español contemporáneo se ha acercado a la pureza de la palabra poética ése es Panero, con el antecedente de Claudio Rodríguez en la generación anterior. Nuestro autor se sitúa así en la tradición del vate visionario y enajenado junto a Rimbaud, Antonin Artaud, Ezra Pound, Allan Poe, aunque por todas las grietas del discurso en ruinas asoma el influjo más ordenado y sensato de T. S. Eliot, que tan bien supo manejar la impersonalidad poética. Como todos ellos, Leopoldo María ha buscado una pureza desmedida, y también como ellos ha apostado por una totalidad que no se da de modo lúcido y sistemático, sino que se deja adivinar a través de los fragmentos, de los restos de lo que la realidad y la razón se encargan de romper.

De estos dos impulsos –pureza y totalidad–, el primero se logra por medio del silencio del poeta. En el poema nadie dice. Como el loco, el poeta no es dueño de su discurso, simplemente alude o cita discursos ajenos. De hecho, el «yo» no es más que un simple tejido o un lugar de cruce de citas de otros o de «lo otro». De ahí que la poesía de Panero tenga, en el reverso del satanismo, un sesgo arcangélico: el de quien es capaz de pasar por la inmundicia sin mancharse. Todo está dicho ya antes y la opacidad de la palabra la convierte en puro objeto lingüístico, en algo que se muestra como es y no porque signifique. En consecuencia, el texto de Panero está atestado de citas que provienen de todas las voces de la tradición. Junto a los poetas visionarios a quienes me he referido antes aparece la poética provenzal de los trovadores, formas japonesas como el haikú, la puesta al día de los epigramas latinos clásicos, etc. A ello hay que sumarle un aluvión de discursos de la modernidad: la música rock, los géneros policíacos, el lenguaje del cine...

Por otra parte, la aspiración de Panero a la totalidad es la historia de su trayectoria poética. En ella se va forjando un universo acrónico y variopinto en que la negación de toda mitología y todo sentido viene dada precisamente por la saturación de mitologías y sentidos. En el pionero Así se fundó Carnaby Street (1970) encontramos ya perfectamente formado y formulado el mito y la imagen que Panero nunca ha abandonado: el del eterno niño («infante», etimológicamente, es «el que no habla»), Peter Pan, cuyo nombre, cabalísticamente, está incluido en el apellido del autor. Este libro es una buena muestra, además, de la técnica a la que va a seguir siendo fiel: collage de voces e imágenes, con conexiones caprichosas e ilógicas y un vuelo visionario, que puede considerarse como la expresión de la inocencia. Los siguientes títulos seguirán ahondando en este sentido central y dando forma a nuevos mitos. Teoría (1973) incluye el impresionante «El canto del llanero solitario»: en otra transformación mítica, el personaje se enfrenta, en su solitaria cabalgada, a toda la cultura en un intento paralelo al de «The Waste Land» de Eliot. Mitos clásicos serán los del dios Pan (que también se refleja en el apellido del poeta), coherente con la expresión orgiástica que va ganando cada vez más terreno en su producción y que apunta más directamente a un ansia de totalidad, pero también al miedo (terror pánico); y el mito de Narciso, que da título al libro Narciso en el acorde último delas flautas (1979), y que constituye un motivo central de su obra. En efecto, Panero califica la figura del loco, en Locos (1992), como «la de un hombre que ha perdido / y se contempla, extraño Narciso, en el estiércol» (pág. 456). De la locura sale el brillo más puro de la lucidez, el poder alquímico de la palabra de Panero convierte el excremento y la basura en oro lírico. Es de destacar que el interés por la alquimia y lo esotérico deja unos cuantos títulos en los últimos años de producción: Piedra Negra o deltemblar (1992) y El tarot del inconsciente anónimo (1997); experiencia esotérica que convive con la de la droga (Heroína y otros poemas, 1992). Este Narciso tiene que pagar su propia contemplación al precio de la muerte y la destrucción, y aparece entonces el mito de Acteón, devorado por sus propios perros tras ver desnuda a la diosa, en su pureza. La aniquilación, el tema de la lectura como crueldad, como un tipo de antropofagia o vampirismo en que el lector consume al espectro de un autor, la violencia en todas sus formas va constituyendo un tema recurrente en su poesía, a la vez que ésta se sazona con el léxico de la psiquiatría, disciplina que Panero conoce muy de cerca. Quizás el último gran libro de Panero sea El último hombre (1983). Después, la escritura parece responder más decididamente a una compulsión, el poema se hace más breve e incide más repetidamente en lo metapoético, y pierde una profunda coherencia que antes tenía bajo la capa de lo azaroso. Sin embargo, seguimos teniendo entonces destellos de auténtica intuición poética. Los dos libros que acompañan a esta obra completa: Teoría delmiedo (2000) y Me amarás cuando estémuerto (en colaboración con José Águedo Olivares) no aportan novedad alguna a su producción. Insisten en los temas de la escritura como crueldad y muerte, y en las constantes escatológicas del autor (en el doble sentido). Ambos muestran, no obstante, que el ciclo no está completo, que este hombre de obsesiones seguirá obsesionado con la escritura.

Lo que no puede negarse es que la poesía de Panero constituye en el panorama literario español de las últimas décadas la voz más original y arriesgada, la sacudida que saca al lector del aburrimiento lírico tan acostumbrado y lo pone al borde de un abismo, con decisión y con inteligencia. Para algunos pecará de repetitivo, de limitación en los temas y en las técnicas, de mal gusto incluso, pero estos lectores no habrán descubierto que lo sublime es sólo un destello de lo excesivo, en cualquiera de sus manifestaciones. No cerraré esta crítica sin mencionar a Túa Blesa, que es autor de una excelente monografía sobre el poeta (LeopoldoMaría Panero, el último poeta, Valdemar, 1995), y que realiza una ajustada introducción a la Poesía Completa y firma el epílogo de Teoría del miedo.

01/03/2002

 
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