ARTÍCULO

El ilusionista

Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg, Barcelona, 544 págs.
Selec. y pról. de Manuel GUerero, liminar de Pere Gimferrer
 

Hay fotografías que resumen una vida y una obra. En una de las más conocidas de Joan Brossa, el artista aparece en su estudio reclinado sobre una mecedora de madera, con el suelo alfombrado por una marabunta de periódicos, recortes y revistas de todo tipo. Su obra, escrita en catalán, se caracteriza por la unidad en la dispersión y por un movimiento perpetuo que aglutina géneros diversos dentro de una concepción global e integradora de lo artístico. En la mejor tradición de la vanguardia histórica, el poema se abre a la pintura, al cine, a la música y al teatro (lo que llamó «poesía escénica»), adoptando una configuración plenamente visual o incorporando estrofas clásicas como el soneto, la oda sáfica o la sextina. Aunque sus primeros poemas datan de principios de los años cuarenta, la recepción de la poesía de Brossa es más bien tardía, ya que puede decirse que no se produce hasta la publicación de los dos primeros volúmenes de su obra poética completa: Poesia rasa(1943-1959) y Poemes de seny i cabell(1957-1963), de 1970 y 1977 respectivamente. La antología bilingüe preparada por Manuel Guerrero, ordenada por orden cronológico, nos permite ahora seguir la evolución tan particular de la poesía brossiana en las versiones al castellano de sus mejores traductores –Pere Gimferrer, Andrés Sánchez Robayna y Carlos Vitale, entre otros– en un juego de recreación y de transformación que se aviene muy bien con el espíritu del original.

La década de los cuarenta está marcada por el aprendizaje vanguardista en el seno de Dau al set, junto a compañeros de viaje como Tàpies, Ponç y Cuixart. Son precisamente ellos los protagonistas del guión de Gart, una película en la mejor tradición surrealista de Cocteau y Buñuel que nunca llegó a realizarse. De esta época son sus prosas, impregnadas de imágenes hipnagógicas y ecos mallarmeanos, sus acciones espectáculos y algunos sonetos experimentales que escribe por consejo de Josep Vicenç Foix. Si tuviera que sintetizar en pocas palabras estos primeros trabajos diría que están presididos por una voluntad lúdica de sorpresa que no desdeña la vertiente iniciática del ejercicio poético. Esto es lo que se percibe en el soneto de corte metapoético titulado «La casa encantada». Junto a la hermética floración de imágenes visionarias pervive casi siempre un aire eutrapélico y carnavalesco del que nunca se desprenderá la obra brossiana. En la vocación plástica de la metáfora anida una dosis de humor de herencia dadaísta en el que las expectativas del lector se socavan de continuo. Así, una acción espectáculo que recuerda a Las sillas de Ionesco por el suspense que se crea alrededor de los personajes, termina del siguiente modo: «El público esperará que ocurra algo más. Se le dejará en esta espera, hasta que llegue a convencerse por sí mismo de lo contrario».

Con la publicación de Em va fer JoanBrossa (1950) se inicia una segunda etapa marcada por el compromiso social y por un lenguaje directo y cotidiano. Su amigo el poeta brasileño Cabral de Melo lo pone en contacto con el marxismo. Entre los mejores textos de esta etapa está sin duda el poema reportaje de corte autobiográfico «La batalla del Segre o el segundo nacimiento», en el que el poeta nos cuenta su experiencia en el frente con una perspectiva muy cinematográfica, sin renunciar al humor negro. La poesía de Brossa carece del tono panfletario y del dramatismo de buena parte de la poesía que se estaba escribiendo en español por aquellos años. Su estilo es frío y telegráfico, pero efectivo. Con todo, la voz subversiva del poeta también estalla en invectivas acerbas, como la que escribe contra la Iglesia católica, o en poemas como «España», donde se sirve de la ironía para denunciar la censura, la injusticia y la desigualdad imperante en el régimen franquista. Aunque las propuestas lúdicas sean frecuentes (su «Soneto de papel» no es sino una reescritura de «Un soneto me manda hacer Violante», de Lope), está claro que el lenguaje brossiano ha evolucionado hacia formas más sintéticas. Se acerca al enigma de lo pequeño, recrea el instante y descubre el silencio. La filosofía oriental y la condensación del haiku saltan a la vista en poemas de dos versos como éste: «Abro la ventana: / el Montseny nevado».

Creo que la lucidez de Brossa se manifiesta en la crítica que despliega tanto hacia los presupuestos vanguardistas como hacia los del realismo social. A un artista que había hecho vanguardia de la tradición no se le escapaba en un poema como «Naturaleza muerta» que el vanguardismo también podía volverse académico y postizo. El carácter en cierto modo extraterritorial que le imprime el hecho de ser un autor polifacético que escribe en catalán, le hace mirar con otros ojos las poéticas realistas que se habían constituido en el canon dominante. «La intolerancia» descubre el afán dogmático y adoctrinador de aquéllas y deja al desnudo sus contradicciones.

La poesía visual es una constante en la obra de Brossa a partir de los años sesenta, así como la colaboración en libros de bibliófilo con artistas plásticos como Miró, Tàpies o Chillida. Aunque en esta antología se recogen varios poemas visuales y algún caligrama («Dominó»), se echa en falta una muestra algo mayor. Lo mismo cabe decir de las odas. El antólogo sí recoge con tino un buen número de sextinas, entre las que destacaría «Escribir y vivir», fechada en 1984, y que puede considerarse como todo un testamento literario y vital, pleno de virtuosismo técnico y de hondura. Entre los últimos textos, «La piedra abierta», «El cristal de la pista» y «Equis» pueden tomarse como la terna que traza las líneas maestras de la poética brossiana. A la continuidad entre la escritura y la imagen, se une la voluntad moderna de integrar cualquier realidad en el poema, que se constituye en significado abierto y en el que la tarea del lector resulta esencial.

La obra brossiana está llena de rupturas y de retornos, de una evolución en la que los hallazgos primeros se reincorporan e integran en los nuevos caminos, a modo de círculos concéntricos. Esta metamorfosis continua, semejante a la del transformista italiano Leopoldo Fregoli tan admirado por Brossa, dota no obstante a su obra de una enorme coherencia interna. Pocas antologías pueden terminar con una declaración más contundente. El poema se titula «Epílogo»: «Conozco la utilidad de la inutilidad. / Y tengo la riqueza de no querer ser rico».

01/03/2004

 
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