ARTÍCULO

Un eros transido de sacralidad

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona
416 págs. 17,90 €
Tabla Rasa, Madrid
144 págs. 19 €
 

Son varias las generaciones de estudiantes españoles que se han acercado, y que han quedado seducidas, a la lírica de los dos costados del vasto Atlántico hispánico a través del preciso manual del crítico y ensayista cubano José Olivo Jiménez, Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (Madrid, Alianza 1971, 1977, 1988, edición definitiva en 2000). De José Juan Tablada a Octavio Paz, en orden cronológico, se recogen los poemas de los más importantes fundadores de la modernidad en español. No es de extrañar que fuese este profesor quien, desde las páginas de Ínsula y en una fecha tan temprana como 1978, sólo un año después de la publicación por Monte Ávila Editores en Caracas del primer gran libro recopilador de su obra (Oscuro), señálese entre nosotros a Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 1917) como uno de los poetas hispanoamericanos más plenos e intensos de la segunda mitad del siglo. En aquel título Rojas acertaba a plasmar «la intuición de una sustancia original, secreta y fecundante a cuyo través ha de realizar el poeta su destino, que tiene tanto de oficio ciego como de ejercicio de diamante, de sombra y de luz, de misterio y fijeza».

Las claves del orbe de Rojas ya estaban allí, y su condición de hondo poeta sigiloso se iba a ir esparciendo en sucesivas apariciones (en editoriales de México, España y Chile) hasta conformar poco a poco («yo soy moroso para mis cosas») un cierto acuerdo entre instrumentos afines, y presentarnos el corpus de un autor aparentemente derramado pero profundamente concentrado. Para Rojas, una respiración ritual –respiro e irrespiro, fiereza de ser y de vivir y de apostar por la vida-es el fundamento mismo del ritmo, y consideramos que ese ritmo (recordemos el «Ama tu ritmo y ritma sus acciones» dariano) estarían en relación con el pensamiento analógico, la poesía como el lugar donde cristaliza el hallazgo de las correspondencias del universo, que Octavio Paz expusiese en libros fundamentales como El arco y la lira y Los hijos del limo. Según José Olivo Jiménez, «precipitarse en el ritmo es retornar el camino de vuelta al origen, avizorar la unidad perdida entre lo dividido y múltiple». Esta poesía buscaría restaurar la plenitud del ser a través de un ejercicio de invocación y celebración.

Y lo que se conmemora y encarece («todo es sagrado en el ejercicio del nacer y del desnacer») es la imantación sagrada de una poesía de amor transida de lo otro, del enigma. Entre el vagido y el velorio, el don significador que es propicio a la obsesión oscura, secreta y extraña del creador ha de ser fiel al prodigio que se respira, se modula y se ofrenda. Tal prodigio puede ser, por ejemplo, el relámpago recordado en su intenso sur de la niñez, visto y escuchado en la voz de un hermanito del poeta... El instante, la súbita revelación contemplativa, la iluminación trastocan el espíritu de quien abierto a la creación se hace palabra, relámpago transfigurador, por lo tetrasilábico y esdrújulo de su fulgor; y que cristalizaría tiempo después de aquel impacto íntimo en el encuentro con la sentencia fragmentaria del divino Heráclito: «pero el relámpago gobierna la totalidad del mundo». Según reza una dedicatoria personal al autor escrita por Lezama Lima: «Poesía que va de la muerte a la sobrenaturaleza». Especulaciones y eyaculaciones que aparecen en el verso de Rojas, la rosa que arde ahí, la misma Nada en sus pétalos.

«Gonzalo es un loco que necesita cumbre», afirmó en los años cuarenta su admirado Huidobro. «Jamás hablé en mi juventud con un animal más libre que Vicente», evoca como un eco Rojas. Juegos especulares con Vallejo incomparable al fondo. O con el idioma engendrador de Quevedo. Dos entregas de Rojas nos llegan ahora, firmes y «bonitas» como orquídeas en el gentío de las publicaciones. Concierto es una copiosa antología (1935-2003) que se edita en una colección muy atractiva de los poetas esenciales que conforman nuestra tradición poética: en sus ínsulas y en sus lares. El eros primordial de don Gonzalo yace en sus páginas en un arco que va de la sensuala (sic) Joan Crawford a la babilónica Teresa de Ávila. Descubriremos la llama de la oscuridad hermosa, el eros batallador en campos de plumas, el desnudo deslumbramiento de la mancha gozosa, los precursores más allegados, las cortesanas del templo, la mariposa efímera o el león erguido y libérrimo. La reniñez es una fiesta y un diálogo entre la poesía de Gonzalo Rojas y los dibujos del pintor surrealista Roberto Matta; una conversación entre artistas en una exquisita edición para degustadores que recoge además fragmentos de cartas entre ambos y que supone un saludo gozoso a la imaginación, al amor loco y a la libertad.

Recordaba el poeta venezolano Eugenio Montejo cómo ante la creciente devaluación del lenguaje en beneficio de la mentira política o publicitaria es la poesía «el último espacio dondo el hombre se encuentra estrechamente unido a su palabra, habitado por ella». En sintonía y armonía con el lenguaje inagotable del murmullo de los seres y el centello de las estrellas, el poeta chileno, viejoven huidobriano al fin, sabe que los verdaderos poetas son de repente, que aman y fosforecen y apuestan únicamente a ser: «Parece haber sido que ese niño que fui yo hubiera alcanzado a descubrir en el parpadeo algo así como la fijeza en un rapto casi religioso». Comunión del eros con lo sacro. Estos libros quieren festejar también la justicia poética del Premio Cervantes de 2003. Otros grandes de nuestra América (Gastón Baquero, Olga Orozco, Emilio Adolfo Westphalen...) fallecieron sin que esa lotería en Babilonia les hubiese tocado; Rojas, de la estirpe heroica, anarca y mágica de esquizos como Borges o Pound, se preguntaba en su discurso de recepción del premio: «¿Qué se espera de la Poesía sino que haga más vivo el vivir?». Recorriendo estas páginas paladearemos el destello, gustaremos cómo las palabras arden, reconoceremos con júbilo que no se nos arrebatará lo que más amamos.

01/03/2005

 
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