ARTÍCULO

Del goce, la claridad y la palabra

Ediciones Igitur, Tarragona, 184 págs.
Trad. de Carlos Vitale, prólogo de Andrés Sánchez Robayna
Círculo de Lectores, Barcelona, 320 págs.
Edición bilingüe de Tomás Segovia
 

«De esta poesía / me queda esa nada / de inagotable secreto», concluye el poema «El puente sepultado», que es casi un manifiesto de Giuseppe Ungaretti y pertenece a la obra La alegría, cuya aparición, junto a la de un volumen que contiene Sentimiento del tiempo y La tierra prometida, celebramos. Estos dos libros descubren para el lector español la definitiva importancia del poeta italiano a nivel universal.

Nacido en 1888 en Alejandría, vivió en París, participó en la Primera Guerra Mundial en Francia e Italia y enseñó literatura italiana en São Paulo y en Roma. Aunque dichos espacios –y el espacio es uno de los protagonistas de su poesía– y los avatares históricos vividos repercuten en su escritura, la labor de Ungaretti va más allá: la búsqueda de las calidades estéticas capaces de permitirle expresar su pensamiento metafísico y cósmico, lo conduce a reinventar el lenguaje poético italiano mediante lo que podría parecer una paradoja: por un lado el despojamiento, por otro una aproximación al barroco –paso al que le lleva ante todo Miguel Ángel, su «guía» en la ciudad de Roma–. El resultado final será una obra completa en sí, que no necesita una causa explicativa: su intensidad y su cincelado perfecto hacen que se imponga y se sitúe fuera de todo tiempo y lugar.

En pleno futurismo, en plena ebullición de la exterioridad y de la desbandada de palabras y asociaciones arbitrarias, Ungaretti se sitúa en la vertiente opuesta, cara a la interioridad, para ahondar en ella y traducirla en una síntesis depurada. Lo alcanzado es la captación de una esencia tan ajena a las sucesiones que, a pesar del marco histórico en que se produce, da unos poemas nítidos y deslumbrantes por su redonda verdad.

Por otra parte, a medida que el poeta evoluciona, su breve intensidad se despliega, y aunque conserva una melodía esencial, su construcción es más cerrada y, en ocasiones, ofrecería dificultad si no la iluminaran con sus destellos las palabras. El lector que se acerque a los dos libros publicados captará este proceso –tenga en cuenta la ventaja de que en ambos puede seguir el verso original en italiano– y no se sentirá defraudado. Siendo La alegría anterior en su escritura, debe ser este el primer paso.

«Siempre he diferenciado entre vocablo y palabra», advierte el poeta en una nota. «Encontrar una palabra significa penetrar en la abisal oscuridad de sí sin turbar ni lograr descubrir el secreto». María Zambrano dijo por su parte: «El secreto se muestra al escritor, pero no se le hace explicable». Este es el presupuesto gozoso de la poesía, lo que, sin duda, no es ajeno al título La alegría, libro escrito prácticamente durante la guerra, pues si encierra algo de ironía, contiene aún más saber. Se trata de exhalar el instante de vida en plenitud, es decir, de ensalzar lo opuesto a la muerte, presente siempre como un hito del horizonte humano. Y es este un instante que aparece como inagotable debido a que su enigma, al igual que el de la vida misma, no se puede descifrar. (A su obra completa dio Ungaretti el título de Vita d'un Uomo, y hablando de su poesía afirmó que no tenía otra ambición «que la de dejar una hermosa biografía».)

En el profundo e iluminador prólogo de La alegría, Sánchez Robayna deja patente cómo se produce la forma de la mayor parte de sus versos, de estos «brevísimos poemas de iluminación súbita», y habla de la admiración del poeta por Mallarmé, de su proximidad con Gherardo Marone, traductor de poesía japonesa, y de la fanopoeia, concepto que Ezra Pound definió como «proyectar sobre la mente una imagen visual». Ungaretti, por su parte, escribió: «Ya no escucharemos la poesía; la palparemos, la miraremos». Sus magistrales poemas, con todo, ofrecen también su música al espíritu del lector, así en el siguiente: «Con el mar / me he hecho / un ataúd / de frescura».

En cuanto al contenido del otro volumen es igualmente importante, no sólo por los dos libros que ofrece, sino por el apéndice que recoge apuntes y conferencias dadas por el poeta sobre su obra, donde se extiende hasta hablar del arte en general. Si alguien quiere aún más claridad que la que destellan los versos de Sentimiento del tiempo, donde surgen los temas mitológicos e incluso el sentir religioso, como en «La piedad», otro poema emblemático («He poblado de nombres el silencio. / ¿He hecho pedazos corazón y mente / para caer en servidumbre de palabras? / Reino sobre fantasmas»), que acuda a esas páginas finales. Verá que se halla ante una de las claves poéticas de este siglo nuestro, que ha abierto al máximo la conexión entre la mente y las sensaciones hasta afirmar, por boca de Shrödinger: «Todo conocimiento científico se basa en los sentidos». Ungaretti, por su parte, dice: «La poesía no se hace nunca sin la obra de los sentidos, especialmente una poesía de apretada e infinita cualidad musical». Son de esperar nuevas traducciones de este poeta, por ejemplo la de Il dolore, para seguir, de su mano, profundizando en el conocimiento del hombre y en la esperanza y la alegría que la poesía ofrece y él expresa de este modo: «Me ilumino / de inmensidad».

01/11/1999

 
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