ARTÍCULO

Poemas murales

La Poesía, señor hildalgo, Barcelona, 172 págs.
Trad. de José Luis Reina Palazón
La Poesía, señor hidalgo, Barcelona, 212 págs.
Trad. de José Luis Reina Palazón
Anagrama, Barcelona, 288 págs.
Trad. de José Luis Reina Palazón, MIchel Faber-Kaiser, Herberto Padilla, Ángel Reparaz y Kim Vilar
 

Fundador y director de revistas literarias, editor, director de numerosos documentales, guionista radiofónico, traductor, profesor; además de toda esta ingente labor cultural, Hans Magnus Enzensberger ha cultivado todos los géneros literarios: poesía, ensayo, teatro, narrativa, aunque este último con menos dedicación. El escritor alemán ha confesado que nunca tuvo el don del narrador de largo aliento, «desde un punto de vista técnico, me podría sentar y escribir también una novela montando una pieza tras otra, pero creo que debe haber algo especial en la voz del narrador. En Marruecos, en las plazas de los mercados aún se ve a narradores orales, parados encima de un cajón. Si cuentan algo interesante, la gente se queda a escucharlos; si no, prosiguen su camino. Yo no lo tengo, y también me falta paciencia». Sin embargo, El corto verano de la anarquía (Vida y muerte de Durruti ) es una novela-reportaje en torno al misterioso asesinato del anarquista español, durante la Guerra Civil. También Enzensberger ha practicado casi todos los géneros periodísticos y ha reflexionado sobre esta profesión en Elementos para una teoría de los medios de comunicación.

Pero hay un género que en su obra lo abarca todo: la poesía. Enzensberger es, sobre y por encima de todo, un poeta. Defensa de los lobos (1957) fue su primer poemario. Son versos escritos por un joven airado que protesta contra la herencia histórica y también contra la sociedad acomodaticia resultante de la Segunda Guerra Mundial. Un retrato suyo, o mejor, autorretrato, lo encontramos ya en uno de los poemas iniciales, titulado «Canción reclamo»: «Mi sabiduría es una simple juncia / córtate los dedos con ella / para pintar un rojo ideograma / en mi hombro / ki wit ki wit // Mi hombro es un rápido velero / tiéndete en la cubierta soleada / para balancearte hasta una isla / de cristal de humo / ki wit // Mi voz es una dulce celda / no te dejes atrapar / Mi juncia es un puñal de seda / no escuches / ki wit ki wit ki wit». Enzensberger acusa a la sociedad de conformismo y entabla contra ella un combate que se prolongará hasta nuestros días. Crítica social, «Nada es más violento que el hombre...», dice en un verso del poema «Candide»; y crítica política en poemas como «Utopía» o «En el libro de lectura para el grado superior». En el primero afirma: «...se proclama una amnistía / para los que dicen la verdad...»; mientras que en el segundo poema aumenta la corrosividad: «Vendrá el día en el que pondrán listas en las puertas / y pintarán marcas en el pecho de los que dicen no / [...] Ira y paciencia son necesarias, / para soplar en los pulmones del poder / el fino polvo mortal molido / por aquellos que han aprendido mucho, / que son precisos, por ti».

Pero en Defensa de los lobos habla de muchas más cosas consustanciales a todo poeta. Se refieren estos poemas también al paso del tiempo («Abril», «Miércoles de ceniza»), al amor, al erotismo, a los paisajes vividos, a la historia más reciente y está lleno de referencias culturales y literarias. Lo que hace el autor es revisitar el mundo con la pureza de una mirada joven e inocente, aun a sabiendas de la difícil labor que esto significa. No es fácil explicar la belleza del mundo a sabiendas de la crueldad que en ella existe: «...oh mundo de verdad muy sorprendentes son tus caminos / llenos de muerte y de repente llenos de limpiadores de alfombras y tulipanes / cuán instructivo atravesarte / con viejas botas y la cabeza limpia cada día» («Viaje cultural»). Y en «Carta de cumpleaños» añade: «Viejo: eres viejo viejo». La juventud es vieja y además no se salva de sufrir y purgar las culpas de los antepasados, no sólo nacionales sino de la humanidad entera. Enzensberger recurre aquí a otros grandes asuntos: la muerte, la mitología y las religiones. A la muerte la denomina «viejo enigma» y la trata con respeto; cosa que no hace con quienes se sirven de este temor para sus fines materiales o religiosos: «De la resurrección de la carne entre tanto y de la vida eterna / me ocuparé yo mismo, si os parece bien: / ¿Es cosa mía, verdad? Que os vaya bien» («Última voluntad»).

Frente a las grandes palabras y los héroes, Enzensberger nos habla de la derrota, del fracaso, de seres anónimos e inocentes. El inocente será un tema recurrente en toda su obra posterior. Pero también en estos poemas hay abundantes e interesantes reflexiones sobre el poeta –la poesía– y el poema. Esta metapoesía alcanza su mejor expresión en los versos de «Nadie canta» o «Indicaciones de Sísifo», donde dice: «Lo que tú haces es en vano. Bien: / lo has comprendido, reconócelo, / pero no te contentes con ello, / hombre con la piedra. Nadie / te lo agradece...».

¿Quedarse contemplando el mundo? ¿Desterrarse? El joven escritor nos propone combatir con las armas del conocimiento. Él lo hace a través de las metáforas, de la ironía, del sarcasmo. Como ese o esos lobos de su título, da mordiscos. Estos son poemas-editoriales, poemas-murales. Tienen una gran contundencia verbal. Manifiestan su ira, cierto escepticismo, a veces, y cierto spleen, tedio, cinismo propio de una juventud envejecida antes de tiempo. No es una poesía de la contemplación, aunque hay poemas meditativos, sino una poesía agresiva contra el mundo alienante, injusto y vulgarizador. Pero no es una poesía realista, desnuda o intuitiva; por el contrario, está llena de referentes culturales, es antiplebeya. También defiende una tradición universal y un lenguaje común. Enzensberger define al poema como una antimercancía. La única misión política de la poesía es la de hablar por todos –los vivos, los muertos, la naturaleza– al margen de cualquier partido, adscripción política, materia o estilo. El compromiso político de la poesía está en su propia libertad e independencia.

Defensa de los lobos gira en torno al magisterio de dos poetas y dos maneras distintas de entender la poesía. El expresionismo espiritualista de Benn y el materialista de Brecht. A ambos les debe su origen y de ambos logrará liberarse en sus próximas obras. El joven Enzensberger se deja llevar por cierto irracionalismo surrealista en la concepción de las metáforas, aunque su rasgo estilístico más sobresaliente ha de ser la sátira demoledora.

Más ligero que el aire (1999) es uno de sus últimos poemarios. Entre el primero y éste han pasado más de cuarenta años y, sin embargo, el mundo ha variado muy poco y cuando lo ha hecho, a veces, ha sido para peor. La sociedad conformista de los años cincuenta ha pasado, a finales del siglo XX, a estar anestesiada por el régimen capitalista. El socialismo marxista fracasó y su antagonista se ha metamorfoseado en el estado de bienestar proporcionado por la técnica, la ciencia y las redes de la comunicación. Todo está asegurado y la sociedad occidental vive en el éxito de la idea de progreso. Frente a lo gregario, frente a la masificación, hay que crear un individuo crítico. Por otra parte, el escritor y el intelectual deben ser incorruptibles y renunciar a la vanidad, su gran talón de Aquiles. En «Por libre decisión», escribe: «El asno de Buridán tuvo que pasar hambre. / Tampoco demasiado heno, hermanito, / hace necesariamente feliz. / Entre bolchevismo y golf, / dólar y yen, Nike y Adidas / traído y llevado, colega, / eres una veleta. / ¿Bueno, amigo del deporte, qué pasa?/ ¿te estrellas contra el árbol / con tu BMW 1200 / o te pegas el último / chute de oro?». La sociedad occidental cada vez siente menos el dolor ajeno y esto debe recordársele. También nuestra sociedad cada vez lee menos, es menos culta y eso –se le hace creer– la inmuniza contra el dolor. El dolor es algo necesario, pero sobresalta las conciencias y crea inestabilidad. El poeta es un ser agnóstico en esta nueva sociedad que ha sustituido a un dios por otro. Un ser en peligro de extinción porque al hombre sólo le interesa vivir bien, sacrificando materialmente la esencia espiritual de la verdad. El poeta no es un ser superior, sino un ser cada vez más indefenso: «...insoportable / aguafiestas asocial / mártir ofendido / náusea legendaria / debe: molestar, aburrir / y distraer a inofensivos, discretos, / buenos maridos / con ingresos regulares, / toda una vida...» («Decreto de aplicación del art. 5, párrafo 3GG»).

En Más ligero que el aire, Enzensberger continúa desarrollando todo su estilo agresivo contra nuestros males contemporáneos y quienes lo representan: «El presidente de los EE.UU. masca cacahuetes / ante la TV que explosiona...» (en «Todo bajo control»). En ese mismo poema añade: «Dioses en paro se acurrucan / cuando llueve en sus cajas de cartón». La mitología, los amplios conocimientos de la cultura clásica, le continúan sirviendo para explicar el mundo. Troya es aún hoy en día el símbolo del mundo amenazado. Casandra (el poeta) anuncia los males que le sobrevendrán. Pero nadie le hace caso, y aunque se lo hicieran, lo peor es que todo hubiera acabado igual, en el mismo desastre. Enzensberger es en este libro más escéptico y determinista que en los anteriores, confía en la posibilidad de aprendizaje y previsión del hombre, pero también se ha dado cuenta de que la atracción del abismo es consustancial a él. ¿El mundo realmente tiene arreglo? ¿O es su desarreglo la esencia propia de su evolución? Esta nueva metapoética surge en el poema que da título al libro y, fundamentalmente, en «Opciones para un poeta»: «Con otras palabras / decir lo mismo, / siempre lo mismo. / Siempre con las mismas palabras / decir algo totalmente distinto / o lo mismo o totalmente distinto./ Mucho no decir / o con palabras que nada dicen / decir mucho. / O callarse para decir mucho».

En Más ligero que el aire la muerte se ha convertido en la nada y el ruido del mundo en una tortura; de ahí que el silencio sea un elemento de búsqueda esencial en el hombre contemporáneo para no perder su individualidad y su capacidad de reflexión y pensamiento. Así, es muy significativo su poema «Ruidos», donde enfrenta a las masas del fútbol con el pánico que a éstas les sobrevendría si de repente se hiciera el silencio. Enzensberger saca aquí a la luz las carencias espirituales de la humanidad. No las relaciona con las religiones (a las que ataca de nuevo en el poema «En Jerusalén», donde dice que tantos dioses juntos no son capaces de mejorar el mundo) sino con la esencia del hombre. En «Teología científica» se pregunta sobre la necesidad, en cada momento de la historia, de tener un Dios: ser poderoso, intangible durante siglos; luego la técnica, el desarrollo, el bienestar y ahora la ciencia, de la que hablará larga y pormenorizadamente en libros como, por ejemplo, Los elixires de la ciencia. Aunque un poeta no debe dar nunca respuestas, sino ofrecer preguntas, el escritor alemán está convencido de que la vida es un malentendido, un cúmulo de equivocaciones, un desamor, un fracaso. Al crear el mundo, Dios se quedó dormido («Teología científica»); y desde entonces: «por qué Dios no deja nunca a los hombres / tranquilos, tampoco al contrario» («Orden del día»).

Los elixires de la ciencia es una antología de textos en prosa (ensayos la mayor parte, algunos inéditos, y artículos) y en verso (también varios inéditos). Ya en Mausoleo publicó las «37 baladas de la historia del progreso». Se reúnen en este volumen reflexiones sobre las matemáticas, la física y la química, la medicina, la técnica en general y la ingeniería. Todas estas materias las relaciona con la poesía y la literatura, pero también con la música y el arte. Una de sus obsesiones es equiparar el pensamiento matemático con el poético, así como el lenguaje científico (universal) con el literario, que tiene las trabas de los idiomas. A pesar de la ancestral creencia de que la palabra era el lenguaje de Dios, ya Leibniz nos previno de que con la ayuda de las matemáticas «podríamos hacernos una grata idea de los pensamientos divinos». ¿Dios el primer matemático antes que el primer poeta? De este asunto habla en el ensayo titulado «Puente levadizo fuera de servicio o las matemáticas más allá de la cultura». «¿Cómo es que las matemáticas siguen siendo algo así como un punto ciego en nuestra civilización, un ámbito extraterritorial en que se han atrincherado unos pocos iniciados? [...] Como se sabe, la ignorancia es un poder celestial de fuerza invencible. Por lo que parece, la mayor parte de las personas está convencida de que se puede vivir perfectamente sin conocimientos matemáticos y de que esa ciencia es lo suficientemente carente de importancia para que pueda dejarse en manos de los científicos...» ¿El pensamiento abstracto de la poesía no es semejante al de los números? ¿Matemáticos y poetas no son ambos teólogos sin Dios? «Entonces, a los cuarenta, os sentáis, / oh teólogos sin Jehová, / sin pelo y bien enfermos, / los trajes raídos, / ante el vacío escritorio, / quemados, oh Fibonacci, / oh Kummer, oh Gödel, oh Mandelbrot, / en el purgatorio de la recursión» («Los matemáticos»).

En «Progresos inquietantes» se refiere a la técnica. El inventor es un héroe que desaparece consumido entre un marasmo de artesanos y hombres de negocios. También muestra su inquietud por cómo el cuerpo humano es cada vez más tratado como un mecanismo. En «El evangelio digital» habla de la industria cultural, del capitalismo digital, de la televisión y los medios de comunicación cada vez más dictatoriales, de la recesión en la lectura y la cultura en general, del progreso técnico como sustitutivo de las religiones, de la aldea global, la red y la democracia electrónica. Una de las conclusiones más interesantes es la referida a que nuestros medios de comunicación han suprimido ya cualquier posibilidad de distinguir entre apariencia y realidad, como ya afirmó Baudrillard. Lo real ha desaparecido, en realidad, hace ya mucho tiempo. «En su actual configuración, aparatos como la televisión o la película no sirven para la comunicación, sino para impedirla. No permiten la interrelación entre emisor y receptor [...]. El espectro orwelliano de una monolítica industria de la conciencia testimonia una forma adialéctica y obsoleta de entender los medios». Las reflexiones certeras e hirientes sobre los periodistas son del todo pertinentes. Enzensberger los acusa de narcisistas. Llevados de su prepotencia, confunden sus reuniones con los consejos de ministros. De espaldas a sus lectores, sólo están preocupados por los competidores y la propaganda comercial: magnífico este texto desenmascarador de los supuestos defensores de la verdad.

Esta parte ensayística se completa con la poemática dedicada a grandes personajes de la ciencia, pero también a sus teorías e inventos. Hay poemas a Gödel, Leibniz («Asegura un anónimo que en los últimos días de su vida / se dedicó a descifrar el lenguaje de los ángeles»), Condorcet, Messier, Darwin, Cerletti, o, entre otros, Bernardino de Sahagún, el único español citado. Poemas en los que cuenta la vida de los protagonistas y las paradojas de los mismos y sus descubrimientos. En «Enigma del Universo» dice en sus versos finales: ...¿Por qué «yo» y para qué? / ¿Qué significa, por favor, este eterno preguntar? / ¿Para qué siempre fidelidad y honradez, / y por qué no? ¿Quién es culpable? / de los progresos inevitables? / ¿Hubo antes del Big Ban / también tantas depresiones? / ¿Qué pasa con el deporte, / el odio y el dinero? / ¿Por qué no hay más bien menos / o más? ¿Y por qué no hay / más bien nada?».

01/04/2003

 
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