ARTÍCULO

Lazareto de sueños

Igitur, Barcelona, 125 págs.
Prólogo de P. Gimferrer y epílogo de J. Pont
 

La ya larga carrera poética de Ory se ha debatido entre la ruptura de la modernidad y la tradición neobarroca de la poesía clásica española. A esta última pertenecen sus Versos de pronto (1945), Los sonetos (1963) o Soneto vivo (1941-87), en donde utiliza el metro clásico con maestría para continuar la búsqueda existencial a través, a veces, de lo paródico, lo grotesco, la ironía y el humor descarnado. Es esta una poesía de lance, de juego, atravesada por lo onírico, en el filo mismo de la locura y la cordura. Pero su nomadismo se inició con la militancia postista en medio del realismo más influyente. La procedencia simbolista y modernista se mezcló con la herencia de las vanguardias de entreguerras y, sobre todo, el surrealismo. El postismo conjugó estas formas y estilos hasta crear una estética ecléctica. A este período corresponden libros como Los poemasde 1944 (1973), Las patitas de lasombra (en colaboración con Eduardo Chicharro, 1944-45) y Doblo hablo (1945-48). Coincidiendo con el existencialismo de la segunda posguerra mundial, la poesía de Ory se hizo más profunda (Pont la califica como introrrealismo), esencial, simbólica, reflejando a través del paisaje exterior de la ruina la desolación interior del poeta. Este agonismo existencial y también amoroso, él mismo a veces lo ha denominado como «mugido del ser». A este período pertenecen poemarios como La flauta prohibida (1979) o Sinpermiso de ser ángel (1988). Ory inicia aquí un camino que le conducirá hasta su poesía última, embarcada ya en lo esotérico, lo filosófico, lo profético, lo sagrado y también lo metapoético, la reflexión sobre el papel del creador y de la propia poesía. Es una escritura que se aventura a ir más allá de la realidad del existir, buscando el origen del ser, mediante unos versos nada convencionales emparentados con lo bárdico. Y si a esta tendencia pertenecen libros como Música de lobo (1970), Técnica y llanto (1971), Leesin temor (1976), o Miserable ternura. Cabaña (1981), también podría inscribirse este Melos Melancolía. Atrás quedaron las experiencias de la década de los sesenta, las del Atelier de Poésie Ouverte, en Amiens, bañadas por la corriente beat, la contracultura, la poesía visual, los happenings, las performances, etc.

En Melos Melancolía, como en Música de lobo, se mezcla la filosofía presocrática con la oriental del zen y el orfismo. Todo esto conduce al mismo Nihilismo, título así de uno de los mejores poemas del libro, en donde dice: «En la época dorada saber poner las manos / sobre la Nada no coger ya nada». En Melos Melancolía, como en Técnica yllanto, se mantiene esa tensión dialéctica entre el discurso filosófico y el lenguaje. Y en este último poemario también se habla de la separación no sólo de los amantes, sino del cuerpo y de su espíritu. También en Melos Melancolía, como en Música de lobo, se confirma no únicamente el fracaso científico del control de las pasiones, sino del propio conocimiento del destino del hombre separado ya no únicamente del cuerpo del amante, sino de sí mismo. En Melos Melancolía, como en Lee sin temor o Miserable ternura.Cabaña, la presencia del amor (erótico y espiritual), la muerte y el destino, se afronta como una disolución en el silencio de lo desconocido. Al no conocimiento se accede en la pérdida muda de la creación. En «Cavatina», escribe: «Ser mudo voluntario y otorgarme la palma / de una boca sellada por el nocturno espanto / sin dar relinchos el gran caballo del alma».

La trashumancia de Ory se convierte así en un ir y venir sin fin, sin meta. Se confirma como un poeta nómada, apátrida del propio mundo, hetorodoxo por su inconformismo existencial y por su escritura que procede a borbotones de una fuente Castalia ya seca. Ory realiza, en Melos Melancolía, un viaje por el infierno dantesco. Sólo que el suyo está aquí, en el mundo, en su misma autobiografía espiritual del ser en extranjería. Viaja por el interior y el exterior de sí mismo, tomando como lazarillos a Orfeo y a otros dioses destronados de la mitología y de la poesía. Estos versos son un canto, un himno, una oración, una plegaria, un grito humano al que sólo responde –una vez más– el silencio, la sombra de la divinidad ausente: «Por todos los rincones del mundo yo busqué / delirante ventrílocuo las gemas del silencio» («Agenda»). La poesía de Ory expresa la elegía por lo sagrado, por ese origen de la palabra poética como creación del mundo. Esta búsqueda de lo desconocido provoca un lenguaje atonal, enigmático, fragmentario, desbordado por la acción y el pensamiento. Ory deambula por el pasado, por su nostalgia, «la nostalgia nos nada / Me olvido que recuerdo tantas cosas» («Rezos»); por su entramado familiar y natal al que cita varias veces de manera emocionante: «Dios si ves a mi madre / estos días que sufro por favor / dile que desde ahora llamo mamá a la luz / para que esté enterada que me dejó viviendo / como un bebé del mundo». Ory viaja por el mundo de la realidad esperpéntica y también por el de la imaginación.

¿Cómo enfrentarse a la gran soledad, a la angustia de la vida, al vacío? Ory rechaza la complacencia, la resignación de la masa, su conformismo, la pérdida de su conciencia entre el cemento y el asfalto olvidando los paisajes ancestrales de los bosques «donde quedó en olvido el habla de los pájaros» («Terra»). Mejor no haber nacido, pero llegado al mundo hay que volver al interior del no ser, que es quizás el alma, un vacío de color («Debajo del alma»). Este fracaso fértil del desconocimiento, transporta al poeta a una demencia que lo recluye en un lazareto de sueños. El poeta tiene el don del verbo perverso, es un Hermes en el laberinto, un centinela de la Nada. En este lazareto, al poeta sólo le quedan sus huesos pelados de monje nihilista. En «Torbellinos», escribe, «Perdóname harpa mía si deliro».

Melos Melancolía abarca dos libros inéditos, aunque muchos de sus poemas vieran la luz en revistas: Érase una vez una voz y Nabla, escritos en las dos últimas décadas. «Crepúsculo del batelero» e «Imágenes» son dos poemas centrales, fundamentales y ejes del libro, y también absolutamente inéditos. En el primero se habla del tránsito del alma con elementos simbólicos de la mitología egipcia (Isis, Ibis, Nilo, patos salvajes, barcas, etc.), aunque no se sabe muy bien si ésta llega realmente a partir, pues únicamente se escuchan a los muertos que aúllan como canes famélicos. Mientras, en «Imágenes», narra su errancia por la caverna del mundo, por las ruinas luminosas donde el ángel del lenguaje indica el camino más cercano de lo lejos. Ory queda náufrago en el bajío del lenguaje y allí inmóvil en guardia «de mi nada», «de mi no», «de mi sin», «de mi cuando», «de mi nunca», «de mi siempre», «de mi menos» («Saloma»); queda perdido en la amnesia de no saber en dónde estar, entre el sueño y la pesadilla, entre el olvido de vivir.

A través de este libro también descubrimos esas reflexiones metapoéticas a las que nos referíamos anteriormente. La poesía, así, para Ory, es una hetaira, «mi máxima lujuria / Medio loco de ideales profundos y silentes / recogiendo pepitas de oro en el abismo» («Agenda»). La poesía es el rostro del poeta que «chorrea rocío» y desparrama pavesas o «huesos de fuego» («Terra»).

Como poeta, Ory, en Melos Melancolía, se define como «mudo místico» («Poeta»), poeta errante: «Yo sé que mi osamenta es una lira griega» (perteneciente al mismo poema). Pero es quizás, en «Rezos», donde hace su máxima confesión: «Yo no pinto nada / En el furgón de cola me conformo / a lo que sea en el viaje mío [...] / ¿Quién soy yo sino un otro más aquí / entre todos los poetas desde abajo? [...] / Oh poesía oración».

01/05/2000

 
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