ARTÍCULO

Mezcla de sangres

 

Las mejores historias de terror son reales. Una pulga hunde su probóscide en la piel de una rata negra, se alimenta de su sangre e ingiere bacterias letales. En el reducido espacio de su diminuto canal alimentario, las bacterias se multiplican hasta tal punto que forman una oclusión en el estómago de la pulga. Desesperada, después de sentir un descenso en la temperatura corporal de la rata, que ya se encuentra muerta, la pulga cada vez más voraz deserta. No puede encontrar otra rata viva en la ratonera. Como las ratoneras han proliferado durante milenios en establos y graneros, la pulga no tiene que viajar lejos para encontrar una fuente de alimento alternativa. Busca el hombre, la mujer o el niño más cercanos, puede que escarbe en su avance a través de capas de ropa y hunde su probóscide en carne caliente.
La oclusión en su estómago impide que la pulga, enloquecida y moribunda, sea capaz de ingerir más de una pequeña cantidad de sangre humana y lo que provoca, en cambio, es que regurgite pequeñas cantidades de sangre de rata infectada que, a pesar de la oclusión, logra salir y transportar miles de bacterias por el interior de la herida abierta. Tras acceder de este modo al cuerpo humano en gran medida indefenso, las bacterias viajan a través del sistema linfático hasta los ganglios en la ingle o debajo de los brazos o en el cuello, se congregan, se multiplican enormemente, crean un bubón de una sensibilidad exquisita y agonizante que, como era de esperar, lanza las bacterias al torrente circulatorio, que en el ochenta por ciento de los casos colapsan a la víctima y a continuación la matan. En casos infrecuentes, cuando la pulga vomita directamente dentro de un diminuto vaso sanguíneo, las bacterias evitan por completo el sistema linfático, luego se multiplican a una velocidad vertiginosa, provocando la muerte en cuestión de horas, con un cien por cien de mortalidad. Así, en una escena que ha sido interpretada por miles de generaciones de pulgas, Yersinia pestis, la bacteria aparentemente imparable que conocemos y tememos como la peste bubónica, salta de rata a persona y emprende su carrera mortal.
La peste ha sido endémica durante miles de años y hace su aparición más antigua documentada en el Primer Libro de Samuel. Regularmente se sucedieron graves epidemias, la más reciente en 1993, en Surat (India), pero a mediados del siglo xiv, en un clásico ejemplo de los procesos de selección natural tanto en ratas negras como en el puñado de pulgas que viven en su piel y se alimentan de su sangre –porque las ratas se han adaptado a las mil maravillas a la sociedad humana, y sus pulgas en mejores condiciones han adquirido, a su vez, gradualmente la capacidad de sobrevivir gracias al cereal seco cuando no cuentan con sangre de rata–, la enfermedad evidentemente afloró, se avivó de repente y se convirtió en una pandemia colosal que provocó una catástrofe humana terrorífica y sin precedentes que se extendió por Asia Occidental, Oriente Medio, el mundo árabe, el norte de África y toda Europa, de Gibraltar a Bergen, y de las islas Faroes hasta Moscú. Es recordada como la Peste Negra. Hoy se calcula que en muchos lugares falleció del sesenta al setenta por ciento de la población. Nunca anteriormente se había vivido nada parecido, y nada tan destructivo ha sucedido desde entonces. Comparada con esa erupción volcánica, la pandemia de gripe española de 1918-1919 se tiene por un serio temblor de tierra, sí, pero, en términos de la tasa de mortalidad, no más que eso. ¿Cómo y por qué la peste, que aún está entre nosotros, se convirtió en la Peste Negra? ¿Fue la Peste Negra real­men­te la peste? ¿Podría volver a suceder algo parecido?
Posiblemente no: la Peste Negra surgió cuando las sociedades agrarias, en buena medida feudales, dependientes de los cereales y que alimentaban ratas, crearon una infraestructura suficientemente elaborada para el comercio y las comunicaciones que hicieron posible el tipo de saltos catastróficos, conocidos como metastáticos, de país a país y región a región que anteriormente le resultaban casi imposibles de llevar a cabo a laYersinia pestis, ofreciendo por primera vez una oportunidad a una terrible enfermedad transmitida por una pulga, incontrolada excepto por su propia devastadora virulencia. Y a pesar de su impacto catastrófico, exterminando a la generación de Ambrogio Lorenzetti, la Peste Negra parece haber dado a la economía de Europa el golpe que la condujo maltrecha a la Edad Moderna. El Renacimiento arrancaría poco después. Proliferaron los descubrimientos científicos; las universidades, groguis y casi vacías, reaccionaron ante la crisis construyendo nuevas facultades. Las ciudades florecieron. El mundo tal y como lo conocemos empezó a tomar forma. ¿Fue, por tanto, en algún sorprendente sentido relacionado con el desarrollo, realmente «necesaria» la Peste Negra?
El extraordinario, fascinante y controvertido estudio de Ole J. Benedictow es el primero, como proclama su subtítulo, que reúne y sintetiza datos históricos procedentes de cada una de las regiones en que la Peste Negra sembró la destrucción de 1346 a 1353 y, junto con una investigación entomológica, demográfica, bacteriológica y epidemiológica, el primero que reconstruye un cuadro preciso de, exactamente, desde dónde, dónde, cuándo y cómo se extendió la Peste Negra: mes a mes, día a día, hasta el movimiento de barcos infestados de ratas, y el avance asombrosamente rápido de la enfermedad en pelo, bolsas, ropas, libros y sacos de cereal, a pie y a caballo, en carros y carretas, por caminos, senderos, ríos y canales concretos de toda Europa. The Black Death, 1346-1353 es una proeza de erudición inmensa y absolutamente increíble, el fruto de muchos años de trabajo paciente y una emocionante búsqueda de explicaciones de un fenómeno cruel que desafía casi toda descripción.
Basado en un impresionante despliegue de datos, al tiempo esquivos y reveladores, el libro muestra un conocimiento de muchos idiomas bajomedievales, y un dominio magistral de la literatura sobre la peste, que resulta deprimentemente incoherente a la hora de cubrir la totalidad de la pandemia, a pesar de que su fuerte es la distribución de la enfermedad en lugares como Inglaterra y Escandinavia; la cobertura es más débil para Suiza y Polonia; y para Rumania, Moldavia y Bielorrusia es casi inexistente. Por encima de todo, Benedictow consigue centrarse en un número reducido de grandes cuestiones, y evitar el serio riesgo de quedar anegado por un mar de leyes, precios de materias primas, alquileres, arriendos y otros asuntos agrícolas, transacciones notariales y documentos oficiales de toda laya.
A partir de estas fuentes pueden extraerse conclusiones lógicas sobre el comportamiento de ratas y pulgas, la desastrosa participación de sus compañeros humanos, ajenos al drama, y las fatales consecuencias, para cientos de miles de personas, de una interacción social, comercio y viajes por tierra y por mar relativamente libres de trabas. En diferentes momentos, el autor tuvo que leer entre las líneas cargadas de tropos de los cronistas, que raras veces, si es que alguna, mencionaron la Peste Negra hasta que su comunidad había quedado casi destruida hasta tal punto que no registrar los hechos debía de parecerles absolutamente extraño, incluso para las personas que se ajustaban a los niveles más estrictos del decoro y la retórica escolástica. La enfermedad y el contagio mataron el comercio, de modo que los funcionarios prudentes suprimieron las noticias de la Peste Negra hasta que ya no servía de nada, o no quedaba nadie para comprar nada, o la producción era cero, o no había cosechas y no había nada que vender.
Entre las fuentes más conmovedoras se encuentran los apuntes de escribas y notarios que sabían que estaban condenados y concluían el trabajo de su vida con una nota a tal efecto y una plegaria. El hermano John de Kilkenny añadió incluso unas páginas más a un libro de contabilidad, pero dudaba, escribió, de si alguna vez sería utilizado, o incluso si llegaría a necesitarse. Estaba en lo cierto.
La última frase, escrita por un copista, reza «Videtur quod Auctor hic obiit» (Evidentemente, el autor murió aquí). Otro escritor se preguntaba si real­mente alguien se salvaría y, en el supuesto improbable de que así fuera, si a las generaciones futuras les resultaría posible creer lo que había sucedido. Cuando llegó la enfermedad y se acumularon las muertes, todo el mundo se apresuró a acudir a los notarios para inscribir sus testamentos: un fascinante recordatorio de que antiguamente las personas sólo hacían su testamento cuando sabían que estaban muriéndose. La tasa de nombramientos para disfrutar de beneficios eclesiásticos se triplicó, cuadruplicó, se multiplicó por diez, y luego se vino abajo, completamente incapaz de hacer frente al ritmo al que podían sustituirse los sacerdotes que administraban los últimos sacramentos, ya que también ellos caían como moscas. A la angustia de la enfermedad se sumaba la agonía añadida de morir sin recibir el sacramento de la extremaunción. Los alquileres se redujeron a la mitad, y después a la cuarta parte. Desaparecieron comunidades enteras. La tierra cultivada durante siglos quedó en barbecho, y más tarde se convirtió en bosque. El coste de la mano de obra ascendió enormemente: los pocos obreros que sobrevivieron podían ponerse precio. Florecieron los trabajos especializados. Fue necesario un siglo y medio para regenerar las legiones de musculosos trabajadores; los proyectos de construcción hubieron de reducirse, replantearse, abandonarse. Los príncipes estaban asediados con peticiones de concesiones de tierra para nuevos cementerios; los sepultureros cavaban tumbas para todos sus hijos, sus padres, sus esposas y, finalmente, para ellos mismos, aunque para entonces ya no quedaba nadie para enterrarlos a ellos. Muy a menudo las fuentes concluyen con la inquietante elipsis que nos informa que el autor simplemente...
Dos aspectos de la Peste Negra me resultan absolutamente reveladores. En primer lugar, los estudiosos de la época estuvieron muy cerca de comprender lo que estaba pasando, pero no lo lograron del todo. Las extravagantes medidas religiosas profilácticas estaban muy extendidas, fundamentalmente una fiebre por construir iglesias y santuarios que se observó hace ya mucho tiempo –«el efecto Orcagna»: un abrazo repetido y enteramente razonable de lo formal, lo hierático, lo penitente, lo apocalíptico–, pero en general la gente educada entendió que el desastre era médico y la enfermedad terriblemente contagiosa. Sin embargo, ni un ápice de sospecha se dirigió hacia algo tan corriente como la rata negra. En cambio, la teoría de la infección miasmática o del aire emponzoñado demostró ser inquebrantable. Parece ser que a un obispo español le dijeron que permaneciera en su palacio, sudando terriblemente cerca de un gran fuego, y que no dejara pasar a nadie; naturalmente, las ratas enfermas y las pulgas moribundas entraban y salían como Pedro por su casa. Lo verdaderamente notable es que la teoría del aire emponzoñado era en parte correcta en el sentido de que, una vez que el proceso de contagio rata-pulga-persona se completa, lo siguiente es el devastador paso de humano a humano cuando, como consecuencia de la enfermedad, el afectado comienza a expulsar con la tos gotitas de sangre de sus pulmones infectados que, transportadas por el aire, llevan las bacterias de la peste a los pulmones limpios y transmiten la enfermedad al cuerpo de nuevas víctimas por esa vía. Esto recibe el nombre de peste neumónica, que apareció en el siglo xvii en Inglaterra, y la creencia popular afirma que dio incluso lugar a una canción infantil, Ring-a-ring-o’roses, aunque no tenemos constancia de la existencia de la canción antes del si­glo xix. (El bolsillo lleno de flores se considera un profiláctico, aunque no resulte, evidentemente, muy eficaz.)
En segundo lugar, las comunidades rurales padecieron una tasa de mortalidad sistemáticamente más alta que las ciudades, porque la proporción de ataques de pulgas y la proporción de transmisión de la peste de humano a humano demostró ser mayor en pequeños grupos de personas que en lugares con densidades más altas. Así, un porcentaje más alto de personas en casas individuales eran picados por pulgas que pululaban y salían de la ratoneras infectadas. A partir de este hecho, aquellos que no vivimos en ciudades gigantescas deberíamos sentir un cierto alivio. Y, a mediados del si­glo xiv, el grueso de la población de Europa se encontraba diseminada por el campo en pueblos, no concentrada en grandes ciudades, donde la gente comprendía rápidamente la necesidad de evitar las casas a las que había llegado la enfermedad.
Lo cierto es que los sacerdotes que administraban los últimos sacramentos se convirtieron en los agentes del contagio, mientras que bandadas de refugiados, aferrándose a la seductora noción de ciudad sucia frente a campo sano, se encaminaron a las colinas, pero no hacían más que llevar la enfermedad con ellos en sus ropas o equipaje o fanegas de trigo, o en sus perros o, si no, aumentaban con mucho la probabilidad de ser picados por una pulga infectada y voraz en el mismo lugar en que rezaban para poder encontrar un lugar donde refugiarse.
La pandemia comenzó como una epidemia de peste bubónica en un ejército de tártaros dirigidos por mongoles que, en 1346, sitiaron una fortaleza comercial genovesa en Kaffa (Feo­dosiya), en Crimea. El ejército pagano cayó poco a poco enfermo, fue presa del pánico, se dispersó y pereció, pero los genoveses (que resistieron el asedio, pero contrajeron la enfermedad) huyeron en barco por el mar Negro y, a lo largo de 1347, depositaron ratas del barco, marineros mortalmente enfermos y cuerpos muertos en Constantinopla y en enclaves comerciales mucho más lejanos por todo el Mediterráneo, en Chipre, Creta, Sicilia, Génova y Mallorca. Ayudada sigilosamente por la demora en la transmisión, incubación y propagación, la Peste Negra se abrió en abanico desde cada uno de estos lugares, saltando hacia delante, abriendo dos, tres y en oca­siones hasta cuatro flancos de ataque (como en España).
Los peregrinos la trasladaron tras cruzar a pie los Pirineos desde Santiago de Compostela al sur de Francia. Siguió aniquilando por Italia, los Balcanes, el sur de Francia, el norte de España y el norte de África, así como el sur de Inglaterra (1348): dos barcos la llevaron allí procedentes de Bur­deos, uno de los cuales prosiguió su travesía hasta Dublín. Cayeron el resto de Francia, España, Inglaterra, Irlanda, Suiza, el sur de Alemania, Bohemia y Noruega (1349), y a continuación el resto de Europa: Escocia, el resto de Alemania, Dinamarca y Suecia (1350). Ralentizándose durante los meses de invierno, la pandemia se trasladó, sin embargo, hacia el este por vastos territorios de Polonia, Rusia y Ucrania (1351-1353). Para entonces ya había regresado a su punto de partida, la Horda de Oro, la región que se extendía entre las costas septentrionales del mar Caspio y Crimea. Sólo se libraron Finlandia, virtualmente despoblada por entonces, e Islandia, ya que apenas un solo barco navegó hasta allí durante la pandemia.
El cuadro de la Peste Negra dibujado por Benedictow es mucho peor de lo que se había reconocido nunca anteriormente. Desde los años 1905 a 1914, cuando los médicos y científicos británicos de la Comisión de Investigación de la Peste India llegaron gradualmente al fondo de la enfermedad, la epidemiología de la peste ha sido perfectamente comprendida. La proyección hacia adelante y hacia atrás de grupos de muertes documentadas, las señales de pánico o los movimientos muy significativos de personas o bie­nes, o las visitas de sacerdotes a grandes números de enfermos y moribundos, todo ello le permite al historiador llegar a cifras fiables del movimiento, el ritmo y la ruta tomados por ratas y pulgas para calcular su aceleración (viajando en algunos lugares hasta sesenta kiómetros por día) y a detectar los siniestros movimientos de tenaza que en tantos lugares de Europa transmitieron la Peste Negra desde varias direcciones diferentes al mismo tiempo.
Teóricamente, el problema es que en varios aspectos la epidemia de peste de 1896, en la que se basaron las conclusiones de la Comisión de Investigación de la Peste India, difería notablemente de la Peste Negra en su ratio de propagación, y Samuel K. Cohn, Jr., ha planteado, entre otros expertos que ahora ponen en entredicho un gran número de presunciones tradicionales sobre la enfermedad y la mayoría de las conclusiones de Benedictow, la fascinante pregunta de si la Peste Negra fue realmente la peste y no alguna espantosa pandemia microbiana ahora de­saparecida o latente. Estos estudiosos señalan incongruencias en los documentos medievales en lo que respecta a los síntomas precisos de la enfermedad, la naturaleza exacta de los bubones, por ejemplo, que en ocasiones parecen observarse y registrarse en el cuello o debajo de la oreja, y no en la axila o la ingle, que es adonde pertenecen. También se refieren a las tasas enormemente diferentes de morbosidad y mortalidad (apenas rondando el uno por ciento de la población en India durante los peores años). Existe incluso una subcontroversia en relación con qué especie de rata es la verdadera culpable, y si la Rattus rattus, la rata negra, y sus pulgas han sido falsamente acusadas. Estas cuestiones son casi imposibles de resolver adecuadamente utilizando los documentos existentes del siglo xiv, y careciendo, como carecemos, de algún tipo de material genético conservado, ya sea de rata o de humano.
Sin embargo, yo pensaría que entre los factores que han de tenerse en cuenta se encuentra que, por razones obvias, las ingles apenas se mencionaban en la Europa católica del si­glo xiv; que su población no se había visto nunca expuesta a bacterias de peste; y que el ratio de propagación podría, supuestamente, diferir de manera radical y absoluta del de las epidemias de peste de finales del siglo xix en China y el sur de Asia, cuyas poblaciones habían acumulado para entonces varias oleadas de exposición a la enfermedad y un recuerdo genético de ella concomitante que se extendió probablemente durante milenios: en otras palabras, montones de anticuerpos y una oportunidad de luchar. Podamos liberar o no de responsabilidad, por tanto, a la Yersinia pestis, las ratas negras y las pulgas –y Cohn argumenta formidablemente sobre la base de la duda razonable que deberíamos hacerlo–, mi impresión es que la Peste Negra fue suficientemente parecida a la peste como para permitir los cálculos y las valoraciones lógicas de tiempo de las que Benedictow extrae su intrincado mapa de la enfermedad. Enfrentadas a su juicio favorable a la acusación, dudo de si a la larga las ratas y las pulgas serían absueltas.
Como las bacterias son los torpes mastodontes del zoo microscópico, comparativamente fáciles de burlar, y la mayor parte son en cualquier caso ino­fensivas, resulta tentador defender que resulta improbable que volvamos a enfrentarnos a un episodio bacteriano tan absolutamente atroz y destructivo como la Peste Negra. (Sea como fuere, Yersinia pestis se encuentra en la categoría de «máximo peligro» de los tres grupos de microbios que, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, constituyen actualmente amenazas bioterroristas.) Pero la ciencia médica no conoce un modo práctico de limpiar al cuerpo de virus sin sacar también células invadidas, lo que difícilmente supone una cura. Es cierto que algunos virus pueden erradicarse por medio de ciertos agentes antivirales, y del sistema inmunitario. En el caso de los tipos de virus más taimados, sin embargo, podemos simplemente hacer todo cuanto esté en nuestras manos para impedir su reproducción, controlarlos con diversos grados de efectividad, y con un coste considerable. Cualquier organismo que pueda emular a la Peste Negra explotando la velocidad y complejidad de la interacción humana en la actualidad –aprendiendo a trasladarse en la basura que ponemos en nuestras bocas y en las manos sucias que nos damos, sacando partido del hecho de que en las grandes ciudades el aire expelido por un pulmón penetra muy a menudo de inmediato en otro, por no hablar de la pavorosa densidad de la población actual del mundo, lo que hace que la Europa del siglo xiv se asemeje a ciertas regiones poco pobladas de Alaska– podría pillarnos terriblemente por sorpresa.
Hay motivos para el optimismo, porque una proporción aceptable de nosotros somos más limpios, más sanos, más fuertes, estamos mejor alimentados, mejor medicados y somos examinados más rigurosamente que nunca antes en el pasado. Todos somos conscientes de los gérmenes; medidas básicas como la vacunación y la cuarentena son absolutamente normales: de hecho, este último término surgió como una medida para combatir la peste. Se estudian las rutas de vuelo y se examina cuidadosamente el comportamiento de organismos relativamente benignos en relación con vastas densidades de población. Pequeños sustos como el síndrome respiratorio agudo severo (SARS) –que ocupó un buen número de centímetros de columnas en la prensa hace no tanto tiempo– desempeñan la valiosa función de estimular más investigación y concienciación del potencial para el desastre. Pero, ¿será esto suficiente para impedir una nueva catástrofe? ¿Cuántos de nosotros reconocen verdaderamente la acongojante trascendencia de una sencilla bandera amarilla ondeando desde la popa de un barco solitario anclado en alguna parte a cierta distancia, una visión nada infrecuente hasta hace cincuenta años? Mejor ni pensarlo, pero Ole J. Benedictow y sus críticos están posibilitando que lo hagamos con precisión. 

Traducción de Luis Gago

© The Times Literary Supplement
www.the-tls.co.uk

 

01/02/2007

 
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