ARTÍCULO

A saltos de siglo

Taurus, Madrid, 224 págs.
 

«Todo historiador sabe que los siglos son construcciones artificiales que guardan escasa relación con el acontecer histórico, y menos aún con procesos de larga duración.» Tal es el obligado reconocimiento que sirve como punto de partida a este ensayo, seguido inevitablemente, como cualquier lector espera, con el pliego de descargos que dé sentido a una obra de esta índole; en síntesis, que constituye un sólido pilar de nuestro pensamiento occidental «que la historia gira de alguna forma en torno a los siglos» y que el cambio secular «proporciona al historiador un punto de observación privilegiado» (págs. 7-8). Se trata de unas apreciaciones bastante cuestionables (no tanto por ellas mismas cuanto por otros criterios alternativos que pueden ser tanto o más esclarecedores), pero seguir el hilo de esa madeja llevaría inexorablemente al debate siempre abierto de la periodización histórica –siglos, décadas, reinados, generaciones, etc.–, cuya convencionalidad ineludible nunca debe derivar en arbitrariedad.

Aun no siendo éste el caso, obviamente, el planteamiento del propio director de la obra propicia algunas reflexiones preliminares o metodológicas que quizás no sean del todo ociosas: el concepto de siglo o, mejor dicho, la conciencia de vivir en un determinado siglo no es un elemento de la naturaleza con el que necesariamente haya que contar, sino una elaboración cultural (además relativamente reciente), un producto de nuestra historia contemporánea, como las ideas de soberanía nacional, progreso o derechos humanos. Más moderna aún es la formulación fin de siglo con la connotación de lapso de tiempo con perfiles definidos y específicos. De hecho la expresión es un típico invento decimonónico –continuado a comienzos del XX – para caracterizar un período contradictorio y convulso donde se amalgaman lo innovador y lo decadente, no sólo en el arte o la literatura, sino en todas las facetas de la vida humana.

Así como, algo forzadamente, se han intentado proyectar algunos de esos rasgos a nuestro actual fin de siglo, el libro que comentamos recoge esa misma noción finisecular como unidad dotada de sentido para aplicarla en el caso español a una serie de centurias –desde las postrimerías del cuatrocientos en adelante-en las que apenas se planteó intelectualmente, ni socialmente se vivió, tal delimitación del tiempo. Si, como dice el propio Carr, ese criterio de periodización sólo adquiere su pleno sentido cuando los años finales contemplan importantes eventos que compendian los logros y fracasos del siglo que muere, ¿no hubiera sido mejor empezar con la ruptura del Ancien Régime, dejando de paso con ello más espacio al estudio de estos tres últimos finales de siglo?

No se trata de una apreciación baladí porque da la impresión de que los diversos autores, siete en total, se han visto constreñidos (supongo que por razones editoriales) a compendiar los finales de siglo que les ha tocado en suerte en unas escasas treinta páginas por término medio, y aunque en general como buenos profesionales salen más que dignamente, el lector que busca una cierta profundidad puede quedar algo frustrado porque esas calas difícilmente pueden proporcionar más que un pequeño aperitivo del «espíritu del siglo» en cuestión. Por otro lado, los autores se ven obligados a hablar de las postrimerías de cada época de un modo laxo (aludiendo a hechos muy anteriores, sin los cuales la situación del momento es ininteligible: el problema metodológico que antes se apuntó). Además, como en la mayoría de los libros de múltiples manos, cada uno aborda su parcela a su modo y manera, con independencia del resto, dando como resultado –en este caso potenciado por el salto de siglo a siglo– una gran discontinuidad entre los distintos capítulos, que a veces parecen referirse a países no ya sólo diferentes sino hasta contrapuestos. Basta comparar a este respecto la España que se dibuja saliendo del XVIII como «gran potencia», moderna, europea y esperanzada, con el país de la «degeneración», la decadencia y el iberismo escapista que inmediatamente después nos traza Juaristi –quien, por cierto, junto a agudas pinceladas deja escapar alguna que otra pifia, como responsabilizar de la Ley de Jurisdicciones al gobierno conservador de Antonio Maura (pág. 142). O, tomando nuevamente como referencia el artículo de C. Iglesias, resulta espectacular (cuestión de fondo y forma) el contraste entre el tono vindicativo, casi militante, de los logros ilustrados («luces» sin apenas sombras) con el encomiable ejercicio de distanciamiento con que J. P. Fusi aborda unos hechos (fin del presente siglo) que resultaban más inaprensibles por estar literalmente a la vuelta de la esquina.

Abundan los ejemplos en este sentido, sea cual sea la perspectiva que adoptemos. Así, frente al enfoque clásico, casi convencional, de resumen académico, que adoptan Valdeón y Kamen en sus respectivos trabajos (siglos XV y XVI ), chirría la pretensión rupturista de Fernández-Armesto para el XVII , empeño paradójico porque su afán iconoclasta termina desembocando en los parámetros habituales que Domínguez Ortiz y otros estudiosos ya establecieron para la época: escepticismo, fracaso, postración o quietismo. Finalmente el volumen se cierra con un falso epílogo, una comparación entre el ocaso del XIX en España y Gran Bretaña, a cargo de R. Carr, tan interesante y sugestiva por sí misma como extraña por su tema (historia comparada) y situación (tras el análisis del siglo XX ) al conjunto de la obra. Se echa en falta una auténtica recapitulación que intente dotar de un sentido más coherente a esta historia tan abrupta, a veces desconcertante, de esplendores y miserias, de chispazos geniales y postraciones, sin apenas términos medios. ¿O es que así ha sido nuestra trayectoria histórica?

Pese a todo, el balance final no es, ni mucho menos, negativo. Se trata, como suele ocurrir en estos casos, de un problema de perspectivas y en cierto modo también de expectativas. El lector versado en estos temas tiende a pedir y esperar mucho de los hombres que componen la nómina del libro. Pero por su propia esencia una obra así no puede cumplir unas solicitudes que se revelan pronto como desmesuradas. Es la inevitable contrapartida de un libro serio pero dirigido al gran público, un producto que en nuestras latitudes los especialistas siguen tratando con indiferencia o franca hostilidad. No quisiéramos también caer nosotros, que no compartimos ese criterio, en la misma actitud displicente.

Es obvio que un volumen de estas características presenta muchos flancos vulnerables, pero sería injusto y distorsionador quedarse sólo a ese nivel de insuficiencias. Los autores han hecho un esfuerzo de síntesis y clarificación en el empeño ciertamente complejo de abarcar todos los aspectos significativos de cada fin de siglo. El resultado es un volumen interesante y atractivo, escrito en un tono claro y asequible, ameno siempre, sugestivo a ratos. Indudablemente el conjunto es irregular y adolece de escasa unidad interna, pero a cambio, si se contabilizan los ingredientes sueltos, encontraremos un par de artículos excelentes y en el resto a un nivel que no queda muy a la zaga.

01/12/1999

 
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