ARTÍCULO

Cómo desesperar en cuatro lecciones

 

En 1902, por uno de esos azares que sirven para escribir la historia, salieron de las imprentas cuatro novelas españolas: Amor y pedagogía de Unamuno; La voluntad de José Martínez Ruiz, que adoptó después el nombre de su personaje, Azorín; Camino de perfección de Baroja, y Sonata de otoño de Valle-Inclán. La casualidad atribuyó esa misma fecha a los cuatro títulos, dotándolos así de una significación añadida que sería tan absurdo desdeñar como exagerar. Pero no hay demasiado azar en el hecho de que los cuatro, pese a sus más que obvias diferencias y por encima de las personalidades y los talantes literarios de sus autores, que ya iban definiendo sus respectivos perfiles, compartieran una serie de tópicos temáticos y formales que traslucen un caldo de cultivo literario y un clima cultural compartidos. Y dicho clima cultural, contra los tópicos que durante poco menos de un siglo han configurado el concepto del noventayocho y han escrito con él la historia, no era español, sino europeo.

Jorge Urrutia se propone mostrar que las cuatro obras participan del clima que más allá de los Pirineos bautizaron fin de siècle y también que asumen las nuevas formas de novelar que crecieron en él: «Las cuatro novelas son, en su vocación selectiva, frente al carácter expositivo de la novela decimonónica, con su fragmentarismo, con su novelización del aprendizaje y con su expresión apasionada del desánimo, cuatro narraciones inaugurales de la novela simbolista en España y también de la europeización de nuestra novela moderna» (pág. 18). Su exposición, como otras antes, quiere demoler el mito representado por el dichoso rótulo «generación del 98», uno de los mejor asentados de nuestra historia cultural. Uno de sus basamentos es la afirmación de que la conciencia de crisis y decadencia en que se regodearon aquellos intelectuales españoles, y que mediante sus obras contribuyó a configurar la imagen propia de la nación, fue un sentimiento peculiar suyo, propiciado por la historia del país y marca del ánimo colectivo de éste que ellos expresaron. En realidad, fue compartida por muchos otros en los países vecinos y un fenómeno europeo de la época, extendido al menos a los latinos. El argumento de la derrota francesa en Sedán, en 1870, resulta en este sentido incontestable, porque se puede poner en correlación obvia con las motivaciones tradicionalmente argüidas para la crisis noventayochista: en Sedán, Francia perdió una guerra, y la perdió invadida y con la Comuna amenazando la estructura política del país en la capital; y perdió parte de su territorio (Alsacia y Lorena), y no una parte alejada geográficamente. La derrota y la amputación dieron lugar, como no podía ser menos, a lamentos y denuestos de los escritores galos, los Barrés, Goncourt, Zola y compañía. Pero, a diferencia de su vecina del sur, la intelectualidad francesa de finales del siglo XIX supo recuperar el aliento y acompañar un proceso de renovación cultural y social que faltó en la Península.

Los cuatro escritores españoles que publicaron sendas novelas en 1902 las escribieron, pues, participando de un clima cultural que no era singular ni diferenciaba a su país de los vecinos. Muy al contrario, escribieron sabiendo que sus preocupaciones eran las de otros colegas europeos y se fijaron en los mismos modelos, cuando no los siguieron a pies juntillas. Quizá la relación de amistad estrecha entre Baroja y Azorín explique en sus casos tal coincidencia, al menos en parte, pero esa explicación no vale en los de Unamuno y Valle. De un clima de época derivan, pues, las numerosas coincidencias argumentales: los protagonistas con sensibilidad estética pero obsesivos o neuróticos, los asuntos literarios, el viaje, el proceso de aprendizaje o de formación que acaba en fracaso, la propensión al misticismo y la interiorización de la experiencia; de él también la coincidencia en recursos estructurales y formales: el relato fragmentado o desarticulado, que refleja un mundo falto de cohesión y orden, pero también la conciencia de estar imponiendo a la realidad la estructura de una visión personal, o el uso de las técnicas desarrolladas por el naturalismo como modo de asentar esa visión sobre el cimiento sólido de una realidad perceptible, aunque sin intención de denuncia. Lo que quizá les sea más peculiar es que el desánimo se les tornó crónico y fue para ellos diagnóstico empecinado de la salud –de la mala salud– colectiva, y no trampolín de un proceso de renovación. Aquellos escritores españoles nos enseñaron a agonizar –si no desesperar– por serlo.

Urrutia argumenta esas coincidencias de los autores peninsulares con sus vecinos empleando, como es lógico, materiales diversos y de origen geográfico variado: cita novelas, ensayos o poemas e ilustra significativamente su libro con la reproducción de fotografías y pinturas francesas, portuguesas, suizas e italianas, o con un mapa de cierta zona madrileña en la época. La cualidad de los datos es obligadamente dispersa, pues se trata de dibujar un estado de espíritu compartido por autores de distintos ámbitos creadores en varios países. En ensayos de esta índole, que se ocupan de una sintomática cultural tan diseminada, sólo vale la capacidad del autor para agrupar los argumentos de modo significativo. A Urrutia no le falta. Como tampoco la perspicacia para desentrañar paralelismos y similitudes poco evidentes, como los que ligan la Sonata de otoño de Valle con los otros títulos.

Es lástima, por lo mismo, que algunos aspectos formales del texto induzcan a pensar que éste sufre por un descuido editorial de última hora. En sus «Palabras iniciales», el autor nos advierte que la obra carece «exactamente» de índice, pero este aviso previo no disuelve del todo la impresión de que a su exposición le falta en ocasiones la claridad de un escrito bien editado. La agravan varios defectos chocantes, como un párrafo repetido de modo prácticamente literal para descartar (por dos veces) la relevancia de las tres Sonatas posteriores de Valle-Inclán (págs. 103 y 144), o alguna frase incongruente de puro reiterativa (pág. 119). Esta impugnación del noventayochismo hubiera ganado mucho en eficacia si la hubieran cuidado mejor.

01/05/2004

 
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