ARTÍCULO

En busca del arte absoluto

Seix Barral, Barcelona, 380 págs.
 

Las dos primeras novelas del todavía joven Felipe Hernández, Naturaleza y La deuda, dan fe de un tipo de escritura alejada de la actual tendencia al relato complaciente con un lector que no quiere quebraderos de cabeza. Esos libros, densos y difíciles, también extraños y desasosegantes, hurgan en una problemática existencial desde perspectivas intelectuales. En La partitura, el narrador barcelonés sigue sin bajar la guardia en el nivel de exigencia que se ha marcado desde un comienzo y vuelve a una historia dura, sin concesiones de ninguna clase. Pero lo hace dando un salto enorme cuyo resultado se plasma en una obra mucho más madura y plena que las precedentes gracias a un replanteamiento de los flancos débiles de éstas.

En general, hasta ahora, Felipe Hernández venía pagando un oneroso tributo al núcleo especulativo de sus ficciones. Los temas o asuntos dominaban la historia y a ésta le faltaba encarnadura novelesca, vida propia. Dominaba la especulación sobre la fábula, sin que por ello dejaran de ser relatos de mucho interés, sobre todo La deuda. En La partitura rectifica ese enfoque y traza, en una primera instancia, la dramática y terrible historia de unos seres humanos y de sus perversas relaciones. Hay en el fondo de ella un asunto muy propio de la corta obra del escritor: los vínculos de dependencia entre varias personas y los motivos enigmáticos que llevan a alguien a entregar su libertad a otro o a no poder escapar de él. En ello laten impulsos fatales, comportamientos irracionales y hasta una ideación abstracta que permite identificar al sojuzgador con la divinidad. De este modo, una historia naturalista de tiranía adquiere un sentido trascendente.

La anécdota de La partitura mantiene en todo momento su verdad humana basada en una conflictividad auténtica y en unas peripecias que, aunque extremosas y poco probables, resultan verosímiles. Todo surge de la entrega de un joven compositor, José Medir, al poderoso gerente de un centro musical, Ricardo Nubla. El joven acepta escribir una partitura que retrate e inmortalice a su tiránico protector. Para ello tiene que descubrir la horrible personalidad de Nubla y pagar el precio de unas pruebas físicas y psicológicas traumatizantes. Llega, así, al fondo del vaso, al centro mismo del mal y de la maldad.

Esa línea directriz traza un argumento bastante nítido con un coherente desenlace de desolación y fracaso. Pero, aun teniendo en sí mismo el interés propio de unos sucesos singulares y de un desarrollo marcado por la intriga, sirve de perchero en el que van colocándose el núcleo de asuntos sustantivos sobre los que reflexiona –casi podríamos decir que investiga– el autor. La conciencia del tiempo y su peso decisivo en la existencia es el primero. Con él engarza la muerte como aniquilación de todo designio vital. De ahí sale la preocupación unamuniana por la inmortalidad, es decir, el ansia de dejar un recuerdo que evite la disolución total del ser y convierta las cenizas del yo en una huella perdurable.

Un camino posible para esa enajenante empresa está en el arte, capaz de producir vida, de igualarse a Dios en cuanto que el arte verdadero es vehículo de auténtica creación. Si ello resulta posible o no se aborda mediante las dificultades de escribir una partitura especial. En esa composición, el artista habrá de llegar a la extrema pureza, a un grado absoluto de esencialidad. Para ello el artista hipoteca su vida a tal empeño, asume el riesgo del fracaso que equivale a la muerte, desdeña las convenciones del arte musical, atisba impresiones de la realidad nunca transcritas y busca el modo desconocido de expresar el mundo. Sabe que el precio será la incomprensión. Pero no importa: todo merece la pena en esta lucha por captar la sustancia del universo, la cual, al fin, aunque no se diga de modo muy explícito, quizás sólo puede expresarse mediante el silencio.

El valor o sentido del arte y su real capacidad expresiva es, pues, un nuevo asunto que Hernández agrega, bien soldado, a los antes citados. Su postura anda a medio camino de la mística y de un valiente neorromanticismo. El problema está en cómo descubrir mediante el arte el fondo insondable de la realidad y en las posibilidades de que lo inefable pueda comunicarse. El autor asume el reto de encarnar estos problemas en una fábula novelesca –no en un ensayo o en un manifiesto– y para ello dispone recursos pertinentes. Así, dota a sus personajes de una peculiar psicología proclive a lo enfermizo, si no claramente patológico. Diseña un espacio despojado de rasgos ornamentales y tendente a la alegoría. Acumula episodios violentos. Utiliza una prosa cuidada, en la que no faltan reveladoras metáforas e imágenes, pero precisa, para que no distraiga del desenvolvimiento del drama artístico y moral de los personajes.

Parte de estos recursos coinciden en un gusto por lo superlativo, anormal o excepcional que se justifica por la índole de la historia. Sin embargo, la tendencia del autor a cargar las tintas en una sola dirección da un resultado discutible. Para mí tengo que hay en la novela demasiadas aberraciones; que se juntan un número excesivo de personalidades dostoievskianas hasta dar un núcleo humano sesgado en un único sentido; que se dilata mucho la historia, la cual parece no encontrar un final y si ello tiene un efecto expresivo de producir intencionado agobio, también motiva un cierto cansancio. En suma, tiende Hernández al énfasis y éste, paradójicamente, no subraya los problemas, los reitera.

Estas objeciones (más una de tipo lingüístico: la habitual sustitución en los diálogos de los verbos dicendi comunes, «decir» o «contestar», por el inadecuado «expresar») son reparos menudos ante la ambición y el acierto global de esta novela seria e importante. No cabe duda de que la búsqueda de una creación esencial, capaz de esclarecer la vida de un modo rupturista e inédito, abordada en La partitura constituye la aspiración inconfesa del propio autor a través de la literatura. De ahí el respeto que merece la escritura de Felipe Hernández, a quien tengo como uno de nuestros narradores del presente más notables y serios, más originales e interesantes. Diré más: uno de los pocos cuya obra futura –sin desmerecer los logros del presente– se anuncia como una aventura intelectual necesaria.

01/11/1999

 
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