ARTÍCULO

La resurrección de la carne

Alfaguara, Madrid, 1997
400 págs.
 

Cada vez son más las voces que denuncian la actual postración y levedad de buena parte de la literatura española contemporánea: una literatura feble, sin aliento, acomodaticia, «de sofá», para lectores, diríase, que sólo quisieran continuar en las novelas sus horas de ocio en las que hojean, por pasar no más el rato, los suplementos dominicales; una literatura, en fin, que repite una y otra vez los mismos y trillados esquemas (juveniles, femeniles); abocada a un neocostumbrismo de papel couché con vocación de guión de cine. De cierto cine.

La narrativa de Agustín Cerezales, para fortuna de todos, está empeñada en la búsqueda de la calidad, de la Literatura con mayúsculas. Y lo está desde su deslumbrante irrupción en 1989 con aquel volumen inolvidable de relatos, Perros verdes, que no dudo en recomendar; libro seguido de otro, no menor, pero sí más tibiamente acogido por la crítica y los lectores, Escaleras en el limbo (1991), auténtica suma, ¿cómo decirlo?, de «haikus» en forma narrativa: leves, breves, intensos, instantáneos.

Seis años después, «nel mezzo del camin», Cerezales nos sorprende y desconcierta (esto es, nos saca «de quicio») con una novela que, acaso hace veinte años, en época de Espinosa, Benet, Ríos o Raúl Ruiz, no habría sido tan «sorprendente», aunque igualmente importante y significativa. Hasta en sus excesos. Como trataré de explicar.

Recordaba Borges que el Dante necesitó un esfuerzo casi infinito, una vasta obra de miles de versos, para lograr inmortalizar su amor por Beatriz en las puertas del Paraíso. La paciencia de Juliette tiene mucho (y explícitamente) de «Divina Comedia». De entrada, y espero que no se me malinterprete, se trata de una novela religiosa, hasta católica, o postcatólica, puesto que muchas de las claves y referentes hermenéuticas que utiliza, sabia e irónicamente, Cerezales, han sido extraídas no ya de la «tradición» cristiana, sino de su misma teología, a saber: el dilema pecado/predestinación, gracia/libre albedrío, castidad/fe (sí, sí), que, como muchos habrán ya descubierto, están en la base de la articulación teológica de uno de los más grandes pensadores y escritores cristianos: Agustín de Hipona.

Pero esta novela es, al mismo tiempo, un intento de refutación (o superación) del cristianismo, al llevar al límite sus paradojas esenciales en busca de una salvación por el amor (como Dante) y una disolución del tiempo (y de su corolario prometido: la eternidad) mediante la consumación física de ese amor: la «pequeña muerte», como dicen los franceses, el orgasmo, esto es, la antesala exacta del no-tiempo, pero no más allá de la carne, sino mediante la sublimación misma de la carne.

Pero, por supuesto, La paciencia de Juliette es mucho más que todo eso. Como buen discípulo de Agustín de Hipona, se trata también de un viaje por los misterios del tiempo, las trampas de la persona (máscara: recuerdo construido a partir de los temores sucesivos y cristalizados, de las «necesidades» de justificación), de la memoria (sueño, imaginación, deseo) y aun del ser, constituido, al cabo, por el mismo miedo que lo niega.

La anécdota, como suele suceder en estas novelas tan complejas, es bien simple: chico (Andrés) conoce chica (Juliette) y al conocerse se re-conocen como desde siempre (a partir de dos imágenes símbolos: el póster de las islas Fidji y el pájaro de Franceschi, pero podrían ser cualesquiera otras): van al apartamento de ella y... el resto no es imaginable porque «la novela, endemoniada, abarca todos los referentes posibles, desde el nacimiento de su autor al momento mismo en que la concebía, pasando por todas las ocasiones prefigurantes y por el proceso mismo de su escritura, posterior a todo ello» (pág. 49).

Lo de «endemoniada» no es una venda antes de la herida que se coloque el narrador, es la pura verdad, pero gratuita, un enrevesamiento que, en mi opinión, aturde por exceso y sin motivo: esta novela sorprendente, ambiciosa y magníficamente escrita sería redonda y modélica si no estuviera pasada de rosca en varios de sus motivos. Por ejemplo, el juego (vacío de significación) con los diversos nombres de Andrés (no tanto los de Juliette), así como el excesivo alambicamiento sin salida de novela que se escribe a sí misma, o la gratuidad con que se habla de ciertos personajes de la infancia y adolescencia de Sedeño que no cumplen, al cabo, función narrativa alguna y que también contribuyen a la dispersión. No son defectos, sino excesos. Los confiesa el propio Antonio (¿arrepentido de su creación?, ¿de haber dotado de libertad y por tanto de pecado a su criatura?) en su función de autor de la novela (pág. 287), porque, en efecto, su personaje, al descubrir a su «hermana», se le rebela y eso le cuesta la expulsión del paraíso hasta que descubre (o mientras no descubra) que Antonio, el creador, el logos, es «quien dice», y él, Andrés –el varón en griego, es decir: Adán, en hebreo– es «lo dicho» (el verbo encarnado).

Y aun con esos excesos, que hacen innecesariamente farragosa y antipática la lectura en ocasiones, se trata de una de las novelas más interesantes que se han publicado en España en los últimos tiempos. En ella, Cerezales se consolida como un narrador de ambiciones dantescas, que no se ha atrevido (como dice con ironía el narrador en un momento dado) a escribir un relato «lineal», desde el principio, dispendio que sólo pueden permitirse «grandes autores, como el de la Biblia» (pág. 51), pero que sí se considera dispuesto a demostrar que con la literatura se alcanzan cotas muy elevadas de simbolización y universalidad. Poema de amor, indagación sobre los secretos y las trampas de la propia escritura, pregunta sobre los misterios de la libertad y la necesidad, novela anti-novela, como en su día consideraron Rayuela sus detractores, es decir, novela de verdad contemporánea.

Que en tiempos de física newtoniana y positivismo histórico se practicara una narrativa mecanicista y hasta costumbrista era lo esperable y lógico; pero que tras la revolución cuántica y einsteniana se sigan perpetrando epígonos de aquel modelo no es de recibo. Por eso, a pesar de lo dicho, me reitero en que se trata de un intento (acaso fallido) por hacer un tipo de literatura para el siglo que viene, ambiciosa, entretenida y profunda, lúdica, en su sentido más alto, «que se somete libremente a la espiral del eterno retorno». Ese tipo de literatura «sin sentido» que ya practicaron magistralmente H. Broch, T. Pynchon, Cortázar o Nabokov y que en España, últimamente, estaba quedando oculta bajo la faramalla de novelitas dominicales y de tresillo, tan ahítas de ambición como sobradas de redundante predecibilidad.

No he dicho nada de las notas que un presunto editor de siglos venideros va allegando aquí y allá para claridad de sus lectores: son tronchantes.

01/11/1997

 
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