ARTÍCULO

La oscura tormenta de Antoine

Astiberri, Bilbao
158 págs. 15 €
 

Piratas, abordajes y carnicerías, conjuros y adivinaciones, un esqueleto encadenado en el muelle para escarmiento de malhechores, un tesoro escondido, un barco fantasmal, tormentas y ahorcamientos son algunos de los ingredientes argumentales de este cómic. Pero Luis Durán explora en él, con ritmo pausado, el mundo interior del protagonista. Sitúa su relato como suele, en el pasado, acaso en el siglo XVI de los piratas, pero no le importa lo que acerca de la época diga la Historia, sino usarla como herramienta de su invención, que haga plausibles los recursos narrativos que le son gratos (la magia, la perplejidad ante el universo, el batallar de los individuos, sus sueños). Su pasado es el de la imaginación y su territorio, aunque se finja el Caribe, el país de Nunca Jamás al que alude James M. Barrie en el epígrafe a su relato.
Como en sus obras precedentes, su personaje aparece dominado por una fatalidad que decide su trayectoria. La aventura, incluso con derroche de ruido y furia, es sólo la envoltura externa de esa tragedia y el anzuelo que atrapa la atención del lector y le invita a interesarse por tal existencia. Son los recuerdos y ensoñaciones de Antoine, tortuguero, asesino involuntario o pirata, lo que a la postre da sentido a tanta peripecia; es decir, su modo particular de vivirla.
En la primera plancha de la historia, Antoine tiene cinco años y juega con un gato en su Saint-Domingue natal, mientras su voz de hombre maduro habla del destino que siempre le fue adverso, de sus actos, que «no hicieron sino completar un desastre», y de su vida toda, «una oscura tormenta». Esa voz narrativa en primera persona no reaparece en la historia principal hasta su desenlace, pero bastan tales intervenciones así situadas para caracterizar la obra como un relato autobiográfico: es el protagonista quien lo rememora y valora todo desde sus últimas páginas.
Entre los capítulos de la acción principal en que Antoine narra su vida, Durán intercala varios relatos que no contribuyen a dicha línea argumental, sino que le añaden otros recuerdos del protagonista, según explicita uno de ellos (págs. 44-45). Los distinguen un formato de página diferente –una mancha cuya altura es dos tercios de la habitual y viñetas separadas sólo por una línea, en lugar del canalón convencional– y otro modo de contar, con una voz narrativa dominante, como es propio de los cuentos tradicionales que les sirven de molde narrativo. Algunos forman una colección de relatos que Antoine oyó contar de niño, «Los cuentos de mi madre Irene», de títulos tan sonoros como el de la obra en que se insertan: «Denis de los relámpagos», «Dominique de los sueños», «Laure de los espejismos», «Don Fascinante de los sepelios». Esos cuentos que el protagonista recuerda modelan Antoine de las tormentas más allá del título, porque rige las existencias de sus personajes una pauta idéntica a la de la suya. Viven mundos mágicos, prodigios, habilidades y sucesos extraordinarios, pero todo ello configura en definitiva su destino, lo que los distingue y separa de sus semejantes y los conduce en unas pocas planchas a la catástrofe.
Los cuentos que oyó contar a su madre constituyen, pues, metáforas narrativas de lo que Antoine quiere rememorar y contar. En la estructura narrativa de la obra, las historias que conoció de niño definen su modo de contarse. El mecanismo, además de psicológicamente certero, es un hallazgo narrativo fértil, pues permite a Durán hacer acopio de imágenes que pueblan la memoria del protagonista y que reaparecen luego, también como metáforas gráficas de su existencia o de su forma de representársela.
De este modo, lo que en principio puede dejar al lector la impresión de obra dispersa, que acumula materiales diversos, se va descubriendo como una trama bien urdida, en la que los motivos narrativos y visuales encajan como las piezas de una maquinaria bien ajustada. Una metáfora visual, por ejemplo, resume la vida de Antoine en el breve capítulo –una sola página– que lleva el mismo título del libro: tres grandes viñetas en las que la masa negra de una tormenta, la «oscura tormenta» de la que él mismo habló al comenzar su relato, engulle el barco en que navega. Por lo demás, la biografía de Antoine se parece bastante a la de los protagonistas de libros precedentes de Durán, conducidos por un destino que los arrastra fuera de su ambiente de origen, en una huida sin norte que acaba enfrentándolos a la muerte y a una existencia cuyo sentido se resume en un quizás . («Quizás» es la palabra que Antoine niño y su madre forman siguiendo las predicciones de una curandera mulata, como promesa indefinida de lo que será su vida.) Luis Durán no se conforma con menos que esas preocupaciones fundamentales, que sitúan su obra en un ámbito de significación muy distinto de aquel en que operan por lo general los cómics, conformes con su modesto estatuto de pasatiempos.
Su dibujo les cuadra perfectamente a los mundos que imagina. Aunque es de entrada poco atractivo y sus figuras parecen planas y rígidas, evoca bien la imaginería medieval o las representaciones rústicas y elementales del arte popular tradicional. Pero, más allá incluso de esas referencias, Durán ha sabido resolver los problemas de expresión a que se enfrenta en sus obras forjando un estilo personal y reconocible, alejado de cualquier cliché y que traza en sus propios términos un mundo personal. En Antoine de las tormentas usa mucho más que en títulos precedentes las masas negras y los fuertes contrastes de luz y sombra, con lo que define un universo sombrío, en el que acechan siempre fuerzas que sobrepasan las intenciones y voluntades de los protagonistas.
Pese a su progresión como creador, visible en la decantación de ese estilo propio y en la progresiva densidad y eficacia de sus historias, los últimos títulos de este contador de historias representan un enorme salto adelante, en particular este Antoine de las tormentas , que nos lo muestra como un narrador maduro, que domina como pocos los recursos de su oficio. Con esta obra, de trama apasionante, tremenda y tierna, y muy bien editada por Astiberri, Luis Durán se sitúa definitivamente entre los primeros autores de la narración gráfica de nuestros días, en su idioma y en cualquier otro.

01/02/2005

 
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