ARTÍCULO

Los mosqueteros argentinos

Alfaguara, Madrid, 352 págs.
 

La narrativa española ha prestado un interés escaso a los asuntos de la América hispana. Aunque no falten en nuestros prosistas, no suponen un monto alto. Algo se dio de este interés entre el exilio republicano: nada más llegar a la otra orilla, Sender sacó unos olvidados relatos precolombinos, Mexicayolt. Andújar, Clemente Airó, Amado Blanco o Serrano Poncela abordaron situaciones de su nueva residencia... Y, sobre todo, Salvador de Madariaga hizo su faraónico fresco del mestizaje cultural y religioso hispánico en Esquiveles y Manriques. Algo hay, como se ve, aunque no lo previsible por los muchos lazos profundos entre las tierras y las gentes de uno y otro lado del Atlántico.

Llama la atención, por ello, cuando estas inquietudes arraigan con fuerza en un autor español, caso señalado de José María Merino. Recientemente, quien acaso mejor, con mayor intensidad, se ha volcado en Sudamérica es Juan José Armas Marcelo: ya en 1982 la trató con un enfoque simbólico en Las naves quemadas y más tarde ha documentado la actualidad cubana en Así en La Habana como en el cielo, aparte de haber estudiado en serio a autores latinoamericanos, como demuestra en su ensayo sobre Vargas Llosa. A un espacio y tiempo muy concretos de aquellas latitudes vuelve en La orden del Tigre.

La reticencia de nuestros autores ante los conflictos americanos parece ir de la mano de la indiferencia de los lectores peninsulares por esos mismos problemas. Así se explicaría que esta excelente indagación en el pasado reciente de Argentina no haya tenido mayor eco, el lógico por el acierto constructivo de una fábula ocupada en algo tan dramáticamente apasionante como los días del último cuartelazo militar en el Plata y su proyección en la actualidad.

El título obedece a una ocurrencia festiva de un grupo de jóvenes que, pasado el tiempo, se convirtió en un complejo emblema de la terrible realidad argentina. Un periodista español y unos amigos porteños formaron en Buenos Aires una orden lúdico-caballeresca e hicieron un viaje por la salvaje naturaleza del cercano Tigre. Fueron algo así como unos nuevos mosqueteros dumasianos (el propio texto ofrece esta ilustrativa correspondencia) que más tarde se vieron afectados por la dictadura militar en distinta medida, ante la cual adoptaron diferentes actitudes, desde el compromiso hasta la evasión.

La acción novelesca parte de nuestros días, cuando el periodista recibe por persona interpuesta una llamada de socorro de uno de los miembros de la orden, una chica apodada la Tigra. El español acude, la encuentra aislada en una casa cercana a un lugar secreto de torturas establecido por la Junta en el mismo río, y su localización promueve el recuento de un cuarto de siglo de historia, una revisión de la infamia cometida por un sector de la sociedad argentina.

En esta trama intervienen todos los factores de la condición humana y se alimenta con materiales sociológicos, ideológicos o culturales muy variados. Se habla de la vida corriente, de ensueños y depresiones, del amor y de la muerte, de arte y literatura... Hay también un vivaz paisajismo urbano (un auténtico canto a la más europea de las ciudades australes), no menos intenso y celebratorio que las descripciones plásticas del misterioso delta de la metrópoli del Plata. También ocupa un espacio importante la narración de torturas, hecha con fuerza capaz de conmover todavía al lector, cuando parece que cualquier originalidad resulta imposible después de tantos terrores como ha contado la literatura a lo largo de su historia.

Armas Marcelo presenta muchas pequeñas historias, cálidas o despiadadas, y acumula un abundante arsenal anecdótico como base narrativa para reconstruir unas vidas convulsionadas por la historia. En cierto modo, se trata de lo que en términos tradicionales se llama una novela de personaje, en la cual se explayan las circunstancias que determinan la existencia de los individuos, se ahonda en la complejidad del alma humana y se hace, en cierta manera, una loa a la fuerza de las convicciones que, una vez que han tocado a alguien, lo marcan para siempre. Las vivencias intensas lo arrastran un tanto de la manera como el destino llevaba a una meta inevitable a los héroes de la tragedia clásica. El autor da alcance existencial a lo que se presenta como un alegato político por medio de una narración también de ambiente. Al final de la obra, el amor redime a sus protagonistas, la misteriosa Morelba y el apasionado Álvaro, el periodista dispuesto a dejarlo todo por la Tigra. No me convence esta especie de happy end, porque la crueldad imprevisible y absurda de la vida, bien constatada a lo largo de la novela, no se arregla con emplastes amorosos, pero es la solución del autor, señal de un vitalismo legítimo, aunque demasiado idealista.

Más de una vez ha dicho Armas Marcelo que detesta las novelas que se leen de un tirón. Fiel a este criterio (que no comparto, dicho entre paréntesis), monta la peripecia de los mosqueteros argentinos mediante un permanente ir y venir en el tiempo, con saltos constantes, para hacer verdadero el otro objetivo básico de La orden del Tigre : convertirla en un relato de la memoria. Las piezas, diseminadas y fraccionadas en un argumento meándrico, casan, sin embargo, con bastante facilidad. Y a la postre resulta una novela que si no se salda de un tirón, sí se apura en tirón y medio. Gracias, también, a la prosa, de un ritmo cadencioso dentro del empaque barroco y frase amplia que gustan al autor.

01/02/2004

 
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