ARTÍCULO

La oportunidad de Arthur Miller

Tusquets, Barcelona
Trad. de Carlos Peralta
255 págs 12,50 €
Tusquets, Barcelona
Trad. de Eduardo Mendoza
119 págs 11 €
Losada, Madrid
Trad. Manuel Barberá
283 págs 15 €
Tusquets, Barcelona
Trad. de Jordi Fibla
293 págs 16 €
Tusquets, Barcelona
Trad. de Jordi Fibla
387 págs 20 €
 

La concesión del Premio Príncipe de Asturias a Arthur Miller, en la convocatoria del año 2002, renovó en nuestro país el interés por el dramaturgo, narrador y ensayista neoyorquino, y como feliz consecuencia de esta concesión ha llegado a manos de los lectores españoles, mediante cuidadas traducciones, un número de obras del galardonado que permiten acercarse a su más completo retrato intelectual y artístico. El éxito prácticamente universal de un par de obras de Arthur Miller, La muerte de un viajante y Las brujas de Salem , tal vez haya oscurecido otras obras dramáticas suyas que, a la sombra de sus hermanas mayores, han vivido de forma más o menos languideciente. Pudiera ser este el caso de Panorama desde el puente , bella y apropiadamente traducido por Eduardo Mendoza, obra que conoció el éxito hace una o dos temporadas en los escenarios españoles, adonde la hicieron subir, sin duda, el interés y la preocupación crecientes por los problemas y tragedias de la inmigración clandestina. No en el fondo, sino en la superficie de esta misma obra, las preocupaciones de Arthur Miller transcienden la preocupación política del momento –sea ésta la de la caza de brujas, en la figura del delator, o la del sueño americano, esa promesa que atrae a los inmigrantes–, para fijarse en las definiciones de la responsabilidad ética y moral del individuo en un mundo que no permite averiguar con claridad cuáles son las pautas de conducta adecuadas cuando hay un conflicto entre las normas escritas y el mandato moral de los individuos. Esto explica, por ejemplo, que el ciudadano, Eddie Carbone, turbiamente ejemplar, cumpla estrictamente la ley y denuncie a los inmigrantes clandestinos que se alojan en su casa, infringiendo así las leyes no escritas de la solidaridad. Esa infracción, esta traición, juzgada por el tribunal irregular de la conciencia colectiva, se castigará con una sentencia de muerte. Y también explica que el emigrante atraído por el sueño americano, a su vez, adquiera la confusa conciencia o la odiosa certidumbre de que su éxito depende del fracaso de los demás. Por otra parte, la reedición de dos obras publicadas hace años por la editorial Losada, Después de la caída e Incidente en Vichy, permite acercarse a dos áreas de interés del dramaturgo americano que traducen en cierta forma rasgos autobiográficos. La primera obra, que es una suerte de drama psicológico, en el sentido de que los personajes son proyecciones de la memoria de un único personaje, Quentin, aborda, quizá algo bruscamente, las relaciones del autor con Marilyn Monroe, «yo [...] debí haber admitido que ella era un chiste, un hermoso pedazo de carne que trataba de tomarse en serio [...] ¿Por qué le mentí? ¿Por qué representé ese papel barato de benefactor, ese [...]?» Y quizá no menos bruscamente se abordan los efectos perversos de la caza de brujas: «Cuando volví de Rusia y publiqué mi estudio sobre la legislación soviética..., omití muchas cosas que vi. Mentí. Creí que lo hacía por una buena causa, pero la mentira es lo único que se perpetúa». Acaso no haya forma de enfrentarse con las equivocaciones de la vida propia sin provocar en el espectador, en el lector, la incómoda sensación de estar asistiendo a una conversación para la que no se desean testigos, la de estar escuchando detrás de la puerta. Hay varios de esos momentos en esta obra. En cualquier caso, el testimonio de Arthur Miller no sólo tiene un interés documental muy alto, pues habla de acontecimientos y personajes que definen no poco de la esencia del siglo XX en Estados Unidos y en todo el mundo, sino que posee también la virtud de hacer coincidir la búsqueda personal con la inquietud por la dimensión política de los seres humanos: «¿Quién puede ser inocente otra vez en esta montaña de calaveras?». Ni los inocentes ni los redimidos renunciarán al deseo de purificar la conciencia. La Alemania nazi ha sido en la segunda mitad del siglo XX , tradicionalmente, el inagotable vivero en el que han florecido los más notables estudios del envilecimiento humano y político. En Incidente en Vichy , una obra cuya acción ocurre en la Francia colaboracionista de Pétain, el elemento autobiográfico es algo más borroso. El hecho de que Arthur Miller sea un judío americano sin duda tiene su importancia para entender el sentido de la acción, pero que unos individuos cualesquiera, escogidos al azar, tengan que someterse a un interrogatorio policial, y tengan que acreditar sus derechos a ser considerados ciudadanos normales, el hecho de que la espera sea el motivo de interés dramático, una espera densa de introspección y de justificaciones, ambas cosas otorgan a la obra un sentido de indagación sobre la vida que, una vez más, trasciende el interés documental. La obra recorre todos los puntos, encarnados en cada uno de los personajes, de la escala de la degradación y de la solidaridad humanas. Quizá el final sea excesivamente optimista, pues se trata de un final feliz en el que una presunta víctima puede eludir su destino gracias a la solidaridad de quien se halla en sus mismas o parecidas circunstancias. Hay en estas obras algo más que ecos y reflejos de las preocupaciones que dieron vida a Willy Loman y a la comunidad de Salem, pero, sin duda, ambas contribuyen a un mejor conocimiento de la naturaleza trágica del heroísmo anónimo y del heroísmo cotidiano. Anteriormente a la obra Incidente en Vichy , Arthur Miller había tratado literariamente el antisemitismo. El año en que acabó la Segunda Guerra Mundial, Arthur Miller dio a la imprenta su única novela, En el punto de mira, una obra cuya acción transcurría en Nueva York y en la que se describían brotes antisemitas, potencialmente peligrosos, que alcanzaron cierta importancia en aquella ciudad en el curso de la guerra. Podría decirse que se trata de una novela de tesis: el autor pretende demostrar en ella que se condena a sí mismo el ciudadano que se oculta, que saluda con temor o con apolítica indiferencia el nacimiento de la barbarie. La tesis se ha oído tantas veces que, por justa que sea, no será precisamente ella lo que atraiga la atención del lector. Sin embargo, quien desee conocer por qué Arthur Miller dejó de escribir novelas y se dedicó casi exclusivamente al teatro hallará en esta novela una explicación muy sencilla. Con independencia del mensaje, los diálogos y las diferentes escenas de la obra se elevan ante la atención del lector con vida propia. Se descubre a través de ellos el interés por la vida misma, el interés por las mil manifestaciones de las pasiones humanas, por la trágica seducción de la impotencia ante lo inevitable. Ciertamente, es probable que la novela no se recuerde en el futuro, más allá de la oportunidad de su denuncia, o del hecho de que la escribiera Arthur Miller, y a pesar de su indudable interés dramático, que la convirtió en película en el año 2001 (dirigida por Neal Slavin). No ocurrirá lo mismo, acaso, con el libro de relatos Ya no te necesito, que también es novedad en las librerías españolas, un volumen que reúne nueve cuentos del dramaturgo americano en los que vuelven a tener protagonismo la conducta del individuo y el rechazo de la norma, los conflictos de razas, el sentido de la vida definido a través de la actividad profesional, las diferentes peripecias de los marginados o inadaptados, las consecuencias de la fama, las tradiciones democráticas de la sociedad americana. Como se ve, se trata de armónicos que se escucharán como resonancias de la propia obra dramática de Arthur Miller. Pero no es sólo eso. Los relatos tienen vida propia, y no parecen pequeñas obras de teatro que no se deciden a presentarse como tales. En el relato «La noche del ajustador», el autor plantea uno de los problemas al que luego prestará atención en otros lugares: el de fidelidad a los principios y el de las motivaciones de las personas en el cumplimento del deber, la fe en las virtudes democráticas y en el compromiso con las aspiraciones de la sociedad. La circunstancia que da sentido a esta preocupación es la de que el cumplimiento del deber se hace por encima de las obligaciones, mediante el riesgo personal y con la única motivación por delante de defender algo muy abstracto, el modelo de sociedad del que se sienten orgullosos. Como se ve, es el reverso de la situación de Todos eran mis hijos , la obra de Arthur Miller en la que un empresario desaprensivo fabricaba, a sabiendas, piezas defectuosas para los aviones de combate del ejército americano. Los puntos de vista opuestos dan la dimensión real del problema de la responsabilidad humana. Sin embargo, por méritos propios y por la relativa novedad, ha de resultar muy atractivo para el lector español el libro de ensayos, Al correr de los años: Ensayos reunidos (1944-2001) . Este libro recoge ensayos de varias publicaciones, pero destacan dos, la publicación que reúne los ensayos teatrales de Arthur Miller, y el libro editado por Steven Centola, que junta ensayos más o menos sociales o políticos escritos entre las fechas de 1944 y 2000. El libro español no se ha publicado de igual forma en inglés, pero el resultado es muy satisfactorio. Dos polos de atención han guiado la selección de estos textos: su relevancia para conocer el pensamiento de Arthur Miller en lo relativo a su obra dramática, y el interés político de las reflexiones del autor sobre las diferentes circunstancias del desenvolvimiento político en su país y en países como China o la Unión Soviética. Los superrefinados quizá se acerquen a estos textos con aire de superioridad. No se lo aconsejo. Arthur Miller quizá no sea un pensador político al uso, ni un sociólogo, pero tiene la virtud de hacer encarnar las ideas políticas en seres de carne y hueso, y sabe explicar la naturaleza de esas ideas mediante visibles consecuencias materiales en esos seres de carne y hueso. La teoría social se ve contestada en este libro por la praxis política cotidiana. Tómese, por ejemplo, el ensayo «Un auténtico campesino». La pieza es, con toda legitimidad, también un relato, pero sirve sobre todo para mostrar al lector el inevitable, insensible y no documentado deslizamiento que convierte a un campesino, en el que puede reconocerse el orgullo de la independencia y de la libertad, en un pícaro domesticado que tiene que reciclarse como lumpen suburbano. La verdad es que todos los ensayos se organizan como un museo del universo del discurso del dramaturgo, un exhaustivo catálogo de sus gustos y preferencias, y todos ellos se materializan en situaciones particulares en las que el propio autor tuvo alguna clase de participación, pudo ser una visita a una base militar, a un teatro, pudo ser la asistencia a un congreso de un partido político, o fue una cena en una embajada. En toda circunstancia, Arthur Miller sabe proponer la oportuna lección moral o ética. Léase «La Ópera de Tashkent», una impagable descripción de una representación de ópera en Uzbekistán durante el régimen soviético. Sin duda la ironía, el buen humor, no llegan a ocultar que se está tratando de cosas serias: de la relación entre el arte y la sociedad, de lo que ambos dicen de sí recíprocamente. La mejor forma de evitar la tentación de despreciar el esfuerzo de los demás, parece decir el autor, pasa por el análisis de los méritos y defectos propios. El otro polo dirige la atención del lector hacia la obra del autor. Es más que revelador el ensayo sobre Incidente en Vichy, pero no lo es menos «¿En qué cree América?», que, si se lee en conjunción con «La noche del ajustador», del libro de relatos Ya no te necesito , mostrará al lector la naturaleza de las preocupaciones de Arthur Miller en relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, unas preocupaciones que sólo disculpan la guerra como defensa de un sistema social que sea justo y que brinde al individuo todas esas oportunidades que un sistema de gobierno también justo debe proporcionar. No están entre los méritos menores del libro, sorprendentemente, el buen humor y la ironía. El dramaturgo, solemnemente consciente de sus responsabilidades cuando aborda el problema de la arbitrariedad del poder en Incidente en Vichy, sabe transformarse en el humorista –se nota la huella de Jonathan Swift– que se propone calmar la irritación de la ciudadanía mediante el encierro voluntario en la cárcel, por unos días, cada dos años, de todos los ciudadanos de Estados Unidos.

01/06/2004

 
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