ARTÍCULO

Cosmopolita en el destierro

EL Acantilado, Barcelona, 340 págs.
Trad. de Joaquín Verdaguer
El Acantilado, Barcelona, 104 págs.
Trad. de María Daniela Landa
El Acantilado, Barcelona, 96 págs.
Trad. de Manuel Lobo
Alba, Barcelona, 328 págs.
Trad. y selec. de Genoveva Dieterich
 

Stefan Zweig nos muestra hasta qué punto hemos cambiado en la percepción de la literatura. Porque para la primera mitad del siglo Zweig fue gran escritor de éxito, un verdadero best-seller, mayor incluso, por proyección, que los que inundan las tiendas de los aeropuertos de todo el mundo, aunque él temía convertirse en el autor preferido de las señoritas alemanas. Cuesta imaginar que un escritor de éxito pueda temer algo así en nuestros días, además de hacerse famoso con novelas cortas, por excelentes que sean, y menos aún con ensayos biográficos sobre personajes literarios como Hölderlin, Kleist, Stendhal o Montaigne, o históricos del tipo de Fouché (el «genio tenebroso») o María Antonieta. Hoy, me consta, ni siquiera los universitarios de carreras de Humanidades saben quién fue Stendhal, ni me atrevo a especular con Hölderlin, y sería más urgente que nunca que todos leyésemos a Montaigne.

Sin embargo, hablar de éxito –con el carácter sagrado que ha adquirido esa palabra entre nosotros– resulta cuando menos falso en el caso de Zweig por cuanto él no lo perseguía, o por lo menos lo que perseguía es algo distinto de lo que entendemos hoy por éxito. Hijo de una familia burguesa rica que se había asegurado la continuidad del negocio con un hermano, Zweig permanecía casi indiferente a todo dinero que sobrara de las necesidades de una vida cómoda y el coleccionismo de documentos históricos y manuscritos (igual que el profesor en «Confusión de los sentimientos», dentro de Sueños olvidados), y durante el nazismo dedicó sustanciosos derechos de autor a la ayuda a refugiados judíos, de quienes, por otra parte, pese a ser él mismo judío, tardó en sentirse próximo.

Pero en este tiempo de patriotismos no sólo nacionales, regionales o de aldea, sino también de grupos sociales y hasta de clubes de fútbol, Zweig resulta exótico a causa de su convencido cosmopolitismo, muchas veces leído de forma interesada como un europeísmo avant la lettre ––o quizás es que vivimos una época tan sofocada entre fronteras que somos incapaces de concebir un verdadero internacionalismo–, aunque sin duda el de Zweig fue también verdadero europeísmo, y como europeo se terminó por reconocer él mismo hacia el final de su vida. Sin embargo, a quienes citan como supremo argumento europeísta la célebre carta de despedida a sus amigos del continente, que publicó en la prensa alemana durante la Gran Guerra a la espera de que regresase el tiempo de la cordura y la civilización –«nuestra amistad es vana mientras nuestros pueblos combatan, pero será doblemente preciosa después de esta gran guerra»–, hay que recordar la réplica de Romain Rolland, uno de sus grandes maestros (al igual que de Proust), aunque hoy pocos lo recuerden, reclamándole una postura menos fatalista y un poco más comprometida. Joseph Roth también le había reprochado su persistente pasión germanista cuando ya habían empezado las persecuciones antisemitas.

Pues ése fue el punto débil de Zweig: una cierta indeterminación que no tendría mayor importancia de no ser porque, a la postre, le impidió escribir la Gran Obra con la que soñó toda su vida y con relación a la cual las obras que conocemos, y en particular los estudios históricos, tenían una misión de escalera. Contemporáneo y hasta testigo como fue Zweig (igual que Stendhal) de los grandes hechos de un tiempo crucial, desde la caída del imperio Austrohúngaro y la propuesta del psicoanálisis, a la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto –aunque éste sólo lo llegó a intuir–, es lícito sospechar que Zweig no siempre logró desasirse de esa indecisión, que quizá era paralela a la vastedad de su curiosidad y sus intereses, y a veces no logró estar a la altura de sus propias ideas. Aunque sólo fuera para evitarle problemas a su editor, ¿acaso no firmó Zweig, en los primeros tiempos del nazismo, una carta reprobando una revista de Klaus Mann por su carácter antinazi? (También la firmó Thomas Mann.) Hay quien cree que fue esa indecisión, junto con un carácter algo depresivo, además del convencimiento de que su mundo había sido arrasado para siempre por la barbarie, la que lo llevó finalmente, en un supremo acto de libertad, a suicidarse, en su exilio en Brasil, en 1942, cuando parecía que todo estaba definitivamente perdido. Igual que Kleist, se quitó la vida en compañía de su mujer. Al parecer, ya se lo había propuesto antes a otras mujeres.

Mas como siempre sucede con los escritores que lo son, el carácter prolífico, diverso e intenso de la obra de Zweig, incluida su engañosa y magnífica autobiografía casi póstuma, El mundo de ayer (de urgente reedición en español), constituye la mejor pista sobre un escritor que, para empezar, ha tenido que sacudirse la pesada losa de escritor de grandes públicos. Aunque mejor leído y más respetado en Francia y Latinoamérica que en Alemania, por ejemplo, todo parece indicar que Zweig sale del purgatorio del éxito y logra al fin hacerse oír sin demasiadas suspicacias.

En un mundo editorial casi tiranizado por la apuesta más fácil y (sólo en teoría) más comercial, llama la atención el acertado criterio de El Acantilado de recuperar no sólo dos de las novelas cortas más conocidas de Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer y Novela de ajedrez, sino también su La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), de 1925 y segundo de sus grandes grupos de biografías; el primero fue Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski), de 1920.

Digo que hoy interesa recuperar La lucha contra el demonio porque, más allá de la precisión filológica de estudios que con seguridad han sido superados desde entonces por obras más informadas y más cuidadosas en el detalle (sin que esto quiera decir que Zweig sea descuidado, todo lo contrario: sólo mira desde lo más alto), esta obra nos devuelve, ¿cómo decirlo...? un entusiasmo e impulso que hace tiempo se extraviaron, supongo que avasallados por los tecnócratas de la cultura: esa escuela –imperante– que cree que la verdad de un autor está en el avaricioso estudio de sus cuentas corrientes, los testimonios de sus vecinos y ex esposas y la correspondencia con su abogado.

El enérgico renacer en toda Europa de Stefan Zweig –buena parte de cuya obra se ha seguido publicando durante años en Juventud– se explica porque, en mitad de la infinita pero gratuita erudición y el enciclopedismo sin gobierno de la cultura Internet, Zweig no cae, por ejemplo, en lo fácil que sería buscar anécdotas estridentes en las extraordinarias vidas de Hölderlin, Kleist y Nietzsche, y selecciona, establece categorías e interpreta, y conecta con la gran tradición: la de Stendhal, Erasmo y Montaigne, también estudiados por él.

Privilegiado por su época y su familia rica, Zweig vivió justo a tiempo para mantenerse a salvo, tanto de la cultura de los especialistas como del océano de datos insignificantes que vivimos. Como también demostró André Maurois en su día, en el siglo XX el biografismo viene a ser como el dibujo o la pintura: lo importante es la intuición y el trazo principal y no cuentan tanto los detalles. Lo único que no se perdona es la mezquindad y la incomprensión, la falta de talento, y si todo ello abunda en tanto estudio lastrado por la vanidad academicista o el vulgar chismorreo, ni el más miope puede acusar de mezquindad a Zweig, de quien asombra, sobre todo, su camaleónica curiosidad y capacidad de comprensión de lo lejano, incluso en sus textos en exceso divulgativos (quizá por su ambición pedagógica), como Momentos estelares de la humanidad. No es casual que su La lucha contra el demonio esté dedicado a Freud, ni que se remita a Plutarco y sus Vidas paralelas, ni tampoco la conciencia de imposibilidad de su ambición: «Lo que me atrae es precisamente el infinito» Al final de su vida, cuando Zweig se vio obligado a exiliarse en Londres y se nacionalizó británico, sólo encontraba consuelo en sus intensas jornadas de estudio en la Biblioteca Británica.. Ya no existen escritores así: esas ambiciones se las tienen prohibidas sus agentes literarios.

Tampoco es, a mi juicio, gratuita ni azarosa la selección de tres de los escritores más malditos en la historia del alemán –esto es, tres escritores que en vida fueron en apariencia lo contrario de Zweig hasta en el género en que escribieron–, ni lo que subyace a ese estudio: más que la lucha contra el demonio, entendiendo por demonio aquello «que nos invita a las experiencias peligrosas, a todos los excesos, a todos los éxtasis», el fascinado estudio de un escritor triunfante que se inclina hacia tres escritores tocados por el genio, y –quizá por ello– malditos por la locura o el suicidio, como si en el fondo sospechara que lo que le separa a él de sus destinos no es más que una pelusilla en el ojo de la casualidad.

Dos pasajes me parecen de cita obligada: cuando demuestra lo patético del intento de germanizar a Nietzsche: «No es posible, para ese hombre archilibre, el abandonar la libertad por ningún concepto» (pág. 302), y cuando, acerca de Hölderlin, diserta sobre la filosofía como «un hospital para poetas desgraciados» y señala: «Nunca se ha dicho con toda crudeza cuán perjudicial fue [para la poesía alemana] el encontrarse con Kant y con su metafísica» (págs. 82 y ss.). Esa atrevida y refrescante idea también le retrata: igual que las novelas cortas y cuentos, que son por los que es más recordado Zweig, y que una vez más nos muestran hasta qué punto nos tiene engañados la mercadotecnia editorial y académica, la rentable industria que se empeña en distinguir entre géneros. Pues Veinticuatro horas... Novela de ajedrez y Confusión de los sentimientos están escritas desde una tensión romántica (en el buen sentido de la palabra) que no se distingue apenas de la estupefacción que producen las vidas de Hölderlin, Kleist y Nietzsche. De qué tratan a la postre unos y otros, más que de la fragilidad de nuestras vidas y cómo todo depende de eso que llamamos destino y es en realidad un simple chasquido de los dedos del azar. Quizá convenga saber que el tono lúgubre, aunque lúcido, de la perturbadora Novela de ajedrez –sugerente metáfora sobre el momento histórico y reflexión sobre la validez del conocimiento– se debe a que es una obra póstuma, la última que escribió, y que él estuvo jugando largo rato al ajedrez antes de morir.

Además de la excelente selección y traducción, la de Genoveva Dieterich en Alba ofrece la ventaja añadida de constituir una antología cronológica de los cuentos de Zweig, con lo que, además de inquietantes crónicas sobre los momentos históricos, como el retrato de la Alemania de Weimar en La colección invisible (Un episodio de la inflación alemana), de 1925, podemos ver la evolución de Zweig. ¿En qué cambió? Difícil decir si lo hizo realmente. La experiencia lo fue llevando a ser más selectivo, más escueto, esencial.

Profético en todo el sentido de la palabra –pues qué es un profeta más que alguien con una extraordinaria intuición– resulta el conmovedor último relato de Sueños olvidados: «Mendel, el de los libros». Además de mostrarnos el arte y sobriedad de Zweig, que sabía construir una sólida narración a partir de muy pocos y en apariencia endebles elementos (a años luz del minimalismo de hoy, sin embargo, y precisamente por el gran arco de su mirada) perturba saber que fue escrito tan solo en 1929 y constituye un adelanto, no sólo de la época que iba a venir, sino del crepuscular pensamiento de Zweig y su propio fin.

01/05/2001

 
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