ARTÍCULO

La escritura insobornable

 

Hace más de treinta años, Ana María Moix (Barcelona, 1947) se revelaba como el rostro femenino de la antología Nueve novísimos poetas españoles que armó el crítico José María Castellet. Aquella escritora veinteañera sorprendió con tres poemarios que parecían corroborar una predestinación de versos en Baladas del dulce Jim, Callme Stone y No Time for Flowers, a los que se unían sus traducciones de Beckett y Villiers d'Isle Adam, o las colaboraciones en Destino,Triunfo y el diario Tele/eXprés. De ese tiempo quedó el reportaje 24 horas con la Gauche Divine recuperado por Lumen y completado con las entrevistas a los habitantes de una Barcelona nocturnal que se atavió de cosmopolitismo en los aterciopelados sofás de Boccaccio, los aledaños de Tuset street y las películas de arte y ensayo.

Poesía, traducciones, reportajes... y, sobre todo, novelas. El bienio 70-71 es quizá el más prolífico de la escritora. Dedicada a Esther Tusquets, su más directa compañera de generación literaria, Julia es la novela del crecimiento emocional entre rebeldías universitarias de Mayo del 68 y seminarios preconciliares, y Walter, ¿por qué te fuiste? baremo de los vencedores y los vencidos de la guerra civil y alusiones a la homosexualidad en la sociedad española de los sesenta, cuyo continente desarrollista con música del Dúo Dinámico alberga un contenido religioso de tabúes culpabilizadores.

En 1971 Colita fotografiaba a los hermanos Moix. Están sentados a la mesa hogareña; al fondo, una peana sostiene una radio antigua: Terenci y Ana María engarzan sus manos sobre el mantel, como si quisieran compartir energías mediúmnicas. Ambos desarrollarán una prolija obra literaria, pero con una proyección bien diferente. Mientras el extravertido Terenci cultiva la imagen del «enfant terrible» encaramado a la torre de los vicios capitales, el cinéfilo que recrea un Egipto a su imagen y semejanza en libros de vocación popular y ediciones «planetarias», Ana María aparece como una mujer callada, casi taciturna, con una elocuencia que tan solo aflora al abordar cuestiones estrictamente literarias, entre volutas de humo, cómplices en la representación de un carácter basculante entre la timidez y la modestia.

Directora de estimables colecciones literarias, como la dedicada al cuento y la poesía que ha ido publicando Plaza & Janés estos últimos años, Ana María Moix ha sido siempre parca en el discurso y elocuente en la teoría literaria. Admiradora de la calidad breve sobre la facundia inútil, opta por la poda del manuscrito: sus libros rara vez superan las doscientas páginas.

La Biblioteca Ana María Moix recupera los títulos de una narrativa que se abre con las novelas Julia y Walter, ¿por qué te fuiste? (ambas de 1970); rescata de los catálogos editoriales, revistas y antologías como el Manifiesto Español de Antonio Beneyto los cuentos de Ese chico pelirrojo a quien veo cada día (1971); recupera las narraciones de Las virtudes peligrosas y la recreación de la emperatriz Sissi en Vals negro (premiadas ambas con el Ciudad de Barcelona en 1985 y 1994). La serie concluye con el último título de la escritora, los relatos de De mi vida real nadasé. La obra de Moix se desarrolla en dos años prolíficos en los que surgen tres libros y un silencio de tres lustros en los que, salvo la biografía de Vals negro, el Guadiana inspirador no resurge hasta De mi vida real nada sé.

Entre aquellos títulos y este último se percibe la misma preocupación estilística y una ampliación progresiva del marco de las historias, desde la crítica a la sociedad barcelonesa que pudo teñir el aprendizaje generacional de las dos primeras novelas, a la universalización de los comportamientos, vicios y pasiones humanas que domina la última entrega de la escritora. Otro rasgo común es la perfecta frialdad de su escritura. Incluso el título con mayor «vocación popular», como la evocación de Sissi en Vals negro, se expresa en un registro de informe forense que conjuga la crónica con el tono del dietario y elude cualquier tentación «afectiva» hacia un personaje que se presume manido por su frecuentación cinematográfica. Cabría preguntarse si esa voluntad nace de un proyecto literario voluntariamente alejado de la recepción masiva herencia de una generación ligada al Nouveau Roman, o del carácter de una autora en la que el laboratorio literario domina sobre la concesión emocional.

La decena de relatos que integran De mi vida real nada sé constituyen quizá las líneas más «apasionadas» dentro de los baremos de Ana María Moix. El volumen se abre con una relectura de Kafka. Los personajes se enfrentan a la extrañeza de la vida. El colofón al tedio se desata en el momento más inesperado. Personajes que se niegan a ser una simple sombra en la taciturna sucesión de los días como el hombre que se cuelga de un árbol para conseguir la erección que no experimentó en vida; la finitud del deseo congela relaciones conyugales y pasiones deportivas: como Gregorio Samsa, el ardiente forofo se levanta un día desapasionado y el fútbol ya no le dice nada: se ha convertido en una cucaracha, un extraño que no cuadra en los ocios normalizados: ¿qué hará a partir de ahora las tardes de domingo? ¿Cómo se lo tomará su familia? En sus relatos, Ana María Moix ilustra la fungibilidad de felicidades impostadas. La pasión que se escribe con letras o las letras de cambio de la pasión, tan onerosas que una vida corriente no las puede sufragar. A veces, como en «Amor de relojería», la pasión amorosa es una bomba enterrada entre los convencionalismos que estalla con 25 años de retraso. El protagonista contempla «su vida familiar, social y profesional, como decorados por los que se cruzaba a diario, sí, pero en los que se sentía de paso».

La extrañeza como frío mecanismo de relojería, he aquí un posible epígrafe para los relatos de Ana María Moix. Sus personajes alcanzan un estadio en que «reconocen» pero no «conocen» a sus allegados. Entornos cotidianos que presumíamos diáfanos, sumidos en «esa neblina lechosa de las fotografías antiguas». Una moraleja que se concentra en el relato que da título al libro: De mi vida real nada sé. La frase, solitaria, encabeza la «Autobiografía mínima» de un autor suicida cuya obra fue escrita por su mujer: «Él sentía y ella escribía. Ella detestaba sentir, y a él le horrorizaba enfrentarse a la página en blanco...». El libro se cierra con «Muñecos son», crónica de un disparatado viaje colectivo a Sicilia en el que los equívocos y las rivalidades entre los viajeros vienen a esbozar, de nuevo, las aristas de la convivencia. Como escribe Moix, «diríase que el mundo se divide entre quienes no quieren que se les tome por tontos y quienes les soportan, que todas las desgracias (desde las guerras hasta la injusticia social) proceden de esta división...». Extrañas formas de vida, comedias de los errores. Miniaturas del desencanto. Destilación de treinta años de escritura «insobornable» y sin concesiones al entusiasmo.

01/01/2003

 
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