ARTÍCULO

Los días de septiembre

Anagrama, Barcelona
Trad. de Benito Gómez Ibáñez
260 págs. 16 €
 

La noche del oráculo comienza de una forma que resulta conocida: parece que Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) hubiera querido hacer un remake con algunas de sus novelas antiguas, las que componían la Trilogía de Nueva York o La músicadel azar . Son los años ochenta. Un escritor sale del hospital tras haber sobrevivido milagrosamente a una larga enfermedad: mareos y hemorragias nasales. Está muy enamorado de su mujer, Grace, diseñadora gráfica en una editorial, y tiene en John Trause a su mejor amigo, un escritor famoso que es una suerte de tutor de su mujer. No tiene, sin embargo, ningún proyecto entre manos; se siente incapaz de embarcarse en la escritura de una novela. John Trause le sugiere que aproveche una historia que acaba de volver a leer en El halcón maltés de Dashiell Hammett: un hombre con una vida convencionalmente feliz se marcha de casa, tras sobrevivir a una muerte que le parecía destinada, para acabar teniendo otra vida convencionalmente feliz y una familia casi idéntica en otro lugar. El escritor enfermo se muestra en principio escéptico, pero al comprar un cuaderno portugués en la papelería de un extraño chino empieza a escribir febrilmente inspirado por el relato de Sam Spade: un editor se enamora de la heredera de Sylvia Maxwell, una escritora de los años veinte que dejó inédita una novela, La noche del oráculo, y cuando una gárgola cae a su lado y sale ileso decide acabar con la vida cómoda que lleva. Hasta ahí, encontramos al Paul Auster más conocido y el lector está condenado a leer páginas que cree haber leído ya: el hombre a quien el azar hace que huya de su vida cotidiana; el hombre que es sometido a un encierro del que difícilmente podrá salir; el hombre que camina por las calles de Nueva York con un orden determinado y que cuando rompe ese orden rompe el orden de las cosas; las historias que se multiplican dentro de la trama central, algunas de las cuales recuerdan a las que él mismo recopiló de los oyentes de su programa de radio en Soñé que mi padre era Dios (Anagrama); la metaficción, el coleccionismo desaforado, la obligación de tener que apilar objetos de una determinada manera, las llamadas telefónicas accidentadas... Pero aunque todo tenga un aire demasiado familiar, Paul Auster consigue mantener el interés: porque las peripecias siempre están por encima de la retórica. Quizá ahí radique el éxito de sus ficciones frente a las de Don DeLillo, su maestro reconocido, porque Paul Auster sabe que la historia siempre tiene que ir hacia delante, que es letal que la historia se detenga. Paul Auster tiene esa habilidad, y es capaz de utilizar los mismos trucos una y otra vez con solvencia y eficacia.

Pero La noche del oráculo rompe esa calma, a mitad de esa semana de septiembre de 1982 en la que suceden los acontecimientos, y un huracán de brutalidad se adueña de la historia. El escritor enfermo y narrador, Sidney Orr, que parece desde el primer momento un buen tipo, alguien en quien confiar, empieza a hilvanar los hilos sueltos de su vida. Es como si el trabajo en la adaptación que le piden para una versión cinematográfica de La máquina del tiempo , la novela de H. G. Wells, le permitiera conectar informaciones almacenadas en su cerebro que hasta ese momento habían permanecido aisladas, incapaces de sumarse en una secuencia ordenada. Y mientras esa conexión se produce, distintas transgresiones pasan a ocupar un lugar central: engaña a su mujer, roban en su casa sus objetos más queridos, tropieza con noticias horribles sobre violencia contra niños, la flebitis que padece su amigo el escritor se complica, su mujer sufre una salvaje agresión... No es cuestión de desenmarañar la trama, pero aparece un Paul Auster que abandona la violencia más sutil de sus anteriores ficciones para retratar una violencia física y terrible, sangrienta. Pero aquí no hay nada casual, todo parece responder a un plan, y a los deseos de Sidney Orr que, aunque incapaz de escribir, parece dominar los resortes que llevan a la tranquilidad moral, en la que se instala y desde la que nos habla veinte años más tarde.

Paul Auster ha deseado vincularse siempre a los escritores del renacimiento americano: Henry David Thoreau es una de las claves mostradas de La noche del oráculo, y aquí sirve para reflexionar sobre la soledad y la compañía, sobre ser uno, dos o tres; y también el mundo simbólico de Hawthorne, de quien recientemente ha editado uno de sus diarios, Veinte días con Julian y Conejito (Anagrama), y de quien ya hablaba en su anterior novela, El libro de las ilusiones (Anagrama). La huella de Washington Irving es evidente. Es como si Paul Auster añadiera a los escritores estadounidenses del siglo XIX a los que admira la parte de maldad que parece echar en falta. También se escuchan en La noche del oráculo ecos de su propia vida en los años ochenta, la de un escritor profesional casi a la deriva, la que ha contado en A salto de mata (Anagrama). Pero las referencias literarias que más sorprenden son las más novedosas: las que evocan el mundo de W. G. Sebald con la inclusión de documentos reales y las destinadas a la crítica del totalitarismo.

Sidney Orr consigue, como Rip van Winkle, un personaje que alcanza la felicidad tras salir a caminar y de quien parece una versión contemporánea, que la paz llegue a su vida y esté «más feliz por estar vivo» de lo que había estado en toda su vida. Eso sí, después de que alguien cumpliera con el trabajo sucio a la perfección: al fin y al cabo, el oráculo era la respuesta que daban los dioses a las preguntas de los mortales.

01/12/2004

 
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