ARTÍCULO

La hora del autor

Seix Barral, Barcelona
960 pp. 24,90 €
 

Han pasado ya cincuenta años largos desde la publicación de La hora del lector, donde Josep Maria Castellet relacionaba la teoría fenomenológica de la literatura –según la cual las obras poseen una especie de existencia virtual hasta que se actualizan plenamente en la conciencia intencional de sus receptores– con las circunstancias concretas de un país sin libertad, en el que los escritores debían atender al compromiso de agitar las conciencias. El acto de leer se volvía, así, un gesto político con el que la novela cumplía una «misión social». Pero, formalmente, ello exigía algo que el propio Ortega había reclamado ya: una mayor objetividad narrativa, lograda mediante el oscurecimiento de la alargada sombra del novelista sobre el universo ficticio por él creado. Como consecuencia de tales propuestas, un siglo después de que Nietzsche proclamara la muerte de Dios, Roland Barthes se atrevía a otro tanto, anunciando el deceso del autor literario. Al calor de tales teorías y prácticas de la literatura nos formamos muchos que hoy ya peinamos canas, lectores nacidos en el mismo decenio que Antonio Muñoz Molina, pero unos años mayores que él.
Por mi parte, hace tiempo que abandoné el RLM, el «Readers Liberation Movement», en el que me había introducido mi colega Terry Eagleton blandiendo el lema que identificaba a aquel grupo revolucionario: «Los autores nos necesitan; nosotros no necesitamos a los autores». Pasaron los años en que mantuve un discreto activismo como militante de base en el RLM, pero finalmente, de suerte quizás inevitable, llegó el desencanto, y luego la defección. Me empujó a ello otro convencimiento: «Nosotros –los lectores– no necesitamos a los autores. Pero las novelas (los textos) sí que precisan de ellos».
Leyendo La noche de los tiempos se me confirmó esta nueva evidencia, y me he sentido justificado en mi cambio de actitud en cuanto al rol autorial en la novela. En ésta, el autor es el personaje más importante. Su voz predomina abiertamente sobre la de sus protagonistas, incluido el principal, el arquitecto republicano Ignacio Abel, y su perspectiva –su visión– es tan amplia que nada escapa a su perspicacia. No queda ya aquí ni el más leve atisbo de aquellos «escrúpulos del punto de vista» que desvelaron a los epígonos del naturalismo y otros novelistas de entresiglos. Un crítico malévolo decía entonces de los narradores de Balzac que semejaban jefes de policía que tuviesen también acceso a los ficheros de la divina Providencia. Prefiero para el caso la más piadosa referencia cervantina: aquí, en La noche de los tiempos, el autor y narrador también «pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas preguntas, aclara las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso deseo manifiesta». Si tal instancia desapareciera de escena, toda la novela se derrumbaría, pues lo que en ella se cuenta –las vísperas, festividad y octava del 18 de julio más la historia de amor entre un intelectual español y una estudiante norteamericana– es ya materia consabida; y los escombros resultantes de tal desastre no darían para mucho más que para otro relato de la Guerra Civil.
Estoy refiriéndome, por supuesto, a lo que un notable retórico de la narrativa, Wayne C. Booth, dio en llamar «autor implícito». Porque ya nos había advertido asimismo Barthes de que el que habla en el texto no es el que escribe en la vida, y el que escribe no siempre es el que es. La noche de los tiempos está escrita en presente y en primera persona, que no es la de ningún personaje ni la de un narrador al uso, sino la de un demiurgo que desde la primera página nos sugiere sutilmente su relación con el universo narrado y su protagonista principal: «Lo veo primero de lejos, entre la multitud de la hora punta, una figura masculina idéntica a las otras, como en una fotografía de entonces». Barea, Max Aub, incluso Cela pudieron escribir sobre el Madrid de 1936 como testigos que fueron del momento; Antonio Muñoz Molina, obviamente, no. A lo largo de las novecientas cuarenta y siete páginas que siguen a la primera, aquella perspectiva se recuerda sutilmente sin excesiva insistencia, y con variantes estilísticas que evitan la monotonía. Pero el sentido de todo ello es más que patente, tal y como el propio texto no tiene empacho en desvelar: «Quiero imaginar con la precisión de lo vivido lo que ha sucedido veinte años atrás de que yo naciera y lo que dentro de no muchos años ya no recordará nadie» (p. 575).
Ese intento del autor en La noche de los tiempos encierra un designio ético fácilmente identificable con las ideas de Antonio Muñoz Molina a propósito del tema actual de la llamada «memoria histórica». Como intelectual de izquierdas de trayectoria inequívoca que es, el escritor ubetense ha denunciado la amenaza de manipulación maniquea sobre lo que fue nuestra Guerra Civil, y ha reclamado que sean voces serenas las que la interpreten a partir de visiones exentas de prejuicios. Esta novela constituye, así, su aportación a la empresa, a través de la figura de un socialista, hijo de obreros pero acomodado al estatuto de una burguesía republicana que se ve totalmente desbordada por los acontecimientos desencadenados por los extremismos fascista y revolucionario. Ignacio Abel no es en modo alguno un héroe positivo; el día 19 de julio en que se empieza a perder la República, él busca desesperadamente por las calles de Madrid a una joven estudiante extranjera que al fin y a la postre no aceptará convertirse en la querida de un cuarentón casado. Pero sus reflexiones sobre el «no es esto» orteguiano son las mismas que en la novela se ponen en boca de un verdadero héroe, vitalista y clarividente, tan necesitado, por otra parte, de reivindicación histórica: Juan Negrín.
Podría aducirse que esta impresionante novela de Antonio Muñoz Molina es una obra excesiva. En términos puramente cuantitativos, no lo es más que los tochos de Stieg Larsson y otros escribidores de la posliteratura. La diferencia reside en un distinto designio estético. Los best sellers gastan páginas y páginas en contar tramas llenas de peripecias e intrigas; Antonio Muñoz Molina pretende cosa distinta, sin que por ello su novela renuncie a desarrollar una doble historia, amorosa y colectiva. El espacio textual se consagra aquí a un propósito inconfundible: narrar el tiempo. El mismo designio que el autor implícito de La montaña mágica de Thomas Mann reconocía expresamente en uno de sus pasajes. Esa fue una de las ambiciones estéticas más solidariamente compartida por los grandes nombres del Modernism. Huxley, por voz del Philip Quarles de Contrapunto, confesaba su anhelo de escribir todo un libro sobre un paseo desde Piccadilly Circus hasta Charing Cross, y el Gide de Los monederos falsos se sentía capaz de contar una historia que no fuese la de un personaje sino la de un lugar: relatar lo que pasase en ese enclave desde el alba hasta el ocaso. Para todos ellos, Wyndham Lewis acuñó en 1928 un certero rubro definidor: time-school of fiction. Ochenta años más tarde, La noche de los tiempos, que tan leal es a la herencia galdosiana, desde su propio título se reclama como creación rediviva de la misma escuela. Los limitados minutos en que Ignacio Abel espera en la estación neoyorquina de Pennsylvania, a finales de octubre de 1936, el tren que lo acercará a la Universidad de Nueva Inglaterra que lo ha contratado como visitante, ocupan docenas de páginas, que van llenándose, proustianamente, con los recuerdos inmediatos del comienzo de la guerra de España y el final del idilio entre Ignacio y Judith. Historia e intrahistoria; pero, sobre todo, escritura. El espesor del tiempo se plasma en las palabras, en las cláusulas, en las oraciones. Frente a la desliteraturización de la novela posliteraria, La noche de los tiempos rescata, de forma eminente, la virtualidad, entre épica y lírica, de las mejores palabras en el orden mejor. De la novela como literatura.

01/02/2010

 
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