ARTÍCULO

La noche cae sobre Manhattan

 

Es muy frecuente entre los artistas veteranos acabar dando en la claridad y la concisión expresivas; y me refiero a la claridad y concisión que se encuentran al final de un trayecto o, lo que es lo mismo, que son el resultado de la dedicación de toda una vida. Sidney Lumet, que alcanzó la fama con la excelente película Doce hombres sin piedad, es el autor de esta La noche cae sobre Manhattan. Con toda su intensidad y concentración, la primera, sin embargo, resulta cargada, excedida, al lado de la segunda.

Los elementos con que Sidney Lumet –director y guionista– mueve su historia son mínimos: un breve juicio por narcotráfico y un caso de corrupción policial unido a aquél, como lugares de desenvolvimiento de la intriga; un joven fiscal, un abogado (ex radical de los sesenta), una mujer y el padre del fiscal, como personajes. En cuanto a la intriga, casi se queda en la anécdota y ésta es mínima: el traficante es rápidamente condenado, el joven fiscal se hace con el puesto de fiscal-jefe gracias a una buena actuación que coincide con la decadencia del anterior fiscal-jefe, que lo apoyó. El abogado del traficante confiesa que entró en el caso no por defender a alguien que detestaba sino para levantar una trama de corrupción policial a partir de ahí; luego, la sección de asuntos internos de la policía desvela en apenas tres escenas la trama de corrupción. Un hábil uso del triángulo de los tres personajes centrales: el padre del joven fiscal (es un viejo policía implicado en la detención del traficante), la mujer a la que éste ama (abogada, que teme a esa relación tanto como la desea) y el joven fiscal dispuesto a esclarecer verdades a cualquier precio, establece una situación dramática que los envuelve cuando los tres son alcanzados por las consecuencias de la investigación. No se trata de sus culpabilidades, que no las hay, excepto una por omisión, sino de las situaciones en las que les colocan sus convicciones y sus sentimientos cuando todos éstos chocan con las consecuencias de la investigación.

Porque esta es una película que trata de la pureza. Una película que se plantea la posibilidad de la pureza en el mundo en que vivimos. No busca, por tanto, por el lado de la santidad o del fanatismo; busca, desde esa sociedad americana eminentemente pragmática, los límites de la pureza, que es como decir los límites de la dignidad. ¿Hasta dónde se puede ser honesto? ¿Hasta dónde se puede pactar para seguir siendo honesto? Naturalmente, no es una pregunta nueva: Sartre la planteó a mediados de siglo en Las manos sucias, sino una pregunta adecuada a las realidades de hoy, simplemente. No parece que Lumet pretenda más. Pero lo interesante es la sencillez y concisión con que traslada la cuestión a nuestra realidad inmediata.

Concisión y... claridad. La claridad no es simple, al contrario, la claridad es compleja precisamente por eso, porque es clara, es decir, porque opera sobre esencialidades y lo esencial es complejo. La película se divide en: una introducción, narrada con un formidable sentido de la elipsis; el ascenso a las alturas del joven fiscal; un breve intermedio que le permite enamorarse; el descenso a la realidad del joven fiscal; y el clímax dramático cuando se cruzan las tres voluntades (padre, fiscal y amada, un prodigio de nudo que se viene enlazando y se aprieta ahora). Después, queda una especie de explicación de actitudes, anticinematográfica en lo que tiene de discursito, pero que recuerda a ese mundo hollywoodense de la necesidad de defender la moral bienpensante en los tiempos del informe Hays. Discurso innecesario, además, pues todos los elementos del drama moral que recorren el film de arriba a abajo se solucionan por su propia puesta en escena, esto es: porque existen con toda la concisión de una historia decantada, traída a su esencia, y por toda la complejidad que la claridad esencial es capaz de mostrar con el desarrollo de la narración. Si el problema está expuesto así, las soluciones (o las posiciones, o las convicciones) nos pertenecen a los espectadores.

Película impecable, resumen de la sabiduría narrativa de un hombre que, si tenido más por un artesano que por un artista, en todo caso ha procurado estar siempre al servicio de la eficiencia, lo cierto es que hace justicia a un hombre de cine como Sidney Lumet. Al salir de la proyección me maravillaba de no haber visto más allá de una docena de disparos (en una historia de este tipo) y pensaba en que nueve de cada diez intentos de hacer esta misma película se hubiesen ido hacia el baño concienzudo de sangre y el psicópata que, al ser psicópata, justifica cualquier incoherencia del guionista. Lo que nos obliga a pensar nuevamente que, por mucho que el espectáculo necesite del exhibicionismo hasta la histeria, sólo el pensamiento (esto es, que la historia que se cuente esté guiada por una intención y construida con un sentido que articule esa intención sobre un artificio expresivo) es capaz de mover la mente del espectador.

01/05/1997

 
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