ARTÍCULO

La Habana como personaje

Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores
288 pp. 21 €
 

Con la desaparición del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante hace tres años, su obra novelística se resumía en las dos obras tempranas La Habana para un infante difunto y Tres tristes tigres. Durante su largo exilio en Londres el tiempo y la distancia parecían que le hubieron negado acceso a las fuentes de su creatividad. Ahora, sin embargo, gracias a los esfuerzos de su viuda Miriam Gómez, La ninfa inconstante nos devuelve nueva y triunfalmente a La Habana de la época de antes del régimen de Fidel Castro, y al ambiente lleno de ilusión de la juventud díscola abriéndose paso en el mundo.
Tal y como en las novelas anteriores, La Habana es en sí uno de los personajes de la nueva novela. Resucitada por la memoria del novelista, la capital cubana es una ciudad en plena ebullición: los viejos tranvías han desaparecido, las calles cambian de nombre, nuevos barrios se ponen de moda. También es una ciudad en plena revolución: el comienzo de uno de los capítulos catapulta al lector fuera del drama íntimo de los personajes para recordar la atmósfera tensa que reinaba durante los últimos años de la dictadura batistiana: «No habían pasado seis meses del asalto al Palacio Presidencial, que terminó entre sangre y el fracaso».
En un primer plano y sobre este fondo inquietante, están la ninfa del título, la quinceañera Estela, y el narrador. Estela está en plena eclosión, abriéndose a la vida y a todas las experiencias. Mientras a veces parece una ninfa de leyenda, que aparece y desaparece de la vida del protagonista, huyendo siempre de su alcance, otras veces es la cachipolla que nace y muere en el transcurso de un día: «Antes de llegar a su esplendor, la mariposa debe permanecer inmóvil por un tiempo hasta romper la ninfa. Algunas larvas convertidas en crisálidas usan sus mandíbulas para romper el capullo y salir volando como una extraordinaria criatura del jardín –o de la selva–. Esta belleza con alas es un regalo de la naturaleza».
Deslumbrado por esta belleza en estado puro, el narrador de la historia la persigue sin jamás atraparla. Es un escritor, crítico de cine en una revista poblada de jóvenes con ideas progresistas y antibatistianas. Un hombre casado, no resiste al coup de foudre y tira todo por la borda en pos de este sueño evanescente.
Sin embargo, el protagonista, cazador cazado, rápidamente se da cuenta de que no podrá nunca alcanzar su objeto de deseo. La Estela real no corresponde en nada a su creación de ella. Ella no comprende sus inquietudes culturales, y cuando los dos se ponen a hablar (como siempre al mejor estilo de Cabrera Infante, los diálogos chispeantes son lo mejor del libro) sencillamente la pobre ninfa está totalmente perdida: «No te entiendo. Esta es la ventaja de hablar contigo. Nunca se entiende nada de lo que dices, y si se entiende no se sabe si hablas en serio o en broma». Más allá de este diálogo de sordos, sus encuentros parecen ser los de dos seres nacidos en distintos planetas.
Para el narrador, la inconstancia de la ninfa se revela muy pronto. No le puede ser fiel, puesto que su sexualidad es enteramente impersonal, y abarca desde los amigos del narrador, a su hermano, y por último se posa (de manera igualmente abstracta) sobre las mujeres. Sin embargo, el libro sugiere que la inconstante no es solamente Estela. El narrador, con su energía, su agitación, su búsqueda cultural de fronteras más allá del límite del malecón habanero, también se precipita en la vida.
El resultado, tanto para Cabrera Infante como para el narrador de este relato, son muchos años de distancia y silencio. El impulso por crear esta ficción, casi cincuenta años después, es la muerte de la persona real dibujada en la figura de la ninfa. La muerte entonces le hace volcarse sobre el pasado y los recuerdos de su primera juventud. Muy a la manera de Proust (en la novela, el narrador confiesa haberlo leído «antes de los treinta años») la realidad que se nos escapa en su momento se puede rescatar en la memoria, haciéndola revivir de manera milagrosa, esta vez como coleccionista, quien la inmoviliza como una ninfa muerta después de su fugaz vida.
Esta experiencia de un amor imposible le hace concluir al narrador: «El amor no conquista todo. El amor no conquista nada. Aún más, la nada lo conquista todo. La nada es omnipotente». Sin embargo, para el lector la conclusión es muy distinta, nada menos que el mensaje perenne de la literatura como baluarte contra la muerte, contra la nada.
La ninfa inconstante se anuncia como la primera de tres novelas inéditas que dejó Guillermo Cabrera Infante cuando la muerte le sorprendió en un frío día de invierno londinense. Si los otros dos libros alcanzan el nivel de este libro, habrá sol para calentar a todos.

01/12/2008

 
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