ARTÍCULO

La narrativa débil

Trad. de Javier Calvo
Ed. de Paul Michael Lützeler
Mondadori, Barcelona, 272 págs.
 

Este verano he visto en la Filmoteca de Cantabria una de las primeras películas de Francis Ford Coppola, La conversación. El personal filme, en el que Coppola demuestra un talento y una pericia narrativa fuera de lo común, trata sobre la grabación de una conversación privada en un parque público por parte de unos profesionales contratados por una agencia gubernamental norteamericana, y sobre cómo el autor de la grabación (un estupendo Gene Hackman) se percata poco a poco de que el contenido de las cintas revela la posibilidad de que se cometa un asesinato, algo que ya vivió en el pasado marcando para siempre su existencia.

El argumento de esta película me hizo pensar inmediatamente en una cinta de Woody Allen que me gusta especialmente, Otra mujer, en la que, ahora me percato, también actúa mi admirado Gene Hackman. A través de la espléndida interpretación de Gena Rowlands, Allen nos presenta a una mujer madura y atractiva que se encuentra en la cúspide de su exitosa vida profesional, y a la que aparentemente no le van nada mal las cosas en su vida familiar y de pareja. La mujer alquila un apartamento buscando la tranquilidad necesaria para poner punto final a un ensayo que debe entregar en breve. Durante uno de los escasos descansos que se permite le llegan unas voces a través de un agujero de ventilación. Decidida a terminar con la molestia intenta taponar con almohadones la fuente sonora que la distrae, pero al hacerlo va quedando atrapada por el contenido de la conversación que escucha: las revelaciones de una mujer infeliz a su psiquiatra. Estas dramáticas confesiones de «otra mujer» provocan que el personaje de Gena Rowlands inicie un proceso de autoevaluación vital que finalmente le lleva a considerar toda su vida como un rotundo y devastador fracaso.

Estas dos referencias cinematográficas ejemplifican claramente uno de los síntomas que en mi opinión mejor caracterizan a la sociedad norteamericana de las últimas décadas, y por extensión, a toda la sociedad occidental: los reparos, los importantes recelos que despierta «la palabra» y su universo conceptual y expresivo; radical desconfianza que acompaña y propicia eso que George Steiner ha definido como la paulatina «retirada de la palabra» de nuestro ser y nuestro estar. A este respecto, el último y quizá más evidente ejemplo que se me ocurre es el de Nana, la reciente novela del joven periodista y escritor de éxito norteamericano Chuck Palahniuk (Portland, Oregón, 1964), autor, entre otras novelas, de El club dela lucha, El superviviente, Asfixia o Monstruos invisibles, todas ellas traducidas ya a nuestro idioma.

El protagonista de Nana es Carl Streator, un periodista al que sus jefes le encargan una serie de artículos sobre la muerte súbita infantil, asunto que no le es del todo desconocido, puesto que su hijo de pocos años murió no hace mucho de forma inexplicable. En el transcurso de su investigación Streator se percata de un elemento en común a todas las muertes estudiadas: la presencia en las casas de los fallecidos de una antología de poemas abierta siempre por la misma página, página en la que está impresa una nana, idéntica a la que él leyó a su hijo antes de que muriera. Streator descubre así la existencia de una nana letal para quien la escucha, y de un poder tal que basta con memorizarla y odiar intensamente para que la persona odiada caiga fulminada.

De este modo Carl Streator se autorrevela no sólo como involuntario asesino de su propio hijo, sino también como un eficaz asesino en serie. Para terminar con la siniestra pesadilla decide destruir toda la edición de la antología y también el grimorio original. En este alucinado empeño le acompañan unos cuantos personajes, todos ellos con rasgos definitorios que muy bien podrían convertirlos en protagonistas de un argumento firmado por Pedro Almodóvar o Quentin Tarantino. Decidido a llevar a cabo la destrucción de las antologías, Streator y sus compañeros se embarcan en un extraño y en cierta medida iniciático viaje por Estados Unidos, un viaje de biblioteca pública en biblioteca pública, de libro por destruir en libro por destruir, convirtiendo su periplo en un remedo de Fahrenheit 451, pero en el que, en contra de lo que ocurre en la obra de Ray Bradbury, nadie quiere recordar y todos desean olvidar.

Con esta trama argumental, Chuck Palahniuk construye una novela que entremezcla con indiscutible habilidad ingredientes de distintos géneros narrativos como la ciencia ficción, el policíaco, el relato de viajes o el de fantasmas..., buscando a todas luces ofrecer al lector una nueva parábola de la postmodernidad, una alegoría acerca de la incomunicación humana en un tiempo presente en el que la palabra se revela arrinconada, despojada como instrumento supremo de expresión y conocimiento, y en el que el tremendo vacío existencial se llena de sonido, ruido y furia.

En nuestro país el éxito crítico de esta rocambolesca parábola ha sido rotundo y extrañamente unánime. En pocas ocasiones he asistido como lector de suplementos culturales a una acogida tan laudatoria a una novela de un autor todavía no consagrado por los años y por el sólido peso de su obra. Casi todos los comentarios publicados han estado marcados por el abierto entusiasmo y el poco disimulado deslumbramiento; adhesiones críticas que, una vez leída la novela, me han sumido en un estado de postración del que no sé si alguna vez me recuperaré, dado que he llegado a la conclusión de que o no estoy dotado de la sensibilidad precisa, o no poseo la formación necesaria para valorar lo que el resto de comentaristas han apreciado.

Nana me parece una novela construida por Palahniuk en torno a una idea llamativa que, por ausencia de un desarrollo más consistente en lo puramente literario, progresa sólo por su lado más efectista, engordando la trama y haciéndola avanzar en círculos gracias al constante añadido de reflexiones con trazos de pretenciosa moraleja y situaciones deudoras en su utilidad y concepción del sketch televisivo o del gag cinematográfico. Y es que, en este sentido, Nana parece estar escrita pensando en que más pronto que tarde alguien se decidirá a convertirla en guión y poco después en película.

Efectos que buscan golpear la capa más epidérmica de la sensibilidad del lector, mezcla kitsch de géneros y muchos fuegos artificiales alrededor de una idea luminosa: eso es Nana, nada más y nada menos. El resto son personajes esquemáticos y una desoladora ausencia de esa artesanía precisa, preciosa, contundente y riquísima que caracteriza desde hace dos siglos a la gran escritura narrativa anglosajona. Calificar estas páginas de Palahniuk como «gran novela», aunque sólo sea conociendo vagamente el contexto narrativo en el que surgen, y en el que en los últimos cincuenta años aparecen obras de Faulkner, Mailer, Kerouac, Burroughs, Carver, Carol Oates, Capote, Roth, Coover, Ford o Pynchon, suena a broma pesada, a simple tomadura de pelo. Es exactamente igual que si alguien, y creo que el ejemplo es pertinente y está bien traído, califica de genial el cine gamberro, llamativo y de trazo grueso de Quentin Tarantino, habiendo catado con anterioridad alguna muestra del hacer de tipos como John Ford, King Vidor o Howard Hawks.

Si Nana es una «parábola importante» y si «Palahniuk es una de las voces más frescas e intrigantes» de las últimas décadas, qué adjetivos habría que utilizar para hablar de Los rateros de Faulkner, A sangre fría de Capote, El lamento de Portnoy de Philip Roth, Entropía de Pynchon o La canción del verdugo de Mailer, todos ellos libros publicados en Norteamérica en los últimos cuarenta años y que deben servirnos para calibrar la verdadera trascendencia y dimensión de la narrativa contemporánea estadounidense. La conclusión a la que uno se ve empujado a llegar es que si el pensamiento débil es una realidad, también lo es, claro, la narrativa débil, y Nana ejemplifica a la perfección la existencia de dicho subgénero en Estados Unidos.

01/02/2004

 
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