ARTÍCULO

Un héroe cristiano

 

¿Quién fue el general Elío? ¿Qué interés tiene editar su correspondencia? Si el lector se basa en la información proporcionada por la mayor parte de los estudios históricos, es probable que tenga dificultades para responder a la primera pregunta y, en cuanto a la segunda, se limite a decir que el interés es meramente erudito. A Elío suele mencionárselo como uno de los hombres decisivos en la preparación del golpe de Estado de 1814 contra el sistema constitucional. Los mejor informados añadirán que en 1813 participó en la segunda batalla de Castilla –decisiva para terminar con el dominio napoleónico en Valencia–, que ocupó a continuación la capitanía general de Valencia, acometió con suma dureza la represión de los liberales y que éstos acabaron con su vida en 1822. Elío fue, pues, un militar de arraigadas convicciones absolutistas, héroe, como tantos otros, por su participación en la guerra de la Independencia y muy duro, llegado el momento, en la persecución del liberalismo. Tal es lo que hasta ahora cabría decir de Elío, cuyo nombre, sin más referencias, resulta familiar a los habitantes de Valencia porque consta en el rótulo de una de las calles importantes de esa ciudad.
El libro de Encarna y Carmen García Monerris, profesoras de la Universidad de Valencia, corrobora lo anterior, pero ofrece otra dimensión del personaje. Las autoras no han pretendido –lo indican expresamente– escribir la biografía del general, aunque consignan con precisión los datos fundamentales sobre su trayectoria personal, con lo cual ya sabemos qué hizo este militar, cuya carrera puede ser calificada de brillante: luchó en la guerra contra la Convención francesa en 1793-1795, en la campaña de 1801 en Portugal, en América contra los insurgentes y, como se ha dicho, durante la guerra de la Independencia; además, ocupó cargos importantes en América: fue virrey y capitán general en las provincias del Río de la Plata y presidente de la Audiencia de Buenos Aires. Pero el propósito de las autoras no consiste en desarrollar estos datos, sino en dar cuenta de «la pequeña historia» de este hombre en un momento (1822) y en un espacio muy delimitado (los calabozos de la Ciudadela de Valencia, donde fue confinado el 10 de marzo de 1820). El texto, que constituye un excelente ejemplo de las posibilidades de la microhistoria, tiene como base principal las 231 cartas que escribió Elío durante su prisión, completadas con un extenso escrito hagiográfico elaborado por el abogado José Antonio Sombiela, ex diputado en las Cortes de Cádiz y firmante del Manifiesto de los Persas.
El relato, construido desde un profundo conocimiento de la época, cumple con creces el objetivo propuesto y resulta apasionante. Deja bien patente que Elío debe ser incluido en la nómina de los reaccionarios españoles contemporáneos, pero que no fue uno más, pues ni él mismo se consideró un simple agente de la reacción antiliberal, ni sus contemporáneos lo vieron así. Fue un símbolo de la reacción. Él se consideró el hombre necesario para liderar la lucha contra el constitucionalismo, con el fin de liberar a la nación española secuestrada por los liberales, a quienes denomina despectivamente «republicanos» y «anarquistas», al igual que solía hacer Fernando VII. Los liberales –en particular los de Valencia, que sufrieron directamente los desmanes represivos del general– lo vieron como la representación del odio a la libertad y, por supuesto, como objeto de venganza política. Los absolutistas lo consideraron adalid en la defensa del rey absoluto y, por ende, de lo que ellos entendían por religión. Una vez muerto, sus próximos trataron de elevarlo a la categoría de héroe cristiano y mártir de la fidelidad. Dios permitió su muerte –se lee en el texto de Sombiela– «para que sirviese la oblación de esta víctima para satisfacer a la eterna Justicia, y conseguir por ella quedar libres del castigo que estábamos sufriendo», castigo que no era otra cosa que el régimen político basado en la Constitución de 1812. La figura de Elío, como héroe cristiano, venía a ser el contrapunto del héroe de la revolución (Riego) y de los «mártires de la libertad».
Aquel militar orgulloso, «casi altanero» (dicen, midiendo las palabras, las autoras de este libro), dotado de una autoestima exagerada, estuvo convencido de que sería liberado de su calabozo en cualquier momento para cumplir la alta misión a la que se sentía llamado. Abonó esta impresión el hecho de que nunca permaneciera incomunicado. En la celda pudo leer, escribir, conspirar, trazar planes de fuga e incluso conversar con frecuencia con el gobernador de la Ciudadela y su esposa. Pero también escuchó los gritos de la población pidiendo para él un castigo ejemplar y, con el paso de los días, constató que el rey, con cuya persona llegó a identificarse, nada hacía por mejorar su suerte. En estas condiciones escribió Elío sus cartas. En ellas muestra los rasgos característicos de quien pretende ser el salvador de la nación, movido por altísimos ideales y situado por encima de facciones o partidos. Tales escritos reflejan, asimismo, una personalidad obsesionada por su suerte, que une a la de la nación; personalidad cruel y rigorista, sumamente agresiva, ambiciosa, desconfiada. Un individuo, como es propio de los que han aspirado (y aspiran) a la salvación de la patria, que se consideró víctima de los enemigos eternos de España y del catolicismo y que cuando se siente solo no duda en arremeter contra todos, incluso contra el rey, de quien se considera el mejor y más firme defensor («está muy acobardado», dice de Fernando VII en una de sus cartas, porque no lo libera de la prisión; «no hay Gobierno, ni Rey, ni ley», escribe al final, cuando presiente su muerte).
El libro que nos ocupa es, en suma, un instrumento imprescindible para entender el acoso al liberalismo desde sus inicios y para acercarse a la personalidad del reaccionario, un individuo movido por el odio y, sobre todo, por el rechazo visceral de la participación popular en la política: «Los pícaros siempre tendrán a su favor las elecciones», escribió Elío. Gracias a la publicación de su correspondencia el lector puede captar esa personalidad en su auténtica dimensión y con todos sus matices, de ahí que esta edición no revista un interés meramente erudito, aunque esta haya sido una tarea en modo alguno sencilla, como indican las autoras de este volumen de forma muy gráfica, y realmente interesante, en una observación que no debería pasar inadvertida a quienes se dedican, o pretenden dedicarse, a la investigación histórica.

01/04/2010

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
9 - 6  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE EMILIO LA PARRA LÓPEZ
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL