ARTÍCULO

Una acuarela

Plaza & Janés, Barcelona, 1997
316 págs.
 

¿Qué es una novela policíaca? Ante todo, la búsqueda de un cuerpo, el cuerpo de una mujer. La agonía, es decir, la lucha poética, de dos cuerpos: el del hombre, que ha de entrar en los infiernos para encontrar el cuerpo de una mujer, y el de la mujer, remoto, inalcanzable, misteriosamente amenazado por fuerzas horrendas. El detective entra en los bajos fondos, se alía con lo peor de la sociedad, se emborracha, recibe palizas monumentales, sufre espectaculares resacas. El detective, en definitiva, es un cuerpo que sufre: a través de su sufrimiento nosotros aprendemos a sublimar nuestro temor a la noche, al crimen, a la mala suerte. Él paga por nosotros (hace el trabajo sucio), nos evita el dolor. Es Orfeo, que desciende a los infiernos siguiendo las circunvalaciones de su vaso ceremonial, pero también es Cristo. Por el contrario, el cuerpo que se busca no sufre, sino que hace sufrir: es un cuerpo cruel, remoto, perfecto, idealizado. El detective intentará encontrarlo, tocarlo, medirlo, poseerlo y también cortarlo en pedazos (aunque en la superficie esta tarea le corresponda al «asesino», que en el fondo no es otro que el detective disfrazado; el sueño del detective hecho realidad). ¿Para qué? Por venganza, porque ese cuerpo hace sufrir, pero también para comprenderlo (se trata de una disección científica) y para inmovilizarlo, es decir, para que deje de transformarse.

En su última novela, La mujer sin cabeza, Vicente Molina Foix nos propone una variación muy personal del tema fundamental de la novela policíaca. La novela comienza con un cuerpo, un cadáver que aparece en un pueblo de la costa sin ningún signo que lo identifique. No es un cuerpo de mujer, es cierto, pero tampoco es un cuerpo de hombre. Es un cuerpo imposible, un cuerpo trompe l'oeil, un cuerpo sin ombligo. La «mujer sin cabeza» aparece en el centro del libro, la cabeza en una bandeja, el cuerpo dentro de una extraña flor térmica, desnudo, blanco, como si no fuera en realidad un cuerpo humano sino una parte del organismo de la monstruosa flor artificial. El título, sin embargo, es engañoso, y no señala en realidad a este cuerpo separado en dos partes, sino a las dos partes que componen el cuerpo de otro de los personajes, la misteriosa y seductora Catalina Borrás, o bien a las dos cabezas que ocupan su mismo cuerpo, o bien, ¿cómo decirlo?, a la extraña cualidad de ser varias personas al mismo tiempo y no ser nadie en realidad que parece afectar a este personaje desde el principio del libro y que es uno de los motivos de que La mujer sin cabeza sea un libro tan intrigante y se lea con tanto interés. En una de las primeras entrevistas a Catalina Borrás, el detective Carlos Sanchiz observa que el perro de ésta se acerca al retrato de Catalina que cuelga en la pared como si ella no se encontrara en la habitación. Al final de la novela, Carlos observa que el perro la sigue dócilmente, como si ella fuera realmente ella. ¿Quién es, verdaderamente Catalina Borrás? La respuesta podría estar en esa fábula sufí en que Mulla Nasruddin, personaje del folclore popular del medio oriente, le pregunta a un transeúnte: «¿Me habías visto alguna vez? ¿No? Entonces, ¿cómo sabes que yo soy yo?»

La historia de La mujer sin cabeza es compleja, los personajes enormemente variados, muchos de ellos memorables, la acción es trepidante, en ocasiones demasiado trepidante. Tenemos la sensación de hallarnos en un libro agradablemente lleno, lleno de cosas, de voces, de lugares, de situaciones, con mafias rusas y grupos místicos y costumbres sexuales y tertulias polisexuales rellenando los escasos huecos libres. La trama, deliberadamente, no es cristalina, no sólo porque «no estamos en el centro de un diamante» (Wallace Stevens) y porque la realidad es más compleja que la más compleja trama que un novelista pueda inventar, sino también porque Molina Foix, a pesar del aire anglosajón que se ha decidido a dar a su obra, no pretende en absoluto recrear una de esas novelas anglosajonas donde al final todo queda explicado, como en un mecanismo (y helado, como en un mecanismo), sino crear un mundo libre, una madeja de relaciones personales, un laberinto de voces. Voces individuales, la de Mary Trumbull, con su español deliberadamente castizo, la de Alan con su acento árabe y su incapacidad para pronunciar oclusivas sordas, la del encargado del pub Oliver Twist, que lamenta no haber podido traer todavía a su establecimiento a «su ídolo, Antonio Gala», la del esnob profesional Mauricio Martínez, la de la yonkie Marité, la de la punkie estrella del grupo del Oliver Twist, etc. Más allá de las convenciones del género negro, con sus tipos duros y sus mujeres inalcanzables, La mujer sin cabeza es en realidad una novela sobre las relaciones entre las personas, algo así como un estudio sobre los posibles tipos de vínculos que los seres humanos pueden establecer entre sí. Con un aire de falsa displicencia, como queriendo hacer pasar por una broma lo que es en realidad algo mucho más profundo, Molina Foix pasa revista a una enorme variedad de tipos de relaciones (las de Carlos con su ex novia Amaya, especie de Pigmalión al revés, con su socio homosexual Alex, que quizá siga enamorado de él, con su madre, aquejada del mal de Alzheimer, las de Alex con su novio Alan, de Amaya con la madre de Carlos, de Catalina con la joven Funchi, de Catalina con su padre, de Isabel con el suyo, de Carlos con todas las mujeres, Catalina, Isabel, Funchi, Leontina, Marité, de esta novela pródiga en mujeres) como para intentar probar que a pesar de las incertidumbres del amor y de las distancias que ponemos o inventamos entre unos y otros cuerpos, los cuerpos buscados, los cuerpos perdidos, los cuerpos ahogados de las falsas Ofelias, los cuerpos dobles de las dobles de cuerpo, los cuerpos que sufren y los que hacen sufrir, la amistad siempre es posible.

Si en su novela anterior, La misa de Baroja, Molina Foix nos daba su mayor tour de force literario hasta la fecha y nos proponía, especialmente en «El cuello en el canal», un mundo fabuloso, una realidad irisada de posibilidades remotas y casi soñadas, con La mujer sin cabeza nos da una obra rigurosamente actual y llena de desparpajo. Si en la obra precedente el autor alicantino parecía estar pintando al óleo, la nueva novela parece más bien arte de acuarelista –aunque quizá no estaría mal recordar aquí que, a diferencia del acuarelista pintor, el acuarelista de la prosa siempre tiene la posibilidad de retocar los pequeños errores, los mínimos corrimientos de color, y que hay en La mujer sin cabeza descuidos ocasionales (jugar a «policías y guardianes», «¿eres tú, te noto rara?»), apresuramientos («estuvo a punto de ponerse a dar palmas de alegría»), concesiones («al cabo de un día de abandono de sí mismo, Carlos se reconocía en la violencia»), si bien son privilegios del arte del acuarelista esos casos en que el autor decide saltar por encima de la lentitud ceremonial de nuestra sintaxis romance para lograr brevedades inglesas: «una pareja de niños... ladrados por un bulldog», «todos iban hacia abajo curioseados por las bandadas de azores y golondrinas». A veces, como en la deliciosa escena del peñón de Ifach, con sus disparos, carreras, cuerpos cayendo al mar, pájaros revoloteando, helicópteros inspeccionando, un teléfono móvil sonando en el suelo, más parece que estemos viendo un manga que leyendo una novela, y tenemos la sensación de que Molina Foix está a punto de empezar a no tomarse en serio lo que cuenta. Y sin embargo, ¿por qué hemos escrito que esta escena es «deliciosa», y por qué se queda de tal modo grabada en nuestro oculus imaginationis? Otro de los atractivos del libro, y no el menor, es la recreación que hace Molina Foix de Madrid, nuestra bella capital, una ciudad que siempre ha tenido mala suerte con la literatura (y no digamos con el cine). Hace unos años la revista New Yorker publicaba un chiste en el que se veía a un escritor frente a su ordenador, el ceño fruncido, las manos en jarras: «Es posible que seas un gigante de la literatura, Henry», le está diciendo su mujer, «pero tus libros no valen nada como lectura de verano». La mujer sin cabeza, que en ningún momento aspira al gigantismo literario, es un libro rico, complejo y divertido, y es (y lo digo como cumplido) una perfecta lectura de verano.

01/08/1997

 
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